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Acá también sabemos “tirar” cohetes

 La historia escribió un capítulo importante el 30 de mayo, cuando el cohete Falcon 9, de la empresa SpaceX, despegó exitosamente desde la base de Cabo Cañaveral, en Florida, Estados Unidos. El vehículo transportaba dos astronautas en la cápsula Crew Dragon, que logró acoplarse pocas horas después con la Estación Espacial Internacional. El acontecimiento marca un antes y un después en el desarrollo tecnológico: es la primera misión tripulada al espacio realizada por una empresa privada.

 

Muchos por estas latitudes observaron este lanzamiento no solo como una demostración de la notable capacidad científica de Estados Unidos, sino también de lo lejos que está la Argentina de poder alcanzar proezas de semejante complejidad. Sin embargo, no hay que precipitarse a sacar conclusiones. Si hay algo que caracteriza a la argentinidad es su ciclotimia; y considerar que nuestro país no es capaz de llegar a un dominio significativo en este campo es una afirmación enteramente equivocada.

 

El repaso de la trayectoria astronáutica local, un capítulo poco difundido pero de gran relevancia, sorprende por su persistencia y por la sucesión de sus logros. También por algunas claudicaciones inentendibles que echan luz sobre otros aspectos alguna vez a corregir del ser nacional, como la inconstancia y la falta de confianza en sus propias capacidades.

 

La idea de animarse a llegar al espacio se remonta al gobierno de Juan Domingo Perón, cuando empezaron los primeros ensayos en esta rama tecnológica. Las experiencias fueron retomadas de una forma más sistemática durante la presidencia de Arturo Frondizi, período en el que es creado el primer organismo para impulsar las actividades astronáuticas.

 

Un hito significativo llega el 2 de febrero de 1961. Ese día se produce el despegue del APEX-A1-02 Alfa Centauro, el primer cohete lanzado desde América del Sur y que llegó a una altura de veinte kilómetros. En los años 1960 y 1970 se efectuaron muchos lanzamientos, a mayor distancia y casi siempre con resultados positivos. Las sondas permitieron medir fenómenos atmosféricos y estudiar los rayos X.

 

En diciembre de 1969, a pocos meses de la llegada del hombre a la Luna, la Argentina envió al mono Juan en un cohete que alcanzó los 82 kilómetros de altura y fue capaz de retornar el animal a la superficie sano y salvo. Así se transformó en el cuarto país, detrás de Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia, que podía realizar experimentos biológicos a elevadas altitudes. Otra conquista de la ciencia local es que fue la tercera nación del mundo que pudo lanzar esta clase de vehículos desde la Antártida.

 

Uno de los proyectos más ambiciosos, aunque de perfil netamente militar, fue el Cóndor II, un misil balístico que podía llevar una carga útil de media tonelada y recorrer mil kilómetros. La idea para la creación de este cohete surgió tras la guerra de Malvinas.

 

Sin embargo, y tras una fuerte presión de las naciones desarrolladas que temían una vinculación con Medio Oriente, en los noventa el gobierno argentino desmanteló el aparato, permitió la destrucción de sus componentes y hasta destruyó sus planos. El consuelo fue que los norteamericanos transfirieron tecnología para el desarrollo de satélites, un campo en el que la Argentina ha exhibido un importante avance en los últimos años.

 

El objetivo estratégico de contar con una sonda propia volvió a tomar impulso en el 2008 con el lanzamiento en Bahía Blanca del Tronador, un proyecto de vehículo multietapa que es supervisado actualmente por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae).

 

Acá también sabemos “tirar” cohetes.

 

 

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