SAN LUIS - Martes 07 de Julio de 2020

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Sensibilidad humana

Por redacción
| 14 de enero de 2020

Es probable que ya existan estudios acerca del aumento de la sensibilidad de las sociedades, por la simple razón de estar conectados todo el tiempo, con prácticamente todo el mundo.

 

La sensibilidad es estrictamente humana, y como tal puede presentarse como alegría, tristeza, ira, deseo, dolor; y cuantas expresiones culturales hayan moldeado a cada ser humano que compone una determinada sociedad.

 

Entender la enorme cifra que significa que el 75% de los habitantes de la Tierra tenga acceso a un teléfono móvil resulta estremecedor y es un sólido argumento para comprender luego, el tema de la sensibilidad.

 

Desde el inicio de la civilización, las sociedades fueron estructuradas en torno a ciertos acuerdos básicos que garantizaran la convivencia de los individuos, y el beneficio común a todos. Así nacieron las normas, los reglamentos, las leyes, y, por último, la madre de todas las leyes, la Constitución.

 

Cada país expresa en su Constitución su cuerpo legal, aquello en lo que todos están de acuerdo, aquello que hace de esa sociedad, una Nación. La trascendencia de una Constitución es tan elevada, que es allí donde se establecen los derechos y las libertades de los ciudadanos; por lo tanto, en esas leyes está la sensibilidad del pueblo. Allí es donde cada pueblo le muestra al mundo, su manera de sentir, de pensar y de actuar.

 

Existen diversos tipos de Constitución de acuerdo a su origen; pueden ser otorgadas, impuestas, pactadas, o aprobadas por voluntad de la soberanía popular. Todas coinciden en garantizar una determinada cantidad de derechos y libertades. Por eso es que en algunas naciones existen más derechos y libertades que en otras.

 

Los derechos y las libertades llegan a la Constitución cuando afectan la sensibilidad de los ciudadanos. La Constitución, tal como hoy la conocemos, nace en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en Francia, apenas un mes y medio después de la Toma de la Bastilla y del estallido de la Revolución Francesa, el 14 de julio de 1789.

 

Tenían hambre, vivían en la miseria, sin trabajo, sin educación, sucios, malolientes, perseguidos, esclavizados, tristes y sin esperanza; aquellos franceses que hicieron la Revolución necesitaban derechos, necesitaban libertad. Y lo necesitaban por escrito.

 

Luego nacieron otras Constituciones, en otros países, en otras culturas: cien, doscientas, y más; pero todas ellas inspiradas en aquella sensibilidad de las mujeres y hombres franceses que cambiaron la historia.

 

Pero entonces, las buenas nuevas de los derechos y las libertades adquiridos por los franceses no viajaban más rápido que un caballo, y por mar se movían en pesados buques, que podían tardar hasta dos meses en unir Europa con América. Y cuando llegaban las noticias, por venturosas que fueran, planteaban el enorme desafío de hacer algo igual, o muy parecido, en una sociedad diferente, en una cultura diferente.

 

Argentina, por ejemplo, atravesó su propia Revolución, en 1810, luego declaró la Independencia, en 1816, después definió su destino en la Guerra entre Unitarios y Federales, y recién 64 años después de la Revolución Francesa logró acordar una Constitución.

 

Hoy, conocer la sensibilidad de las diferentes sociedades del planeta es inmediato. El mundo fue testigo de cómo la información modificó siglos de opresión durante la Primavera Árabe.

 

La simpleza y la velocidad para establecer la comunicación, organizarse y coincidir hizo que millones de ciudadanos sensibles a la opresión tomaran las calles y las plazas para reclamar más derechos y más libertades, en un clamor que nació en 2010 y llega hasta hoy. Túnez, Egipto, Siria, Yemen, Argelia, Omán, Libia y Barhein definen su historia desde entonces.

 

Esas revoluciones nacieron del conocimiento. De saber que otras sociedades están más avanzadas en el cuidado de las personas. De comprender que la diversidad puede ser política, sexual, religiosa, étnica; y que a pesar de ello, los individuos logran convivir bajo las mismas leyes.

 

La clave de por qué internet cambió la historia está en el hecho de que democratizó el conocimiento mucho antes de que muchas sociedades lo hicieran. Ahora el individuo es más escéptico, dispone de la información que necesita, y al instante. Los ciudadanos se han vuelto más difíciles de silenciar y controlar; la libertad que les otorgó el conocimiento es una herramienta que los ayuda a reclamar sus derechos y libertades, o a ejercerlos desde la convicción.

 

En la diversidad de expresiones, la sensibilidad humana muestra el rostro de las emociones y apela a la razón: entristecen los incendios en el Amazonas y en Australia, a causa del calentamiento global. Conmueve Greta Thunberg con sus ganas enormes para ayudar y liderar. Erizan la piel las estadísticas sombrías de la violencia de género.

 

Asombra de dolor la violencia obtusa en el Medio Oriente. Preocupa la reforma de la Constitución de la India, que no le dará la nacionalidad a los musulmanes que llegaron hace lustros y décadas desde Afganistán, Pakistán y Bangladesh. Viven allí y los expulsarán. Da mucha tristeza y dolor el genocidio de los rohinyás.

 

Y también puede generar indignación la publicidad de una cerveza, cuyo guión atrasa una década. Resulta notable que miles de ciudadanos, simultáneamente protesten contra esa exhibición machista. Se disfruta como un triunfo colectivo que la cervecería pida disculpas y que la publicidad no se muestre más.

 

Millones de personas sensibles expresan sus derechos, ejercen sus libertades desde el lugar que prefieren, en la calle y con pancartas, en el trabajo, en el transporte, o en sus hogares. A través de internet.

 

Las revoluciones ya nacen en internet, donde el 75% de la población mundial expresa ideas, sueños, esperanzas, ira, deseo, dolor. Las tres cuartas partes de los habitantes de la Tierra conviven en internet y el conocimiento se difunde, por encima de todas las diferencias. El conocimiento global cambiará al mundo —está en marcha y no va a detenerse—. Lo hará un mejor lugar, tarde o temprano.

 

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