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El Plan Toros se despidió dejando una huella

Con un modelo único en el país, en el que el pequeño productor no paga nada, realizó más de 3.500 raspajes en busca de detectar venéreas y repuso cerca de un centenar de ejemplares en los nueve departamentos de San Luis.

Por Marcelo Dettoni
| 08 de diciembre de 2019
Trabajo en equipo. Funcionarios y empleados del Ministerio de Producción se esfuerzan para bajar los toros en cada campo.

El Plan Toros llegó a su fin. Luego de cinco años de trajinar los campos de San Luis, con una cobertura que abarcó los nueve departamentos, es momento de comenzar a mirar hacia adelante. Quizás el reemplazo sea alguna alternativa superadora en 2020 en un Ministerio de Producción que es una usina de ideas constructivas, pero va a ser difícil empardar tanto trabajo, replicar tantos kilómetros recorridos en busca de los establecimientos más recónditos. Realizando raspajes, llevando un toro de reposición e incluso haciendo una segunda pasada para certificar las condiciones en las que estaba el nuevo padre de plantel, siempre un ejemplar de cabaña, con gran capacidad reproductiva y genética superior.

 

No es casual que el Plan Toros sea un orgullo exclusivo de la provincia, que destinó un generoso presupuesto al combate contra las enfermedades venéreas, ayudando a los pequeños productores (debían tener menos de 100 vientres para poder ser beneficiarios) a salir adelante sin que tengan que poner un solo peso. En otras provincias hacen solo una parte, que pueden ser los análisis de laboratorio o el otorgamiento de un crédito blando para reponer la hacienda que da positivo. Pero ninguna entrega un toro de 70 u 80 mil pesos de manera gratuita ante la aparición de casos de tricomoniasis o campylobacter, las venéreas más frecuentes en los rodeos argentinos.

 

 

Por las rutas puntanas

 

La coronación de cada etapa del plan es siempre la entrega de los nuevos toros. El equipo del Programa Producción Agropecuaria, que conduce Martín Rodríguez, planifica cuidadosamente la logística, marca la hoja de ruta y sale en busca de los campos marcados, que casi nunca quedan sobre caminos asfaltados y accesibles. Se trata de pequeños criadores alejados de los centros urbanos, que tienen economías de subsistencia, con poca genética de origen. Todo lo contrario, es común hallar rodeos variopintos, con vacas de distintas razas y toros entrados en años, que ya vieron pasar sus mejores momentos.

 

Los alambrados suelen ser precarios, faltan bretes y mangas; y en muchas zonas serranas, donde los suelos son pura piedra, es poco menos que imposible practicar algún tipo de agricultura para alimentar a esos vacunos, por lo que dependen de los rollos o las lluvias salvadoras, que en San Luis no caen en invierno y últimamente vienen faltando hasta bien entrada la primavera.

 

Esta falta de infraestructura favorece la instalación de las patologías venéreas, porque el ganado se confunde con el de los vecinos y es imposible evitar los cruzamientos. Además cunde la falta de información, son productores que se manejan con técnicas antiguas, transmitidas de sus antepasados, sin rigor científico, por lo que también se hace indispensable aplicar la segunda parte del Plan Toros: las charlas de capacitación para subsanar los errores.

 

 

Todo lo que se invierte en el Plan Toros queda en la provincia. Los análisis se hacen en el Laboratorio del Campo y los animales se compran a criadores locales.

 

 

La revista El Campo ya había acompañado varias veces estas giras de reposición por el interior profundo, por lo que no había razón para perderse la última del año, que al menos que cambien las condiciones también iba a ser la del cierre del exitoso proyecto que arrancó allá por 2014 en el sur provincial y luego se extendió por toda la geografía, hasta llegar a 2019 con la cobertura de los cuatro departamentos que faltaban: San Martín, Junín, Pringles y Chacabuco.

 

La metodología es siempre la misma. El Ministerio de Producción hace un primer recorrido para llevar adelante un relevamiento de los criadores que pueden encajar en las condiciones que impone el Plan Toros, visita los establecimientos para hablar con ellos, los contacta con un veterinario acreditado por la provincia para realizar los raspajes, lleva esos análisis al Laboratorio del Campo y, en caso de hallar algún caso positivo, comienza la búsqueda de un toro para comprarlo y reponerle el ejemplar enfermo, que será enviado a faena para evitar la propagación de la enfermedad.

 

Es un proceso que puede llevar un par de meses y los funcionarios deben lidiar con la desconfianza de los pequeños productores, que son reacios a desprenderse del que muchas veces es su único toro, aun cuando les informan la presencia de una venérea. Dudan sobre si les van a cumplir lo prometido, sobre los resultados de laboratorio y mucho más sobre la potencial reposición. Pero el plan siempre cumple y entonces esas miradas torvas se transforman en gestos de satisfacción cuando ven llegar el camión rojo y blanco de José Lucero, el eterno chofer que lleva los toros, una especie de repartidor de la felicidad.

 

Luego el boca en boca hace el resto. El vecino que se había negado a someter su rodeo a las pruebas ve que, alambrado de por medio, hay un torazo de raza, escucha que es gratis y abre su tranquera porque quiere lo mismo.

 

Así, el Plan Toros fue multiplicando sus efectos, más productores tomaron conciencia de que una venérea puede acabar con su rentabilidad, que es posible tener más terneros y más kilos de carne por año; y entonces, los números fueron creciendo hasta llegar a los 10 mil diagnósticos y a los 3.500 toros raspados, de los cuales cerca de un centenar dio positivo y fue canjeado por los nuevos que adquirió el Gobierno en distintos remates ofrecidos en San Luis. Porque esa es otra característica distintiva, la de mover la economía local, ya que todo lo que invierte el Plan Toros queda en la provincia.

 

 

Se perdió una noche

 

La última gira incluyó criadores de Pringles, Chacabuco y Junín. La lista contenía seis pequeños productores, aunque finalmente se pudieron entregar cuatro toros, ya que las dos últimas visitas, en la zona de Bajo de Véliz, se truncaron debido a la falta de infraestructura para bajar los animales, que debieron volver al predio del Módulo Genético de Sol Puntano a la espera de alguna variante que permita concretar la reposición con éxito.

 

Son jornadas que arrancan muy temprano con la búsqueda de los toros en Sol Puntano o sus establecimientos de origen. Y, esta vez, el abanico era variado y distante. Hubo que ir a buscar un par de ejemplares Herford a la cabaña Don Félix, en cercanías de Justo Daract; otros en El Gaucho, en la zona de Las Barranquitas; y, finalmente, uno más en el campo de los hermanos Abrate, en el paraje Macho Muerto, en la zona más árida del Departamento Belgrano.

 

Ya con los toros en el camión, la recorrida arrancó por el campo Los Vallecitos, en el kilómetro 59 de la ruta 9, en plena trepada hacia La Carolina, en un paraje conocido como Piedra Blanca, que queda un poco antes de llegar al Valle de Pancanta. El sol ya avisaba que iba a ser un día de calor intenso cuando el rodado mayor y las dos camionetas del ministerio arribaron al punto de encuentro con Mario Ramón Gómez, quien esperaba en la banquina, justo en la entrada de su campo, a bordo de un VW Gol rojo con rastros de haber andado mucho por caminos rurales. Lo acompañaba el veterinario que le acercó el Plan Toros, el doctor Gustavo Marticorena, quien había sido el encargado de hacer los raspajes e informar el positivo por tricomoniasis.

 

 

 

Don Gómez se adueñó de un triste récord: fue el primer productor que no tenía listo para entregar el toro enfermo. “Se escapó anoche, todavía no lo pude encontrar”, contó con el rostro pálido, temeroso de no poder recibir el animal nuevo. Un rápido vistazo a su campo de 650 hectáreas daba a entender que no iba a ser fácil la tarea de recuperarlo. Pura sierra, quebradas, vallecitos y paredes bajitas de pirca conformaban un paisaje tan encantador como complicado. Del toro, ni rastros a pesar de que la luz del amanecer pintaba de dorado los pajonales.

 

Los muchachos del Ministerio de Producción se internaron hasta perderse de vista y nada. Don Gómez, desde la tranquera, se hacía visera con la mano pero sabía que la mañana venía difícil.  Después de unos cabildeos, decidieron bajar el toro nuevo con la sagrada promesa de venir a buscar el otro al día siguiente. “Para nuestra logística es muy dificultoso seguir todo el día con un toro que debía quedarse acá. Confiamos en la palabra del productor de que mañana va a estar el toro en el corral”, contó Rodríguez, quien no se privó de bajar un reto por el incumplimiento.

 

Campos como Los Vallecitos hay a montones en San Luis. Poca infraestructura ganadera y pircas que no detienen a los toros y las vacas en celo, por lo que favorecen la transmisión de enfermedades venéreas. Don Gómez, una vez pasado el susto, se derretía en alabanzas al plan: “Es espectacular, todo gratis, yo no podría comprar un toro así”, decía mientras observaba el Hereford adquirido a los Abrate en un remate que dio Ganadera del Sur en San Luis Feria.

 

Su felicidad también incluía los 100 milímetros que cayeron desde agosto, lo que le permitió tener algo de pasto: cebadilla criolla, trébol, flechilla, pasto hoja y papoforum que predicen un verano verde y tranquilo para sus 50 vientres, algunos ya con terneros al pie. “Voy a guardar para el invierno”, asegura este maestro rural jubilado, quien trabajó en La Bajada, Arroyo Vilchez, Paso del Rey, Loma Alta y La Carolina durante su vida activa.

 

 

A la tierra del ónix

 

Todavía sorprendidos por la circunstancia inédita de no haber podido cargar el toro enfermo, los funcionarios siguieron viaje rumbo a la segunda parada, donde esperaba Jorge Jofré, el dueño del establecimiento Santa Clara. Hubo que pasar el Valle de Pancanta y La Carolina e internarse en las sierras camino a Cañada Honda y La Majada.

 

Cada tanto hay que parar en las bifurcaciones y esperar al camión, que lógicamente viene más lento. Así pasa entre Cerros Largos e Inti Huasi, donde hay tiempo de observar el verdor que tienen las laderas ahora que llovió tupido. El agua también tuvo efecto reparador sobre el ganado, al que se lo ve con buena condición corporal y a las represas,  llenas a tope. Son días para creer en la ganadería de monte.

 

El último cruce no tiene carteles, pero hay que hacer un giro de 90 grados a la izquierda y meterse en un camino de ripio hacia La Toma. Sabemos que vamos bien cuando vemos el cartel que indica que hacia allí está la mina de ónix Santa Isabel, en una senda rodeada de bosquecitos de acacias y algarrobos.

 

De pronto aparece tierra arada a un lado y el otro del camino, el cronista imagina que es maíz recién sembrado pero no hay forma de comprobarlo en medio de tanta soledad. Finalmente cruzamos un río y paramos en el difuso límite entre Pringles y San Martín, en plena ruta provincial 41b.

 

 

Jofré decidió, con mucho criterio, bajar el toro tres kilómetros antes de su campo, en otro que se llama Manantial Blanco y tiene instalaciones de madera flamantes, con manga y corrales como se ven pocos en estas giras. Lo acompaña César Garro, a quien define como “mi guardaespaldas”, pero en realidad es su primo. También está Oscar Villegas, un empleado, quien desde arriba de un caballo dirige toda la operación: conduce el toro nuevo hacia un corral y lleva el viejo al camión.

 

El productor asiente con la mirada cuando ve bajar un Aberdeen Angus negro excepcional, un ejemplar de dos dientes hijo de Mister Angus. No es un hombre de campo, heredó esas 200 hectáreas de su suegra, pero está aprendiendo y un toro así impacta a cualquiera. “Soy empleado de la Fuerza Aérea, vivo en Villa Mercedes y vengo todos los fines de semana. Mi primo se crió en el campo, es de gran ayuda para mí”, cuenta Jorge, quien se enteró del Plan Toros “por el diario, así llegué al Ministerio y al veterinario que atiende la hacienda, Nicolás Fraissinet, quien viene en moto. Es un fenómeno”.

 

Jofré está feliz con el plan, aunque todavía sorprendido que su Angus haya dado positivo. “Pensé que el enfermo iba a ser el otro toro, un Braford al que yo llamo ‘braguetudo’, porque tenía el prepucio hinchado”, reconoce. Tiene 60 vientres y vende los terneros cuando llegan a alrededor de los 180 kilos en la feria de Saladillo. Ya con el toro nuevo, saca del corral las 10 vacas que trajo y las pone rumbo a su campo, así el animal las sigue sin ofrecer resistencia y comienza a sentirse el capo de ese rodeo.

 

 

3500 raspajes, aproximadamente, se hicieron para detectar enfermedades venéreas dentro del Plan Toros. Unos cien animales dieron positivo y fueron repuestos de

 

 

 

Para llegar al campo de Lito Aguilera hay que encarar otra travesía que incluye tierra y asfalto. Desandamos parte de lo hecho hasta lo de Jofré y encaramos por la ruta 2 hasta La Toma. Desde allí, autopista, primero la 20 y luego la 55 hasta Concarán, donde otra vez nos recibe la tierra por un buen trecho una vez que dejamos atrás el pueblo. Curvas y contra curvas hasta llegar al paraje Los Lobos, donde los carteles no indican nombres de calles, sino los campos de las distintas familias. El de Aguilera, escrito con pintura blanca sobre una madera gastada, es el último, más allá no hay más camino.

 

El hombre tiene 71 años y una familia longeva, ya que todavía viven allí su papá de 99 y su mamá Estela, de 102, que está enojada porque “no me dejan hacer nada…”. Lito se ríe al escuchar la queja y asegura que, si la dejara, “todavía andaría corriendo vacas por el corral”.

 

Tiene un campito muy precario, con un corral de troncos que parece que no va a resistir la embestida de un toro. Y ese temor se confirma un rato después, cuando baja del camión un Hereford de la cabaña Don Félix y el amo y señor de ese espacio, un Braford de 12 años de edad, quiere marcar territorio de entrada. Encara al recién llegado, lo cuerpea y finalmente vence la débil resistencia del alambre. Las vacas a todo esto miran impasibles, con ganas de encontrar una sombra que las proteja del sol del mediodía.

 

El cargador también está en las últimas y es bajo, por lo que hay que cavar debajo de las ruedas del camión para poder encajar la entrada. Tanto movimiento pone nervioso al Angus negro que retiramos un rato antes en La Toma, por lo que la caja se mueve como una coctelera. El viejo ‘Bobby’, así llaman al Braford, se fue cerca de la represa y Lito lo va a buscar a caballo. No cuesta mucho subirlo, a esta altura luce cansado. “Hacía falta un cambio de sangre”, dice Aguilera sobre el nuevo toro, que aún luce confundido.

 

 

 

“Me llamaron de Concarán para avisarme que estaba este plan, es muy bueno, mi único toro ya está viejito”, dice Lito, a quien vaya a saber por qué se lo conoce como ‘El Hijo del Viento’ en la zona. Está contento, por el toro y porque llovió 80 milímetros, lo que le permitió sembrar algo de maíz. Su mujer, Juana González, lo ayuda en las tareas del campo, al punto que pregunta por la mansedumbre del nuevo toro: “Necesito que sea tranquilo, porque lo voy a manejar yo”, pide con voz firme.

 

Terminada la maniobra de reposición, los Aguilera invitan a sentarse bajo una parra y ofrecen jugo fresco y un fuentón para lavarse la cara. El piso de la galería está recién mojado y la sensación de frescor es más que agradable. Las gallinas y unos gatos pequeños corren alrededor de la visita, mientras Lito le lleva un rollo de pasto al Hereford para calmarle el hambre luego del largo viaje.

 

La cortesía es extrema a pesar de las carencias y el equipo sabe cómo agradecerlo. Pero no hay mucho tiempo que perder, aún quedaban a esa altura tres visitas más, porque todavía nadie sabía que los últimos dos toros iban a volver a San Luis. Pero no el del veterinario Alejandro Arzac, quien esperaba ansioso en el paraje Los Chañares por la llegada de su nuevo toro. Es que el plan que distribuye felicidad lo siguió haciendo hasta último momento. Ya veremos con qué nos sorprende el Ministerio de Producción en 2020.

 

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