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Herramientas tecnológicas invaden campañas políticas

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Herramientas tecnológicas invaden campañas políticas

En un año de múltiples elecciones en América Latina, el uso de herramientas tecnológicas en las campañas políticas, acompañado de prácticas que suscitan preocupación, ocupa el centro de los debates.

Programas automatizados -conocidos por el vocablo inglés “bots”- para crear perfiles en redes sociales destinados a neutralizar mensajes críticos; propaganda, difusión de mentiras y campañas de odio en plataformas como Facebook, Twitter y WhatsApp, son parte del hábito digital diario.

Regular un discurso equivale a decidir qué es mentira y qué no y eso es un problema. En términos de libertad de expresión, debe poder decirse cualquier cosa y los límites son mínimos. La ley electoral debe actualizarse para enfrentar los retos de las campañas en lo digital, pero ¿quién lo hace y cómo?

No es necesario un estudio pormenorizado para descubrir que el uso de la tecnología empobrece el debate con respuestas superficiales. Hay un problema en las empresas que manejan “big data” (datos masivos), como Google: una acumulación de información sin que se sepa cómo es manejada. 

Detrás del insulto, la descalificación o la denuncia en contra de candidatos de cualquier partido y con las más variadas posibilidades de alcanzar tal o cual puesto electivo, puede haber perfiles falsos creados por robots digitales, o efectivamente la “opinión pública”. Sin regulación, descifrar la “verdad” será cada vez más una tarea compleja.

En 2018, seis países latinoamericanos celebrarán elecciones presidenciales y otros tantos, elecciones legislativas o consultas populares. Y la “tecnopolítica” (también el lenguaje debe adaptarse) integra el paisaje electoral de esos procesos.

Camino a las presidenciales en México del 1º de julio, ya se aprecia el recurso de las redes sociales, perspectiva que se prevé de forma similar para Colombia, en mayo o Brasil en octubre. Costa Rica, Paraguay y Venezuela son los otros países donde este año se elige presidente.

“La doble vía de la tecnología digital (cualquiera habla-cualquiera oye) es una gran ventaja para la libertad de expresión, pues potencia no sólo la posibilidad de informar, sino de informarse pero también se ve que los problemas de la sociedad aparecen en la red”, afirma la especialista colombiana Catalina Botero.

El problema se traduce en la amplificación que potencialmente logra un mensaje en internet que también extiende su posible efecto perverso.

El uso de las redes sociales y medios digitales en las campañas políticas irrumpió en escena en Estados Unidos en 2008, de la mano del demócrata Barack Obama (2009-2017), quien ganó los comicios presidenciales de noviembre de aquel año.

Desde entonces, la percepción de que las nuevas tecnologías podían determinar el matiz de las campañas y, por ende, los resultados electorales fue ganando espacios a una velocidad extraordinaria.

Esa creencia se cimentó aún más con el uso de “big data” y de la “minería de datos” (“data mining”), que es el cotejo, mezcla y clasificación de datos, utilizados en 2016 por el actual presidente estadounidense, el republicano Donald Trump, para construir modelos electorales y así dirigir específicamente los mensajes.

Los partidos políticos hoy buscan asesoramiento en esos campos y las agencias de mercadeo e imagen digital suman esos servicios. Como lo demuestran varios estudios, ya aparecen en la región prácticas para manipular la información y orientar el discurso político, como ha sucedido en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.

El estudio de 2017 “Tropas, provocadores y agitadores: un inventario global de manipulación organizada de redes sociales” detectó bots en 28 países, entre ellos Argentina, Brasil, Ecuador, México y Venezuela.

Seis de cada diez latinoamericanos usan al menos una red social. Manipular los datos de esas redes es manipular la opinión de seis de cada diez personas en Latinoamérica. Ocurre. Porque no existe regulación. Porque la regulación haría aflorar la verdad y algunas veces la verdad es sólo un globo de colores.

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Herramientas tecnológicas invaden campañas políticas

En un año de múltiples elecciones en América Latina, el uso de herramientas tecnológicas en las campañas políticas, acompañado de prácticas que suscitan preocupación, ocupa el centro de los debates.

Programas automatizados -conocidos por el vocablo inglés “bots”- para crear perfiles en redes sociales destinados a neutralizar mensajes críticos; propaganda, difusión de mentiras y campañas de odio en plataformas como Facebook, Twitter y WhatsApp, son parte del hábito digital diario.

Regular un discurso equivale a decidir qué es mentira y qué no y eso es un problema. En términos de libertad de expresión, debe poder decirse cualquier cosa y los límites son mínimos. La ley electoral debe actualizarse para enfrentar los retos de las campañas en lo digital, pero ¿quién lo hace y cómo?

No es necesario un estudio pormenorizado para descubrir que el uso de la tecnología empobrece el debate con respuestas superficiales. Hay un problema en las empresas que manejan “big data” (datos masivos), como Google: una acumulación de información sin que se sepa cómo es manejada. 

Detrás del insulto, la descalificación o la denuncia en contra de candidatos de cualquier partido y con las más variadas posibilidades de alcanzar tal o cual puesto electivo, puede haber perfiles falsos creados por robots digitales, o efectivamente la “opinión pública”. Sin regulación, descifrar la “verdad” será cada vez más una tarea compleja.

En 2018, seis países latinoamericanos celebrarán elecciones presidenciales y otros tantos, elecciones legislativas o consultas populares. Y la “tecnopolítica” (también el lenguaje debe adaptarse) integra el paisaje electoral de esos procesos.

Camino a las presidenciales en México del 1º de julio, ya se aprecia el recurso de las redes sociales, perspectiva que se prevé de forma similar para Colombia, en mayo o Brasil en octubre. Costa Rica, Paraguay y Venezuela son los otros países donde este año se elige presidente.

“La doble vía de la tecnología digital (cualquiera habla-cualquiera oye) es una gran ventaja para la libertad de expresión, pues potencia no sólo la posibilidad de informar, sino de informarse pero también se ve que los problemas de la sociedad aparecen en la red”, afirma la especialista colombiana Catalina Botero.

El problema se traduce en la amplificación que potencialmente logra un mensaje en internet que también extiende su posible efecto perverso.

El uso de las redes sociales y medios digitales en las campañas políticas irrumpió en escena en Estados Unidos en 2008, de la mano del demócrata Barack Obama (2009-2017), quien ganó los comicios presidenciales de noviembre de aquel año.

Desde entonces, la percepción de que las nuevas tecnologías podían determinar el matiz de las campañas y, por ende, los resultados electorales fue ganando espacios a una velocidad extraordinaria.

Esa creencia se cimentó aún más con el uso de “big data” y de la “minería de datos” (“data mining”), que es el cotejo, mezcla y clasificación de datos, utilizados en 2016 por el actual presidente estadounidense, el republicano Donald Trump, para construir modelos electorales y así dirigir específicamente los mensajes.

Los partidos políticos hoy buscan asesoramiento en esos campos y las agencias de mercadeo e imagen digital suman esos servicios. Como lo demuestran varios estudios, ya aparecen en la región prácticas para manipular la información y orientar el discurso político, como ha sucedido en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.

El estudio de 2017 “Tropas, provocadores y agitadores: un inventario global de manipulación organizada de redes sociales” detectó bots en 28 países, entre ellos Argentina, Brasil, Ecuador, México y Venezuela.

Seis de cada diez latinoamericanos usan al menos una red social. Manipular los datos de esas redes es manipular la opinión de seis de cada diez personas en Latinoamérica. Ocurre. Porque no existe regulación. Porque la regulación haría aflorar la verdad y algunas veces la verdad es sólo un globo de colores.

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