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El exitismo tiene un castigo divino

El exitismo es una condición innata del fanático. Para él, solo sirve ganar, ser primero, ser campeón. El segundo es el primero de los fracasados, según el diccionario Bilardiano, aplicado al pie de la letra por el argentino medio. Pero el exitismo tiene un costo en el deporte nacional, una especie de castigo divino que recién aparece en el futuro.

 

Veamos un par de ejemplos. Los críticos de Gabriela Sabatini nunca le perdonaron que no haya sido la número uno del mundo, sin tener en cuenta que luchó contra figuras de la talla de Martina Navratilova, Chris Evert, Steffi Graf y Mónica Seles. ¿El castigo? Después de su retiro el tenis femenino argentino se hundió en el olvido, más allá de alguna aparición circunstancial.

 

Pero sin dudas el caso más paradigmático es el de Carlos Reutemann. Un subcampeonato mundial y tres terceros puestos en la mejor época de la Fórmula Uno en la historia no bastaron para los aficionados. “Amargo” y “pecho frío” fue lo menos que le dijeron a un piloto que entre los argentinos solo fue superado por Juan Manuel Fangio en cuanto a logros internacionales. Después de él, llegó el vacío.

 

De chico, yo amaba al Lole. Los niños no son exitistas, el resultado es un aporte más a la construcción de la idolatría. Importaba verlo allí, entre los mejores, serio, reconcentrado, acelerando a fondo. Nada me gustaba más que levantarme temprano los domingos para verlo correr durante los grandes premios de la temporada europea. Antes, en el verano nuestro, ya palpitaba cómo sería su año con las carreras de Argentina, Brasil y Sudáfrica.

 

Me resultaba fascinante viajar con mi imaginación a Kyalami y su insondable belleza, enfrascarme en el calor de Jacarepaguá y luego sentir que estaba al lado del príncipe Raniero durante el GP de Mónaco, el más señorial. Fue Reutemann el que me llevó a pasear por esos circuitos tradicionales como Silverstone, Dijon Prenois, Monza y Nürburgring. En esa época nadie soñaba con correr en Dubai o Indonesia. Creo que su carrera me dio un empujoncito más hacia el periodismo deportivo.

 

Yo era Héctor Acosta, el legendario relator de Canal 7 que nos traía sus hazañas, cuando me enfrascaba en carreras con mis amigos del barrio. Todos teníamos esos autos de Fórmula Uno de plástico, que rellenábamos de masilla y les hacíamos un corte para meter una cucharita que le daría dirección. Eran competencias fantásticas por las veredas, con rectas interminables entre baldosones y tramos difíciles cuando algún vecino no cuidaba su frente. Había que tirarlos con la fuerza justa y calcular la inclinación de la cucharita para las curvas.

 

Tenía la Ferrari T-12 ancha con la que renegó un año, un Renault Turbo amarillo y el Lotus negro con la publicidad dorada que tanto lo frustró. Eran tiempos en los que los autos llevaban el nombre de los dueños de las escuderías. Además del loco de Ken Tyrrell (¡puso en pista un auto de seis ruedas!), Jack Brabham, Enzo Ferrari y Frank Williams también ponían sus apellidos en la pista. A nadie se le ocurría ponerle Red Bull a una escudería, y las terminales como Mercedes Benz volverían años después.

 

Recuerdo a Frank Williams y me vuelve el nudo en el estómago que llevé durante días en aquel aciago 1981, el de la definición en Las Vegas que prácticamente terminó con la carrera del Lole. Ese era su año, el de la consagración definitiva. Pero todos sabíamos que su desobediencia en Brasil, cuando Frank le ordenó dejar pasar a Alan Jones y él levantó imaginariamente el dedo mayor, le iba a pasar factura. Y entonces pasó. De nada sirvió la pole en la última carrera, debía llegar delante de Nelson Piquet para ser campeón y no pudo, su Williams se arrastraba ese domingo en el que Héctor Acosta lloró y yo también. Lágrimas de dolor  y frustración.

 

“Amargo”, le dijeron pilotos de cabotaje que juraban que ellos, antes de dejarse pasar por el brasilero, le habrían tirado el coche encima. Yo sabía que el Lole jamás hubiera hecho eso. Los ídolos no defraudan así nomás. En realidad, eran comentarios exitistas de los que solo se fijan en ganar. Yo amaba a Reutemann por muchas otras razones, las mismas que me llevaron a no bajar jamás su poster de mi habitación.

 

 

 

 

 

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