eldiariodelarepublica.com
Un reparto a lomo de burro y con el corazón contento

Escuchá acá la 90.9
X

Un reparto a lomo de burro y con el corazón contento

Marcelo Dettoni

Un equipo del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción cabalgó cinco horas para llegar a El Telarillo y entregar dos heladeras solares. Solidaridad en estado puro.

El que crea que San Luis se agota en las cuatro avenidas, en los cientos de barrios que hizo el Gobierno, en los balnearios de la zona serrana o en la Calle Angosta va a tener que rever su pensamiento. Hay otro San Luis más lejano, silencioso, esforzado, que da pelea a la vida día a día en las alturas de esas mismas sierras que se admiran con los pies metidos en las tibias aguas del río Trapiche o del dique Las Palmeras. Es un San Luis profundo, de manos callosas y miradas torvas, no porque falte hospitalidad, sino porque están talladas por la soledad y los vientos, por las carencias y el amor al terruño.

En ese San Luis profundo se enmarca el paraje El Telarillo del Departamento San Martín, aunque suena algo pretencioso llamar paraje a lo que en realidad es un paisaje idílico en medio de las sierras centrales, con una casita por aquí y otra por allá, sin contacto visual entre ambas porque las separan al menos cinco kilómetros de senderos escarpados y vegetación abundante, que en esta época del año está algo amarillenta por la falta de lluvias y la constante erosión eólica.

La casita de “aquí” es la de la familia Coria, y la de “allá”, de los Luján. Son vecinos, pero el contacto es escaso, por la distancia, por las condiciones y porque todos son de economizar las palabras al extremo. Ambas recibieron en los últimos días una heladera solar de parte del programa Arraigo Rural del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción. Parecerá un detalle menor en la ciudad, pero tiene una importancia capital para quien vive alejado de las comodidades, sin energía eléctrica ni posibilidades de tener alguna vez un cable sostenido a un poste para darse el lujo de apretar una tecla de luz.

La historia que motivó este relato está allí, en la humilde casita de la familia Coria, que fue la primera de las dos en recibir la heladera. Pero también en el trayecto que tuvieron que cubrir los integrantes del equipo conducido por Miguel Rodríguez, el jefe del Área Arraigo Rural, a quien acompañaron Lucas y Lima, asesores fundamentales en eso de andar a caballo en medio de las sierras. Y por supuesto, también subió Stefan Siebt, el instalador de los artefactos solares, quien conoce de sobra que cada vez que Rodríguez lo cita para una “aventura”, debe prepararse para cualquier cosa.

Esta vez la aventura consistió de cinco horas entre caminata y cabalgata, mientras que la heladera trepó arriba de un burro, el medio de locomoción ideal para los senderos pedregosos, porque es un animal con un agarre fantástico, mucha fuerza de carga y que no emite ni un quejido, aún en situaciones de peligro o de presión extrema, porque los caminos son angostos y el precipicio acecha en cada curva. El burro no sufre de vértigo, agacha la cabeza y trepa.

Este cronista había hecho cuatro  meses atrás la parte “fácil” del trayecto, que comienza en la ruta 2, que une Quines con Paso Grande. Poco después de pasar la Quebrada de San Vicente hay un camino de tierra que sale a la derecha y de allí comienza la subida rumbo a Puertas del Sol, luego de pasar por otro paraje, Los Piquillines. Ese trayecto, que lleva un par de horas, se puede hacer en camioneta tranquilamente. Eso sí, bien amarrado al cinturón de seguridad y aguantando banquinazos  entre los guadales y los arroyos que atraviesan el camino de ripio.

Parece complicado, pero teniendo en cuenta lo que viene después, es un paseo campestre por un paisaje encantador. Las camionetas deben quedar estacionadas en la escuela pública digital "Maestra Florentina Carreño", que tiene paredes de chapa y parece un gigantesco contenedor, aunque los dibujos de niños con los brazos levantados que están pintados en las paredes le dan un toque simpático.

La subida es por Puertas del Sol porque el camino es más amigable que el que viene hasta El Telarillo desde El Zapallar, que es más corto pero a la vez muy escarpado. Quizá sea mejor para descender y muchas veces lo usan los vecinos para llevar sus producciones y sus animales a Quines. Pero con jinetes inexpertos y una heladera en ciernes, no había necesidad de arriesgar más de la cuenta. “Lo importante era llegar sanos y salvos, nosotros y la heladera. Hubiera sido durísimo instalarla y darnos cuenta que por un golpe no anduviera, o perdiera el gas por el camino”, reflexiona Rodríguez.    

El as de espadas con el que contó la comitiva fue Mario Coria, el dueño de casa, quien se llegó hasta Puertas del Sol para oficiar de guía. Además fue el que proveyó los burros para hacer la travesía. Mario conoce al dedillo los secretos de esas sierras interminables que atraviesan a San Luis de norte a sur por el centro, por lo que todos se sometieron a sus escuetas indicaciones. En la casa esperaban su esposa Flavia y sus hijas Milagros y Érica, quienes también podrían haber sido las baqueanas perfectas, ya que van y vienen en burro todos los días para asistir a clases.

“Era primordial llegar, lo tomé casi como un desafío personal porque es gente que tiene muchas necesidades, que espera la ayuda y confía en el Gobierno”, reconoce Rodríguez, a quien todos en el ministerio y en el campo conocen como "El Vikingo". “Hubo tramos que hicimos caminando y otros a caballo, siempre cuidando al burrito que llevaba la heladera. Tengo que reconocer el trabajo de mis compañeros Lucas y Lima, ellos tienen más experiencia para cabalgar y fueron una parte importante de todo el operativo. Y ni hablar de don Coria, sin él no llegábamos a ningún lado”, agrega.

El camino se fue poniendo más y más difícil con el avance. Monte cerrado, cruces angostos, con mucha piedra y algunos cursos de agua que bajan desde la cima de las sierras centrales. “Tuvimos que subir y bajar cuatro o cinco cerros con senderos en forma de caracol, con la ladera de un lado y el precipicio del otro. Mejor ni mirar para abajo…”, recuerda el funcionario, quien durante el año tuvo varias entregas complicadas, “pero ninguna como ésta, yo no soy un gran jinete, pero después de este viaje me le animo a cualquier cosa”.

Cinco horas después de dejar Puertas del Sol llegaron a la casita de la familia Coria. Una construcción precaria, con dos ambientes, una cocina comedor amplio, de paredes de adobe y techo de paja. Y una habitación con camas cuchetas que comparten todos, ésta sí con algo de material y chapas en el techo.

Para los Coria la heladera es una gran solución para conservar la carne, ya que viven de la cría de unas pocas vacas y chivos, que utilizan para autoconsumo. Además tienen pavos, que venden en yunta. “Les resulta imposible en esta época venderlos como carne, porque el costo del maíz se fue a las nubes y entonces ya no pueden engordarlos. Además, se les complica el transporte de las bolsas con maíz, que deberían comprar en Quines y subir por las sierras”, explica Rodríguez, quien en cada excursión asegura que aprende algo nuevo.

“Es una familia muy linda, con nenas de 13 y 7 años muy educadas, todos hacen un esfuerzo enorme para vivir en un lugar tan alejado, allí te das cuenta de la importancia de la palabra ‘arraigo’, me pone muy feliz conducir este programa, porque siento que hago acciones útiles de verdad”, agrega "El Vikingo", un grandote sensible.

Cuando se le pide que evalúe ese día inolvidable, asegura que “como experiencia fue muy dura y sacrificada, pero la satisfacción al ver la cara de felicidad de la gente compensa cualquier problema que podamos sufrir en el trayecto. Quizá no se tome conciencia en la ciudad de lo que significa tener una heladera por primera vez. Los Coria y los Luján, que son sus vecinos, ya no van a tener que guardar la carne escondida en un árbol para que los zorros y las comadrejas no se la coman. Ahora la podrán enfriar dentro de la casa y les va a durar más tiempo”.

Cuando Siebt estaba instalando la heladera, un trámite que completa en increíbles 45 minutos con colocación de pantalla solar incluida, Mario se acercó con mucho respeto y timidez para contarle que la otra pantalla, la que le permite tener algunas horas de energía eléctrica por las noches, se le había roto. Entonces el instalador terminó con la heladera y se la reparó con unos pocos repuestos que siempre lleva encima. “Doble satisfacción para nosotros”, cerró Rodríguez el relato.

Acciones como la que llevó a cabo su programa son el ejemplo perfecto de lo que pretende el gobernador Alberto Rodríguez Saá: ayudar a que los pobladores rurales se queden donde nacieron, que no tengan que mudarse con sus familias a las grandes ciudades, siempre más hostiles, en busca de un trabajo improbable y lejos de sus posibilidades. “Arraigo, mucho arraigo, es lo que siempre nos pide el ministro Sergio Freixes, siguiendo órdenes del primer mandatario provincial. Por eso son muy importantes los relevamientos previos para identificar casos como los de las familias Coria y Luján, que son extremos. Sin la colaboración del Gobierno no habría forma de que lograran una mejor calidad de vida”, dijo el jefe del programa Arraigo Rural en la despedida, cuando todavía su cuerpo sentía los rigores de una cabalgata tan difícil como reconfortante.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
TAGS
COMENTARIOS

Un reparto a lomo de burro y con el corazón contento

Un equipo del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción cabalgó cinco horas para llegar a El Telarillo y entregar dos heladeras solares. Solidaridad en estado puro.

El que crea que San Luis se agota en las cuatro avenidas, en los cientos de barrios que hizo el Gobierno, en los balnearios de la zona serrana o en la Calle Angosta va a tener que rever su pensamiento. Hay otro San Luis más lejano, silencioso, esforzado, que da pelea a la vida día a día en las alturas de esas mismas sierras que se admiran con los pies metidos en las tibias aguas del río Trapiche o del dique Las Palmeras. Es un San Luis profundo, de manos callosas y miradas torvas, no porque falte hospitalidad, sino porque están talladas por la soledad y los vientos, por las carencias y el amor al terruño.

En ese San Luis profundo se enmarca el paraje El Telarillo del Departamento San Martín, aunque suena algo pretencioso llamar paraje a lo que en realidad es un paisaje idílico en medio de las sierras centrales, con una casita por aquí y otra por allá, sin contacto visual entre ambas porque las separan al menos cinco kilómetros de senderos escarpados y vegetación abundante, que en esta época del año está algo amarillenta por la falta de lluvias y la constante erosión eólica.

La casita de “aquí” es la de la familia Coria, y la de “allá”, de los Luján. Son vecinos, pero el contacto es escaso, por la distancia, por las condiciones y porque todos son de economizar las palabras al extremo. Ambas recibieron en los últimos días una heladera solar de parte del programa Arraigo Rural del Ministerio de Medio Ambiente, Campo y Producción. Parecerá un detalle menor en la ciudad, pero tiene una importancia capital para quien vive alejado de las comodidades, sin energía eléctrica ni posibilidades de tener alguna vez un cable sostenido a un poste para darse el lujo de apretar una tecla de luz.

La historia que motivó este relato está allí, en la humilde casita de la familia Coria, que fue la primera de las dos en recibir la heladera. Pero también en el trayecto que tuvieron que cubrir los integrantes del equipo conducido por Miguel Rodríguez, el jefe del Área Arraigo Rural, a quien acompañaron Lucas y Lima, asesores fundamentales en eso de andar a caballo en medio de las sierras. Y por supuesto, también subió Stefan Siebt, el instalador de los artefactos solares, quien conoce de sobra que cada vez que Rodríguez lo cita para una “aventura”, debe prepararse para cualquier cosa.

Esta vez la aventura consistió de cinco horas entre caminata y cabalgata, mientras que la heladera trepó arriba de un burro, el medio de locomoción ideal para los senderos pedregosos, porque es un animal con un agarre fantástico, mucha fuerza de carga y que no emite ni un quejido, aún en situaciones de peligro o de presión extrema, porque los caminos son angostos y el precipicio acecha en cada curva. El burro no sufre de vértigo, agacha la cabeza y trepa.

Este cronista había hecho cuatro  meses atrás la parte “fácil” del trayecto, que comienza en la ruta 2, que une Quines con Paso Grande. Poco después de pasar la Quebrada de San Vicente hay un camino de tierra que sale a la derecha y de allí comienza la subida rumbo a Puertas del Sol, luego de pasar por otro paraje, Los Piquillines. Ese trayecto, que lleva un par de horas, se puede hacer en camioneta tranquilamente. Eso sí, bien amarrado al cinturón de seguridad y aguantando banquinazos  entre los guadales y los arroyos que atraviesan el camino de ripio.

Parece complicado, pero teniendo en cuenta lo que viene después, es un paseo campestre por un paisaje encantador. Las camionetas deben quedar estacionadas en la escuela pública digital "Maestra Florentina Carreño", que tiene paredes de chapa y parece un gigantesco contenedor, aunque los dibujos de niños con los brazos levantados que están pintados en las paredes le dan un toque simpático.

La subida es por Puertas del Sol porque el camino es más amigable que el que viene hasta El Telarillo desde El Zapallar, que es más corto pero a la vez muy escarpado. Quizá sea mejor para descender y muchas veces lo usan los vecinos para llevar sus producciones y sus animales a Quines. Pero con jinetes inexpertos y una heladera en ciernes, no había necesidad de arriesgar más de la cuenta. “Lo importante era llegar sanos y salvos, nosotros y la heladera. Hubiera sido durísimo instalarla y darnos cuenta que por un golpe no anduviera, o perdiera el gas por el camino”, reflexiona Rodríguez.    

El as de espadas con el que contó la comitiva fue Mario Coria, el dueño de casa, quien se llegó hasta Puertas del Sol para oficiar de guía. Además fue el que proveyó los burros para hacer la travesía. Mario conoce al dedillo los secretos de esas sierras interminables que atraviesan a San Luis de norte a sur por el centro, por lo que todos se sometieron a sus escuetas indicaciones. En la casa esperaban su esposa Flavia y sus hijas Milagros y Érica, quienes también podrían haber sido las baqueanas perfectas, ya que van y vienen en burro todos los días para asistir a clases.

“Era primordial llegar, lo tomé casi como un desafío personal porque es gente que tiene muchas necesidades, que espera la ayuda y confía en el Gobierno”, reconoce Rodríguez, a quien todos en el ministerio y en el campo conocen como "El Vikingo". “Hubo tramos que hicimos caminando y otros a caballo, siempre cuidando al burrito que llevaba la heladera. Tengo que reconocer el trabajo de mis compañeros Lucas y Lima, ellos tienen más experiencia para cabalgar y fueron una parte importante de todo el operativo. Y ni hablar de don Coria, sin él no llegábamos a ningún lado”, agrega.

El camino se fue poniendo más y más difícil con el avance. Monte cerrado, cruces angostos, con mucha piedra y algunos cursos de agua que bajan desde la cima de las sierras centrales. “Tuvimos que subir y bajar cuatro o cinco cerros con senderos en forma de caracol, con la ladera de un lado y el precipicio del otro. Mejor ni mirar para abajo…”, recuerda el funcionario, quien durante el año tuvo varias entregas complicadas, “pero ninguna como ésta, yo no soy un gran jinete, pero después de este viaje me le animo a cualquier cosa”.

Cinco horas después de dejar Puertas del Sol llegaron a la casita de la familia Coria. Una construcción precaria, con dos ambientes, una cocina comedor amplio, de paredes de adobe y techo de paja. Y una habitación con camas cuchetas que comparten todos, ésta sí con algo de material y chapas en el techo.

Para los Coria la heladera es una gran solución para conservar la carne, ya que viven de la cría de unas pocas vacas y chivos, que utilizan para autoconsumo. Además tienen pavos, que venden en yunta. “Les resulta imposible en esta época venderlos como carne, porque el costo del maíz se fue a las nubes y entonces ya no pueden engordarlos. Además, se les complica el transporte de las bolsas con maíz, que deberían comprar en Quines y subir por las sierras”, explica Rodríguez, quien en cada excursión asegura que aprende algo nuevo.

“Es una familia muy linda, con nenas de 13 y 7 años muy educadas, todos hacen un esfuerzo enorme para vivir en un lugar tan alejado, allí te das cuenta de la importancia de la palabra ‘arraigo’, me pone muy feliz conducir este programa, porque siento que hago acciones útiles de verdad”, agrega "El Vikingo", un grandote sensible.

Cuando se le pide que evalúe ese día inolvidable, asegura que “como experiencia fue muy dura y sacrificada, pero la satisfacción al ver la cara de felicidad de la gente compensa cualquier problema que podamos sufrir en el trayecto. Quizá no se tome conciencia en la ciudad de lo que significa tener una heladera por primera vez. Los Coria y los Luján, que son sus vecinos, ya no van a tener que guardar la carne escondida en un árbol para que los zorros y las comadrejas no se la coman. Ahora la podrán enfriar dentro de la casa y les va a durar más tiempo”.

Cuando Siebt estaba instalando la heladera, un trámite que completa en increíbles 45 minutos con colocación de pantalla solar incluida, Mario se acercó con mucho respeto y timidez para contarle que la otra pantalla, la que le permite tener algunas horas de energía eléctrica por las noches, se le había roto. Entonces el instalador terminó con la heladera y se la reparó con unos pocos repuestos que siempre lleva encima. “Doble satisfacción para nosotros”, cerró Rodríguez el relato.

Acciones como la que llevó a cabo su programa son el ejemplo perfecto de lo que pretende el gobernador Alberto Rodríguez Saá: ayudar a que los pobladores rurales se queden donde nacieron, que no tengan que mudarse con sus familias a las grandes ciudades, siempre más hostiles, en busca de un trabajo improbable y lejos de sus posibilidades. “Arraigo, mucho arraigo, es lo que siempre nos pide el ministro Sergio Freixes, siguiendo órdenes del primer mandatario provincial. Por eso son muy importantes los relevamientos previos para identificar casos como los de las familias Coria y Luján, que son extremos. Sin la colaboración del Gobierno no habría forma de que lograran una mejor calidad de vida”, dijo el jefe del programa Arraigo Rural en la despedida, cuando todavía su cuerpo sentía los rigores de una cabalgata tan difícil como reconfortante.

Logín