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La puesta en escena de los ciudadanos transparentes

Nacido en Corea pero radicado en Alemania -donde da clases y publica sus libros el filósofo es uno de los pensadores más lúcidos de la actualidad. Objetivos logrados y un poco de libertad para un hombre cuya profundización toca a Jair Bolsonaro, Michael Foulcaut, Eduardo Galeano y los Redonditos de Ricota.

Por redacción
| 18 de octubre de 2021

Por: Fernando De Vargas

 

 

En 2007 el filósofo ByungChul Han editó su libro “La ciudad de la transparencia”. Leer al pensador y observar cómo introduce en cada renglón de sus textos conceptos no lineales es una forma de introducirse a pensamientos que se mueven a señal de galope, que alejan relatos facciosos de filósofos que insisten en permanecer en el formol de la modernidad. Filósofos religiosos, apartados de los saberes mundanos y reales. “Eruditos” que se autonombran y se autoinscriben en la historia de la filosofía como los “nuevos precursores” del unicato de las ideas y del pensamiento. El alejamiento de esos factores es razón suficiente para que el mundo preste atención a las ideas de Han.

 

Pero antes habría que contextualizar la llamada Filosofía Positivista. Por lo que, desde la claridad metodológica, no se puede omitir al autor/iniciador de este procedimiento o proceso de investigación (cuasi policial). Auguste Comte, cuyo nombre completo es Isidore Marie Auguste François Xavier Comte, vivió entre 1798 y 1857. El filósofo francés es considerado el creador del positivismo y de la sociología que desarrolló, con una notable certeza, su teoría general en el concepto de los “tres estados: teológico, metafísico y positivo”. Arista discursiva de, entre otros, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

 

El primero es un estado preparatorio, el segundo transitorio respecto al tercero, que es el definitivo a partir de lo cual se genera su postulado: “altruismo, orden, progreso”. Allí se entenderá que no es casualidad que el polémico presidente del gigante sudamericano se encolumne detrás de esa teoría: en el nacimiento de Brasil como país se incorporaron los conceptos de “orden y progreso” en su bandera.

 

Dejamos el contexto, vamos al centro de la crítica que hace Byung-Chul Han a la mentada positividad de la transparencia que transita desde el sacrificio personal que se respalda en teorías que “muestran” que el esfuerzo logra sus objetivos. Cuando en realidad es una manera de colocar una zanahoria como premio siempre inalcanzable puesto que, aunque se alcance o cruce una meta, inmediatamente comienza otra. Es decir la carrera es continua. Se trata, dice Han, de una adicción al mandato social y comunicacional: "Estar cerca" es un estímulo tanto para quien trabaja como para quien juega al casino y apuesta que la próxima será la suya.

 

Para darle un perfil más local de comprensión musical, conviene relacionar el pensamiento del surcoreano, que está radicado en Alemania, donde da clase y en cuyo idioma publicó la mayoría de sus libros, con la letra de “Espejismo”, la canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Para ubicar en tiempo y espacio, el tema fue editado en 1993 en la versión a dos colores de “Lobo suelto/ Cordero atado”. “La tierra gira hoy, menos veloz/ (en ciertas cosas el diablo siempre es neutral)/ Pasará, ya pasará…/ Este espejismo pasará/ Lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.

 

En “La sociedad del cansancio”, otros de sus libros, Han muestra cómo estamos chipeados o formateados para no detenernos en esa búsqueda. Convencidos de que podemos y debemos, no hay lugar para el fracaso. “Un estilo de vida que consigue, precisamente, todo lo contrario: una sociedad de depresivos y fracasados”, escribe con certeza el filósofo para quien la humanidad asiste (y no solo eso, sino que además convalida) el eslogan "Yes I Can" (yo puedo), lo que produce individuos agotados, sumergidos en las derrotas personales y en las angustias particulares.

 

El filósofo Byung-Chul Han escribe una carta amena y comprensible. Y deja espacio para que activemos el deseo de vivir sin el formato de ser personas cautivas y autovigiladas como ya lo anuncia Michel Foucault en su libro “Nacimiento de la biopolítica”. En esa obra maestra del pensamiento moderno, el francés describe las mutaciones de las formas de gobierno actuales, en un conjunto de métodos, estrategias y racionalidad políticas que tienen como objetivo el gobierno de la vida. Y que los medios o la cultura dominante transfieren su conocimiento, el famoso “know-how”, a quienes los siguen y obedecen.

 

Han dice que ya no nos “vigilan y castigan”, según el modelo del panóptico de Jeremy Bentham, sino que ahora los ciudadanos nos autovigilamos. Coadyuva el surgimiento o la ampliación en el mejor de los casos de las religiones, en especial la evangelista. Aquí es inevitable volver a citar a Brasil como ejemplo, cuna indisimulable de las iglesias de esa corriente.

 

Han, definitivamente, no convalida el control pandémico usado para fines no sanitarios sino políticos. Advierte que algunos gobiernos emplean técnicas de amaestramiento, procedimientos de dominación y sistemas para obtener la obediencia que convalida la continuidad de los gobernantes en el poder.

 

Respiramos, estamos decepcionados. Respiramos y se oxigena el recuerdo del uruguayo Eduardo Galeano cuando se preguntaba para qué sirve la utopía si se avanzan dos pasos y el horizonte se aleja otros dos pasos. Entonces, dice, sirve para eso “para seguir caminando”. La utopía es la mirada y el pensamiento que más puede movilizarnos.

 

Lo utópico tiende a banalizarse en la agitada actualidad. Aparecen nuevos y falsos caminos que otros ya transitaron y fracasaron. Hay mesías bolsonarenses que se distinguen por la transparencia en sus ojos y la política de la oscuridad a sus espaldas.

 

La transparencia no sabe de cuerpos. Quienes la mencionan se enteraron del mundo virtual recientemente. Es preferible, siguiendo a Galeano, elegir la utopía. En la mirada del filósofo alemán Ernst Bloch, fallecido hace 45 años, el replanteo de lo utópico no es solo como un pensamiento sino como método para conformar la existencia humana, tanto en lo personal como en lo social.

 

A criterio de Bloch, los individuos estamos inacabados porque somos "seres-siendo" que superan la mirada del “Dasein” (Ser Ahí) de Martin Heidegger. Ya que nos sentimos empujados por una tendencia o impulso al que llamamos esperanza y que nos lleva a trabajar por conseguir lo "aún-no-realizado”.

 

Mediante la utopía buscamos la manera de conseguir que se haga realidad. En Bloch, con un profundo estudio de Hegel, se encuentra que el saber no debe ser solamente "contemplativo", sino convertido en un "optimismo militante" que pueda transformar la realidad mediante la conciencia de futuro, de utopía. Si el inconsciente de Freud empina la copa y bebe del pasado, este nuevo saber mira al futuro.

 

 

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