Efectos colaterales

Una economía maltrecha a nivel mundial es uno de los efectos colaterales del coronavirus. Y en algunas regiones, esos efectos se sentirán más que en otras. Las economías de los países del Medio Oriente y Asia central quedaron atrapadas en las tenazas de la pandemia COVID-19 y el desplome del mercado petrolero mundial, principal fuente de recursos de la región.
Shocks simultáneos: caída de la demanda interna y externa, reducción del comercio, trastornos de la producción, merma de la confianza de los consumidores y endurecimiento de las condiciones financieras fue la lista de advertencias que enumeró el Fondo Monetario Internacional (FMI).
A lo que se agrega que los países exportadores de petróleo de la región se enfrentan al shock adicional de la caída de los precios del recurso.
La demanda mundial de petróleo, cercana a 100 millones de barriles (de 159 litros) al despuntar el año, se ha reducido más del 20 por ciento, volumen equivalente a la oferta combinada de los dos grandes exportadores, Arabia Saudita y Rusia.
En ese clima recesivo, los precios retroceden sin cesar y, al término de esta semana, el valor de los crudos de referencia —el Brent del Mar del Norte, cotizado a menos de 25 dólares el barril, y el estadounidense WTI (West Texas Intermediate), por debajo de 22 dólares— perdían en un solo día entre cinco y siete puntos porcentuales.
Rusia y Arabia Saudita inundan el mercado en una guerra de precios que fuerza a productores débiles a vender crudo incluso por debajo de sus costos. En la región, el petróleo alimenta a los países del golfo árabe-persa, pero también a los de Asia central como Azerbaiyán y Kazajistán.
Otras grandes fuentes de ingresos y de empleo en la región, como el turismo, el comercio y los servicios, también se han visto rápidamente resentidas.
Las cancelaciones turísticas ya pasaron al 80 por ciento en Egipto; afectan la hostelería y el comercio minorista en Emiratos Árabes Unidos, que recibe 17 millones de turistas al año, mientras que Arabia Saudita es visitada anualmente por 20 millones de personas, peregrinos islámicos en su mayoría.
Los precios de las acciones de compañías de la región han caído, así como los flujos financieros, en el cuadro de recesión global.
Si los exportadores de crudo son afectados, más difícil es la situación de los países que en la región son importadores de petróleo, pues con menores ingresos deberán encarar pagos de deuda —la región acumula compromisos por 35.000 millones de dólares para este año— y los gastos en salud que exige la nueva pandemia.
Varios de los países con economías más sólidas, como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kazajistán y Qatar, ya anunciaron planes de financiamiento para apoyar al sector privado, con diferimiento de impuestos, de pagos de préstamos y nuevos financiamientos para empresas medianas y pequeñas.
Pero la situación es mucho más difícil en Estados frágiles y desgarrados por conflictos, como Iraq, Sudán y Yemen, que enfrentan un desafío especialmente desalentador, subrayó el organismo.
Una docena de países de la región ya pidió apoyo financiero al FMI, y Kirguistán posiblemente sea el primer beneficiario de nuevas facilidades del organismo.
Según el FMI, “las respuestas de política económica deben dirigirse a evitar que la pandemia, una crisis de salud temporal, se convierta en una recesión prolongada con pérdidas de bienestar duraderas a través del aumento del desempleo y las quiebras”.
Sin embargo, a pesar de los presupuestos ya ajustados, los gobiernos no deberían escatimar en gastos para ayudar a sus sistemas de salud y fortalecer las redes de seguridad social.
En la mayoría de los países del Cáucaso, Medio Oriente y Asia central, el coronavirus ha afectado a unas pocas decenas o centenares de personas, pero en Irán los infectados ya pasaron de 32.000, con más de 2.300 fallecidos.
Efectos colaterales de una pandemia que obliga a repensar casi todo.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

Efectos colaterales

Una economía maltrecha a nivel mundial es uno de los efectos colaterales del coronavirus. Y en algunas regiones, esos efectos se sentirán más que en otras. Las economías de los países del Medio Oriente y Asia central quedaron atrapadas en las tenazas de la pandemia COVID-19 y el desplome del mercado petrolero mundial, principal fuente de recursos de la región.
Shocks simultáneos: caída de la demanda interna y externa, reducción del comercio, trastornos de la producción, merma de la confianza de los consumidores y endurecimiento de las condiciones financieras fue la lista de advertencias que enumeró el Fondo Monetario Internacional (FMI).
A lo que se agrega que los países exportadores de petróleo de la región se enfrentan al shock adicional de la caída de los precios del recurso.
La demanda mundial de petróleo, cercana a 100 millones de barriles (de 159 litros) al despuntar el año, se ha reducido más del 20 por ciento, volumen equivalente a la oferta combinada de los dos grandes exportadores, Arabia Saudita y Rusia.
En ese clima recesivo, los precios retroceden sin cesar y, al término de esta semana, el valor de los crudos de referencia —el Brent del Mar del Norte, cotizado a menos de 25 dólares el barril, y el estadounidense WTI (West Texas Intermediate), por debajo de 22 dólares— perdían en un solo día entre cinco y siete puntos porcentuales.
Rusia y Arabia Saudita inundan el mercado en una guerra de precios que fuerza a productores débiles a vender crudo incluso por debajo de sus costos. En la región, el petróleo alimenta a los países del golfo árabe-persa, pero también a los de Asia central como Azerbaiyán y Kazajistán.
Otras grandes fuentes de ingresos y de empleo en la región, como el turismo, el comercio y los servicios, también se han visto rápidamente resentidas.
Las cancelaciones turísticas ya pasaron al 80 por ciento en Egipto; afectan la hostelería y el comercio minorista en Emiratos Árabes Unidos, que recibe 17 millones de turistas al año, mientras que Arabia Saudita es visitada anualmente por 20 millones de personas, peregrinos islámicos en su mayoría.
Los precios de las acciones de compañías de la región han caído, así como los flujos financieros, en el cuadro de recesión global.
Si los exportadores de crudo son afectados, más difícil es la situación de los países que en la región son importadores de petróleo, pues con menores ingresos deberán encarar pagos de deuda —la región acumula compromisos por 35.000 millones de dólares para este año— y los gastos en salud que exige la nueva pandemia.
Varios de los países con economías más sólidas, como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kazajistán y Qatar, ya anunciaron planes de financiamiento para apoyar al sector privado, con diferimiento de impuestos, de pagos de préstamos y nuevos financiamientos para empresas medianas y pequeñas.
Pero la situación es mucho más difícil en Estados frágiles y desgarrados por conflictos, como Iraq, Sudán y Yemen, que enfrentan un desafío especialmente desalentador, subrayó el organismo.
Una docena de países de la región ya pidió apoyo financiero al FMI, y Kirguistán posiblemente sea el primer beneficiario de nuevas facilidades del organismo.
Según el FMI, “las respuestas de política económica deben dirigirse a evitar que la pandemia, una crisis de salud temporal, se convierta en una recesión prolongada con pérdidas de bienestar duraderas a través del aumento del desempleo y las quiebras”.
Sin embargo, a pesar de los presupuestos ya ajustados, los gobiernos no deberían escatimar en gastos para ayudar a sus sistemas de salud y fortalecer las redes de seguridad social.
En la mayoría de los países del Cáucaso, Medio Oriente y Asia central, el coronavirus ha afectado a unas pocas decenas o centenares de personas, pero en Irán los infectados ya pasaron de 32.000, con más de 2.300 fallecidos.
Efectos colaterales de una pandemia que obliga a repensar casi todo.

Logín