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Los remates de hacienda le bajan el martillo a la pandemia

Sin la algarabía ni los sonidos de siempre, las subastas volvieron a San Luis con nuevas reglas: no más de 15 clientes, barbijo obligatorio y alcohol en gel para todo el mundo.

Por Marcelo Dettoni
| 31 de mayo de 2020
¿Quién da más? El rematador Juan Copello está atento al público y a la pantalla de TV. Fotos: Nicolás Varvara.

Los remates de hacienda habían encontrado una vuelta en medio del aislamiento social que impuso el coronavirus: los eventos televisados. Pero claro, una cosa es tener la infraestructura de Alfredo Mondino o de Colombo & Magliano, firmas con muchos años transitados en las subastas por televisión, con agentes diseminados en las principales plazas, capacidad tecnológica para llevar adelante las filmaciones y clientes que también cuentan con los medios como para conectarse y participar de manera activa.

 

Pero otra cosa son las consignatarias más pequeñas, que tienen en el contacto con su fiel clientela el principal activo. Y en este punto no importan los años de trayectoria, porque San Luis Feria y Ganadera del Sur, por nombrar a dos de las tradicionales en territorio puntano, los tienen de sobra. Lo que debían hacer era “aggiornarse” a los nuevos tiempos, convencer a sus vendedores y compradores sobre que el show debía seguir, que la comercialización no debía ser detenida por una emergencia sanitaria. Si se tomaban las medidas adecuadas, y en eso debían ayudar (como lo hicieron) el gobierno provincial y Senasa, todo debía volver a una cierta normalidad.

 

Claro que es una normalidad modificada por el momento que vive el mundo. Y eso se palpó claramente en el primer remate físico realizado en San Luis luego de que se publicara el protocolo sanitario con las medidas preventivas. Un texto que lanzó Senasa y que luego adaptó a sus necesidades, siempre en un período de prueba permanente, de ensayo y error, el Ministerio de Producción de San Luis.

 

Todo está filmado por dos cámaras, una de frente a la tarima del rematador y la otra en una esquina, que sigue a la hacienda en pista.

 

Le tocó a San Luis Feria cortar las cintas imaginarias de la inauguración, con una subasta de 1.400 cabezas de gordo, invernada y cría que se desarrolló con total naturalidad en el predio ubicado a la vera de la ruta 3, en la capital puntana. Es cierto que en un ambiente tan tradicionalista como el ganadero, había una notable sensación de que las cosas no estaban como siempre. Y por supuesto que era así, el contorno no dejaba mentir, ni engañaba a los sentidos de quienes transitaron durante años la “normalidad” de un remate de hacienda.

 

El primer síntoma de que los tiempos habían cambiado estaba en la entrada misma del predio. De las tres tranqueras, dos tenían cadena y candado, para hacer confluir a los asistentes por un único camino. Allí esperaba un agente de una empresa de seguridad privada, con pantalones camuflados y botas militares, como para blindar su imagen respetable. Nunca un ganadero de estos pagos había tenido que mostrar el documento y esperar el okey para ingresar a San Luis Feria, pero ahora era obligatorio.

 

El hombre de la puerta tenía una lista con quince apellidos y sus números de DNI, que eran los únicos habilitados para entrar. No es un número ni un requisito caprichoso: lo que pretende el Gobierno es tener una trazabilidad de todos los asistentes al remate. Si después se presenta un caso sospechoso de coronavirus, saben quiénes estuvieron con esa persona para dictar un aislamiento concreto y evitar la propagación de la enfermedad.

 

Ese listado había sido entregado 24 horas antes al Ministerio de Producción y tuvo dos enmiendas sobre la hora, ya que dos clientes declinaron la invitación inicial y fueron reemplazados. “Encima que son pocos, no vamos a perder a dos…”, dice con una sonrisa Roberto Lorenzino, el titular de San Luis Feria, quien reconoció que fue difícil elegir solo quince: “Tenemos muchos clientes fieles y todos querían venir. Primero hablamos con los vendedores, para que sigan la subasta por internet y dejen lugar a los que van a comprar. Y después hubo que seleccionar y quedarnos entre los que estamos seguros que invierten siempre en las subastas, pero para el próximo serán otros, ya veremos, es todo nuevo”.

 

Y sí, es todo nuevo. Los camiones dejaron la hacienda el día anterior, siempre de día, de 8 a 18, y ya no estaban en el predio. Seguramente habían ido a desinfectar las jaulas y cabinas para la vuelta. Y después pegaba fuerte el silencio en un predio enorme, apenas ocupado por 15 clientes y los empleados de la firma. Los apartadores, embozados en los barbijos, no pegaban los gritos habituales para conducir la hacienda, otro símbolo de los nuevos tiempos.

 

Pero lo peor estaba adentro, en el comedor. ¡No están permitidos los asados! Entonces, todas las sillas lucían amontonadas prolijamente contra las parrillas vacías. Un panorama desolador, porque “sin asado, no hay remate, es como que falta algo…”, aseguraba con un dejo de nostalgia un criador del oeste puntano que es un fiel seguidor de estos encuentros, tanto los de San Luis Feria como los de Ganadera del Sur.

 

Ni siquiera el rematador pudo ser el de siempre. Ernesto Colombo, la voz del martillo, vive en Río Cuarto, por lo que no puede entrar a San Luis, subastar e irse, como hace siempre. Debería hacer 14 días de cuarentena antes de aparecer por el predio. Misión imposible. Fue reemplazado por Juan Copello, un hombre de la casa, que como aún no terminó la carrera de martillero, tuvo que ser fiscalizado por Sonia Berardi, una enviada del Colegio de Martilleros, como indica la ley.

 

Como era el primer remate desde la imposición del protocolo, el Ministerio de Producción cantó presente a través de Agustín Martínez, el jefe del Programa Producción Agropecuaria, a quien acompañó Juan Manuel Celi Preti, del Subprograma Producción Pecuaria.

 

Su misión fue controlar que se cumplieran las normas y acompañar a Lorenzino en este primer paso fundamental para lo que viene, porque si todo sale bien, de a poco los remates comenzarán a florecer en San Luis para beneficio de muchas familias que dependen de estos eventos. Los primeros agradecidos son los apartadores, que cobran por cada jornada en la que tienen que llevar la hacienda de los corrales a la pista.

 

Martínez aseguró que el Ministerio de Salud ya trabaja en un protocolo para los ingresos temporarios a la provincia, como el que debe hacer el rematador cordobés. “Veremos cómo queda finalmente, pero la idea es hacer un control a través del método PCR y que llegue al predio, remate y se vaya, sin ningún contacto con otro lugar de la ciudad”, adelantó el funcionario, quien se mostró dispuesto a escuchar todas las inquietudes que planteó el dueño de casa.

 

La tarea del rematador se ve recargada con esta nueva modalidad. Ahora no solo debe estar atento a las señas y los cabezazos de la tribuna, también debe mirar la pantalla que tiene delante en la tarima, porque el resto de los potenciales compradores participa vía online. E incluso tiene que tener una dosis de paciencia, porque hay un pequeño delay con el sistema tecnológico, por lo que claramente están en ventaja los quince que están en la tribuna respecto del resto.

 

“Hay que acostumbrarse, mirar todo el tiempo a los que están en pantalla, ver sus reacciones, esperar un segundo más. No es difícil, llevará unos cuantos remates aceitar el sistema”, reconoce Copello, quien llevó con buen tino la subasta, que tuvo varias pujas de precio por los mejores lotes de novillos y terneros. A los compradores presenciales y a los de internet hay que sumar los que están hablando por celular con los empleados de la consignataria, que son los menos favorecidos, porque no ven lo que está en la pista, confían en su contacto. Si bien San Luis Feria pasó una filmación de los lotes, los ganaderos tradicionales disfrutan del vivo y directo, que hoy está vedado para la mayoría.

 

La plataforma tecnológica estuvo a cargo de Sebastián Di Sisto. Se trata del sistema Jitsi, que es similar al popular Zoom y permite que hasta 60 personas a la vez estén en contacto directo con lo que pasa en la pista. Una cámara tomaba todo de frente, desde la tribuna, con vista directa al rematador; y la otra fue ubicada en una esquina, con un operador por si la hacienda se le escondía en los rincones. En la oficina de San Luis Feria, el propio Di Sisto controlaba que todo saliera bien con otra pantalla que tomaba las imágenes de las dos cámaras. El sistema lució bien aceitado y los productores pudieron participar online sin mayores contratiempos.

 

Cuando está todo listo, llaman por micrófono a los que aún andaban por los corrales anotando datos y comienza la acción. Un asistente de Di Sisto va y viene desde el control central a la tarima para ajustar detalles y el rematador les pide a todos que se pongan los barbijos. A un costado de la tribuna, junto a la escalera de ingreso, hay una botellita de alcohol en gel y otra con alcohol fino para que todos tengan a disposición. Los empleados de San Luis Feria, además de barbijo llevan guantes descartables. Todas imágenes que nadie pudo siquiera soñar tres meses atrás, pero es la realidad que se impone.

 

Sale a la pista el primer animal, un toro negro que ya vio pasar sus mejores tiempos y seguramente será comprado para faena. Comienzan las pujas y finalmente el que queda en la historia como el primer comprador de la nueva era de los remates es Pedro Castro, en nombre de la firma San Javier, que paga $53 el kilo. Enseguida una vaca gorda se va para el norte provincial a $63,50 el kilo en manos de Raúl Pizzolatto; y luego tercia La Petra, de José Chiotti, que compra otra en menor condición a $56.

 

Sergio Domínguez y Martín Dacceto apenas guardan la distancia personal, pero participan activamente en busca de hacienda gorda. El primero trabaja en el abasto de carne, el segundo tiene carnicerías. Ambos faenan en San Jerónimo y se toman con humor el trance de subastar con tantos requisitos. “Ahora hay que pelear contra una pantalla”, dice Dacceto con una sonrisa mientras no le pierde la vista a un terceto de novillos que rápidamente encuentra manos levantadas.

 

Ya todo el mundo está en su salsa y deja el coronavirus por un rato. Un tal Emiliano, así lo llama el agente de la consignataria, compra 10 vacas por teléfono ya que su contacto las califica de “espectaculares”. Maxi Garro, otro agente de San Luis Feria, tiene una tarea titánica: ayudar a los compradores entrados en años que no comulgan con la tecnología. Los va guiando por teléfono, pide tiempo para que se decidan y cierra alguna que otra operación. Roberto Lorenzino hace lo mismo pegado a la tarima. Cada uno atiende su juego y entre todos llevan adelante una subasta que quedará en la historia. La primera con protocolo sanitario estricto, como para que la ganadería siga viva aún en medio de tanta amenaza externa.

 

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