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Cómo sanar nuestra mente

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Cómo sanar nuestra mente

Bernardo Stamateas

Es perfectamente humano sentir temor cuando uno se enferma. Pero todos somos capaces de utilizar nuestra mente en nuestro beneficio. ¿Cómo? Dibujando en ella un futuro pleno y feliz. Es importante, frente a la enfermedad propia o ajena, que la persona en esa situación, sea amable consigo misma y construya en su mente imágenes de salud.

 

La salud siempre empieza en nuestra mente para luego reflejarse en nuestro cuerpo.

 

Hay ciertas actitudes que suelen enfermar nuestra mente, lo cual luego se traduce en alguna enfermedad a nivel físico. Veamos algunas de ellas:

Una actitud egoísta

Quien es egoísta funciona sobre la base de sus propias necesidades y transmite el siguiente mensaje: “No me importa nada lo que a vos te pase, quiero que prestes atención a lo que yo necesito”. El egoísta rara vez considera las necesidades de los demás, pues su vida se centra en lo que le pasa a él o ella y en los sentimientos que eso le produce. Por ejemplo, si en una reunión la pasa mal, mientras que todos la pasan bien, se enojará de que otros disfruten y él o ella no. Lo único en lo que está interesado es en su propio bienestar.

Una actitud orgullosa

Aquel que tiene orgullo suele exagerar sus logros. Así, por ejemplo, si jugando al fútbol convierte un buen gol, se autodenominará “el mejor jugador del mundo”. Esta actitud nos hace creer que uno es superior a los demás. Si bien, debemos reconocer aquello que hacemos bien, no es sano compararnos con los demás y sentir que somos mejores. Nadie es mejor ni peor que otra persona. El orgulloso culpa a alguien o algo más cuando se equivoca, pues jamás admite sus errores.

Una actitud culpógena

Hay personas que, aun de manera inconsciente, viven llenas de culpa. Y otras que viven llenando de culpa a los demás. Por ejemplo, una mamá que le dice a su hija adulta: “Está bien, salí con tus amigas y divertite que yo me quedo sola acá…”. El mensaje oculto es: “Tu accionar me causa sufrimiento”. Lo cierto es que sufrimos porque así lo decidimos. El dolor es inevitable pero el sufrimiento es optativo, sin importar lo que otros hagan o dejen de hacer. No nacimos para cargar culpa y sufrimiento, ya que esa actitud tarde o temprano nos termina enfermando.

 

¿Cómo sanamos nuestra mente? Escogiendo estas dos actitudes poderosas:

  1. Hacernos 100% responsables de nuestra vida

Para tomar las riendas de nuestra vida, precisamos una estima sana que nos permite conocer el potencial ilimitado que llevamos adentro y nada ni nadie puede cancelar, solo nosotros mismos. Y sobre todo, ser conscientes de que no necesitamos depender de otros.

  1. Hablando bien (amorosamente) de nosotros mismos y nuestra vida

¿Sabías que hay poder en tu boca? Las palabras tienen el poder de construir nuestra realidad. Aun así, la mayoría de la gente no es consciente de que su modo de hablar puede ser dañino para su salud. Si anhelamos triunfar, es fundamental aprender a hablar positivamente.

Hoy podés escoger abrir tu boca para automotivarte y contagiar a otros. ¡Nada ni nadie puede bloquear tu fuerza interior!

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Cómo sanar nuestra mente

Es perfectamente humano sentir temor cuando uno se enferma. Pero todos somos capaces de utilizar nuestra mente en nuestro beneficio. ¿Cómo? Dibujando en ella un futuro pleno y feliz. Es importante, frente a la enfermedad propia o ajena, que la persona en esa situación, sea amable consigo misma y construya en su mente imágenes de salud.

 

La salud siempre empieza en nuestra mente para luego reflejarse en nuestro cuerpo.

 

Hay ciertas actitudes que suelen enfermar nuestra mente, lo cual luego se traduce en alguna enfermedad a nivel físico. Veamos algunas de ellas:

Una actitud egoísta

Quien es egoísta funciona sobre la base de sus propias necesidades y transmite el siguiente mensaje: “No me importa nada lo que a vos te pase, quiero que prestes atención a lo que yo necesito”. El egoísta rara vez considera las necesidades de los demás, pues su vida se centra en lo que le pasa a él o ella y en los sentimientos que eso le produce. Por ejemplo, si en una reunión la pasa mal, mientras que todos la pasan bien, se enojará de que otros disfruten y él o ella no. Lo único en lo que está interesado es en su propio bienestar.

Una actitud orgullosa

Aquel que tiene orgullo suele exagerar sus logros. Así, por ejemplo, si jugando al fútbol convierte un buen gol, se autodenominará “el mejor jugador del mundo”. Esta actitud nos hace creer que uno es superior a los demás. Si bien, debemos reconocer aquello que hacemos bien, no es sano compararnos con los demás y sentir que somos mejores. Nadie es mejor ni peor que otra persona. El orgulloso culpa a alguien o algo más cuando se equivoca, pues jamás admite sus errores.

Una actitud culpógena

Hay personas que, aun de manera inconsciente, viven llenas de culpa. Y otras que viven llenando de culpa a los demás. Por ejemplo, una mamá que le dice a su hija adulta: “Está bien, salí con tus amigas y divertite que yo me quedo sola acá…”. El mensaje oculto es: “Tu accionar me causa sufrimiento”. Lo cierto es que sufrimos porque así lo decidimos. El dolor es inevitable pero el sufrimiento es optativo, sin importar lo que otros hagan o dejen de hacer. No nacimos para cargar culpa y sufrimiento, ya que esa actitud tarde o temprano nos termina enfermando.

 

¿Cómo sanamos nuestra mente? Escogiendo estas dos actitudes poderosas:

  1. Hacernos 100% responsables de nuestra vida

Para tomar las riendas de nuestra vida, precisamos una estima sana que nos permite conocer el potencial ilimitado que llevamos adentro y nada ni nadie puede cancelar, solo nosotros mismos. Y sobre todo, ser conscientes de que no necesitamos depender de otros.

  1. Hablando bien (amorosamente) de nosotros mismos y nuestra vida

¿Sabías que hay poder en tu boca? Las palabras tienen el poder de construir nuestra realidad. Aun así, la mayoría de la gente no es consciente de que su modo de hablar puede ser dañino para su salud. Si anhelamos triunfar, es fundamental aprender a hablar positivamente.

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