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Detuvieron a pareja acusada de asaltar dos casaquintas en Villa Mercedes

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Detuvieron a pareja acusada de asaltar dos casaquintas en Villa Mercedes

El hombre es hermano de dos policías. Para descartar hipótesis el juez allanó la sede policial donde trabaja uno de ellos.

Jonathan Damián Tallone es hermano de dos policías. Uno es auxiliar en la DRIM (División de Rápida Intervención Motorista) y otro es alférez en la Comisaría 31ª, de Villa Mercedes. Anteayer (miércoles) al caer la noche, le dio un punzante dolor de cabeza a su familia y, de alguna manera, también a la Fuerza en la que trabajan sus hermanos. El juez de instrucción Penal 2, Leandro Estrada, ordenó su detención y la de su pareja pues, de acuerdo con las averiguaciones que llevó adelante el personal de la Comisaría 29ª, sospecha que el joven fue uno de los dos delincuentes que la noche del 15 de febrero asaltaron a dos familias, en dos quintas de las afueras de la ciudad. Estaban armados con una escopeta y con cuatro pistolas nueve milímetros, como las que usan los efectivos, y gritaron a viva voz que a la Fuerza pertenecían.

El hombre de 21 años está imputado por dos robos calificados y por tenencia ilegal de arma de guerra. Esa última acusación también le cabe a su pareja, Gisella Aguilera, dos años menor. Ayer (jueves), a la mañana, fueron indagados por esos delitos. Ninguno quiso declarar y su representante, el defensor oficial Hernán Herrera, solicitó ocho días de prórroga de la detención, confirmó el juez.

Los asaltos que les imputan sucedieron alrededor de las 23:40. El primero de ellos lo sufrió una familia de apellido Reynoso, que vive sobre la ex ruta 7, doscientos metros al oeste de la escuela agraria, frente a la ermita de la Virgen. Esa noche se habían reunido a comer. Eran siete personas.

En un determinado momento, dos delincuentes encapuchados, llegaron desde el patio trasero de la casa. Habían saltado el alambrado. Uno tenía como 35 años, era delgado, de un metro sesenta. Empuñaba una escopeta Ithaca y, en la cintura, llevaba una pistola nueve milímetros. Debajo de la remera blanca tenía lo que parecía ser un chaleco antibalas, describió Hugo Villegas, el esposo de la sobrina de la dueña de la quinta. El otro asaltante era unos quince centímetros más alto y no aparentaba ni 30 años. Blandía una pistola y, bajo la remera, también llevaba un chaleco y dos pistolas, del mismo calibre que usa la Policía. Uno de ellos tenía un marcado acento cordobés.

“¡¿Dónde vive el dueño de Villa Pizza, dónde vive el de Villa Pizza?!”, es lo único que repetían. En eso que les gritaban y apuntaban, llegó Mariano, el hijo de la dueña de casa, que volvía en auto de llevar a una tía. El de la escopeta lo encañonó.
—¡Bajate, tirate al piso, que somos policías, somos de la Fuerza!—le gritó el delincuente.
—¿Qué quieren, está todo bien? ¿Pero qué quieren?—le respondió el joven.
—Villa Pizza, queremos al dueño de Villa Pizza—insistió.
—Sí, yo sé dónde es. Los llevo, pero váyanse—contestó Mariano.
Les robaron los celulares a casi todos e hicieron subir a Reynoso al Toyota Corolla gris de su tío. Pero antes de irse uno de ellos, el más petiso, se acercó a Villegas y le prometió: “Vos quedate tranquilo, que yo voy por la plata y te dejo el auto y al pibe en La Ribera”. Pusieron en marcha el coche y fueron hasta donde el chico les dijo que vive el propietario de la pizzería, es decir, a cincuenta metros de allí.
Para entrar a esa otra vivienda, los delincuentes pecharon el portón con el Corolla, describió la hija de Villegas.
—¿Dónde está la plata? ¡Acá hay plata! ¡Dame la plata! ¡¿Dónde está el dueño de Villa Pizza?!—le exigieron a Claudia Zafferano, la dueña de casa, y a su cuñado, que estaba en sillas de ruedas.
—No, no, acá no hay nada. Váyanse. Acá no hay nada—respondió la mujer de 57 años.
Uno de los asaltantes revisó dos veces el primer piso del domicilio. Revolvió todo, pero no halló ni un peso. Antes de darse por vencido, cuando estaba a punto de marcharse en el Toyota, le apuntó a Reynoso. “¿Dónde está la plata? ¡Dame la plata!”, le dijo, al punto de la desesperación. El joven le contestó que no tenía, y a los ladrones no les quedó otra que abordar el auto y huir. Escaparon hacia el oeste, como yendo a la ruta 2b, refirió la víctima.
El Corolla, patente NIJ 841, fue hallado por su propietario al día siguiente, cerca de las 15:45, en Aráoz 764, refirió una fuente. Estaba estacionado sobre el costado derecho del pasaje, con su trompa hacia el este. Un vecino indicó que estaba ahí desde la una de la madrugada. Dos hombres lo habían dejado y se habían ido a pie.
Tenía el parabrisas frontal trizado, el capó y una de las puertas abolladas, la chapa estaba rayada y se le había desprendido el paragolpes delantero.

La pista que dio el GPS
El dato que guió la investigación surgió cinco días después. La hija mayor de Villegas recibió un correo electrónico que su I Phone, uno de los celulares que los ladrones se habían llevado, le envió a través de su sistema de rastreo. El mensaje le indicaba las coordenadas de donde estaba siendo usado el teléfono. En el cruce de rutas 11 y 148.

Allí está la estancia “Dos Marías”. El jueves 22, a las 14:30, la Policía allanó ese campo. No hallaron nada, confirmó Víctor Videla, interventor de la Regional II. Pero la requisa no fue en vano. El casero de “Dos Marías” les dijo que unos días antes una de sus hijas había comprado dos celulares.

Los aparatos, uno marca Apple y el otro Nokia, eran los mismos que habían robado en la quinta. La hija del casero se los había comprado a Tallone por 1.200 pesos.

Con ese dato, allanaron el domicilio del imputado, en San Cayetano 681. De allí secuestraron un “celular, un pendrive, un arma, proyectiles y una campera”, reveló una fuente judicial. Luego requisaron la casa de la madre de Tallone, donde viven sus hermanos policías. De Rivadavia extremo oeste  incautaron un chaleco antibalas y una moto 110 roja, con la que los investigadores sospechan pudo actuar un tercer delincuente, que cumplió el papel “de campana” en los atracos.

Como las municiones que encontraron en lo de Tallone eran calibre 11/25, un tipo de proyectil que en la Fuerza sólo usa el personal de la DRIM, el juez quería cerciorarse de que el sospechoso no se haya valido del material de trabajo de uno de sus hermanos para cometer los asaltos. Por eso, anteayer, alrededor de las 19, allanó en persona la sede de esa división, ubicada en Perón, casi Carlos Pellegrini. Pero los proyectiles que secuestró de allí, si bien coinciden en calibre con los ubicados en San Cayetano 681, no son del mismo tipo que ésos. La posibilidad de que el imputado se haya aprovechado del auxiliar del grupo motorista quedó descartada por ahora.

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Detuvieron a pareja acusada de asaltar dos casaquintas en Villa Mercedes

El hombre es hermano de dos policías. Para descartar hipótesis el juez allanó la sede policial donde trabaja uno de ellos.

DRIM, allanada. La sede de la división motorista de la Policía. Foto: Héctor Portela. 

Jonathan Damián Tallone es hermano de dos policías. Uno es auxiliar en la DRIM (División de Rápida Intervención Motorista) y otro es alférez en la Comisaría 31ª, de Villa Mercedes. Anteayer (miércoles) al caer la noche, le dio un punzante dolor de cabeza a su familia y, de alguna manera, también a la Fuerza en la que trabajan sus hermanos. El juez de instrucción Penal 2, Leandro Estrada, ordenó su detención y la de su pareja pues, de acuerdo con las averiguaciones que llevó adelante el personal de la Comisaría 29ª, sospecha que el joven fue uno de los dos delincuentes que la noche del 15 de febrero asaltaron a dos familias, en dos quintas de las afueras de la ciudad. Estaban armados con una escopeta y con cuatro pistolas nueve milímetros, como las que usan los efectivos, y gritaron a viva voz que a la Fuerza pertenecían.

El hombre de 21 años está imputado por dos robos calificados y por tenencia ilegal de arma de guerra. Esa última acusación también le cabe a su pareja, Gisella Aguilera, dos años menor. Ayer (jueves), a la mañana, fueron indagados por esos delitos. Ninguno quiso declarar y su representante, el defensor oficial Hernán Herrera, solicitó ocho días de prórroga de la detención, confirmó el juez.

Los asaltos que les imputan sucedieron alrededor de las 23:40. El primero de ellos lo sufrió una familia de apellido Reynoso, que vive sobre la ex ruta 7, doscientos metros al oeste de la escuela agraria, frente a la ermita de la Virgen. Esa noche se habían reunido a comer. Eran siete personas.

En un determinado momento, dos delincuentes encapuchados, llegaron desde el patio trasero de la casa. Habían saltado el alambrado. Uno tenía como 35 años, era delgado, de un metro sesenta. Empuñaba una escopeta Ithaca y, en la cintura, llevaba una pistola nueve milímetros. Debajo de la remera blanca tenía lo que parecía ser un chaleco antibalas, describió Hugo Villegas, el esposo de la sobrina de la dueña de la quinta. El otro asaltante era unos quince centímetros más alto y no aparentaba ni 30 años. Blandía una pistola y, bajo la remera, también llevaba un chaleco y dos pistolas, del mismo calibre que usa la Policía. Uno de ellos tenía un marcado acento cordobés.

“¡¿Dónde vive el dueño de Villa Pizza, dónde vive el de Villa Pizza?!”, es lo único que repetían. En eso que les gritaban y apuntaban, llegó Mariano, el hijo de la dueña de casa, que volvía en auto de llevar a una tía. El de la escopeta lo encañonó.
—¡Bajate, tirate al piso, que somos policías, somos de la Fuerza!—le gritó el delincuente.
—¿Qué quieren, está todo bien? ¿Pero qué quieren?—le respondió el joven.
—Villa Pizza, queremos al dueño de Villa Pizza—insistió.
—Sí, yo sé dónde es. Los llevo, pero váyanse—contestó Mariano.
Les robaron los celulares a casi todos e hicieron subir a Reynoso al Toyota Corolla gris de su tío. Pero antes de irse uno de ellos, el más petiso, se acercó a Villegas y le prometió: “Vos quedate tranquilo, que yo voy por la plata y te dejo el auto y al pibe en La Ribera”. Pusieron en marcha el coche y fueron hasta donde el chico les dijo que vive el propietario de la pizzería, es decir, a cincuenta metros de allí.
Para entrar a esa otra vivienda, los delincuentes pecharon el portón con el Corolla, describió la hija de Villegas.
—¿Dónde está la plata? ¡Acá hay plata! ¡Dame la plata! ¡¿Dónde está el dueño de Villa Pizza?!—le exigieron a Claudia Zafferano, la dueña de casa, y a su cuñado, que estaba en sillas de ruedas.
—No, no, acá no hay nada. Váyanse. Acá no hay nada—respondió la mujer de 57 años.
Uno de los asaltantes revisó dos veces el primer piso del domicilio. Revolvió todo, pero no halló ni un peso. Antes de darse por vencido, cuando estaba a punto de marcharse en el Toyota, le apuntó a Reynoso. “¿Dónde está la plata? ¡Dame la plata!”, le dijo, al punto de la desesperación. El joven le contestó que no tenía, y a los ladrones no les quedó otra que abordar el auto y huir. Escaparon hacia el oeste, como yendo a la ruta 2b, refirió la víctima.
El Corolla, patente NIJ 841, fue hallado por su propietario al día siguiente, cerca de las 15:45, en Aráoz 764, refirió una fuente. Estaba estacionado sobre el costado derecho del pasaje, con su trompa hacia el este. Un vecino indicó que estaba ahí desde la una de la madrugada. Dos hombres lo habían dejado y se habían ido a pie.
Tenía el parabrisas frontal trizado, el capó y una de las puertas abolladas, la chapa estaba rayada y se le había desprendido el paragolpes delantero.

La pista que dio el GPS
El dato que guió la investigación surgió cinco días después. La hija mayor de Villegas recibió un correo electrónico que su I Phone, uno de los celulares que los ladrones se habían llevado, le envió a través de su sistema de rastreo. El mensaje le indicaba las coordenadas de donde estaba siendo usado el teléfono. En el cruce de rutas 11 y 148.

Allí está la estancia “Dos Marías”. El jueves 22, a las 14:30, la Policía allanó ese campo. No hallaron nada, confirmó Víctor Videla, interventor de la Regional II. Pero la requisa no fue en vano. El casero de “Dos Marías” les dijo que unos días antes una de sus hijas había comprado dos celulares.

Los aparatos, uno marca Apple y el otro Nokia, eran los mismos que habían robado en la quinta. La hija del casero se los había comprado a Tallone por 1.200 pesos.

Con ese dato, allanaron el domicilio del imputado, en San Cayetano 681. De allí secuestraron un “celular, un pendrive, un arma, proyectiles y una campera”, reveló una fuente judicial. Luego requisaron la casa de la madre de Tallone, donde viven sus hermanos policías. De Rivadavia extremo oeste  incautaron un chaleco antibalas y una moto 110 roja, con la que los investigadores sospechan pudo actuar un tercer delincuente, que cumplió el papel “de campana” en los atracos.

Como las municiones que encontraron en lo de Tallone eran calibre 11/25, un tipo de proyectil que en la Fuerza sólo usa el personal de la DRIM, el juez quería cerciorarse de que el sospechoso no se haya valido del material de trabajo de uno de sus hermanos para cometer los asaltos. Por eso, anteayer, alrededor de las 19, allanó en persona la sede de esa división, ubicada en Perón, casi Carlos Pellegrini. Pero los proyectiles que secuestró de allí, si bien coinciden en calibre con los ubicados en San Cayetano 681, no son del mismo tipo que ésos. La posibilidad de que el imputado se haya aprovechado del auxiliar del grupo motorista quedó descartada por ahora.

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