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Carmen Rosa Quiroga: el orgullo de ser docente rural

Se recibió de maestra en 1981. Su primer destino fue Pozo del Tala. También ejerció en El Gigante, Balde y en el barrio Gastronómico. Se jubiló en la escuela Rivadavia. Vivencias y anécdotas de una mujer que dejó su vida en el aula.

Por Johnny Díaz
| 15 de mayo de 2022
Por un objetivo. Carmen ejerció la docencia durante 33 años para que sus alumnos mejoren su calidad de vida. Fotos: Héctor Portela/Gentileza.

Paulo Coelho escribió alguna vez en el Plan Lector: “Que un maestro no es aquel que enseña algo, sino aquel que inspira al alumno a dar lo mejor de sí para descubrir un conocimiento que ya tiene dentro de su alma”. Y debe ser cierto, porque Carmen Rosa Quiroga dejó su vida en las aulas de escuelas rurales, inspirando a sus alumnos a entregar todo en busca de una buena educación.

 

 

Sus primeras enseñanzas las impartió en la escuela "Nicolás Avellaneda" de Pozo del Tala, después pasó a la escuela "Alfredo Ufano" de El Gigante, a unos 15 kilómetros campo adentro de La Calera, y siguió su periplo en la escuela "Los Andes" de Balde, para después dar clases en la "Gobernador José Santos Ortiz" del barrio Gastronómico y acogerse a los beneficios de la jubilación en la escuela "Bernardino Rivadavia" de la ciudad de San Luis, después de 33 años de docencia.

 

“Me jubilé el 1° de abril de 2015, como maestra secretaria del turno tarde en la reconocida escuela 'Rivadavia'. Cuando me sumé al plantel educativo, la directora era la señora Aguilera, después Isabel Sosa de Sturnion y por último Edgardo Escobar. Sentí que había dado todo de mí y guardo hermosos recuerdos de las escuelas por las que pasé mi vida”, resume a modo de presentación.

 

Quiroga dice que fue alumna del colegio "San Luis Gonzaga" y que su título de profesorado para la enseñanza primaria lo alcanzó en 1981 en la escuela "Paula Domínguez de Bazán", pero en el turno noche. “Siempre quise y soñé con ser maestra”, admite.

 

“Recuerdo que cuando me llegó el nombramiento para la escuela de 'Pozo del Tala', no podía dormir de los nervios, no sabía nada, estaba asustada, era mi primera vez, pero empujada por mi padre Heraclio Rafael, que era músico en la Banda de Música de la Policía, me acompañó en el colectivo de la empresa Dasso, y hablando con los vecinos de Pozo del Tala pude iniciar mi carrera", recuerda como si fuera ayer.

 

"Ahí me encontré con gente maravillosa —cuenta—, como don Amieva, las familias Camargo, Saá, Moyano, Cipriano Benítez y su señora que preparaba unas comidas exquisitas. Nunca me dejaron sola, y mucho menos la directora de la escuela Mirta Flores de Sosa, quien llegaba de San Francisco junto a dos docentes, Mirta y Perlita. Yo viajaba todos los días en colectivo y volvía a última hora, casi de noche”.

 

“En ese tipo de escuelas hay que hacer de todo, había más de 60 alumnos, además de la educación, pasábamos largas horas con los niños y la hora del almuerzo era hermosa porque podíamos sincerarnos más y ampliar nuestros conocimientos educativos y de la vida".

 

"Había una chica de apellido Díaz que, aparte de ser muy estudiosa, era muy servicial y compañera, la realidad es que la pasé muy bien porque todos eran muy buena gente y yo al ser muy jovencita, era la mimada”, reconoce.

 

La exdocente refiere que después de un año inolvidable fue designada como directora unipersonal en reemplazo de Norma Rojo de Balbo en la escuela "Alfredo Ufano" de El Gigante, que queda cerca de El Ramblón. “Recuerdo que era una zona muy inhóspita, árida, de pocas lluvias, de grandes calores, muchas alimañas, víboras, alguno que otro puma o chancho jabalí. Pero nunca sentí miedo ni me pasó nada gracias a Dios”.

 

Al igual que en Pozo del Tala, Carmen se encontró con gente muy simple, sencilla y trabajadora. “Eran familias de apellido Sosa, Garro, Pérez, Torrontegui y otras que no recuerdo”, expresa y agrega: “Eran 27 los alumnos que llegaban de toda la zona, incluso venían de largas distancias a caballo o en burros. Lo bueno de todo eso era que no había mucho ausentismo y eso, por la zona donde estábamos, era muy importante”.

 

Al ser unipersonal, la maestra explica que para enseñar utilizaba un sistema de tarjetas con los contenidos mínimos que les entregaba a los niños para hacer la tarea diaria.

 

“En esa tarjeta estaba explicada la clase a desarrollar en el día, así se simplificaba todo en el aula, hoy no sé cómo será, pero daba muy buenos resultados, me sentía muy orgullosa de mis alumnos”.

 

“Yo preparaba la clase del día siguiente —acota— después de la jornada escolar, me quedaba en la casa, a veces me ayudaba el matrimonio Ponce. Ellos con mucha humildad colaboraban bajo la luz de los soles de noche, a veces se rompía ‘la camisa’ y nos alumbrábamos como podíamos”.

 

Según Carmen, el Ministerio de Educación les entregaba la copa de leche y los niños tenían una buena alimentación gracias también al pan casero y la variedad de platos que hacía la señora Torrontegui. Pedro Orozco, un vecino de la ciudad de San Luis que tenía campo en esa zona, y su madre, Juana del Carmen Pérez, empleada de la Dirección del Menor, también aportaban en ese rubro porque  aprovechaban y le mandaban encomiendas con lo que necesitaba para la semana. “No podía faltar nada para mis niños”, asegura.

 

Quiroga se autodefine como una docente que hizo de todo por el bienestar de los chicos de los parajes donde desarrolló su actividad, pero que tenía un problema con matemática. “Lloraba de impotencia, me ponía muy nerviosa, no quería que mi madre se enterara, una colaboradora era la encargada de avisarle a mi padre de esos momentos vividos”, añade.

 

“Con el tiempo y por la orden de mérito que otorga la Junta de Clasificaciones, presidida por Tita de Garcés, fui nombrada directora de la Escuela Nº 141 'Los Andes', de la localidad de Balde. En esa escuela todo era diferente, tenía una población de 113 alumnos y los docentes en los grados eran Valentín Rodríguez, Norma Ballari, Marcela Castro, Estela Maris Marinozi, Sandra Viviana Amaya, en plástica Lelia López Orozco, en educación física Jorge Roque Bertello y en música José Luis Ceferino Alcaraz. Mientras que el jardín de infantes estaba a cargo de Lidia Claudia Giménez. La ordenanza era Nelly Nora Quiroga de González, una mujer inolvidable", detalla con una precisión notable.

 

"Fueron años muy importantes para mí como docente y como persona —continúa—. La enseñanza que deja al docente vivir experiencias en escuelas rurales es muy importante para su futuro. Ahí hay que estar preparado para la adversidad, muchas veces ante el peligro y que esa población acepte que uno llega a enseñar para que mejoren su calidad de vida”.

 

Problemas familiares hicieron que Carmen Rosa decidiera regresar a la capital sanluiseña en 2006. El fallecimiento de sus padres y de su abuela apuraron su partida de Balde. Estuvo un tiempo en la escuela "José Santos Ortiz" del barrio Gastronómico y después en la "Bernardino Rivadavia".

 

Carmen Rosa dedicó su vida a la docencia, sacrificó su juventud, nunca se casó ni tuvo hijos porque su vida pasó por enseñar a quienes lo necesitaban. Sus pilares son su hermano, Francisco Rafael, y sus cuatro sobrinos: Claudio Daniel, María Verónica, Nélida Beatriz y Giselda Daniela. "Son mi cable a tierra y me hacen inmensamente feliz, para mí haber sido docente es una bendición de Dios, estoy tan agradecida que nadie se imagina”.

 

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