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La opinión y la realidad

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La opinión y la realidad

El riesgo que asume cualquiera que opine de una situación que desconoce, o solo “conoce”, a través de las noticias, es el de establecer un juicio de valor, sin contar con la totalidad de los elementos de análisis necesarios, para emitir esa opinión.

Éste es un riesgo muy habitual en una época “conectada con la información” a un nivel extremo. Las noticias “llegan” a las personas, incluso cuando las personas “no hacen nada” para “recibirlas”. Sólo basta la “conexión” a Internet, a través de cualquier dispositivo, para que todos y cada uno, “se dé” por informado.

Al mismo tiempo, emitir una opinión apresurada, producto de una visión parcial, sesgada, superficial, o hasta falsa, posee diferentes niveles de responsabilidad: no es igual que opine “livianamente” sobre cualquier tema, un panelista exaltado en un programa de la farándula, alguna señora en una peluquería, un señor en un bar, café mediante con los amigos; a que lo haga un profesor universitario, un ministro de Relaciones Exteriores, o el presidente de un país.

Determinadas personas que ocupan lugares puntuales en una comunidad, rigurosamente deben tener una seriedad acorde a ese lugar que ocupan, y al peso que sus palabras puedan tener dentro de esa sociedad.

El descrédito que contamina las redes sociales, y se extiende a los medios periodísticos, grandes, medianos y pequeños; debería ser ya, la prueba concluyente de que la palabra como elemento de comunicación, ha sido maltratada, disfrazada y ultrajada durante las últimas décadas, hasta llegar a términos que bordean el absurdo.

Una desconfianza, producto de la intoxicación de opiniones emitidas, pero además, firmemente sostenida, por la perspicacia de receptores “más atentos” a la trampa, la falsedad y el conflicto de intereses. Las sociedades actuales poseen un umbral de escepticismo que supera largamente las manipulaciones que sobre ellas se intentan. A pesar de notorios ejemplos que parecen probar lo contrario.

Hace tiempo que Venezuela es un tema “opinable”, desde las más variadas geografías, ideologías y sectores, imaginables. Hace tiempo que ese país sudamericano es objeto de debates y controversias. Y hace mucho tiempo también, que esas opiniones se han inclinado claramente a una realidad de crisis severa en la que coinciden naciones, analistas y “especialistas” de toda índole. 

Los testimonios, las pruebas, las imágenes, y las noticias; de manera abrumadora, pronuncian el mismo diagnóstico: existe una profunda crisis en Venezuela que abarca a todos los sectores de la sociedad. Y los ejemplos se acumulan. Más de medio centenar de médicos venezolanos cruzaron la frontera con Colombia en una manifestación para exigir el ingreso de ayuda humanitaria solicitada por el opositor Juan Guaidó, reconocido por medio centenar de países como presidente interino de Venezuela.

En medio del deterioro de los centros de salud venezolanos, privados de insumos médicos y medicamentos tan comunes como antibióticos y vacunas, están muriendo pacientes con condiciones que serían tratables y los médicos deben realizar procedimientos considerados obsoletos, denunciaron los manifestantes.

Por la falta de marcapasos u otros insumos, pacientes con problemas cardiacos “tienen que esperar y morir”, afirmaron esos médicos. “Estamos necesitando una ayuda humanitaria urgente”, señalaron. “Es muy difícil, por más que nos esforcemos no tenemos las armas básicas con las que pudiésemos contar para salvar muchas vidas”.

Con batas blancas y una enorme bandera venezolana, los médicos cruzaron desde Táchira a Cúcuta, en Colombia, clamando por “medicinas para Venezuela”.

Cerca de ese lugar, en un centro de acopio, permanecen desde hace días, cargamentos de medicinas y alimentos enviados por Estados Unidos, a cuyo ingreso se niega el presidente Nicolás Maduro, que sostiene que la “emergencia humanitaria” es “fabricada desde Washington” para “intervenir” en el país petrolero.

La opinión y la realidad coinciden acerca de Venezuela. Y en este caso, el diagnóstico es muy malo.

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La opinión y la realidad

El riesgo que asume cualquiera que opine de una situación que desconoce, o solo “conoce”, a través de las noticias, es el de establecer un juicio de valor, sin contar con la totalidad de los elementos de análisis necesarios, para emitir esa opinión.

Éste es un riesgo muy habitual en una época “conectada con la información” a un nivel extremo. Las noticias “llegan” a las personas, incluso cuando las personas “no hacen nada” para “recibirlas”. Sólo basta la “conexión” a Internet, a través de cualquier dispositivo, para que todos y cada uno, “se dé” por informado.

Al mismo tiempo, emitir una opinión apresurada, producto de una visión parcial, sesgada, superficial, o hasta falsa, posee diferentes niveles de responsabilidad: no es igual que opine “livianamente” sobre cualquier tema, un panelista exaltado en un programa de la farándula, alguna señora en una peluquería, un señor en un bar, café mediante con los amigos; a que lo haga un profesor universitario, un ministro de Relaciones Exteriores, o el presidente de un país.

Determinadas personas que ocupan lugares puntuales en una comunidad, rigurosamente deben tener una seriedad acorde a ese lugar que ocupan, y al peso que sus palabras puedan tener dentro de esa sociedad.

El descrédito que contamina las redes sociales, y se extiende a los medios periodísticos, grandes, medianos y pequeños; debería ser ya, la prueba concluyente de que la palabra como elemento de comunicación, ha sido maltratada, disfrazada y ultrajada durante las últimas décadas, hasta llegar a términos que bordean el absurdo.

Una desconfianza, producto de la intoxicación de opiniones emitidas, pero además, firmemente sostenida, por la perspicacia de receptores “más atentos” a la trampa, la falsedad y el conflicto de intereses. Las sociedades actuales poseen un umbral de escepticismo que supera largamente las manipulaciones que sobre ellas se intentan. A pesar de notorios ejemplos que parecen probar lo contrario.

Hace tiempo que Venezuela es un tema “opinable”, desde las más variadas geografías, ideologías y sectores, imaginables. Hace tiempo que ese país sudamericano es objeto de debates y controversias. Y hace mucho tiempo también, que esas opiniones se han inclinado claramente a una realidad de crisis severa en la que coinciden naciones, analistas y “especialistas” de toda índole. 

Los testimonios, las pruebas, las imágenes, y las noticias; de manera abrumadora, pronuncian el mismo diagnóstico: existe una profunda crisis en Venezuela que abarca a todos los sectores de la sociedad. Y los ejemplos se acumulan. Más de medio centenar de médicos venezolanos cruzaron la frontera con Colombia en una manifestación para exigir el ingreso de ayuda humanitaria solicitada por el opositor Juan Guaidó, reconocido por medio centenar de países como presidente interino de Venezuela.

En medio del deterioro de los centros de salud venezolanos, privados de insumos médicos y medicamentos tan comunes como antibióticos y vacunas, están muriendo pacientes con condiciones que serían tratables y los médicos deben realizar procedimientos considerados obsoletos, denunciaron los manifestantes.

Por la falta de marcapasos u otros insumos, pacientes con problemas cardiacos “tienen que esperar y morir”, afirmaron esos médicos. “Estamos necesitando una ayuda humanitaria urgente”, señalaron. “Es muy difícil, por más que nos esforcemos no tenemos las armas básicas con las que pudiésemos contar para salvar muchas vidas”.

Con batas blancas y una enorme bandera venezolana, los médicos cruzaron desde Táchira a Cúcuta, en Colombia, clamando por “medicinas para Venezuela”.

Cerca de ese lugar, en un centro de acopio, permanecen desde hace días, cargamentos de medicinas y alimentos enviados por Estados Unidos, a cuyo ingreso se niega el presidente Nicolás Maduro, que sostiene que la “emergencia humanitaria” es “fabricada desde Washington” para “intervenir” en el país petrolero.

La opinión y la realidad coinciden acerca de Venezuela. Y en este caso, el diagnóstico es muy malo.

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