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"Yo trabajé en la mina Los Cóndores"

Johnny Díaz

Armando Amaya nació en Santa Rosa pero se crió en Concarán. A los 18 años comenzó a trabajar como empleado administrativo. Le brindó a El Diario un repaso de sus días en el campamento minero, donde vivían más de 3 mil personas. Contó anécdotas y leyendas acerca de un lugar increíble habitado por sudamericanos y europeos. 

Armando Amaya nació en Santa Rosa, a unos treinta kilómetros de Concarán y unos doscientos de San Luis. Es hijo de Carmen Amaya, pero quien lo crió fue Justina Mercau y tiene dos hermanos del corazón: Humberto y Ricardo. 

Es viudo de Gladys Mirian Aguilar, una mujer nacida en Piedras Bayas, un paraje cerca de Tilisarao. Fue verse y enamorarse. No tuvieron hijos, pero vivieron una vida plena de respeto y amor.

 

Selección. En los galpones donde se almacenaba el material extraído de la mina se utilizaba un procedimiento de lavado para su traslado. La broza era arrojada en las inmediaciones.

 

A los 18 años, Amaya tuvo la posibilidad de ingresar a la empresa Sominar, administradora de la mina Los Cóndores, un yacimiento de chelita cerca de Concarán, una de las localidades que embellecen el Valle del Conlara. Entró después de rendir un examen de aptitud. "Era elemental saber leer y escribir. No tuve problemas y un par de días después quedé incorporado a 'la Oficina de minas', ese era el nombre oficial de mi puesto", relató. Ahí, Amaya era uno de los tantos encargados de entregarles a los mineros los elementos para su trabajo en las profundidades de la tierra: casco, botas, guantes, impermeables y fulminantes, "los que eran manejados por especialistas en explosivos, gente muy avezada y únicos responsables de las voladuras". Tenían un contrato especial, era por días. En tanto, la jornada se dividía en tres turnos de 200 operarios cada uno", añadió. "Había ingenieros alemanes en todas las secciones, pero el gerente era un inglés que no recuerdo el nombre", dijo Armando, a quien la memoria le juega una mala pasada.

Componían la administración Juan Inocencio Villegas, a quien le decían "Inucho", como jefe administrativo; José Andrés Benítez como secretario; César Aníbal Pereyra en personal; Roberto Becerra como jefe de planta y Manuel Arrutti en automotores, un español que había llegado a San Luis en busca de mejores oportunidades; y Ángel Martínez Brandt era el enfermero. También estaban Héctor Ocampo, Agapito Rodríguez, José Ángel Oviedo, Mario Nievas, Carlos Rubén Zabala, "Coco" Zapata, Américo Carrizo, Hegan Hansen y Carlos Hibl, agregó al relato Víctor Hugo, amigo de la infancia de Armando. 

 

Sominar. Una vista general de la ubicación de la mina cerca de Concarán; y el ingeniero alemán Esteban Frind (de sombrero) junto a dos colaboradores midiendo las dimensiones de un túnel.

 

A ellos se sumaba el ingeniero Esteban Frind, a quien le decían el padre de la mina por haber sido el impulsor de la explotación del yacimiento. También estaban sus colegas Albert Kreutzer, Carlos Hichert, Walter Koch, Milan Poljanec, Joaquín Antoriano y el geólogo Adolfo Mloniski.

La mina era una especie de ciudad satélite donde no faltaba nada. Hotel para solteros, casas para ingenieros y para casados, canchas de fútbol, de básquet, cine, la escuela provincial Nº 416, (después 288), comedores, pensiones, almacén de ramos generales, proveedurías, comisaría, pista de aterrizaje, sala de primeros auxilios, usina generadora de electricidad con capacidad de abastecer a todo el Valle del Conlara. 

"Cuando Elías Adre era gobernador de San Luis, el entonces presidente de la Nación Carlos Menem llegó a Concarán con  María Julia Alsogaray, utilizando la pista de la mina que siempre estaba en óptimas condiciones, nos contaba Quito Sergiani", manifestó con seguridad. 

"La vida del minero era muy dura, en invierno los fríos eran tremendos y, en verano, era insoportable el calor. Me levantaba a las 6 de la mañana y entraba a las 8, éramos muchos los que íbamos del pueblo, algunos caminando o en bicicletas, yo usaba una de mi hermano Humberto que vive en Buenos Aires y él la utilizaba cuando venía de vacaciones. Había un sendero y atravesábamos el río Conlara con agua hasta las rodillas, pero nos ahorrábamos unos seis kilómetros de caminata", recuerdó hoy el extrabajador de la famosa mina. 

"Mi vida en el campamento —continuó— era como la de cualquier empleado, de lunes a sábado almorzaba una buena comida  en uno de los tantos lugares habilitados para ello y abonaba mensualmente; otros compañeros lo hacían diariamente".

La empresa tenía moneda propia de 5, 10, 20, 50 centavos y de 1 peso de uso interno que había acuñado con sabiduría y donde los mismos patrones se encargaban de canjearlas por peso nacional. "Nosotros cobrábamos nuestro sueldo con plata argentina", se apuró en aclarar Amaya.

"La mina era una ciudad distinta a todo. Cuando había un festival de boxeo, baile, actividades criollas, básquet o partidos de fútbol, donde éramos imbatibles, me quedaba porque venía gente de todos lados y el campamento se vestía de fiesta. Lo mismo que para las fiestas de fin de año", destacó.

En relación a lo laboral, Amaya comentó que se trabajaba con armonía y responsabilidad pese a la dificultad idiomática y la cantidad de gente que transitaba por el lugar. "A veces venían como aluviones de personas de yacimientos desaparecidos en el norte del país, Chile o Perú. A todos había que hacerles una ficha laboral, algunos no tenían ni DNI", añadió.

 

Nivel cero. La boca de la mina en 1940. Hoy visitada por cientos de turistas.

 

Agregó que los únicos camiones que estaban autorizados a bajar a la boca de la mina eran Dodge sin baranda, con mucha fuerza y velocidades reducidas, planos para aumentar la capacidad de carga y traslado del material que extraían en pequeñas bolsas con un peso de hasta doscientos kilos y de un tamaño que no excedía los cincuenta por treinta centímetros.

"La mina tenía más de trescientos metros de profundidad y unos doce túneles horizontales, algunos de ellos con más de seis kilómetros de galería. Siempre se dijo que había uno que casi llegaba hasta el río Conlara. Yo nunca pude certificar los dichos por los mineros, pero es muy probable que así haya sido", clarificó.

La mina Los Cóndores es un yacimiento minero situado a la vera del arroyo Las Cañas, al oeste de Concarán. Fue descubierto en 1839 en los campos de Medardo Aguirre, en una zona llamada "Quebrada la Fea" como una gran veta de tungsteno, una formación mineral de wolframio y chelita. La explotación estuvo a cargo del ingeniero alemán Esteban Frind que formó la empresa Hansa S.A., de capitales alemanes.

Las anécdotas son cientas, las supersticiones y leyendas abundaban entre los mineros y eran motivo de largas charlas entre viejos mineros y jóvenes curiosos a las orillas de algún fogón. Amaya escuchó hablar que se oían gemidos como si fueran de personas atrapadas en algún recoveco de las tantas galerías. También dijo que en el "nivel 200" se aparecía una persona sin cabeza y luces que se movían de un lado a otro en los tétricos túneles. Los más antiguos dicen que eran almas en pena de los trabajadores que encontraron la muerte en las profundas grietas de la mina.

"En noches silenciosas y serenas se escuchaban golpes de martillos perforadores cuando en realidad nadie trabajaba en el interior. Pero lo más grave fue un accidente que ocurrió en el nivel 12, el más profundo y uno de mayor extensión", rememoró.

"Dicen que hubo una gran explosión producto de haber puesto mal 'un tiro', lo que ocasionó la muerte de unos 200 mineros, casi todos de origen chileno", expresó Amaya mirando fotos de la época.

 

"El campamento minero tuvo unos cuatro mil habitantes. Fue como una ciudad satélite. Le dio vida a Concarán y la hizo crecer económicamente", dijo Víctor Hugo Lucero, amigo de Armando Amaya.

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"Yo trabajé en la mina Los Cóndores"

Armando Amaya nació en Santa Rosa pero se crió en Concarán. A los 18 años comenzó a trabajar como empleado administrativo. Le brindó a El Diario un repaso de sus días en el campamento minero, donde vivían más de 3 mil personas. Contó anécdotas y leyendas acerca de un lugar increíble habitado por sudamericanos y europeos. 

Definición. "La vida del trabajador minero es muy dura, pero en Los Cóndores todo estaba muy bien organizado por los ingenieros alemanes", dijo Amaya. Fotos: Leandro Cruciani / Gentileza.

Armando Amaya nació en Santa Rosa, a unos treinta kilómetros de Concarán y unos doscientos de San Luis. Es hijo de Carmen Amaya, pero quien lo crió fue Justina Mercau y tiene dos hermanos del corazón: Humberto y Ricardo. 

Es viudo de Gladys Mirian Aguilar, una mujer nacida en Piedras Bayas, un paraje cerca de Tilisarao. Fue verse y enamorarse. No tuvieron hijos, pero vivieron una vida plena de respeto y amor.

 

Selección. En los galpones donde se almacenaba el material extraído de la mina se utilizaba un procedimiento de lavado para su traslado. La broza era arrojada en las inmediaciones.

 

A los 18 años, Amaya tuvo la posibilidad de ingresar a la empresa Sominar, administradora de la mina Los Cóndores, un yacimiento de chelita cerca de Concarán, una de las localidades que embellecen el Valle del Conlara. Entró después de rendir un examen de aptitud. "Era elemental saber leer y escribir. No tuve problemas y un par de días después quedé incorporado a 'la Oficina de minas', ese era el nombre oficial de mi puesto", relató. Ahí, Amaya era uno de los tantos encargados de entregarles a los mineros los elementos para su trabajo en las profundidades de la tierra: casco, botas, guantes, impermeables y fulminantes, "los que eran manejados por especialistas en explosivos, gente muy avezada y únicos responsables de las voladuras". Tenían un contrato especial, era por días. En tanto, la jornada se dividía en tres turnos de 200 operarios cada uno", añadió. "Había ingenieros alemanes en todas las secciones, pero el gerente era un inglés que no recuerdo el nombre", dijo Armando, a quien la memoria le juega una mala pasada.

Componían la administración Juan Inocencio Villegas, a quien le decían "Inucho", como jefe administrativo; José Andrés Benítez como secretario; César Aníbal Pereyra en personal; Roberto Becerra como jefe de planta y Manuel Arrutti en automotores, un español que había llegado a San Luis en busca de mejores oportunidades; y Ángel Martínez Brandt era el enfermero. También estaban Héctor Ocampo, Agapito Rodríguez, José Ángel Oviedo, Mario Nievas, Carlos Rubén Zabala, "Coco" Zapata, Américo Carrizo, Hegan Hansen y Carlos Hibl, agregó al relato Víctor Hugo, amigo de la infancia de Armando. 

 

Sominar. Una vista general de la ubicación de la mina cerca de Concarán; y el ingeniero alemán Esteban Frind (de sombrero) junto a dos colaboradores midiendo las dimensiones de un túnel.

 

A ellos se sumaba el ingeniero Esteban Frind, a quien le decían el padre de la mina por haber sido el impulsor de la explotación del yacimiento. También estaban sus colegas Albert Kreutzer, Carlos Hichert, Walter Koch, Milan Poljanec, Joaquín Antoriano y el geólogo Adolfo Mloniski.

La mina era una especie de ciudad satélite donde no faltaba nada. Hotel para solteros, casas para ingenieros y para casados, canchas de fútbol, de básquet, cine, la escuela provincial Nº 416, (después 288), comedores, pensiones, almacén de ramos generales, proveedurías, comisaría, pista de aterrizaje, sala de primeros auxilios, usina generadora de electricidad con capacidad de abastecer a todo el Valle del Conlara. 

"Cuando Elías Adre era gobernador de San Luis, el entonces presidente de la Nación Carlos Menem llegó a Concarán con  María Julia Alsogaray, utilizando la pista de la mina que siempre estaba en óptimas condiciones, nos contaba Quito Sergiani", manifestó con seguridad. 

"La vida del minero era muy dura, en invierno los fríos eran tremendos y, en verano, era insoportable el calor. Me levantaba a las 6 de la mañana y entraba a las 8, éramos muchos los que íbamos del pueblo, algunos caminando o en bicicletas, yo usaba una de mi hermano Humberto que vive en Buenos Aires y él la utilizaba cuando venía de vacaciones. Había un sendero y atravesábamos el río Conlara con agua hasta las rodillas, pero nos ahorrábamos unos seis kilómetros de caminata", recuerdó hoy el extrabajador de la famosa mina. 

"Mi vida en el campamento —continuó— era como la de cualquier empleado, de lunes a sábado almorzaba una buena comida  en uno de los tantos lugares habilitados para ello y abonaba mensualmente; otros compañeros lo hacían diariamente".

La empresa tenía moneda propia de 5, 10, 20, 50 centavos y de 1 peso de uso interno que había acuñado con sabiduría y donde los mismos patrones se encargaban de canjearlas por peso nacional. "Nosotros cobrábamos nuestro sueldo con plata argentina", se apuró en aclarar Amaya.

"La mina era una ciudad distinta a todo. Cuando había un festival de boxeo, baile, actividades criollas, básquet o partidos de fútbol, donde éramos imbatibles, me quedaba porque venía gente de todos lados y el campamento se vestía de fiesta. Lo mismo que para las fiestas de fin de año", destacó.

En relación a lo laboral, Amaya comentó que se trabajaba con armonía y responsabilidad pese a la dificultad idiomática y la cantidad de gente que transitaba por el lugar. "A veces venían como aluviones de personas de yacimientos desaparecidos en el norte del país, Chile o Perú. A todos había que hacerles una ficha laboral, algunos no tenían ni DNI", añadió.

 

Nivel cero. La boca de la mina en 1940. Hoy visitada por cientos de turistas.

 

Agregó que los únicos camiones que estaban autorizados a bajar a la boca de la mina eran Dodge sin baranda, con mucha fuerza y velocidades reducidas, planos para aumentar la capacidad de carga y traslado del material que extraían en pequeñas bolsas con un peso de hasta doscientos kilos y de un tamaño que no excedía los cincuenta por treinta centímetros.

"La mina tenía más de trescientos metros de profundidad y unos doce túneles horizontales, algunos de ellos con más de seis kilómetros de galería. Siempre se dijo que había uno que casi llegaba hasta el río Conlara. Yo nunca pude certificar los dichos por los mineros, pero es muy probable que así haya sido", clarificó.

La mina Los Cóndores es un yacimiento minero situado a la vera del arroyo Las Cañas, al oeste de Concarán. Fue descubierto en 1839 en los campos de Medardo Aguirre, en una zona llamada "Quebrada la Fea" como una gran veta de tungsteno, una formación mineral de wolframio y chelita. La explotación estuvo a cargo del ingeniero alemán Esteban Frind que formó la empresa Hansa S.A., de capitales alemanes.

Las anécdotas son cientas, las supersticiones y leyendas abundaban entre los mineros y eran motivo de largas charlas entre viejos mineros y jóvenes curiosos a las orillas de algún fogón. Amaya escuchó hablar que se oían gemidos como si fueran de personas atrapadas en algún recoveco de las tantas galerías. También dijo que en el "nivel 200" se aparecía una persona sin cabeza y luces que se movían de un lado a otro en los tétricos túneles. Los más antiguos dicen que eran almas en pena de los trabajadores que encontraron la muerte en las profundas grietas de la mina.

"En noches silenciosas y serenas se escuchaban golpes de martillos perforadores cuando en realidad nadie trabajaba en el interior. Pero lo más grave fue un accidente que ocurrió en el nivel 12, el más profundo y uno de mayor extensión", rememoró.

"Dicen que hubo una gran explosión producto de haber puesto mal 'un tiro', lo que ocasionó la muerte de unos 200 mineros, casi todos de origen chileno", expresó Amaya mirando fotos de la época.

 

"El campamento minero tuvo unos cuatro mil habitantes. Fue como una ciudad satélite. Le dio vida a Concarán y la hizo crecer económicamente", dijo Víctor Hugo Lucero, amigo de Armando Amaya.

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