14°SAN LUIS - Viernes 12 de Abril de 2024

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La Iglesia puntana se abre a la comunión en la mano y a las mujeres en el altar

A un mes de su asunción, el obispo de San Luis, Gabriel Barba, hizo un balance inicial y adelantó algunos cambios que se vienen en la doctrina.

Por Matías García Elorrio
| 16 de agosto de 2020
Experiencia. Gabriel Barba cumplió 31 años desde que se ordenó sacerdote y hace un mes que llegó a San Luis. Foto: Marina Balbo.

 

 

El obispo de San Luis, Gabriel Barba, vivió una semana cargada de acontecimientos personales: el martes cumplió su primer mes en el cargo y el miércoles celebró sus 31 años como sacerdote. El Diario de la República tuvo la oportunidad de entrevistarlo para hacer su balance inicial y adelantar algunos cambios que se vienen en la Iglesia puntana: confirmó que se continuará entregando la comunión en la mano, incluso más allá de la pandemia; que no tiene problemas en que las mujeres ayuden en los altares ni que sean ministras de la Eucaristía y que todavía no pudo ver el informe de la comisión diocesana sobre la Virgen de la Cobrera, aunque adelantó que quiere conocer su santuario.

 

 

—¿Cómo encontró la Diócesis desde el aspecto pastoral y administrativo?

 

—Hay mucho por hacer a nivel pastoral porque son cosas que se van desarrollando permanentemente y que uno tiene que acomodarse a las realidades que nos tocan vivir como, por ejemplo, el tema de la cuarentena, que nos obligó a reformular nuestro trabajo. A nivel estructural ya fui pescando algunos problemas estructurales en algunas parroquias, algunas iglesias y algunas casas parroquiales, donde sin duda ya puse el ojo. Acá hay que acompañar al sacerdote para salir adelante en estos temas. Eso implica un montón de cosas como, por ejemplo, proyectos de arreglos y de dónde sacamos los fondos.

 

 

—Ya estuvo en La Toma, Buena Esperanza, también fue a El Morro. Veo que ya pudo viajar por toda la provincia.

 

—Sí, sí. La primera misa la di al día siguiente de tomar posesión en El Morro y el fin de semana siguiente me fui al norte, a Candelaria y a Luján porque había dos parroquias que no tienen párroco y quería conocer la zona del norte. Pero sobre todo quería saber cómo era la realidad de estas dos parroquias que voy a tener que pensar cómo proveo de un cura. El otro fin de semana me fui al sur, estuve de viernes a lunes, cosa de no tener que correr. Me quedé a dormir en Unión, en Nueva Galia y en Buena Esperanza. Eso me permitió un tiempo de tranquilidad para charlar y comer con los curas, para conocer a la gente. Y el domingo a la mañana, que era un día de sol precioso en Buena Esperanza y el padre no le había avisado a nadie que yo estaba, salí a caminar. En un momento me siento en la plaza aprovechando el sol y de golpe aparece la gente y se sorprende de que esté el obispo sentado en la plaza rezando el rosario. Eso fue muy divertido.

 

 

—¿Cómo ve a nuestra comunidad, cómo la podría definir?

 

—Es increíble como me ha recibido. Me siento muy bien recibido, muy aceptado por la gente común que me la pude encontrar en la plaza o caminando por cualquier calle y me reconoce y me saludan con mucho afecto. Las comunidades parroquiales donde estuve, lo mismo, exactamente lo mismo. Con un plus distinto porque somos más de la familia. La verdad que estoy con mucha alegría y me doy cuenta de que la gente disfruta el contacto directo con el obispo.

 

 

 

—¿Usted ve que la Iglesia realmente acompaña a los curas? Porque aquí hemos tenido algunas deserciones de sacerdotes.

 

—Cuando decimos si la Iglesia acompaña, la Iglesia son las personas. Y en este caso como parte responsable de la Iglesia el obispo es el padre de toda la comunidad y muy directamente de estos curas. De los sacerdotes me preocupa mucho conocerlos, porque son alrededor de 70. Algunos están acá, otros están afuera, alguno está internado y hay un sacerdote mayor en Córdoba. Para poder acompañarlos tengo que conocerlos y debo tener un trato directo. Lo estoy haciendo desde el 12 de julio y cada día voy sumando alguno más y nos vamos comunicando. Ellos tienen mi celular, me escriben y les contesto. Y si me llaman, yo respondo. La última vez que estuvimos todos los obispos de Argentina, el Papa Francisco fue muy claro y nos dijo: 'Si un sacerdote les escribe un mensaje o les pide comunicarse o una audiencia, contesten inmediatamente. Si están muy ocupados, no tarden más de un día'. Eso nos lo dijo así, con mucha preocupación.

 

 

—¿Ha podido ver el informe de la comisión diocesana sobre la Virgen de la Cobrera?

 

—Sé que no es una devoción oficial, es una devoción que surgió desde el culto popular. Escuché no hace muchos días sobre ella. Sé que hubo una comisión que la estudió. Pero todavía no llegué a pedir ese informe. Quiero verlo y quiero escuchar a los que la estudiaron. Y si puedo algún día también voy a ir a verla personalmente para ver de qué se trata y después poder emitir mi opinión. En este tipo de devociones privadas, que surgen desde un ámbito privado, la Iglesia siempre es muy lenta en cuanto a la prudencia. Más allá del caso de la Cobrera, que no lo conozco, y ya lo voy a conocer. Pero lo mismo pasó con la virgen de Lourdes, por ejemplo, cuando fueron las primeras apariciones. También ahí se tardaron muchos años hasta ver que sea algo de Dios, que sea una revelación que la Iglesia pueda reconocer.

 

 

—En San Luis no se daba la comunión en la mano como en otros lados del país, hasta que la pandemia obligó a tener que hacerlo así, ¿cuál es su idea sobre esto?

 

 

—Cuando yo estaba en el seminario en la década del ochenta, al final del ochenta y a principios del noventa se abre la posibilidad de dar la comunión en la mano en todo el mundo, incluida la Argentina y La Conferencia Episcopal la asume como tal. La Diócesis de San Luis fue no sé si la única o quizá me equivoco y haya alguna más. Pero creo que fue la única que no aceptó la comunión en la mano y que tuvo un régimen particular de solo permitir la comunión en la boca. En eso sí que, más allá de la pandemia, hay que insistir con esto porque es mucho más higiénico y hay menos peligro de contagio dándola en la mano. En esto no voy a prohibir la comunión en la mano y la voy a permitir como se permitió en Argentina siempre.

 

 

—¿Qué opina de que las mujeres puedan desempeñar el rol de monaguillas en el altar o dar la comunión como ministras de la Eucaristía?

 

—La única restricción de fondo y profunda con discusiones teológicas que hay en la Iglesia se cerró y es el tema del sacerdocio en la mujer. Hubo una época donde esto se discutió, pero el Papa Juan Pablo II lo dejó como un tema absolutamente definido que el sacerdocio, siguiendo la tradición de que Cristo eligió doce varones, sigue siendo exclusividad para los hombres. Pero después otros ministerios y el ministerio extraordinario de la comunión perfectamente lo pueden llevar adelante tanto una mujer como un hombre. Y lo mismo lo de las monaguillas: no hay ninguna restricción. Yo no voy a poner ninguna: sean lectoras, sean ministras de la comunión o sea monaguilla.

 

 

—Ahora la Iglesia debe utilizar más la tecnología para llegar asus fieles, ¿cómo se lleva con eso?

 

—La pandemia nos complicó la vida a todo el mundo. Pero también el coronavirus y todo esto que está pasando nos enseñó que las cosas pueden ser distintas e igualmente funcionan. No vamos al lugar de trabajo físicamente, pero seguimos trabajando. Los alumnos no están yendo a las escuelas, pero siguen estudiando. Nosotros tenemos los templos cerrados y seguimos rezando misa y acompañando a la gente. Entonces no vamos a renunciar a la presencialidad, porque no se puede. Pero sí descubrimos que sin ella hasta estuvimos más presentes que antes. Y si hay algo a quien le debemos eso, es a la tecnología y a la forma de comunicación. También a los métodos de publicación. Yo creo que esto es un viento fuerte del Espíritu Santo. Hago una mirada religiosa de esto y digo que Dios nos está diciendo que se pueden hacer las cosas de forma distintas, se debe hacer las cosas distintas y sobre todo llegar a los que no llegamos. Y para eso la tecnología es un aliado, no un enemigo.

 

 

—¿Le pidió algo en particular el Papa Francisco cuando lo designó obispo de San Luis?

 

—Yo me entero por la Nunciatura y al otro día él me llama por teléfono para agradecer. Yo le había escrito porque en realidad estaba preocupado por la diócesis que dejaba. Porque todo era muy lindo, pero me preocupa mucho esta diócesis que dejo. En primer lugar agradecía la disposición de haber dicho que sí y después que me ponga a trabajar porque me dijo 'ahí tenés mucho para hacer'. No es que me dio ninguna consigna precisa, ni me dio directivas para hacer. Para nada. Que me largue. Él sabe que yo trabajo mucho y confiaba. Cada persona, cada cura, cada obispo tiene un estilo distinto. Es como que apostaba de alguna manera que yo podía servir desde mi forma de ser.

 

 

—Usted que ha transitado por comunidades muy vulnerables del conurbano, ¿ha visto alguna situación parecida acá en San Luis?

 

—El salto de calidad de vida de otras provincias y la de San Luis es muy diferente. Sobre todo se nota mucho eso con el hábitat. El otro día estuve en un barrio muy humilde, pero me di cuenta que es una excepción, gracias a Dios. Estuve en el barrio República porque había unos chicos que estaban trabajando allí, pero me di cuenta que ese barrio es excepcional. Eso en el conurbano bonaerense es totalmente lo contrario, es lo común. Yo creo que acá el tema del hábitat, el tema de la propia vivienda, el tema de una calidad de vida más generalizada tiene un grado superior a lo que yo he visto siempre. Lo valoro mucho y me llama la atención porque lo veo novedoso para mi realidad cotidiana. Cuando fui de vacaciones en enero a El Morro, un pueblo de 120 habitantes que tiene agua potable y cloacas, no lo podía creer. ¡Un gimnasio para hacer deportes! Yo lo miraba y decía 'ojalá en los barrios del conurbano tuvieran cloacas o contaran con lugares deportivos cerrados como tienen ahí'. Creo que aquí hay una infraestructura muchísimo más consolidada y accesible para cualquiera, como lo del wifi gratis, tampoco lo había visto en otro lugar.

 

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