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Las cartas de Maggio, claves para juzgar a los represores

El militante montonero fue acribillado el 4 de octubre de 1978. Escapó de la ESMA en marzo de 1978. Logró  denunciar las torturas que aplicaban y los vuelos de la muerte. 

Por Matías García Elorrio
| 24 de marzo de 2018
Familia violentada. Horacio y Norma están desaparecidos. Sus hijos todavía esperan respuestas. Foto: Gentileza APDH San Luis.

Las cartas que alcanzó a escribir Horacio Domingo Maggio y enviar a periodistas, diplomáticos, organismos de Derechos Humanos y autoridades eclesiásticas; donde denunciaba las atrocidades del centro de detención clandestino de la ESMA en abril de 1978, fueron relevantes como pruebas en los juicios de lesa humanidad que condenaron entre otros a su principal verdugo, Horacio “Tigre” Acosta. Esta víctima del terrorismo de estado logró escapar de su cautiverio hace cuarenta años, el 17 de marzo de 1978, donde estuvo secuestrado a partir del 15 de febrero de 1977. Ese día una patota lo interceptó cuando caminaba por la avenida Rivadavia, a una cuadra de Plaza Flores.

 

Finalmente el 4 de octubre de 1978 fue asesinado por otro grupo de tareas del Ejército. Según algunos escuetos testimonios se supo que Maggio estaba desarmado, que se escondió adentro de un edificio en construcción y se defendió con unas piedras y algunos escombros que tomó del piso. Su cadáver, acribillado a balazos, fue exhibido por el propio Acosta ante los secuestrados del centro de detención para recordarles lo que les pasaría si otro lo intentaba.

 

La osadía de Maggio, quien nació en Santa Fe en 1948, se produjo luego de ganarse la confianza del propio Acosta, quien le dio permiso una tarde para ir a comprar bolígrafos y papel. Junto a otros detenidos él hacía tareas de prensa para el comandante en jefe de la Armada, Emilio Massera, quien había ordenado instalar en ese lugar una suerte de redacción para concretar su sueño imposible: armar su futura candidatura a presidente. El “Nariz”, como le decían, buscó un negocio que tuviera puertas a dos calles, dejó al soldado que lo vigilaba en una y se escapó por la otra.

 

Durante los siete meses que estuvo libre logró que sus cartas llegaran hasta las embajadas de Francia y Estados Unidos, los obispos Raúl Primatesta y Vicente Zaspe, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), Amnesty Internacional y las agencias de noticias AFP (Francia) y Associated Press (Estados Unidos). Justamente la entrevista que le realizó el subdirector de la agencia norteamericana, Richard Boudreaux, generó un impacto en todo el mundo porque anunció que en la Argentina había desaparecidos.

 

Maggio adjuntó con esas cartas unos mapas de la ESMA y del Casino de Oficiales. Relató cómo lo torturaron durante 15 días y cómo lo revivieron cuando sufrió un paro cardíaco, para seguir con las sesiones de torturas. Describió los tabiques de las cuchas de “Capuchita”, el lugar donde los tenían encerrados. Pero también detalló cómo mataban a los detenidos y los convertían en desaparecidos porque se lo dijo el prefecto Gonzalo Sánchez, alias “Chispa”, (prófugo de la Justicia) quien le explicó los métodos para deshacerse de los cadáveres: “Se les coloca una inyección (somnífero), los envuelven en una lona y se los tira al mar”.

 

El delegado gremial del Banco Provincia de Santa Fe y militante montonero hizo una lista de algunos de los detenidos que estuvieron en la Escuela de Mecánica de la Armada, entre ellos las monjas francesas Alice Domon y Renée Duquet. Y se detuvo particularmente en los padecimientos de las religiosas y su desaparición cuando le relataron el secuestro en la iglesia de la Santa Cruz. Tras varios días de torturas fueron trasladadas, “no sé dónde”, finaliza su texto. También hizo público el caso de Dagmar Hagelin, a quien llamaba “la joven sueca”. Este testimonio fue fundamental para el juicio en Italia contra los marinos de la ESMA. 

 

En otra contó que Norma Arrostito había soportado “heroica y estoicamente durante más de un año de cautiverio la tortura y la presión física y psíquica de los oficiales de la Marina, hasta que la inyectaron y murió en el Hospital Naval, según les contó el “Tigre” Acosta a sus víctimas.

 

Maggio escribió en esas cartas que había cerca de 200 detenidos en ese lugar cuando logró escaparse, pero que eran más de 600 cuando fue secuestrado. “A medida que llegaban los detenidos se les colocaba un número. El mío era el 868, siendo el del señor Ahumada el 483 (secuestrado en octubre de 1976) y el de la señora Arrostito el 121 (secuestrada en noviembre de 1976). Según lo que pude averiguar era la tercera vez que se repetía el N° 868 de octubre a febrero. El sistema que aparentemente usan es numerar a los secuestrados del 001 al 1.000; terminado éste, vuelven al 001”, detalló.

 

Además pudo nombrar a 23 represores, con sus sobrenombres y sus rasgos: desde Jacinto Chamorro, que consideraba que había que matar un millón de personas para solucionar los problemas del país, hasta el “Tigre” Acosta, pasando por Antonio Pernías y una larga serie de verdugos. La mayoría de ellos hoy cumplen condena gracias a su exhaustivo trabajo.

 

Hace diez años su recuerdo volvió a la memoria porque en julio de 2008 miembros del equipo de conservadores del Instituto Espacio para la Memoria descubrieron dos inscripciones con su firma en las vigas de hierro de la “Pecera”, un sector del Casino de Oficiales donde los marinos obligaban a trabajar a los secuestrados. En la primera se leen las últimas tres letras de su nombre, luego su apellido y la fecha “27/12/77”, cuando ya llevaba diez meses en cautiverio. Y en la segunda apuntó sus iniciales y “3/3/78”, dos semanas antes de su fuga.

 

Esta nueva conmemoración del Día Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia fue la excusa perfecta para recordar a otro desaparecido que se niega al olvido.

 


 

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