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La travesía de Erika, cáncer de mama, maternidad y tener el cuerpo "de a ratitos"

A los 44 años, la mujer se encuentra en la etapa final de su tratamiento. Cuenta su trajinar y cómo mientras ella superaba al cáncer, su mamá murió por la misma enfermedad. 

Por redacción
| Hace 10 horas

Atravesar el cáncer de mama es una experiencia que transforma no solo el cuerpo, sino la identidad y los vínculos de quien lo padece. Aunque cada relato es único, las historias de vida suelen compartir etapas marcadas por la incertidumbre, la lucha y, en muchos casos, un renacer personal.

 

 

El inicio suele describirse como un "túnel oscuro" o un "vacío". Muchas mujeres llegan al diagnóstico tras notar señales sutiles, como un bulto pequeño o cambios en el pezón, incluso cuando estudios previos parecían normales.

 

 

La travesía incluye hitos emocionales profundos, como la pérdida del cabello, que muchas pacientes describen como un momento de máxima vulnerabilidad.

 

 

Para muchas sobrevivientes, la vida después del cáncer no vuelve a ser "igual", sino que cambia para mejor en términos de prioridades. Se aprende a vivir "un día a la vez".

 

 

Más del 90% de los casos tienen cura si se detectan a tiempo, lo que convierte a estas historias en un mensaje de esperanza y prevención.

 

 

Erika Altamore tiene 44 años y cuenta que empezó a lidiar con la enfermedad con su madre. “Ella tuvo cáncer entonces para mí fue todo una lucha, porque en la familia cuando te dicen ‘cáncer’ es una palabra bastante temerosa, por lo que empecé con controles cuando era muy joven”.

 

 

En el 2019, cuando se quedó embarazada de un bebé buscado y anhelado, persisitó en los autocontroles. “Como mujer es muy importante conocer nuestro cuerpo y saber cuándo hay algo diferente. Realizaba mis mamografías, aunque todavía no tenía los 40 años, pero como tenía antecedentes en mi familia quise prevenir”, recuerda Erika.

 

 

“Un día me palpé las mamas y me encontré un bulto. Le escribí a mi ginecólogo y me indicó una ecografía mamaria, aunque hacía solo siete meses me había hecho el mismo estudio y no tenía esa manchita que salió en este nuevo estudio”.

 

 

En los meses que Erika comenzó a realizarse los análisis, en el mundo se plantea la pandemia del COVID y la dilación fue inevitable. Cuando al fin le realizan la mamografía, le pidieron también hacer una biopsia. Fue entonces cuando le diagnosticaron un carcinoma.

 

 

 “Ahí empezó toda mi odisea, porque mi bebé todavía no cumplía dos años, tenía además un hijo adolescente de 17, que estaba terminando la secundaria”, recuerda la mujer que no obstante tuvo que empezar la quimioterapia, entre pañales y mamaderas.

 

 

Altamore transcurrió las quimios con mucha fuerza de voluntad, pero en simultáneo, la enfermedad de su madre avanzaba. “Yo soy hija única y no podía atenderla, además estaban mis hijos”.

 

 

La ayuda del oncólogo y la psicóloga, que compartía con su madre, fue fundamental para salir adelante. “Son profesionales que te conocen por su nombre, entonces la contención que recibí de ellos fue total. Por el hecho de que conocían a mi mamá y mi situación, ellos me guiaron para que mi mamá estuviera en un geriátrico, así que me tuve que ocupar de conseguirle uno, con lo poco que podía andar, porque cuando estás en quimio a tu cuerpo lo tenés por ratitos”.

 

 

Mientras esto sucedía en el entorno de Érica como hija, mamá y esposa, el tratamiento de radioterapia tenía por objetivo eliminar células cancerosas remanentes y prevenir recidivas. “San Luis es una de las pocas provincias que tiene acelerador lineal en la salud pública. Está a nuestro alcance y pude hacer mi tratamiento acá y estar acompañada de mi familia”, recordó.

 

 

La buena noticia del final del tratamiento vino acompañada de la mala noticia de la muerte de su madre. “Fue difícil ver que la misma enfermedad de la que yo iba saliendo, se llevaba a mi mamá”.

 

 

Hoy Érica se encuentra en etapa de remisión y aún le queda un año de tratamiento hormonal, pero tiene un agradecimiento “a Dios por poder ver a mis hijos”. El orgullo de la mujer es ver al mayor formarse como un hombre y poder acompañar al más chico tanto a una placita como en su crecimiento.

 

 

“La enseñanza que te deja esta enfermedad es valorar más la vida, ver un atardecer, ver un amanecer, ver la sonrisa de tu hijo todos los días. Enseña a valorar todo más fuerte de lo que uno ya lo valora. Te deja esa enseñanza, el vivir y estar con la mochila más vacía para ir en este camino más liviano”.

 

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