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Se mudó a la ciudad, pero sigue siendo un domador

Magdalena Strongoli

Protagonista de un oficio en retirada, a los 64 años ya el cuerpo no le da para los rigores del campo. Sin embargo Ramón sigue ligado a los caballos, que son la razón de su existir.

 En general, el caballo de manera instintiva y por supervivencia trata de quitarse todo lo que tiene en el lomo, al menos al comienzo de su vida, cuando no está acostumbrado a llevar algo arriba, ni lo acepta. Si bien algunos animales, dependiendo su genética, son más mansos; hay otros, conocidos en el ámbito rural como "chúcaros", son los que le dieron origen al oficio del domador, una de las personalidades más enigmáticas del campo argentino.

En la época en la que el principal medio de movilidad era la tracción a sangre, el hombre necesitaba montar las mulas, los burros primero y luego, pasados los años, se dio cuenta de que el caballo era el que le ofrecía las mejores posibilidades, sobre todo por su velocidad y resistencia. Hoy el arte de amansarlos no solo representa un trabajo para muchos expertos que van de establecimiento en establecimiento ofreciendo sus servicios, sino que también en los festivales gauchescos recobró protagonismo la doma.

Ante una multitud que se congrega todos los veranos, los jinetes le hacen honor a esa tradición, con muchos jóvenes soñando con brillar en los grandes escenarios como Jesús María, la meca nacional de la jineteada, o Nueva Galia, donde el Festival del Caldén ya se hizo un lugar de privilegio en la cartelera estival.

 

Los chúcaros. Aseguró que domar un caballo le puede llevar hasta un año y medio. 

 

La de Ramón Albornoz es la historia de uno de los tantos domadores que pululan por toda la provincia, que tiene una larga tradición. A los 64 años ya no se expone todos los días a los rigores del campo, vive en la ciudad, en una cálida casa que comparte con su hijo menor, Emanuel, de jóvenes y pujantes 19 años. Los dos pasan sus días entre el barrio Los Olivares de la capital puntana y un campo camino a Villa de la Quebrada, una zona que vio crecer edificaciones a lo largo de ambas márgenes de la Autopista 25 de Mayo, pero que aún conserva la calma de los ámbitos rurales. Ambos trabajan por la mañana en San Luis y la tarde la destinan al cuidado de sus 14 caballos y a otros tantos que doman por encargue, con su propia técnica, esa que aprendieron de generación en generación.

El establecimiento “es de Don Lucero”, como lo llama Albornoz a su patrón, así a secas, sin nombre de pila, como se estila con las personas mayores que destilan respeto a su alrededor.

Allí permanecen los equinos por los cuales pagan 400 pesos por cabeza, un servicio que incluye el alimento, que en su gran mayoría surge de las pasturas disponibles, abundantes en los lluviosos veranos puntanos, y escasos en estas épocas heladas.

Ramón nació en el paraje Pozo del Tala y vivió en una chacra llamada "Santa Ana", que queda a 50 kilómetros de la capital, en un viaje breve que se puede hacer por la ruta nacional N° 146. Allí aprendió el oficio de domador al lado de su padre, una historia que ahora se repite entre él y Emanuel, quien muestra muchas ganas de progresar y conocer los secretos de los caballos. Albornoz tiene otros tres hijos, aunque por cuestiones familiares y otras que tienen que ver con el trabajo urbano no pueden acompañarlo demasiado, como a él le gustaría.

 

El hombre y la máquina

Con un poco de nostalgia, contó que el paraje en su niñez estaba poblado de gente que realizaba tareas pagas en los campos, trabajos que la tecnología y los cambios en los usos y costumbres hicieron que hayan desaparecido, en algunos casos por completo. “Ya no quedó nada de aquellos años en los que yo era joven. Solo una estancia muy conocida llamada 'Alta Gracia', en la que ahora vive solo su dueño, ya no se ve el movimiento que había en aquellos años”, lamenta Ramón, al tiempo que resalta que ya no sabe quienes quedaron de sus compinches camperos, porque hace años que no visita la zona. Antes había hacheros y capataces que trabajaban la hacienda con mano firme pero maestra.

“Hoy los tiempos cambiaron y solo trabajan con unos pocos empleados, las máquinas nos van corriendo a todos”, dice como una sentencia inapelable y a la vez dolorosa.

A los 17 años comenzó a trabajar en la doma de los animales que en aquel entonces usaban exclusivamente para trabajar. No había lugar para los recreos ni para sacarse el gusto porque sí, los caballos se necesitaban todos los días y debían estar amansados a la brevedad.

 

La técnica que usa Albornoz requiere de un caballo manso. Por imitación, el chúcaro va aquiriendo las costumbres del animal calmado.

 

“El primer animal que ensillé fue una mula. Después me empezaron a traer algunos caballos y así empecé a domar lo que me pidieran”, contó, y agregó que era muy común usar mulas para arriar la hacienda o enlazar caballos, porque tienen mucha fuerza y son especialistas en terrenos serranos, por su agarre y mansedumbre. Además eran muy útiles para trabajos rudos como el de transportar leña, ya que cargan muchos kilos sobre el lomo.

El caballo no era solo un medio de movilidad, también servía para la siembra, cuando nadie imaginaba el desembarco de las moles actuales, con GPS, aire acondicionado y todas las comodidades del mundo moderno, al punto que ya no necesitan un conductor. “Con un pechero que tenía hierro y cuero, se les colocaba el arado para trabajar la tierra. Con riendas largas manejábamos al equino por donde necesitábamos”, recuerda con cierta dosis de nostalgia por aquellos años que hoy se ven en color sepia.

“Mi padre, Silvano Albornoz, también heredó el oficio del suyo. Él tenía ganado, por lo que era muy común salir a arriar las vacas por el medio de las sierras. Eran largas jornadas en las que en algunas oportunidades los agarraba la noche fuera del hogar, sobre todo en invierno, cuando había que salir a buscar pasto para el alimento de donde fuera, para que los animales no se murieran de hambre. No existían todavía las dietas balanceadas de hoy en día.

Según como viniera el agua, en algunas oportunidades hasta debimos llegar a La Botija, allá en el límite con San Juan, en la tierra que ocupan los pueblos originarios huarpes”, contó sobre sus primeras experiencias a caballo, en las que Silvano lo tenía como fiel compañero.  

“Hacíamos más de 100 kilómetros por día y los caballos se amansaban copiando a los más tranquilos, que eran una guía para los demás”, asegura Ramón sobre una de las herramientas que hoy replica para los encargues que le hacen los amigos y conocidos, que saben que sacará bueno a sus caballos. Recordó que se tapaban con cueros para soportar las heladas y las lluvias en los campos que atravesaban. “Tengo lindos recuerdos y mil anécdotas, porque aunque era una vida dura, me ayudó a ser un hombre y aguantar lo que viniera”, dijo sobre su historia, en la que guarda con mucho cariño todo lo que hizo su papá por él.

Sobre sus estrategias para domar, ofrece detalles que lo delatan como un gran especialista. “Trabajamos con un animal manso, al que llamamos el apadrinador. Ese caballo acompaña al chúcaro, al que enlazamos y le ponemos el bozal. Además, le atamos las patas, porque son como armas cuando las empieza a revolear. Luego entramos en contacto con el animal acariciándolo y una vez que baja su resistencia y se tranquiliza, le colocamos la montura y lo hacemos pasear al lado del apadrinador. Todo es un trabajo paulatino, que por lo menos lleva entre un año y un año y medio hasta tener la tarea concluida. También depende un poco de cada caballo, de su carácter y su naturaleza”, explicó el hombre, quien ha pasado su vida entre caballos, un poco por gusto y otro por herencia familiar.

 

Los nietos. Dos de ellos acompañaron al abuelo en el último desfile del 25 de Mayo.

 

El proceso sigue mostrándole al caballo cómo se debe galopar y trotar de manera ordenada, en un proceso que arranca de cero. El indomable equino debe dejar de corcovear y, como todo animal de costumbre, comienza a imitar a su par, que lo acompaña en cada recorrido que realizan con Albornoz llevando las riendas de la situación. “Siempre la reacción del caballo va a depender de su carácter. Hay algunos que se tiran al suelo y otros que se abalanzan. Eso nos permite conocer con qué tipo de caballo estamos trabajando y ver la mejor forma de amansarlo. Finalmente viene lo más lindo: montarlo”, contó con una sonrisa franca a la revista El Campo, denotando su amor por los equinos.

Siempre teniendo en cuenta los buenos tratos después de cada jornada de trabajo, les sacan todos los elementos y los bañan con agua helada para relajarlos. “Con esa estrategia, que a veces llevamos adelante con manguera o con un balde, conseguimos que deje de patear y de manotear. Generalmente se quedan quietos y disfrutan del baño, como si fueran chicos”, comentó Albornoz, quien sonrisa de por medio aseguró que hay algunos extremadamente rebeldes, que llevan mucho tiempo y paciencia para tener éxito.

“A veces se muestran mansos al pie de los domadores y uno puede tocarles las patas y el pecho sin problemas. El tema es cuando uno lo monta, porque ahí empieza a tallar su naturaleza y  se ponen bravos. Pero hay mansos que patean, los hay muy inteligentes y otros muy porfiados”, repasó como quien toma lista en una clase.

 

Ramón trabaja a la mañana en San Luis y a la tarde cuida a sus 14 caballos y de otros tantos que doma por encargue, con técnica propia.

 

Con un espíritu inquieto que lo llevó a trascender las fronteras de San Luis, trabajó en Mendoza y aprendió sobre el manejo de los viñedos, otra de sus tareas en el campo. Pero claro, como buen puntano decidió volver a su tierra cuando empezó a extrañar sus pagos. Llegó a San Francisco del Monte de Oro, en donde un patrón muy querido lo acogió entre sus favoritos. “Allí hacía de todo, pero también cuidaba y domaba animales para que sirvieran para todo uso”, contó, y agregó que durante seis meses permaneció en la estancia, hasta que recibió una oferta que no pudo rechazar de La Luisa, un campo de La Carolina, donde realizó tareas similares durante otros ocho años. Finalmente llegó a la ciudad de San Luis, donde conoció a Cristina, la mamá de sus hijos, de quien hace unos años se separó pero a quien recuerda con cariño. 

El tiempo pasó y según Albornoz ya nadie puede esperar el proceso que lleva ponerle el freno a un caballo. “Como no se usan los equinos para trabajar y los dueños no los tienen mucho en el campo, los quieren en medio año y no se dan cuenta de que el proceso es más lento, que no es lo mismo que sembrar un cultivo. Una vez que se cambia al freno de hierro, al que el animal le cuesta acostumbrarse, deben pasar por lo menos tres meses más”, explica sin entender a aquellos que viven apurados.

Aunque no pueda ya vivir de la doma y sienta que la ciudad le va robando tiempo con su ritmo acelerado, Ramón no claudica y persigue su sueño de no olvidar los viejos hábitos de los hombres de campo que le han dado sentido durante un par de siglos a la identidad argentina.

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Se mudó a la ciudad, pero sigue siendo un domador

Protagonista de un oficio en retirada, a los 64 años ya el cuerpo no le da para los rigores del campo. Sin embargo Ramón sigue ligado a los caballos, que son la razón de su existir.

Del campo a la ciudad. Ramón Albornoz frente a su casa de la calle 25 de Agosto.

 En general, el caballo de manera instintiva y por supervivencia trata de quitarse todo lo que tiene en el lomo, al menos al comienzo de su vida, cuando no está acostumbrado a llevar algo arriba, ni lo acepta. Si bien algunos animales, dependiendo su genética, son más mansos; hay otros, conocidos en el ámbito rural como "chúcaros", son los que le dieron origen al oficio del domador, una de las personalidades más enigmáticas del campo argentino.

En la época en la que el principal medio de movilidad era la tracción a sangre, el hombre necesitaba montar las mulas, los burros primero y luego, pasados los años, se dio cuenta de que el caballo era el que le ofrecía las mejores posibilidades, sobre todo por su velocidad y resistencia. Hoy el arte de amansarlos no solo representa un trabajo para muchos expertos que van de establecimiento en establecimiento ofreciendo sus servicios, sino que también en los festivales gauchescos recobró protagonismo la doma.

Ante una multitud que se congrega todos los veranos, los jinetes le hacen honor a esa tradición, con muchos jóvenes soñando con brillar en los grandes escenarios como Jesús María, la meca nacional de la jineteada, o Nueva Galia, donde el Festival del Caldén ya se hizo un lugar de privilegio en la cartelera estival.

 

Los chúcaros. Aseguró que domar un caballo le puede llevar hasta un año y medio. 

 

La de Ramón Albornoz es la historia de uno de los tantos domadores que pululan por toda la provincia, que tiene una larga tradición. A los 64 años ya no se expone todos los días a los rigores del campo, vive en la ciudad, en una cálida casa que comparte con su hijo menor, Emanuel, de jóvenes y pujantes 19 años. Los dos pasan sus días entre el barrio Los Olivares de la capital puntana y un campo camino a Villa de la Quebrada, una zona que vio crecer edificaciones a lo largo de ambas márgenes de la Autopista 25 de Mayo, pero que aún conserva la calma de los ámbitos rurales. Ambos trabajan por la mañana en San Luis y la tarde la destinan al cuidado de sus 14 caballos y a otros tantos que doman por encargue, con su propia técnica, esa que aprendieron de generación en generación.

El establecimiento “es de Don Lucero”, como lo llama Albornoz a su patrón, así a secas, sin nombre de pila, como se estila con las personas mayores que destilan respeto a su alrededor.

Allí permanecen los equinos por los cuales pagan 400 pesos por cabeza, un servicio que incluye el alimento, que en su gran mayoría surge de las pasturas disponibles, abundantes en los lluviosos veranos puntanos, y escasos en estas épocas heladas.

Ramón nació en el paraje Pozo del Tala y vivió en una chacra llamada "Santa Ana", que queda a 50 kilómetros de la capital, en un viaje breve que se puede hacer por la ruta nacional N° 146. Allí aprendió el oficio de domador al lado de su padre, una historia que ahora se repite entre él y Emanuel, quien muestra muchas ganas de progresar y conocer los secretos de los caballos. Albornoz tiene otros tres hijos, aunque por cuestiones familiares y otras que tienen que ver con el trabajo urbano no pueden acompañarlo demasiado, como a él le gustaría.

 

El hombre y la máquina

Con un poco de nostalgia, contó que el paraje en su niñez estaba poblado de gente que realizaba tareas pagas en los campos, trabajos que la tecnología y los cambios en los usos y costumbres hicieron que hayan desaparecido, en algunos casos por completo. “Ya no quedó nada de aquellos años en los que yo era joven. Solo una estancia muy conocida llamada 'Alta Gracia', en la que ahora vive solo su dueño, ya no se ve el movimiento que había en aquellos años”, lamenta Ramón, al tiempo que resalta que ya no sabe quienes quedaron de sus compinches camperos, porque hace años que no visita la zona. Antes había hacheros y capataces que trabajaban la hacienda con mano firme pero maestra.

“Hoy los tiempos cambiaron y solo trabajan con unos pocos empleados, las máquinas nos van corriendo a todos”, dice como una sentencia inapelable y a la vez dolorosa.

A los 17 años comenzó a trabajar en la doma de los animales que en aquel entonces usaban exclusivamente para trabajar. No había lugar para los recreos ni para sacarse el gusto porque sí, los caballos se necesitaban todos los días y debían estar amansados a la brevedad.

 

La técnica que usa Albornoz requiere de un caballo manso. Por imitación, el chúcaro va aquiriendo las costumbres del animal calmado.

 

“El primer animal que ensillé fue una mula. Después me empezaron a traer algunos caballos y así empecé a domar lo que me pidieran”, contó, y agregó que era muy común usar mulas para arriar la hacienda o enlazar caballos, porque tienen mucha fuerza y son especialistas en terrenos serranos, por su agarre y mansedumbre. Además eran muy útiles para trabajos rudos como el de transportar leña, ya que cargan muchos kilos sobre el lomo.

El caballo no era solo un medio de movilidad, también servía para la siembra, cuando nadie imaginaba el desembarco de las moles actuales, con GPS, aire acondicionado y todas las comodidades del mundo moderno, al punto que ya no necesitan un conductor. “Con un pechero que tenía hierro y cuero, se les colocaba el arado para trabajar la tierra. Con riendas largas manejábamos al equino por donde necesitábamos”, recuerda con cierta dosis de nostalgia por aquellos años que hoy se ven en color sepia.

“Mi padre, Silvano Albornoz, también heredó el oficio del suyo. Él tenía ganado, por lo que era muy común salir a arriar las vacas por el medio de las sierras. Eran largas jornadas en las que en algunas oportunidades los agarraba la noche fuera del hogar, sobre todo en invierno, cuando había que salir a buscar pasto para el alimento de donde fuera, para que los animales no se murieran de hambre. No existían todavía las dietas balanceadas de hoy en día.

Según como viniera el agua, en algunas oportunidades hasta debimos llegar a La Botija, allá en el límite con San Juan, en la tierra que ocupan los pueblos originarios huarpes”, contó sobre sus primeras experiencias a caballo, en las que Silvano lo tenía como fiel compañero.  

“Hacíamos más de 100 kilómetros por día y los caballos se amansaban copiando a los más tranquilos, que eran una guía para los demás”, asegura Ramón sobre una de las herramientas que hoy replica para los encargues que le hacen los amigos y conocidos, que saben que sacará bueno a sus caballos. Recordó que se tapaban con cueros para soportar las heladas y las lluvias en los campos que atravesaban. “Tengo lindos recuerdos y mil anécdotas, porque aunque era una vida dura, me ayudó a ser un hombre y aguantar lo que viniera”, dijo sobre su historia, en la que guarda con mucho cariño todo lo que hizo su papá por él.

Sobre sus estrategias para domar, ofrece detalles que lo delatan como un gran especialista. “Trabajamos con un animal manso, al que llamamos el apadrinador. Ese caballo acompaña al chúcaro, al que enlazamos y le ponemos el bozal. Además, le atamos las patas, porque son como armas cuando las empieza a revolear. Luego entramos en contacto con el animal acariciándolo y una vez que baja su resistencia y se tranquiliza, le colocamos la montura y lo hacemos pasear al lado del apadrinador. Todo es un trabajo paulatino, que por lo menos lleva entre un año y un año y medio hasta tener la tarea concluida. También depende un poco de cada caballo, de su carácter y su naturaleza”, explicó el hombre, quien ha pasado su vida entre caballos, un poco por gusto y otro por herencia familiar.

 

Los nietos. Dos de ellos acompañaron al abuelo en el último desfile del 25 de Mayo.

 

El proceso sigue mostrándole al caballo cómo se debe galopar y trotar de manera ordenada, en un proceso que arranca de cero. El indomable equino debe dejar de corcovear y, como todo animal de costumbre, comienza a imitar a su par, que lo acompaña en cada recorrido que realizan con Albornoz llevando las riendas de la situación. “Siempre la reacción del caballo va a depender de su carácter. Hay algunos que se tiran al suelo y otros que se abalanzan. Eso nos permite conocer con qué tipo de caballo estamos trabajando y ver la mejor forma de amansarlo. Finalmente viene lo más lindo: montarlo”, contó con una sonrisa franca a la revista El Campo, denotando su amor por los equinos.

Siempre teniendo en cuenta los buenos tratos después de cada jornada de trabajo, les sacan todos los elementos y los bañan con agua helada para relajarlos. “Con esa estrategia, que a veces llevamos adelante con manguera o con un balde, conseguimos que deje de patear y de manotear. Generalmente se quedan quietos y disfrutan del baño, como si fueran chicos”, comentó Albornoz, quien sonrisa de por medio aseguró que hay algunos extremadamente rebeldes, que llevan mucho tiempo y paciencia para tener éxito.

“A veces se muestran mansos al pie de los domadores y uno puede tocarles las patas y el pecho sin problemas. El tema es cuando uno lo monta, porque ahí empieza a tallar su naturaleza y  se ponen bravos. Pero hay mansos que patean, los hay muy inteligentes y otros muy porfiados”, repasó como quien toma lista en una clase.

 

Ramón trabaja a la mañana en San Luis y a la tarde cuida a sus 14 caballos y de otros tantos que doma por encargue, con técnica propia.

 

Con un espíritu inquieto que lo llevó a trascender las fronteras de San Luis, trabajó en Mendoza y aprendió sobre el manejo de los viñedos, otra de sus tareas en el campo. Pero claro, como buen puntano decidió volver a su tierra cuando empezó a extrañar sus pagos. Llegó a San Francisco del Monte de Oro, en donde un patrón muy querido lo acogió entre sus favoritos. “Allí hacía de todo, pero también cuidaba y domaba animales para que sirvieran para todo uso”, contó, y agregó que durante seis meses permaneció en la estancia, hasta que recibió una oferta que no pudo rechazar de La Luisa, un campo de La Carolina, donde realizó tareas similares durante otros ocho años. Finalmente llegó a la ciudad de San Luis, donde conoció a Cristina, la mamá de sus hijos, de quien hace unos años se separó pero a quien recuerda con cariño. 

El tiempo pasó y según Albornoz ya nadie puede esperar el proceso que lleva ponerle el freno a un caballo. “Como no se usan los equinos para trabajar y los dueños no los tienen mucho en el campo, los quieren en medio año y no se dan cuenta de que el proceso es más lento, que no es lo mismo que sembrar un cultivo. Una vez que se cambia al freno de hierro, al que el animal le cuesta acostumbrarse, deben pasar por lo menos tres meses más”, explica sin entender a aquellos que viven apurados.

Aunque no pueda ya vivir de la doma y sienta que la ciudad le va robando tiempo con su ritmo acelerado, Ramón no claudica y persigue su sueño de no olvidar los viejos hábitos de los hombres de campo que le han dado sentido durante un par de siglos a la identidad argentina.

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