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Desarrolladora de ciencia

Una radiografía a Alicia Bañuelos, una vanguardista de la igualdad, la educación y la tecnología informática.

Por redacción
| 24 de noviembre de 2019
Foto: Gentileza.

La desigualdad en la investigación científica no se basa solamente en el acceso inequitativo de las mujeres a los espacios de investigación. No hubiera sido posible invisibilizar los derechos de las mujeres, vulnerados sistemáticamente a lo largo de los siglos, sin la imposición de normas culturales con un sustento científico capaz de legitimarlas. Por eso necesitamos, además de igualdad de condiciones, nuevas formas de producción del conocimiento.

 

En San Luis, esas nuevas formas encuentran su mejor representación en Alicia Bañuelos, de vastísima trayectoria en el ámbito del desarrollo de las ciencias: comenzó su carrera como investigadora en el Laboratorio de Física del Plasma de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, en donde investigó sobre “fusión nuclear controlada”. Contribuyó al desarrollo de internet en la Argentina, y posee numerosas publicaciones nacionales e internacionales, premios relacionados a la industria informática y una enorme dedicación a la divulgación de las tecnologías informáticas, al protocolo de Kyoto y a la educación.

 

Todo este desarrollo intelectual, científico, de gestión pública y empresarial exitoso tiene su correlato en una profunda “educación para la libertad”, como la llama ella. Alicia es hija de un revolucionario paraguayo y una madre que incentivó su educación desde la autoestima y la libertad. Cuando miró por la televisión la llegada del hombre a la Luna se obsesionó con ser astronauta, pero estudió física, una disciplina que le dio marco teórico a su pasión: cómo enfrentar un problema y, especialmente, cómo encontrarle una solución. En esa educación para la libertad, dice Alicia, lo fundamental es el estímulo de la curiosidad porque “la diferencia en el acceso a los lugares de producción intelectual o científica tiene que ver con el rol al que históricamente se nos confinó a las mujeres. Por eso yo trabajo mucho la idea de la curiosidad. Para todos los seres humanos, independientemente de su género, la curiosidad fue el gran motor de los grandes descubrimientos de la historia. Cuando esa curiosidad no es estimulada de modo equitativo, o hay actividades para 'curiosear' divididas por intereses de género, allí se forma una desigualdad. Incentivar la curiosidad desde la infancia sin distinción, es fundamental para estimular el deseo de saber más”.

 

Por eso, una de las políticas de fomento a la ciencia más reconocida a nivel regional la llevó adelante desde el ministerio que comanda bajo el programa Científicos 3.0, que utiliza herramientas científico-económicas que expanden el acceso a la ciencia para romper la barrera de precios entre las personas, la curiosidad y la emoción de la exploración científica. Originalmente inspirado en la idea de un diagnóstico de campo barato, el proyecto floreció en la invención del foldscope, un microscopio plegable hecho principalmente de papel para que cada niño de San Luis tenga el derecho de llevar el dispositivo en su bolsillo y, así, incentivar su curiosidad.

 

Aunque siempre fue mejor investigadora y alumna que sus pares varones, le hacían pruebas adicionales por ser mujer. Entendió la desigualdad de las mujeres en cada uno de los campos, incluidos el académico y el científico. “Cuando comencé a realizar mis primeros trabajos de investigación, ingresé junto a un compañero varón. Teníamos la misma trayectoria académica y similar experiencia. El ingresó directamente, yo tuve que rendir un examen que comprobara mis calificaciones. Esa acción reproduce un valor vinculado a que las mujeres siempre tenemos que demostrar que estamos 'igual de' capacitadas que los hombres. Es fundamental cuestionarnos qué valores reproducen las personas que hacen ciencia, independientemente de su sexo y su género”.

 

Comenzada la década de los 90, las empresas, que son de ladrillos y producen bienes y servicios, no entendían que había nacido un nuevo paradigma. Ella sí, y por eso fue la impulsora del desarrollo de internet en el país: fundó una firma exitosa donde ofrecía soluciones informáticas, empezó a dar clases a otras grandes empresas y les explicaba qué era el arroba a empresarios. Vendió su compañía y, como el contrato de exclusividad la veía como una competencia, no podía fundar otra similar, así que se mudó a San Luis y desarrolló una empresa de dulces. Su madre le decía “estudiaste física, ¿cómo vas a hacer dulces? Va a salir mal”. No solo no salió mal, sino que recibió el premio a la excelencia agropecuaria, que le permitió desarrollar su plan forestal en el Valle de Pancanta. En una charla motivacional con el objetivo de empoderar a las mujeres, Alicia se refirió a este episodio: “Mi mamá, que no tiene ninguna maldad, me decía 'esto va a fracasar'. 'La gente no va a comprar un producto tan caro, hay muchos estafadores'. Ella creía que alertándome sobre las terribles cosas que tiene la vida iba a estar mejor preparada para enfrentar el fracaso que casi seguro sobrevendría. Esa fatalidad es lo que frena a muchos antes de empezar. En realidad, uno tiene que mentalizarse para sobrellevar hasta el pronóstico adverso de la propia madre", explicaba con mucho humor.

 

Convertida en una exitosa emprendedora, conoció a Alberto Rodríguez Saá, con quien pudo intercambiar ideas acerca de políticas de innovación científica. Todo lo que lleva adelante lo convierte en un desafío exitoso: hoy es ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis, la provincia más digital de la Argentina y la rectora de la ULP, la universidad con la oferta virtual con más alumnos del país.

 

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