Escuchá acá la 90.9

Escuchá acá la 90.9
X

La bicicletería Gil suma más de 60 años en el rubro

Brígido Gil fue su fundador, pero hoy su hijo Carlos es el responsable de mantener el legado familiar. 

Como todos los días de la semana desde hace más de 60 años, Carlos Gil mantiene abierta la puerta de la bicicletería "Cycles Gil", ubicada en calle Falucho casi esquina Belgrano. Su padre, Brígido Gil, fue el fundador del local y hoy su hijo mantiene el legado familiar.

Detrás del mostrador, que estaba repleto de herramientas y tornillos, se encontraba Carlos, que en sus manos tenía puesto unos guantes de goma negro. En el aire se percibía el olor típico de un taller donde se trabaja con grasa para poner a punto las ruedas de las bicicletas. Con los ojos llenos de nostalgia recordó cómo fue el comienzo de su negocio.  

Comentó que su padre nació junto a otros cinco hermanos en Barranquitas, que se encuentra a 33 kilómetros de la ciudad capital. "Al cumplir cinco años su madre murió, quedaron huérfanos y los dieron en adopción a diferentes familias. Él se fue con un matrimonio de Buenos Aires de apellido Recolón", dijo el puntano.

Con una mano apoyada en el mostrador, Carlos intentaba disimular su emoción y detalló que su padre, a sus 35 años, logró poner un comercio junto a un socio italiano. "Armaron un taller de cromado. En aquella época lo utilizaban en los paragolpes de los autos, como también en las llantas y manubrio de las bicicletas, pero luego de unos años, el ácido que utilizaban para trabajar le hizo mal a los pulmones", precisó.

Expresó que en uno de los tantos viajes a su provincia su papá conoció a Carmen Baigorria. "En ese momento su hermano Juan estaba casado con Teodora, la hermana de mi mamá. Quedaron enganchados y por casi un año se mandaron cartas. Hasta que un día él vino y le pidió matrimonio. Se casaron y se la llevo con él a la gran ciudad. Mi abuela en ese momento no estaba de acuerdo", contó con una pícara sonrisa el puntano, quien resaltó que guarda con cariño los escritos que se mandaban sus padres.

Carlos manifestó que los médicos le aconsejaron a Brígido que por su dolencia se fuera a vivir a Córdoba o San Luis por el clima seco. "Al año de que nací nos vinimos para acá, me considero más puntano que porteño", bromeó. Además destacó que en un primer momento trabajó ocho años en la Policía, para luego en 1962 poner en pie su propio taller de bicis en la calle Belgrano, en un garaje de la familia Villegas.

"Le resultó mucho más fácil empezar porque ya conocía el rubro y tenía contacto con vendedores de Buenos Aires. Así empezó con su gran pasión en la tierra que lo vio nacer", dijo el puntano con los ojos brillosos. También detalló que en aquella época acomodaban en la vereda una bici al lado de la otra y nadie se las llevaba.  

Por unos segundos el puntano cerró sus ojos y se acordó cómo eran sus tardes en el negocio. "Desde pequeño lo acompañé. Salía de la escuela, corría hasta el local y él me enseñaba cómo se ponía una cadena o se calibraban las gomas. Después me daba un par de retos porque desarmaba un compresor que hacía ruido. Lo quise dejar en buenas condiciones y no pude. Creí que no se daría cuenta, pero al querer usarlo no funcionaba", comentó. 

Precisó que su padre, unos años más tarde, decidió mudar el local a la calle Falucho y que a los 68 años falleció de fibrosis pulmonar. "Con mi viejo aprendí mucho, pero sobre todo de humildad y honestidad. Hoy sigo su mismo camino", dijo emocionado Carlos, mientras giró su cabeza y a un costado vio un centrador. "Lo compró en 1965 cuando podía viajar a Capital Federal, después su enfermedad se lo impidió", dijo y con un resoplido detalló que la última vez que estuvo internado dormía junto a su papá tomado de la mano.

"Me pidió que no fuera más al taller que tenía, que no cometa el mismo error y que disfrutara lo que él no pudo. Le hice caso y en una moto 250 recorrí Bolivia y Perú hasta llegar a Ecuador", manifestó Carlos, quien dijo con pena que no hay una tercera generación que continúe con el rubro. "Una de mis cuatro hijas me ayuda con las ventas. Les he dicho que si ellas no siguen se pierde todo", dijo entre risas.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

La bicicletería Gil suma más de 60 años en el rubro

Brígido Gil fue su fundador, pero hoy su hijo Carlos es el responsable de mantener el legado familiar. 

Como todos los días de la semana desde hace más de 60 años, Carlos Gil mantiene abierta la puerta de la bicicletería "Cycles Gil", ubicada en calle Falucho casi esquina Belgrano. Su padre, Brígido Gil, fue el fundador del local y hoy su hijo mantiene el legado familiar.

Detrás del mostrador, que estaba repleto de herramientas y tornillos, se encontraba Carlos, que en sus manos tenía puesto unos guantes de goma negro. En el aire se percibía el olor típico de un taller donde se trabaja con grasa para poner a punto las ruedas de las bicicletas. Con los ojos llenos de nostalgia recordó cómo fue el comienzo de su negocio.  

Comentó que su padre nació junto a otros cinco hermanos en Barranquitas, que se encuentra a 33 kilómetros de la ciudad capital. "Al cumplir cinco años su madre murió, quedaron huérfanos y los dieron en adopción a diferentes familias. Él se fue con un matrimonio de Buenos Aires de apellido Recolón", dijo el puntano.

Con una mano apoyada en el mostrador, Carlos intentaba disimular su emoción y detalló que su padre, a sus 35 años, logró poner un comercio junto a un socio italiano. "Armaron un taller de cromado. En aquella época lo utilizaban en los paragolpes de los autos, como también en las llantas y manubrio de las bicicletas, pero luego de unos años, el ácido que utilizaban para trabajar le hizo mal a los pulmones", precisó.

Expresó que en uno de los tantos viajes a su provincia su papá conoció a Carmen Baigorria. "En ese momento su hermano Juan estaba casado con Teodora, la hermana de mi mamá. Quedaron enganchados y por casi un año se mandaron cartas. Hasta que un día él vino y le pidió matrimonio. Se casaron y se la llevo con él a la gran ciudad. Mi abuela en ese momento no estaba de acuerdo", contó con una pícara sonrisa el puntano, quien resaltó que guarda con cariño los escritos que se mandaban sus padres.

Carlos manifestó que los médicos le aconsejaron a Brígido que por su dolencia se fuera a vivir a Córdoba o San Luis por el clima seco. "Al año de que nací nos vinimos para acá, me considero más puntano que porteño", bromeó. Además destacó que en un primer momento trabajó ocho años en la Policía, para luego en 1962 poner en pie su propio taller de bicis en la calle Belgrano, en un garaje de la familia Villegas.

"Le resultó mucho más fácil empezar porque ya conocía el rubro y tenía contacto con vendedores de Buenos Aires. Así empezó con su gran pasión en la tierra que lo vio nacer", dijo el puntano con los ojos brillosos. También detalló que en aquella época acomodaban en la vereda una bici al lado de la otra y nadie se las llevaba.  

Por unos segundos el puntano cerró sus ojos y se acordó cómo eran sus tardes en el negocio. "Desde pequeño lo acompañé. Salía de la escuela, corría hasta el local y él me enseñaba cómo se ponía una cadena o se calibraban las gomas. Después me daba un par de retos porque desarmaba un compresor que hacía ruido. Lo quise dejar en buenas condiciones y no pude. Creí que no se daría cuenta, pero al querer usarlo no funcionaba", comentó. 

Precisó que su padre, unos años más tarde, decidió mudar el local a la calle Falucho y que a los 68 años falleció de fibrosis pulmonar. "Con mi viejo aprendí mucho, pero sobre todo de humildad y honestidad. Hoy sigo su mismo camino", dijo emocionado Carlos, mientras giró su cabeza y a un costado vio un centrador. "Lo compró en 1965 cuando podía viajar a Capital Federal, después su enfermedad se lo impidió", dijo y con un resoplido detalló que la última vez que estuvo internado dormía junto a su papá tomado de la mano.

"Me pidió que no fuera más al taller que tenía, que no cometa el mismo error y que disfrutara lo que él no pudo. Le hice caso y en una moto 250 recorrí Bolivia y Perú hasta llegar a Ecuador", manifestó Carlos, quien dijo con pena que no hay una tercera generación que continúe con el rubro. "Una de mis cuatro hijas me ayuda con las ventas. Les he dicho que si ellas no siguen se pierde todo", dijo entre risas.

Logín