De soldado a proveedor: el hombre que rastrea piezas únicas para los TAM argentinos
Un exsoldado convirtió su oficio en puente con Europa y logró conseguir repuestos críticos para reactivar orugas del TAM. Ahora, desde el Valle del Conlara, provee piezas para la defensa nacional.
En silencio, lejos del ruido y aún más lejos de los focos mediáticos, un hombre dedicado a la mecánica pesada se convirtió, casi sin proponérselo, en uno de los pocos argentinos capaces de resolver un problema que parecía insoluble: conseguir repuestos críticos para uno de los sistemas más sensibles del Ejército Argentino, las orugas de los tanques TAM. Ahora, desde el corazón del Valle del Conlara, convirtió a su empresa en un eslabón clave para la defensa nacional.
Su historia no empieza en una oficina con aire acondicionado ni en el mundo de las grandes contrataciones, sino en los talleres militares. Allí, cuando era joven y formaba parte del Ejército Argentino, descubrió lo que él mismo define como “una fascinación difícil de explicar”: la lógica de los blindados, la ingeniería detrás de los sistemas de rodamiento, la precisión mecánica que permite que decenas de toneladas se desplacen por barro, arena, piedra o terreno irregular sin colapsar.
Ese interés inicial, que podría haber quedado como una simple anécdota de juventud, terminó marcando el rumbo de toda su vida profesional.
Al dejar la vida militar, lejos de abandonar ese universo técnico, decidió profundizarlo. Empezó de manera casi artesanal: comprando, reparando y revendiendo vehículos pesados dentro del país. No había grandes planes de negocios ni estrategias de marketing. Había conocimiento, paciencia y una enorme capacidad para entender máquinas complejas que otros preferían evitar.
Con el tiempo, ese trabajo fue tomando forma y nombre propio: nació Grúas Vickers, un emprendimiento que creció desde abajo, con esfuerzo constante y reputación construida pieza por pieza. Lo que comenzó como una actividad local empezó a llamar la atención de un circuito inesperado: coleccionistas, restauradores y museos de Europa que buscaban vehículos históricos y repuestos originales para reconstrucciones patrimoniales.
Desde Holanda, España e Inglaterra empezaron a llegar consultas. No buscaban armamento operativo, sino historia viva: blindados restaurados, piezas auténticas, reconstrucciones fieles a modelos originales. “Siempre vendí en condición de museo, nunca para uso militar”, aclara como principio innegociable. Esa ética de trabajo fue la que consolidó su credibilidad internacional y abrió puertas que normalmente permanecen cerradas para empresas pequeñas.
El quiebre inesperado
Durante años, su actividad transcurrió por carriles previsibles dentro del mundo de la mecánica pesada y la restauración histórica. Hasta que apareció un nuevo escenario: las dificultades del proyecto TAM 2C, la modernización de los tanques medianos argentinos, comenzaron a circular en conversaciones técnicas, en ámbitos profesionales, en intercambios informales entre especialistas.
No llegó por filtraciones ni por contactos políticos. Llegó por algo más sencillo y más honesto: la preocupación compartida entre quienes conocen el sistema desde adentro y saben cuándo algo empieza a trabarse.
Las grandes empresas, ante la complejidad administrativa y las exigencias del sistema de contrataciones públicas, comenzaron a correrse del problema. No por incapacidad técnica, sino por falta de incentivo frente a un proceso burocrático lento, rígido y riesgoso para cualquier proveedor.
Ahí apareció un vacío. Y también una oportunidad.
Mientras muchos veían un laberinto, él vio un desafío concreto: si el problema era conseguir piezas específicas y certificadas, él podía rastrearlas. Si el problema era la falta de proveedores dispuestos a asumir el proceso completo, él podía intentarlo.
Rastrear lo que ya no figura en ningún catálogo
Conseguir repuestos para sistemas antiguos no es ir a una tienda especializada. Es trabajar con un mapa mental construido durante años. Es saber qué depósito militar europeo liquidó material hace una década. Es recordar qué restaurador privado conservó moldes originales. Es conocer quién todavía tiene acceso a fundiciones compatibles con estándares alemanes históricos. Es tener números de teléfono que no figuran en ningún directorio.
Durante años de trabajo con coleccionistas y museos, había tejido una red invisible pero sólida: depósitos desprogramados, técnicos especializados, pequeños fabricantes que replican piezas con fidelidad histórica, especialistas en materiales que entienden las exigencias de blindados de otra época.
Ese capital intangible fue decisivo.
No se trataba solo de encontrar una oruga, un perno o una almohadilla. Se trataba de verificar que cada pieza coincidiera exactamente con las especificaciones técnicas originales del TAM. Para eso revisó planos antiguos, cotejó manuales técnicos, reconstruyó información que en muchos casos ya no circulaba en ámbitos oficiales dentro del país.
En paralelo, comenzó a cruzar cada hallazgo con los requerimientos formales exigidos por el Ejército Argentino. No bastaba con que la pieza “encajara”. Debía cumplir ensayos metalográficos, análisis químicos del caucho, controles de adherencia caucho-metal, pruebas de dureza, resistencia a la tracción, comportamiento ante frío extremo, abrasión y envejecimiento térmico. Todo debía coincidir con la especificación técnica oficial de las orugas del sistema.
Cada paso debía ser exacto. Cada certificado debía respaldar lo que la pieza prometía.
El desafío que casi nadie ve
Desde afuera, podría parecer simplemente una importación. Pero la realidad es otra. Quien asume este tipo de provisión carga con una responsabilidad técnica, económica y legal enorme.
Si una pieza falla, el proveedor responde. Si un ensayo no da dentro de parámetros, debe reemplazar el material. Si falta una certificación, el proceso se cae. Si la trazabilidad no es perfecta, no hay entrega.
“Te piden garantías que ni los bancos quieren firmar”, dice con una sonrisa que mezcla ironía y experiencia. Para poder cumplir con cada exigencia tuvo que recurrir a laboratorios especializados, certificaciones internacionales y controles adicionales que suelen estar fuera del alcance de pequeñas empresas.
Aun así, siguió adelante.
No por negocios extraordinarios ni por visibilidad pública. Sino por algo más simple y más raro: el compromiso profesional con hacer bien un trabajo que otros habían abandonado.
El reconocimiento silencioso
El día de la entrega final no hubo cámaras, ni comunicados, ni discursos. La Comisión Receptora revisó pieza por pieza, verificó documentación, contrastó ensayos. Cuando todo estuvo aprobado, hubo apenas un apretón de manos, algunas firmas y un alivio profundo. El trabajo estaba cumplido.
Su nombre no circuló más allá de los ámbitos estrictamente necesarios. Y así lo prefiere. No busca protagonismo ni exposición. Su lógica sigue siendo la misma que aprendió en los talleres: que las cosas funcionen, aunque nadie mire.
Pero su historia expone algo que rara vez se cuenta: detrás de cada engranaje del Estado, detrás de cada sistema que vuelve a operar, detrás de cada vehículo que vuelve a rodar, hay personas que sostienen procesos complejos desde lugares invisibles.
Grúas Vickers es una empresa radicada en el Valle del Conlara, desde donde proyecta un trabajo altamente especializado que hoy conecta a San Luis con circuitos técnicos, patrimoniales y profesionales de distintos puntos de Europa. Un emprendimiento nacido lejos de los centros de poder, que logró insertarse en un universo donde el conocimiento real vale más que cualquier sello.
En tiempos donde abundan los discursos sobre soberanía, industria nacional y capacidades estratégicas, la historia de este mecánico devenido proveedor especializado demuestra que muchas veces las respuestas no están en los grandes anuncios, sino en trayectorias silenciosas construidas con oficio, constancia y conocimiento.
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