13°SAN LUIS - Domingo 20 de Septiembre de 2020

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#DóndeEstáMiNombre

Durante el período de dominio talibán, entre 1996 y 2001, “cerraron las pocas escuelas nacionales para niñas que todavía funcionaban en Kabul, mientras la policía religiosa iba como loca  expulsando a todas las mujeres de las calles e insistiendo en que los cabezas de familia ennegrecieran las ventanas de sus casas para que las mujeres no fuesen visibles desde el exterior”, señala Ahmed Rashid en su libro “Los talibanes. El Islam, el petróleo y el nuevo gran juego en Asia Central” (2001).

 

Además de todas las restricciones impuestas por la costumbre, las mujeres afganas sufrieron un brutal ataque a sus derechos durante el régimen que las obligó a vestirse de una manera, a salir siempre acompañadas de un hombre y a atender su salud en lugares destinados para ello, entre otro importante número de reglas.

 

A partir de 2001, también es cierto, los derechos de las mujeres avanzaron, pero lo hicieron de manera lenta y gradual.

 

Si bien la ley formal no lo establece, aún hoy en las regiones más conservadoras del país, las mujeres no tienen derecho a decir su nombre en público, y por lo tanto no aparecen en cuestiones tan básicas como las invitaciones a su propio casamiento o en las lápidas, cosa que las convierte en totalmente anónimas.

 

En los registros de nacimiento (todavía escasos en el país), consta únicamente el nombre del padre, lo que constituye otra violación a la identidad de los recién nacidos.

 

Sin identidad, por tanto, una persona es pasible de cualquier otra violación a sus derechos. Y sin el primero y fundamental (el de existir como persona individual), tampoco tiene la facultad de denunciar su no cumplimiento.

 

La actual pandemia reflotó el tema porque los nombres de las mujeres contagiadas de COVID-19 tampoco pueden aparecer en los registros o en las recetas médicas. La campaña #DóndeEstáMiNombre, que desde 2017 intenta hacer visible esta situación, tomó notoriedad en los últimos días, en los que se recordó que todavía persiste, sobre todo en las zonas rurales, la tradición de llamar a las mujeres como “esposa de”, “hermana de”, “hija de” o “madre de”.

 

La tradición señala que es una cuestión de honor: la mujer es propiedad del hombre, y revelar su identidad es un insulto a la honra de la familia.

 

Sin embargo, no se trata de tradición, sino de derechos. Sin identidad no existen garantías, y sin garantías por parte del Estado no existe identidad.

 

Invisibles, entonces, las mujeres afganas superaron al régimen talibán. Sin embargo, sus ventanas siguen ennegrecidas.

 

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