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Florencia Bonsegundo, en el primer plano

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Florencia Bonsegundo, en el primer plano

Marcelo Dettoni

La historia de Florencia Bonsegundo es similar a la de muchas de sus compañeras de la Selección argentina que hizo historia en el Mundial de Francia. Antes de que estas chicas pusieran al fútbol femenino en la marquesina, todo era cuesta arriba para ellas. Se les reían en la cara cuando las veían con botines y pantaloncitos cortos, les cerraban el paso, no las dejaban competir, muy pocos querían armar un torneo competitivo y los clubes –salvo excepciones- estaban en otra cosa, muy ocupados con sus equipos masculinos.

Se necesitaba mucho carácter para torcer esa realidad. Florencia lo tuvo, como la arquera Vanina Correa, la delantera Soledad Jaimes o las que entraron en los últimos 20 minutos para dar vuelta un partido increíble ante Escocia, la chiquita Dalila Ippólito (1,56 metro de gambetas y desfachatez) y la delantera Milagros Menéndez, bicampeona bonaerense de karting y goleadora.

Cordobesa de Morteros, Bonsegundo siempre supo que quería ser futbolista. Por eso ante la falta de competencia femenina, comenzó a mezclarse con los varones a los 6 años, en el club Roberto Colombo. Ya sabía aguantar pelotazos: su hermano mayor la usaba de arquera para descargar sus remates en el fondo de la casa. A los 13, cuando el fútbol se hace más ordenado y hay que federarse, su carrera pareció terminar: la Liga de San Francisco no le permitió integrarse al equipo masculino. “Iba por las colonias, en camioneta, a jugar por el lechón y el cajón de pollo”, contó su papá Alcides en un medio cordobés.

A los 15 años la vio algún "ojeador" de la AFA en un picado y la convocaron a una Selección Sub 17. Claro, había un problema: viajar de Morteros a Ezeiza para entrenar. A Florencia no le importó, durante dos años se movió con decisión, iba los lunes al predio y volvía los viernes a la casa. “Se baja en Retiro y solo una vez la fueron a buscar, después andaba solita, siempre tuvo carácter”, resaltó Alcides, quien se alivió cuando la contrató Huracán. Fue dura la mudanza definitiva, pero al menos no pasaría tantas horas arriba de un micro.

Cuando llegó a UAI Urquiza, uno de los grandes del fútbol femenino, consiguió trabajo en el club, en el área de limpieza y luego en la tienda de artículos deportivos. Tres títulos y un tercer puesto en la Copa Libertadores después, más un brillante paso por la Copa América 2018, le abrieron las puertas de Europa. Hoy juega en el Huelva y ya se la disputan otros equipos más importantes. La familia Bonsegundo cree que la clave es la libertad que les dan a sus hijos. “Vaya un ejemplo que en otra casa causaría extrañeza. Mi hijo del medio se quiso dedicar al patín y nosotros nunca le pusimos trabas. Hoy digo con orgullo que tengo una hija futbolista y un hijo patinador…”, se ufana Alcides, el papá de Florencia, una de las que gritó “queremos ser escuchadas”. Y vaya que lo consiguió.

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Florencia Bonsegundo, en el primer plano

La historia de Florencia Bonsegundo es similar a la de muchas de sus compañeras de la Selección argentina que hizo historia en el Mundial de Francia. Antes de que estas chicas pusieran al fútbol femenino en la marquesina, todo era cuesta arriba para ellas. Se les reían en la cara cuando las veían con botines y pantaloncitos cortos, les cerraban el paso, no las dejaban competir, muy pocos querían armar un torneo competitivo y los clubes –salvo excepciones- estaban en otra cosa, muy ocupados con sus equipos masculinos.

Se necesitaba mucho carácter para torcer esa realidad. Florencia lo tuvo, como la arquera Vanina Correa, la delantera Soledad Jaimes o las que entraron en los últimos 20 minutos para dar vuelta un partido increíble ante Escocia, la chiquita Dalila Ippólito (1,56 metro de gambetas y desfachatez) y la delantera Milagros Menéndez, bicampeona bonaerense de karting y goleadora.

Cordobesa de Morteros, Bonsegundo siempre supo que quería ser futbolista. Por eso ante la falta de competencia femenina, comenzó a mezclarse con los varones a los 6 años, en el club Roberto Colombo. Ya sabía aguantar pelotazos: su hermano mayor la usaba de arquera para descargar sus remates en el fondo de la casa. A los 13, cuando el fútbol se hace más ordenado y hay que federarse, su carrera pareció terminar: la Liga de San Francisco no le permitió integrarse al equipo masculino. “Iba por las colonias, en camioneta, a jugar por el lechón y el cajón de pollo”, contó su papá Alcides en un medio cordobés.

A los 15 años la vio algún "ojeador" de la AFA en un picado y la convocaron a una Selección Sub 17. Claro, había un problema: viajar de Morteros a Ezeiza para entrenar. A Florencia no le importó, durante dos años se movió con decisión, iba los lunes al predio y volvía los viernes a la casa. “Se baja en Retiro y solo una vez la fueron a buscar, después andaba solita, siempre tuvo carácter”, resaltó Alcides, quien se alivió cuando la contrató Huracán. Fue dura la mudanza definitiva, pero al menos no pasaría tantas horas arriba de un micro.

Cuando llegó a UAI Urquiza, uno de los grandes del fútbol femenino, consiguió trabajo en el club, en el área de limpieza y luego en la tienda de artículos deportivos. Tres títulos y un tercer puesto en la Copa Libertadores después, más un brillante paso por la Copa América 2018, le abrieron las puertas de Europa. Hoy juega en el Huelva y ya se la disputan otros equipos más importantes. La familia Bonsegundo cree que la clave es la libertad que les dan a sus hijos. “Vaya un ejemplo que en otra casa causaría extrañeza. Mi hijo del medio se quiso dedicar al patín y nosotros nunca le pusimos trabas. Hoy digo con orgullo que tengo una hija futbolista y un hijo patinador…”, se ufana Alcides, el papá de Florencia, una de las que gritó “queremos ser escuchadas”. Y vaya que lo consiguió.

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