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Una puerta, una intimidad, una aventura

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Una puerta, una intimidad, una aventura

Mariano Medina

La burla del hombre común y de sí mismo quedó en la historia de la Argentina al nivel de "El Eternauta", de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, o de "Nippur de Lagash", de Robin Wood y Lucho Olivera. ¿Quién lo hubiera pensado? Sin embargo el guión de Carlos Trillo y el dibujo de Horacio Altuna tuvieron éxito, quizás, por inspirarse en la realidad con “Las puertitas del Señor López”.

“En esa tira se hablaba de los miedos, porque todos los teníamos. Me refiero a miedos naturales y permanentes. Uno debe luchar para superarlos y modificar esa realidad que jode. Era fácil identificarse, no con el señor López, que era patético, sino con sus temores”, sostuvo Altuna sobre un producto que nació en plena dictadura.

Su primera aparición fue en 1979 en la revista “El Péndulo”, donde solo tuvo cuatro aventuras y después se mudó a la tradicional Humor, donde vivió hasta 1982 cuando Altuna se radicó en España.

La tira era simple en su propuesta pero interesante en su resolución.

El señor López tiene una vida miserable. Es un hombre cincuentón, bajo, un poco calvo, y en extremo introvertido y sin carácter. Su mujer lo domina y el trabajo no es mejor: es un oficinista explotado. No tiene carácter para opinar sobre nada y es un “fantasma” ya que nadie advierte su presencia.

Cuando alguien quiere meditar suele dirigirse al baño y eso es lo que precisamente hacía López cuando se sentía incómodo. Cualquier puerta le permitía aislarse, llegar a ese momento íntimo de felicidad, pero este personaje se transportaba a un mundo fantástico donde se permite hacer las cosas que en la realidad no se atreve, donde encuentra explicaciones a sus padecimientos o, también, la ratificación de su pobre condición. Aunque no siempre encontraba complacencia.

“Siempre repito que como autores, junto a Carlos, tirábamos mensajes en una botella al mar. Ahí iba la botella. Alguna vez alguien la descubriría, leería el mensaje y se interpretaría según el lector. El asunto es que el mensaje llegue. No importa cómo se interprete. Lo ideal sería que se interprete como lo que quisimos decir. Lo que me resulta fantástico es la permanencia en el tiempo. Pero la temática es universal y atemporal, porque esos miedos siguen en el tiempo, no cambian. Es como hacer una historieta de amor, con encuentros y desencuentros en una pareja: eso no varía. Hay cosas inmanentes en el ser humano”, dijo alguna vez el dibujante antes de volver del exilio en Europa.

Poco tiene que ver la tira con el fracaso televisivo protagonizado por el “Pelado” de CQC. Esa fue una infamia al nombre del Señor López. El verdadero, el de tinta y papel, era picarón, ensoñador y atrevido. Logró esquivarle a las imposiciones de la dictadura y entretuvo con algo tan barato y fácil como el sueño.

 

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Una puerta, una intimidad, una aventura

La burla del hombre común y de sí mismo quedó en la historia de la Argentina al nivel de "El Eternauta", de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, o de "Nippur de Lagash", de Robin Wood y Lucho Olivera. ¿Quién lo hubiera pensado? Sin embargo el guión de Carlos Trillo y el dibujo de Horacio Altuna tuvieron éxito, quizás, por inspirarse en la realidad con “Las puertitas del Señor López”.

“En esa tira se hablaba de los miedos, porque todos los teníamos. Me refiero a miedos naturales y permanentes. Uno debe luchar para superarlos y modificar esa realidad que jode. Era fácil identificarse, no con el señor López, que era patético, sino con sus temores”, sostuvo Altuna sobre un producto que nació en plena dictadura.

Su primera aparición fue en 1979 en la revista “El Péndulo”, donde solo tuvo cuatro aventuras y después se mudó a la tradicional Humor, donde vivió hasta 1982 cuando Altuna se radicó en España.

La tira era simple en su propuesta pero interesante en su resolución.

El señor López tiene una vida miserable. Es un hombre cincuentón, bajo, un poco calvo, y en extremo introvertido y sin carácter. Su mujer lo domina y el trabajo no es mejor: es un oficinista explotado. No tiene carácter para opinar sobre nada y es un “fantasma” ya que nadie advierte su presencia.

Cuando alguien quiere meditar suele dirigirse al baño y eso es lo que precisamente hacía López cuando se sentía incómodo. Cualquier puerta le permitía aislarse, llegar a ese momento íntimo de felicidad, pero este personaje se transportaba a un mundo fantástico donde se permite hacer las cosas que en la realidad no se atreve, donde encuentra explicaciones a sus padecimientos o, también, la ratificación de su pobre condición. Aunque no siempre encontraba complacencia.

“Siempre repito que como autores, junto a Carlos, tirábamos mensajes en una botella al mar. Ahí iba la botella. Alguna vez alguien la descubriría, leería el mensaje y se interpretaría según el lector. El asunto es que el mensaje llegue. No importa cómo se interprete. Lo ideal sería que se interprete como lo que quisimos decir. Lo que me resulta fantástico es la permanencia en el tiempo. Pero la temática es universal y atemporal, porque esos miedos siguen en el tiempo, no cambian. Es como hacer una historieta de amor, con encuentros y desencuentros en una pareja: eso no varía. Hay cosas inmanentes en el ser humano”, dijo alguna vez el dibujante antes de volver del exilio en Europa.

Poco tiene que ver la tira con el fracaso televisivo protagonizado por el “Pelado” de CQC. Esa fue una infamia al nombre del Señor López. El verdadero, el de tinta y papel, era picarón, ensoñador y atrevido. Logró esquivarle a las imposiciones de la dictadura y entretuvo con algo tan barato y fácil como el sueño.

 

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