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Una casa abandonada que es la guarida de gatos y ladrones

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Una casa abandonada que es la guarida de gatos y ladrones

Romina Oddone

La casona alberga hoy a unos quince felinos, a los que los vecinos les dan agua y comida.    Aseguran que los delincuentes usan el inmueble para esconderse y saltar a otras viviendas.

“Limón" aprovechó el minuto en que su dueña dejó la puerta abierta para escapar; cruzó la calle y se coló por la reja verde descolorida de una casa que se cae a pedazos. Allí lo esperaba una pandilla de gatos, su propia especie, un poco maltrechos, de varios colores y todos parecidos, probablemente emparentados. Ellos son los "cuidadores" de esta construcción muy antigua, abandonada hace más de treinta años, que está emplazada en la calle Constitución al 600, entre Belgrano y Pringles, en pleno centro de la capital puntana. Calculan que ahora hay unos quince gatos, pero dicen que llegaron a ver unos cincuenta.

No solo alberga felinos. Afirman que también la utilizan ladrones para saltar por las medianeras y robar las casas lindantes. Entre el olor y los robos, lo último es lo que desvela a los vecinos que ya no saben qué hacer para detenerlos. Denuncian que los dueños de la casona nunca se hicieron cargo del lugar y que son ellos los que luchan contra la inseguridad y limpian las heces de los pequeños animales.

Jésica Saboca es la dueña de "Limón" y hace dos años que vive enfrente de la casona de los gatos. "Siempre me cruzo y les doy la comida que me sobra. Todos en el barrio lo hacemos. Queremos sacarlos y castrarlos, pero es muy difícil porque son muy ariscos y no se dejan agarrar. En sí no molestan, pero en verano el olor se intensifica y en épocas de apareamiento los gritos también", expresó. Atados a la reja con alambre hay dos tachos con agua y la comida la lanzan desde afuera del derruido inmueble.

Contaron los residentes más longevos de la cuadra, quienes además son los que se pusieron los gatos y la casa al hombro, que en ese lugar vivían tres hermanas. "Las llamaban 'las niñas Romero Báez'", dijo una vecina que prefirió no dar su nombre. "Eran grandes;  tendrían unos 70 años. Vivían solas, eran solteras y no tenían hijos. Con los años se fueron muriendo y nadie mantuvo la casa. En la esquina vivía un hermano de ellas, que tuvo tres hijos. Pero de esta propiedad nunca se hicieron cargo", comentó.

Sobre cómo se originó el criadero hay dos versiones: una dice que quizás las hermanas Romero Báez tenían gatos y estos, con el tiempo, se fueron reproduciendo. La otra afirma que fue un vecino que vivía en frente, ya fallecido, quien en algún momento dejó que vivieran unos gatitos y nunca quiso que fueran castrados. "El hombre les daba siempre de comer. Cuando se murió nos hicimos cargo nosotros. Sacamos un poquito de nuestros sueldos y les compramos alimento balanceado. Todas las tardes venimos y les damos de comer. Ahora cuando no vengo, tengo una tropa de gatos en la puerta de mi casa esperándome a la misma hora que yo les doy la comida", relató la vecina.

El más preocupado es Carlos Cruceño. Su casa colinda con la "guarida" y cada dos por tres dice que tiene que espantar a los ladrones a los "tiros". "Me he cansado de andar con el arma corriendo a los chorros que entraban. Les tuve que poner maderas a las puertas y a las ventanas de esa casa para bloquearlas, pero están todas podridas", señaló. A una de las ventanas que da a la calle le hizo una pared con cemento y en el borde le puso botellas de vidrio cortadas para que no se puedan meter. "Tengo mi casa llena de rejas, no son de caño, son de hierro cuadradas. A los del otro lado les robaron dos veces. La Policía encontró computadoras tiradas en el fondo de la casona", relató.

Los vecinos aseguraron que la casa tiene unos 60 metros de fondo, con pastizales de un metro de alto, que está "lleno de bichos" y que nadie se anima a entrar. Parte de los techos se desplomaron. Aunque está en venta, al parecer nadie la quiere comprar.

"Ahora hay dos gatas embarazadas. Encima hay gente muy mala que viene y tira gatitos y hasta perros. Hemos visto como las gatas a veces se comen a las crías", dijo horrorizada la vecina que no quiso identificarse, aunque es un acto  común entre los felinos cuando sus hijos nacen débiles o enfermos. "Nos damos cuenta que fueron abandonados cuando los animalitos son cariñosos, porque los que nacen acá son salvajes. Tienen muchas enfermedades. Mi marido quiso agarrar a uno y lo mordió. Terminó internado con una infección. La Dirección de Zoonosis viene siempre que los llamamos, ya intentamos llevarlos a castrar. Pudieron sacar algunos, pero hay otros que no se dejan. Queremos que los castren. La idea es que no se reproduzcan más hasta que no quede ninguno", afirmó

Mientras tanto, los gatos, cual vigías, observan a todos los que se paran a mirarlos. Parecen enojados y si les hablan o intentan acercarse, empiezan a bufar. Sin lugar a dudas, son los dueños de la casa.

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Una casa abandonada que es la guarida de gatos y ladrones

La casona alberga hoy a unos quince felinos, a los que los vecinos les dan agua y comida.    Aseguran que los delincuentes usan el inmueble para esconderse y saltar a otras viviendas.

Destruida. A la casona se le cayeron los techos. Las puertas están podridas y con huecos por donde entran y salen los gatos. Fotos: Marianela Sánchez.

“Limón" aprovechó el minuto en que su dueña dejó la puerta abierta para escapar; cruzó la calle y se coló por la reja verde descolorida de una casa que se cae a pedazos. Allí lo esperaba una pandilla de gatos, su propia especie, un poco maltrechos, de varios colores y todos parecidos, probablemente emparentados. Ellos son los "cuidadores" de esta construcción muy antigua, abandonada hace más de treinta años, que está emplazada en la calle Constitución al 600, entre Belgrano y Pringles, en pleno centro de la capital puntana. Calculan que ahora hay unos quince gatos, pero dicen que llegaron a ver unos cincuenta.

No solo alberga felinos. Afirman que también la utilizan ladrones para saltar por las medianeras y robar las casas lindantes. Entre el olor y los robos, lo último es lo que desvela a los vecinos que ya no saben qué hacer para detenerlos. Denuncian que los dueños de la casona nunca se hicieron cargo del lugar y que son ellos los que luchan contra la inseguridad y limpian las heces de los pequeños animales.

Jésica Saboca es la dueña de "Limón" y hace dos años que vive enfrente de la casona de los gatos. "Siempre me cruzo y les doy la comida que me sobra. Todos en el barrio lo hacemos. Queremos sacarlos y castrarlos, pero es muy difícil porque son muy ariscos y no se dejan agarrar. En sí no molestan, pero en verano el olor se intensifica y en épocas de apareamiento los gritos también", expresó. Atados a la reja con alambre hay dos tachos con agua y la comida la lanzan desde afuera del derruido inmueble.

Contaron los residentes más longevos de la cuadra, quienes además son los que se pusieron los gatos y la casa al hombro, que en ese lugar vivían tres hermanas. "Las llamaban 'las niñas Romero Báez'", dijo una vecina que prefirió no dar su nombre. "Eran grandes;  tendrían unos 70 años. Vivían solas, eran solteras y no tenían hijos. Con los años se fueron muriendo y nadie mantuvo la casa. En la esquina vivía un hermano de ellas, que tuvo tres hijos. Pero de esta propiedad nunca se hicieron cargo", comentó.

Sobre cómo se originó el criadero hay dos versiones: una dice que quizás las hermanas Romero Báez tenían gatos y estos, con el tiempo, se fueron reproduciendo. La otra afirma que fue un vecino que vivía en frente, ya fallecido, quien en algún momento dejó que vivieran unos gatitos y nunca quiso que fueran castrados. "El hombre les daba siempre de comer. Cuando se murió nos hicimos cargo nosotros. Sacamos un poquito de nuestros sueldos y les compramos alimento balanceado. Todas las tardes venimos y les damos de comer. Ahora cuando no vengo, tengo una tropa de gatos en la puerta de mi casa esperándome a la misma hora que yo les doy la comida", relató la vecina.

El más preocupado es Carlos Cruceño. Su casa colinda con la "guarida" y cada dos por tres dice que tiene que espantar a los ladrones a los "tiros". "Me he cansado de andar con el arma corriendo a los chorros que entraban. Les tuve que poner maderas a las puertas y a las ventanas de esa casa para bloquearlas, pero están todas podridas", señaló. A una de las ventanas que da a la calle le hizo una pared con cemento y en el borde le puso botellas de vidrio cortadas para que no se puedan meter. "Tengo mi casa llena de rejas, no son de caño, son de hierro cuadradas. A los del otro lado les robaron dos veces. La Policía encontró computadoras tiradas en el fondo de la casona", relató.

Los vecinos aseguraron que la casa tiene unos 60 metros de fondo, con pastizales de un metro de alto, que está "lleno de bichos" y que nadie se anima a entrar. Parte de los techos se desplomaron. Aunque está en venta, al parecer nadie la quiere comprar.

"Ahora hay dos gatas embarazadas. Encima hay gente muy mala que viene y tira gatitos y hasta perros. Hemos visto como las gatas a veces se comen a las crías", dijo horrorizada la vecina que no quiso identificarse, aunque es un acto  común entre los felinos cuando sus hijos nacen débiles o enfermos. "Nos damos cuenta que fueron abandonados cuando los animalitos son cariñosos, porque los que nacen acá son salvajes. Tienen muchas enfermedades. Mi marido quiso agarrar a uno y lo mordió. Terminó internado con una infección. La Dirección de Zoonosis viene siempre que los llamamos, ya intentamos llevarlos a castrar. Pudieron sacar algunos, pero hay otros que no se dejan. Queremos que los castren. La idea es que no se reproduzcan más hasta que no quede ninguno", afirmó

Mientras tanto, los gatos, cual vigías, observan a todos los que se paran a mirarlos. Parecen enojados y si les hablan o intentan acercarse, empiezan a bufar. Sin lugar a dudas, son los dueños de la casa.

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