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En San Luis, el Estado es el aliado perfecto

Marcelo Dettoni

La firma Fidesur SA decidió hace tres años invertir en infraestructura a cambio de una quita en los impuestos provinciales. Tres años después, la sociedad funciona a la perfección: el productor agregó hacienda al agro y generó nueva mano de obra.

La primera visita que hizo este cronista al establecimiento La Perla fue a fines de 2015. Por entonces su dueño, Fernando Fidelibus, estaba tanteando el terreno porque no había pasado mucho tiempo desde su aterrizaje en San Luis. El empresario, con fuertes inversiones en el área de los combustibles en Río Cuarto, un hombre premiado por una petrolera holandesa por tener una de las diez mejores estaciones de servicio de la Argentina, había comprado ocho años atrás esas 1.470 hectáreas al sur de Villa Mercedes, pero se había limitado a producir soja y maíz, sin pensar aún en la ganadería.

Sin embargo, un hecho casi fortuito hizo que le agregara esta actividad al establecimiento. Había ido a Terrazas del Portezuelo por otro tema, estaba interesado en tomar la concesión de la estación de servicio que justamente ahora se va a abrir en la Zona de Actividades Logísticas y que estará a cargo de un representante de Exxon. “Pero cuando salí rumbo al estacionamiento vi un cartel que promocionaba el Plan Ganadero y sus beneficios impositivos. Entré de nuevo, me recibió Martín Rodríguez, que ya era el jefe del Programa Producción Agropecuaria y Arraigo Rural, y a los pocos meses ya estábamos metidos a fondo en la inversión de este campo. Lo curioso fue que lo de la ZAL al final no se dio y ahora me enteré que va a estar en manos de otro inversor”, recuerda Fidelibus, un hombre al que es muy raro ver quieto y callado.

Aquella visita a La Perla de tres años y medio atrás fue para presenciar la entrega del decreto aprobado para comenzar con las inversiones, por lo que el panorama era muy distinto al actual. No había absolutamente nada que indicara que allí habría ganadería en poco tiempo, apenas la génesis de unos corrales enormes de 60 por 40 con postes de quebracho colorado, y prolijas mangas y alambrados sin estrenar, aún a la espera de los animales. Ni una vaca, ni un ternero, por lo tanto ni un mugido. Solo lo necesario para recibirlos: mangas, cepos, castradora, apreta-vacío, bretes y puertas laterales para tacto y raspado, para poder así detectar enfermedades venéreas.

Todo era una alfombra verde donde crecía la soja y cultivos de maíz recién sembrados, a la espera de la cosecha del otoño siguiente. Esos granos serían fundamentales poco después para cerrar el circuito integral, porque hoy son el alimento de la hacienda que se desarrolla en el campo ubicado justo al lado de Antiguas Estancias Don Roberto.

Incluso la entrada más sencilla es por el pórtico principal del mítico establecimiento de Claudio Thyssen, una referencia mundial en la cría de la raza Hereford. Hay otro camino lateral, pero si uno entra por Don Roberto y consulta con sus empleados, enseguida le indicarán cómo llegar a La Perla, ya que ambos establecimientos tienen una excelente relación personal y comercial.

Por entonces, el empresario se había comprometido a invertir $5.118.412, con lo que conseguiría una rebaja impositiva de parte de San Luis, apuntada a la tasa inmobiliaria rural, de $2.408.975,89. “El negocio nos cierra a los dos, el productor porque ve un retorno del dinero que está poniendo y San Luis porque recibe gente con ganas de trabajar y producir, puebla sus campos, da trabajo y abre nuevos caminos comerciales para toda la zona”, analiza hoy Juan Manuel Celi Preti, jefe del Subprograma Producción Pecuaria y el funcionario que siguió todos los pasos junto a Fidelibus.

Por estos días Celi Preti y Rodríguez volvieron a La Perla a certificar que las inversiones se hayan hecho en tiempo y forma. Era el momento adecuado, poco más de tres años después de la aprobación del decreto y el comienzo de las obras. Y encontraron, con satisfacción, que Fidelibus había sobrepasado el monto firmado. “Fueron más de 40 millones de pesos”, dice el dueño de Fidesur SA con una amplia sonrisa de satisfacción. Esa plata se tradujo no solo en unos corrales amplios y que tienen en cuenta el bienestar animal, sino que además están habilitados para poder producir carne que luego tiene como destino la Unión Europea a través de la Cuota 481, un cupo que tiene la Argentina para colocar cortes Premium de animales engordados a corral en el mercado más exigente del mundo, mucho más ahora que se firmó un acuerdo global entre la UE y el Mercosur.

Fuera del compromiso legal, en La Perla también pusieron una línea de energía tomada de la ruta 148 (antes era solo eólica), una antena parabólica para aprovechar el wifi de San Luis y una computadora para poder sacar al instante las cartas de porte para el traslado del ganado. También funciona un Buster (amplificador) para que los celulares tengan señal aún en medio del campo. “Todo está pensado para que la gente se sienta bien, cómoda con su trabajo”, dice Fidelibus.

 

 

Ya con las inversiones comprometidas armó un patio de comidas (otra exigencia para exportar a la UE), con celdas para almacenar en forma limpia y segura componentes de la dieta como los granos de maíz y la burlanda húmeda. Es una construcción con bloques de cemento y techos altísimos, donde todo está en su lugar.

En realidad, La Perla se asemeja más a un quirófano que a un campo de cría, porque todo está limpio y ordenado. No hay una herramienta por el suelo, el pasto está cortado, el feedlot tiene los pisos en perfectas condiciones y la maquinaria está o bien trabajando en el campo o guardada en el galpón, donde no se ve una mancha de grasa.

“Es una lucha diaria para cambiar la cultura, quiero que todos los empleados se adapten a vivir en un ambiente ordenado y limpio. Soy muy estricto hasta con los más mínimos detalles”, reconoce Fidelibus, quien tiene buen trato con su gente, pero no les afloja en nada.

 

Con la mira puesta en Europa

Las inversiones en el establecimiento, además de los corrales y las mangas, incluyeron una pileta decantadora de efluentes, unos corrales especiales techados que también pide la Unión Europea y forman parte del protocolo de bienestar animal, un tractor flamante, dos mixers, una monotolva y un sinfín de trámites para asegurar la trazabilidad de la carne que se exporta, desde el nacimiento del ternero hasta la faena, sin lo cual sería imposible conseguir mercados en el exterior. “Somos, después de Ser Beef, el segundo feedlot habilitado para exportar a la Unión Europea en todo San Luis. Son datos oficiales de Senasa”, aclara el inversor cordobés.

Durante la jornada a campo, a Fidelibus lo acompañan Alejandro O’Donnell, quien es su asesor agropecuario, y Sebastián Melano, el encargado del campo, quien estuvo con él desde el comienzo, ya que también vino de Río Cuarto para radicarse en San Luis cuando compró el establecimiento, lo que demuestra una relación de larga data. Entre todos conforman un equipo que apunta a lo productivo, pero también a hacerlo de una manera sustentable.

Por eso el empresario plantó 500 árboles en el predio (pinos, eucaliptus de hojas plateadas y moras híbridas) con riego por goteo y están haciendo algunas pruebas para mejorar la parte agrícola siendo amigables con el ambiente. “En 200 hectáreas destinadas al maní sembramos centeno con un avión, a razón de 50 kilos por hectárea. La idea es evitar la erosión eólica y las voladuras del suelo. Y además porque el centeno es el mejor enemigo del yuyo colorado debido a su acidez”, cuenta O’Donnell, quien arrastra una renguera “por quererme hacer el pibe”, según su propia confesión de esquiador frustrado por un accidente.

En los últimos años están apuntando también al sorgo forrajero, con una variedad de ciclo largo que les otorga, ya picado, unos 40 mil kilos de materia verde por hectárea. “Protegido del viento y del calor, nos da esa cantidad de kilos por hectárea, en las zonas que está sin cobertura son apenas 15 mil kilos”, agrega en ingeniero agrónomo.

En esas 150 hectáreas va arriba del centeno, al que solo dejan de cobertura, lo que habla del compromiso de Fidelibus con las inversiones, ya que no es un cultivo barato. Sin embargo, él apuesta a la agricultura sustentable y a tener los suelos siempre listos para la nueva siembra. Por eso en setiembre lo fumigan y lo secan, porque esos lotes serán ocupados luego por el maíz tardío tan típico de esta zona.

En La Perla la rotación es casi religiosa: el 50% del campo disponible está destinado al maíz y el otro 50% a la soja. Para la nutrición de los animales no usan la oleaginosa (“le da un gusto a cerdo a las dietas que no nos gusta”, informa el ingeniero), solo una combinación de grano de maíz y sorgo, que le otorga la fibra necesaria, más burlanda húmeda. “Igual, hay distintos tipos de dieta, el ternero necesita una que lo engorde menos que los animales que ya tienen destino de feedlot”, aclara O’Donnell.

El sorgo es todo un tema, ya que no son muchos los productores puntanos que lo cultivan en cantidad. Sin embargo, para Fidelibus y los suyos, representa un lindo desafío. “Es más rústico que el maíz, aguanta en ambientes extremos. Y además tener fibra barata en el semiárido no es fácil, y el sorgo la da  buen volumen.”, analiza.

Hicieron diversas pruebas con sorgos de dos semilleras y ya tienen los resultados, por lo que conocen el camino a seguir. Y sobre todo comprobaron que la combinación con centeno es la que da los mejores resultados, con rendimientos de hasta 55 quintales por hectárea, contra 40 de la misma variedad plantada sola. Otra marca solo les rindió 20 quintales, por lo que la dejarán de lado para la próxima campaña. “No es un sorgo de mala calidad, simplemente no se adaptó al clima y los vientos de la zona”, reconoce el ingeniero agrónomo.

En cuanto a la burlanda, antes venía toda de Río Cuarto, de la empresa Bío 4, pero ahora comenzaron a comprarla en Tigonbu SA, el gigante agroindustrial que está en Buena Esperanza, porque Fidelibus y su dueño, Gastón González, tienen una relación de larga data. Es una gran noticia, porque significa que es una transacción más que se hace dentro de la provincia.

 

El berretín de la ganadería

A Fidelibus de entrada le pareció una locura meterse a fondo con la ganadería. “¿Para qué? Nos iba bien con la agricultura y no conocíamos nada. Pero yo siempre estoy pensando en cosas nuevas, en invertir, en probar. No me puedo quedar tranquilo. Y acá estamos, enamorados ahora de las vacas”, reconoce con un guiño mientras todos le entramos a un asado con varios cortes distintos (matambre, bifes de chorizo, costilla), que él prepara en persona, porque la parrilla no se la delega a nadie. Hasta en eso es un personaje especial.

Reciben hacienda de entre 180 y 200 kilos, con muchos terneros que compra en las ferias que organiza Alfredo Mondino en Buena Esperanza. “Les metemos 100 kilos baratos en una recría a campo y luego otros 100 en el feedlot para sacar los famosos novillos que tanto cuestan en la ganadería argentina. Acá hay 400 cabezas entrando y saliendo permanentemente”, cuenta mientras recorremos los amplios pasillos que separan los corrales, donde nada queda librado al azar.

 

 

Los animales están separados según su kilaje y el momento del desarrollo que tienen. Hay terneros recién llegados que todavía se están sacando de encima el estrés del cambio de ambiente, otros que se alimentan asomados a los largos comederos (elevados respecto del piso para que los ratones no hagan de las suyas) y del otro lado lucen los que ya están más pesados, que tienen una dieta distinta. La recría la hacen en los lotes del fondo, con una suplementación. Allí plantan llorón en los más flojos y digitaria y Gatton Panic en el resto, que lo dejan diferido para el invierno, cuando la falta de agua hace que deban recurrir a las reservas forrajeras. En ningún sector faltan los modernos bebederos con tapa corrediza de cemento para proteger el agua de la tierra que vuela con el viento.

Enfrente de esos potreros que ahora lucen amarillos por el invierno y el pastoreo del otoño hay un corral en una loma, donde están las vacas preñadas y las que recién acaban de parir. “Hicimos ese predio por precaución, una vez nos llovieron como 300 milímetros de golpe y se inundó todo. Por eso ahora tenemos ese Plan B para llevar los animales en el caso de que nos vuelva a pasar lo mismo”, describe quien conoce su campo de primera mano, sin que nadie tenga que contarle nada.

“La ganadería demanda mucha energía y tiempo. En la agricultura, basta un empleado para atender 1.500 hectáreas, en cambio ahora es necesario contratar un veterinario, un picador, alambradores, molinero, camioneros. Es una fuente generadora de trabajo impresionante, pero también desgasta”, reconoce el empresario riocuartense.

Y como si no tuviera pocas ocupaciones relacionadas a las vacas, el año pasado decidió lanzarse a una aventura nueva: la exportación. “Veníamos abasteciendo solo al mercado local, pero no queríamos quedar atados al humor de los grandes supermercados, que son los que manejan los precios y pagan lo que quieren. Entonces redoblamos la apuesta en busca de nuevos compradores”, relata Fidelibus, siempre dispuesto a embarcarse en nuevos desafíos.

Con el veterinario Agustín Murillo a cargo de la sanidad y la reproducción del rodeo, pusieron todo en condiciones para cumplir con las fuertes exigencias internacionales. En su caso, decidieron ir por un cupo en la Cuota 481 y vender carne producida en feedlot y en lo que se conoce como "UE terceros países", que tiene una reglamentación similar. “La Cuota Hilton, que es la otra que tiene el país, requiere de animales solo alimentados a pasto, pesados, que terminan en más de 500 kilos. Son imposibles de hacer en el semiárido, esos se crían en la Pampa Húmeda”, cuenta el productor.

Para la faena, llevan los animales a dos frigoríficos, uno en Río Cuarto y otro en Coronel Moldes, que es el mismo que tiene la concesión de la planta provincial de Justo Daract, por lo que conoce el paño de sobra. Para el consumo interno, la carne de Fidesur va a la cadena de supermercados TOP, de Río Cuarto, que compra el animal en pie y paga por kilos de carne.

En cambio para el destino europeo confían en las compras de terneros que le hacen a Mondino en Buena Esperanza. “Yo felicito a la provincia por las condiciones que nos brinda para que podamos hacer nuestro negocio. No solo por este Plan Ganadero con quitas impositivas, sino también por el wifi, por la predisposición que muestra la oficina local de Senasa, por las autopistas, por la falta de trabas, la seguridad jurídica y la accesibilidad que muestran los funcionarios. Acá se puede producir carne de primerísima calidad, nada que envidiarle a Buenos Aires”, dice convencido.

Durante el almuerzo les repitió a sus huéspedes que está dispuesto a seguir invirtiendo en San Luis, incluso consultó sobre la posibilidad de ampliar el Plan Ganadero, algo que hoy, de acuerdo a lo que establece la ley, no se puede hacer hasta que culmine el actual plazo de 15 años. “Pero si no es por ese lado, será por otro”, se alentó a sí mismo con entusiasmo, ya que considera que “la ayuda que obtuve con el descuento de tasas inmobiliarias rurales las hubiera terminado pagando igual en otras provincias. El Plan Ganadero invita a seguir invirtiendo”.

 

La organización ante todo

Durante la recorrida, la revista El Campo pudo apreciar todo el proceso desde la recepción de la hacienda. Todo comienza en unos corrales techados, donde entran animales de entre 180 y 200 kilos, que están 72 horas solo con la ingesta de agua para bajar el estrés y luego una dieta para ambientarlos al nuevo entorno. De movida reciben una dosis contra la neumonía y antiparasitario.

Como se dijo líneas arriba, el 90% son terneros comprados en la feria de Buena Esperanza, por lo que la mayoría nacieron en San Luis. En La Perla prefieren la raza Aberdeen Angus. Ingresan tanto negros como colorados, aunque hay algunos "caretas" que también son bienes preciados por su calidad carnicera y su comportamiento. Al lado hay otro corral para aquellos que acusen algún problema, ya sea por lesiones en las patas o enfermedades que deben ser tratadas con medicamentos. Están allí hasta su recuperación total.

El feedlot tiene mangas de circulación, lomas de descanso que son muy usadas por las vacas y una calle central para que los animales se acerquen a comer. El reparto de la dieta se hace dos veces por día y nunca les falta agua. Están más que cómodos, ya que el promedio es de dos animales por metro. En la entrada se divisan unos caños que culminan en una especie de ducha, que en realidad es un sistema para mojar las raciones y combatir así la sequedad del ambiente.

En La Perla decidieron no tener toros que oficien de padres de plantel, consideran que traen más problemas que beneficios. Por eso hacen inseminación artificial a tiempo fijo (IATF) con pajuelas de las mejores cabañas de Angus del país como método de reproducción. Y por ahora no piensan cambiar, ya que les da los resultados esperados.

El agro, desde que decidieron hacer ganadería, le cedió 200 hectáreas de las casi 1.500 del campo, lo que les permite hacer el ciclo completo. Hay 100 hectáreas de maíz que solo se destinan a la comida y el ciclo de rotación está muy claro: van de la soja al centeno como cobertura en invierno, luego al maíz y a la campaña siguiente vuelven a la soja, que es lo único que sale del campo sin valor agregado, directo a puerto.

 

 

Donde terminan los corrales comienzan los lotes con los cultivos de verano. En los de maíz se divisa centeno en los bordes. “Es más que un cultivo de cobertura, yo lo llamaría de servicios ecosistémicos, muy buenos para evitar el crecimiento de malezas y las voladuras”, cuenta O'Donnell.

Un poco más allá otros maíces, que habían sembrado vía aérea sobre centeno, lucen muy castigados por el granizo. Es parte del riesgo que corre cualquier productor agrícola y Fidelibus lo sabe. El centeno va a ser pulverizado en setiembre con Round Up para luego pasar al maíz en diciembre, tras una rociada con preemergentes que ayudarán a combatir las gramíneas, rosetas y el yuyo colorado que viene avanzando con firmeza desde el sur de Córdoba, mostrando cada vez más resistencia al glifosato puro. Hoy son necesarias algunas combinaciones para ganar la batalla.

En La Perla llevan adelante procesos de agricultura de precisión desde hace años, lo que les permite mejorar la relación costo-beneficio y ser bien específicos en las siembras por ambiente y según el tipo de terreno y las alturas. Hacen relevamientos topográficos, muestras de suelo y cosecha con mapeo.

El ingeniero agrónomo adelanta que va a hacer exhaustivos estudios de suelo en los próximos meses: “Quiero ver el nivel de vida que tienen, de actividad biológica, más allá de las propiedades minerales, la infiltración y el nivel de ph, que son estudios que se hacen de manera regular”.

Sustentabilidad. En los contornos de los lotes de maíz, Fidelibus sembró centeno.

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En San Luis, el Estado es el aliado perfecto

La firma Fidesur SA decidió hace tres años invertir en infraestructura a cambio de una quita en los impuestos provinciales. Tres años después, la sociedad funciona a la perfección: el productor agregó hacienda al agro y generó nueva mano de obra.

La primera visita que hizo este cronista al establecimiento La Perla fue a fines de 2015. Por entonces su dueño, Fernando Fidelibus, estaba tanteando el terreno porque no había pasado mucho tiempo desde su aterrizaje en San Luis. El empresario, con fuertes inversiones en el área de los combustibles en Río Cuarto, un hombre premiado por una petrolera holandesa por tener una de las diez mejores estaciones de servicio de la Argentina, había comprado ocho años atrás esas 1.470 hectáreas al sur de Villa Mercedes, pero se había limitado a producir soja y maíz, sin pensar aún en la ganadería.

Sin embargo, un hecho casi fortuito hizo que le agregara esta actividad al establecimiento. Había ido a Terrazas del Portezuelo por otro tema, estaba interesado en tomar la concesión de la estación de servicio que justamente ahora se va a abrir en la Zona de Actividades Logísticas y que estará a cargo de un representante de Exxon. “Pero cuando salí rumbo al estacionamiento vi un cartel que promocionaba el Plan Ganadero y sus beneficios impositivos. Entré de nuevo, me recibió Martín Rodríguez, que ya era el jefe del Programa Producción Agropecuaria y Arraigo Rural, y a los pocos meses ya estábamos metidos a fondo en la inversión de este campo. Lo curioso fue que lo de la ZAL al final no se dio y ahora me enteré que va a estar en manos de otro inversor”, recuerda Fidelibus, un hombre al que es muy raro ver quieto y callado.

Aquella visita a La Perla de tres años y medio atrás fue para presenciar la entrega del decreto aprobado para comenzar con las inversiones, por lo que el panorama era muy distinto al actual. No había absolutamente nada que indicara que allí habría ganadería en poco tiempo, apenas la génesis de unos corrales enormes de 60 por 40 con postes de quebracho colorado, y prolijas mangas y alambrados sin estrenar, aún a la espera de los animales. Ni una vaca, ni un ternero, por lo tanto ni un mugido. Solo lo necesario para recibirlos: mangas, cepos, castradora, apreta-vacío, bretes y puertas laterales para tacto y raspado, para poder así detectar enfermedades venéreas.

Todo era una alfombra verde donde crecía la soja y cultivos de maíz recién sembrados, a la espera de la cosecha del otoño siguiente. Esos granos serían fundamentales poco después para cerrar el circuito integral, porque hoy son el alimento de la hacienda que se desarrolla en el campo ubicado justo al lado de Antiguas Estancias Don Roberto.

Incluso la entrada más sencilla es por el pórtico principal del mítico establecimiento de Claudio Thyssen, una referencia mundial en la cría de la raza Hereford. Hay otro camino lateral, pero si uno entra por Don Roberto y consulta con sus empleados, enseguida le indicarán cómo llegar a La Perla, ya que ambos establecimientos tienen una excelente relación personal y comercial.

Por entonces, el empresario se había comprometido a invertir $5.118.412, con lo que conseguiría una rebaja impositiva de parte de San Luis, apuntada a la tasa inmobiliaria rural, de $2.408.975,89. “El negocio nos cierra a los dos, el productor porque ve un retorno del dinero que está poniendo y San Luis porque recibe gente con ganas de trabajar y producir, puebla sus campos, da trabajo y abre nuevos caminos comerciales para toda la zona”, analiza hoy Juan Manuel Celi Preti, jefe del Subprograma Producción Pecuaria y el funcionario que siguió todos los pasos junto a Fidelibus.

Por estos días Celi Preti y Rodríguez volvieron a La Perla a certificar que las inversiones se hayan hecho en tiempo y forma. Era el momento adecuado, poco más de tres años después de la aprobación del decreto y el comienzo de las obras. Y encontraron, con satisfacción, que Fidelibus había sobrepasado el monto firmado. “Fueron más de 40 millones de pesos”, dice el dueño de Fidesur SA con una amplia sonrisa de satisfacción. Esa plata se tradujo no solo en unos corrales amplios y que tienen en cuenta el bienestar animal, sino que además están habilitados para poder producir carne que luego tiene como destino la Unión Europea a través de la Cuota 481, un cupo que tiene la Argentina para colocar cortes Premium de animales engordados a corral en el mercado más exigente del mundo, mucho más ahora que se firmó un acuerdo global entre la UE y el Mercosur.

Fuera del compromiso legal, en La Perla también pusieron una línea de energía tomada de la ruta 148 (antes era solo eólica), una antena parabólica para aprovechar el wifi de San Luis y una computadora para poder sacar al instante las cartas de porte para el traslado del ganado. También funciona un Buster (amplificador) para que los celulares tengan señal aún en medio del campo. “Todo está pensado para que la gente se sienta bien, cómoda con su trabajo”, dice Fidelibus.

 

 

Ya con las inversiones comprometidas armó un patio de comidas (otra exigencia para exportar a la UE), con celdas para almacenar en forma limpia y segura componentes de la dieta como los granos de maíz y la burlanda húmeda. Es una construcción con bloques de cemento y techos altísimos, donde todo está en su lugar.

En realidad, La Perla se asemeja más a un quirófano que a un campo de cría, porque todo está limpio y ordenado. No hay una herramienta por el suelo, el pasto está cortado, el feedlot tiene los pisos en perfectas condiciones y la maquinaria está o bien trabajando en el campo o guardada en el galpón, donde no se ve una mancha de grasa.

“Es una lucha diaria para cambiar la cultura, quiero que todos los empleados se adapten a vivir en un ambiente ordenado y limpio. Soy muy estricto hasta con los más mínimos detalles”, reconoce Fidelibus, quien tiene buen trato con su gente, pero no les afloja en nada.

 

Con la mira puesta en Europa

Las inversiones en el establecimiento, además de los corrales y las mangas, incluyeron una pileta decantadora de efluentes, unos corrales especiales techados que también pide la Unión Europea y forman parte del protocolo de bienestar animal, un tractor flamante, dos mixers, una monotolva y un sinfín de trámites para asegurar la trazabilidad de la carne que se exporta, desde el nacimiento del ternero hasta la faena, sin lo cual sería imposible conseguir mercados en el exterior. “Somos, después de Ser Beef, el segundo feedlot habilitado para exportar a la Unión Europea en todo San Luis. Son datos oficiales de Senasa”, aclara el inversor cordobés.

Durante la jornada a campo, a Fidelibus lo acompañan Alejandro O’Donnell, quien es su asesor agropecuario, y Sebastián Melano, el encargado del campo, quien estuvo con él desde el comienzo, ya que también vino de Río Cuarto para radicarse en San Luis cuando compró el establecimiento, lo que demuestra una relación de larga data. Entre todos conforman un equipo que apunta a lo productivo, pero también a hacerlo de una manera sustentable.

Por eso el empresario plantó 500 árboles en el predio (pinos, eucaliptus de hojas plateadas y moras híbridas) con riego por goteo y están haciendo algunas pruebas para mejorar la parte agrícola siendo amigables con el ambiente. “En 200 hectáreas destinadas al maní sembramos centeno con un avión, a razón de 50 kilos por hectárea. La idea es evitar la erosión eólica y las voladuras del suelo. Y además porque el centeno es el mejor enemigo del yuyo colorado debido a su acidez”, cuenta O’Donnell, quien arrastra una renguera “por quererme hacer el pibe”, según su propia confesión de esquiador frustrado por un accidente.

En los últimos años están apuntando también al sorgo forrajero, con una variedad de ciclo largo que les otorga, ya picado, unos 40 mil kilos de materia verde por hectárea. “Protegido del viento y del calor, nos da esa cantidad de kilos por hectárea, en las zonas que está sin cobertura son apenas 15 mil kilos”, agrega en ingeniero agrónomo.

En esas 150 hectáreas va arriba del centeno, al que solo dejan de cobertura, lo que habla del compromiso de Fidelibus con las inversiones, ya que no es un cultivo barato. Sin embargo, él apuesta a la agricultura sustentable y a tener los suelos siempre listos para la nueva siembra. Por eso en setiembre lo fumigan y lo secan, porque esos lotes serán ocupados luego por el maíz tardío tan típico de esta zona.

En La Perla la rotación es casi religiosa: el 50% del campo disponible está destinado al maíz y el otro 50% a la soja. Para la nutrición de los animales no usan la oleaginosa (“le da un gusto a cerdo a las dietas que no nos gusta”, informa el ingeniero), solo una combinación de grano de maíz y sorgo, que le otorga la fibra necesaria, más burlanda húmeda. “Igual, hay distintos tipos de dieta, el ternero necesita una que lo engorde menos que los animales que ya tienen destino de feedlot”, aclara O’Donnell.

El sorgo es todo un tema, ya que no son muchos los productores puntanos que lo cultivan en cantidad. Sin embargo, para Fidelibus y los suyos, representa un lindo desafío. “Es más rústico que el maíz, aguanta en ambientes extremos. Y además tener fibra barata en el semiárido no es fácil, y el sorgo la da  buen volumen.”, analiza.

Hicieron diversas pruebas con sorgos de dos semilleras y ya tienen los resultados, por lo que conocen el camino a seguir. Y sobre todo comprobaron que la combinación con centeno es la que da los mejores resultados, con rendimientos de hasta 55 quintales por hectárea, contra 40 de la misma variedad plantada sola. Otra marca solo les rindió 20 quintales, por lo que la dejarán de lado para la próxima campaña. “No es un sorgo de mala calidad, simplemente no se adaptó al clima y los vientos de la zona”, reconoce el ingeniero agrónomo.

En cuanto a la burlanda, antes venía toda de Río Cuarto, de la empresa Bío 4, pero ahora comenzaron a comprarla en Tigonbu SA, el gigante agroindustrial que está en Buena Esperanza, porque Fidelibus y su dueño, Gastón González, tienen una relación de larga data. Es una gran noticia, porque significa que es una transacción más que se hace dentro de la provincia.

 

El berretín de la ganadería

A Fidelibus de entrada le pareció una locura meterse a fondo con la ganadería. “¿Para qué? Nos iba bien con la agricultura y no conocíamos nada. Pero yo siempre estoy pensando en cosas nuevas, en invertir, en probar. No me puedo quedar tranquilo. Y acá estamos, enamorados ahora de las vacas”, reconoce con un guiño mientras todos le entramos a un asado con varios cortes distintos (matambre, bifes de chorizo, costilla), que él prepara en persona, porque la parrilla no se la delega a nadie. Hasta en eso es un personaje especial.

Reciben hacienda de entre 180 y 200 kilos, con muchos terneros que compra en las ferias que organiza Alfredo Mondino en Buena Esperanza. “Les metemos 100 kilos baratos en una recría a campo y luego otros 100 en el feedlot para sacar los famosos novillos que tanto cuestan en la ganadería argentina. Acá hay 400 cabezas entrando y saliendo permanentemente”, cuenta mientras recorremos los amplios pasillos que separan los corrales, donde nada queda librado al azar.

 

 

Los animales están separados según su kilaje y el momento del desarrollo que tienen. Hay terneros recién llegados que todavía se están sacando de encima el estrés del cambio de ambiente, otros que se alimentan asomados a los largos comederos (elevados respecto del piso para que los ratones no hagan de las suyas) y del otro lado lucen los que ya están más pesados, que tienen una dieta distinta. La recría la hacen en los lotes del fondo, con una suplementación. Allí plantan llorón en los más flojos y digitaria y Gatton Panic en el resto, que lo dejan diferido para el invierno, cuando la falta de agua hace que deban recurrir a las reservas forrajeras. En ningún sector faltan los modernos bebederos con tapa corrediza de cemento para proteger el agua de la tierra que vuela con el viento.

Enfrente de esos potreros que ahora lucen amarillos por el invierno y el pastoreo del otoño hay un corral en una loma, donde están las vacas preñadas y las que recién acaban de parir. “Hicimos ese predio por precaución, una vez nos llovieron como 300 milímetros de golpe y se inundó todo. Por eso ahora tenemos ese Plan B para llevar los animales en el caso de que nos vuelva a pasar lo mismo”, describe quien conoce su campo de primera mano, sin que nadie tenga que contarle nada.

“La ganadería demanda mucha energía y tiempo. En la agricultura, basta un empleado para atender 1.500 hectáreas, en cambio ahora es necesario contratar un veterinario, un picador, alambradores, molinero, camioneros. Es una fuente generadora de trabajo impresionante, pero también desgasta”, reconoce el empresario riocuartense.

Y como si no tuviera pocas ocupaciones relacionadas a las vacas, el año pasado decidió lanzarse a una aventura nueva: la exportación. “Veníamos abasteciendo solo al mercado local, pero no queríamos quedar atados al humor de los grandes supermercados, que son los que manejan los precios y pagan lo que quieren. Entonces redoblamos la apuesta en busca de nuevos compradores”, relata Fidelibus, siempre dispuesto a embarcarse en nuevos desafíos.

Con el veterinario Agustín Murillo a cargo de la sanidad y la reproducción del rodeo, pusieron todo en condiciones para cumplir con las fuertes exigencias internacionales. En su caso, decidieron ir por un cupo en la Cuota 481 y vender carne producida en feedlot y en lo que se conoce como "UE terceros países", que tiene una reglamentación similar. “La Cuota Hilton, que es la otra que tiene el país, requiere de animales solo alimentados a pasto, pesados, que terminan en más de 500 kilos. Son imposibles de hacer en el semiárido, esos se crían en la Pampa Húmeda”, cuenta el productor.

Para la faena, llevan los animales a dos frigoríficos, uno en Río Cuarto y otro en Coronel Moldes, que es el mismo que tiene la concesión de la planta provincial de Justo Daract, por lo que conoce el paño de sobra. Para el consumo interno, la carne de Fidesur va a la cadena de supermercados TOP, de Río Cuarto, que compra el animal en pie y paga por kilos de carne.

En cambio para el destino europeo confían en las compras de terneros que le hacen a Mondino en Buena Esperanza. “Yo felicito a la provincia por las condiciones que nos brinda para que podamos hacer nuestro negocio. No solo por este Plan Ganadero con quitas impositivas, sino también por el wifi, por la predisposición que muestra la oficina local de Senasa, por las autopistas, por la falta de trabas, la seguridad jurídica y la accesibilidad que muestran los funcionarios. Acá se puede producir carne de primerísima calidad, nada que envidiarle a Buenos Aires”, dice convencido.

Durante el almuerzo les repitió a sus huéspedes que está dispuesto a seguir invirtiendo en San Luis, incluso consultó sobre la posibilidad de ampliar el Plan Ganadero, algo que hoy, de acuerdo a lo que establece la ley, no se puede hacer hasta que culmine el actual plazo de 15 años. “Pero si no es por ese lado, será por otro”, se alentó a sí mismo con entusiasmo, ya que considera que “la ayuda que obtuve con el descuento de tasas inmobiliarias rurales las hubiera terminado pagando igual en otras provincias. El Plan Ganadero invita a seguir invirtiendo”.

 

La organización ante todo

Durante la recorrida, la revista El Campo pudo apreciar todo el proceso desde la recepción de la hacienda. Todo comienza en unos corrales techados, donde entran animales de entre 180 y 200 kilos, que están 72 horas solo con la ingesta de agua para bajar el estrés y luego una dieta para ambientarlos al nuevo entorno. De movida reciben una dosis contra la neumonía y antiparasitario.

Como se dijo líneas arriba, el 90% son terneros comprados en la feria de Buena Esperanza, por lo que la mayoría nacieron en San Luis. En La Perla prefieren la raza Aberdeen Angus. Ingresan tanto negros como colorados, aunque hay algunos "caretas" que también son bienes preciados por su calidad carnicera y su comportamiento. Al lado hay otro corral para aquellos que acusen algún problema, ya sea por lesiones en las patas o enfermedades que deben ser tratadas con medicamentos. Están allí hasta su recuperación total.

El feedlot tiene mangas de circulación, lomas de descanso que son muy usadas por las vacas y una calle central para que los animales se acerquen a comer. El reparto de la dieta se hace dos veces por día y nunca les falta agua. Están más que cómodos, ya que el promedio es de dos animales por metro. En la entrada se divisan unos caños que culminan en una especie de ducha, que en realidad es un sistema para mojar las raciones y combatir así la sequedad del ambiente.

En La Perla decidieron no tener toros que oficien de padres de plantel, consideran que traen más problemas que beneficios. Por eso hacen inseminación artificial a tiempo fijo (IATF) con pajuelas de las mejores cabañas de Angus del país como método de reproducción. Y por ahora no piensan cambiar, ya que les da los resultados esperados.

El agro, desde que decidieron hacer ganadería, le cedió 200 hectáreas de las casi 1.500 del campo, lo que les permite hacer el ciclo completo. Hay 100 hectáreas de maíz que solo se destinan a la comida y el ciclo de rotación está muy claro: van de la soja al centeno como cobertura en invierno, luego al maíz y a la campaña siguiente vuelven a la soja, que es lo único que sale del campo sin valor agregado, directo a puerto.

 

 

Donde terminan los corrales comienzan los lotes con los cultivos de verano. En los de maíz se divisa centeno en los bordes. “Es más que un cultivo de cobertura, yo lo llamaría de servicios ecosistémicos, muy buenos para evitar el crecimiento de malezas y las voladuras”, cuenta O'Donnell.

Un poco más allá otros maíces, que habían sembrado vía aérea sobre centeno, lucen muy castigados por el granizo. Es parte del riesgo que corre cualquier productor agrícola y Fidelibus lo sabe. El centeno va a ser pulverizado en setiembre con Round Up para luego pasar al maíz en diciembre, tras una rociada con preemergentes que ayudarán a combatir las gramíneas, rosetas y el yuyo colorado que viene avanzando con firmeza desde el sur de Córdoba, mostrando cada vez más resistencia al glifosato puro. Hoy son necesarias algunas combinaciones para ganar la batalla.

En La Perla llevan adelante procesos de agricultura de precisión desde hace años, lo que les permite mejorar la relación costo-beneficio y ser bien específicos en las siembras por ambiente y según el tipo de terreno y las alturas. Hacen relevamientos topográficos, muestras de suelo y cosecha con mapeo.

El ingeniero agrónomo adelanta que va a hacer exhaustivos estudios de suelo en los próximos meses: “Quiero ver el nivel de vida que tienen, de actividad biológica, más allá de las propiedades minerales, la infiltración y el nivel de ph, que son estudios que se hacen de manera regular”.

Sustentabilidad. En los contornos de los lotes de maíz, Fidelibus sembró centeno.

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