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Un sueño agropecuario, de punta a punta

Juan Luna

Franco y Adrián Cartagenova combinan juventud y experiencia para darle vida a un rodeo de cría a base de un estratégico esquema forrajero. Desde Buenos Aires hasta  un campo al sur de Villa Mercedes, el padre y el hijo buscan crecer cada vez más.

Adrián Cartagenova tiene una metáfora ideal para definir la planificación de sus esquemas forrajeros. “Es como un juego de ajedrez”, dice mientras recorre las pasturas en su camioneta. Su hijo Franco, de 27 años, asiente y ayuda a explicar la idea: como si fueran piezas, hay que mover la hacienda de un cuadro a otro, aprovechar la floración de un centeno para dejar descansar el lote de cebada. Mientras tanto, si se puede, hay que sembrar otra especie sobre los rastrojos, llevar las vaquillonas que están por parir a un lote con un poco de maíz, abrir y cerrar tranqueras como quien lleva adelante su estrategia con movimientos certeros para llegar al ansiado jaque mate.

Ambos conocen de palmo a palmo cada uno de los 27 potreros en los que dividieron un campo que tiene más 1.200 hectáreas de extensión. Tienen el plano hecho en papel, pero ellos lo llevan grabado en la memoria. Saben la antigüedad de cada cultivo, cuál tienen que reemplazar y cuál todavía puede darle buenos réditos a la hora de sumarle kilos a la hacienda.

 

 

En el establecimiento “Las Tres Flechas”, el padre y el hijo se complementan. A las más de cuatro décadas que Adrián lleva inmerso en el mundo de la ganadería y de los negocios agropecuarios, Franco le aporta los conocimientos que cosechó en la carrera de ingeniería agronómica y en sus primeras experiencias laborales en el sector. Entre los dos, con el apoyo indispensable del personal que trabaja en la estancia, se traen varios proyectos entre manos para elevar el potencial del establecimiento, mejorar la calidad de su rodeo y ampliar la producción.

 

De Buenos Aires a San Luis

La de los Cartagenova es una de las tantas historias de bonaerenses que apostaron a invertir en la Provincia de San Luis, como un lugar con buenas características y perspectivas para desarrollar un emprendimiento agropecuario. La única diferencia es que ellos no cambiaron definitivamente su lugar de residencia, sino que reparten sus semanas entre el trajinar urbano del barrio de Palermo y la tranquilidad de un campo ubicado 25 kilómetros al sur de Villa Mercedes.

“Antiguamente mi padre era marino, capitán de ultramar. Cuando se retiró, pasó a ser empresario y nos empezamos a dedicar al campo en la zona de Trenque Lauquen, en el pueblo 30 de Agosto”, contó Adrián, quien empezó a trabajar desde muy joven, codo a codo con su progenitor.

En esas coordenadas de su provincia natal, comenzaron a especializarse en un rodeo Charolais, una raza francesa muy productora de carne. “La gran diferencia es que nacía un ternero de esta raza, le ganaba en kilos a otros. Se seguía desarrollando y siempre ganaba peso. Por otro lado, la vaca no tenia comida y engordaba igual”, explicó, aún convencido de las virtudes del tipo de la hacienda que criaban.

 

 

Por eso cuando llegaron a San Luis, hace 42 años, comenzaron a traer animales y se convirtieron en uno de los pocos establecimientos que se enfocaban en la raza en la zona.

La idea de expandir su producción hacia tierras que estaban a unos 500 kilómetros de su campo de origen, respondió a una necesidad de "ampliar la operatoria" del rodeo. "En Trenque Lauquen teníamos todo lo que era engorde y acá habíamos pasado todo lo que era cría. Trabajábamos los campos en conjunto y nos dio buen resultado", explicó.

De hecho, la empresa agropecuaria se expandió también hacia La Pampa y Neuquén, pero Cartagenova señala que en las tierras puntanas es en donde mejor se sienten respaldados. "Es  una provincia pujante que ayuda y estimula la producción", expresó.

De todos modos, trasladarse a suelo puntano no fue sencillo. Tuvieron que transpirar mucho e invertir fuerte para transformar un antiguo campo de monte en una estancia productiva, con lotes limpios para poder sembrar pasturas y construir corrales.

"Tuvimos que matar el palque, hacer alambres, y dividir la superficie en potreros más chicos, cada uno con su molino y con su aguada. Fuimos invirtiendo y moviéndonos cómo se trabajaba en la provincia de Buenos Aires. Acá eran todos campos de monte grande y lo único que se sembraba en ese momento era sorgo para consumo de los animales y no había mejoras de infraestructura", resumió en pocas palabras lo que en realidad les insumió una gran cantidad de tiempo. "Son años de trabajo y no terminás nunca, siempre te falta algo", agregó.

 

 

Una recorrida por el establecimiento basta para comprobar que tantos años de trabajo han dado sus frutos. Separados con alambres y tranqueras, los lotes combinan superficies llanas de distintas especies de pasturas con isletas de monte, que la hacienda también aprovecha para alimentarse. A las orillas, las picadas cortafuegos demuestran que los Cartagenova también tienen conciencia de los riesgos que puede ocasionar la falta de precauciones.

El establecimiento se reparte en dos mitades en ambos lados de la Autopista Nº 55, y en cada una de las partes cuentan con mangas e infraestructura para evitar cruzar la hacienda por el medio de la ruta. Colinda con el peaje Río Quinto, lo que le da al campo una ubicación muy cómoda y estratégica para sacar la producción al norte hacia Villa Mercedes o al sur hacia el Departamento Dupuy.

Franco afirmó que la calidad del suelo también es muy buena, sin demasiadas ondulaciones y con una profundidad de napa ideal para que los cultivos se adapten y se mantengan firmes a pesar de las sequías.

 

El futuro llegó

Desde que Franco se incorporó a trabajar con su padre, se convirtió en la cara de la tercera generación del establecimiento. Y que una persona joven  con energía se sume a un proyecto, siempre trae beneficios, más cuando ese empuje viene acompañado con el cariño de la familia.

Para el muchacho estudiar una carrera ligada a la producción fue algo natural y casi lógico. "Siempre me gustó el campo, desde muy chico venía para acá, en vacaciones o fines de semana largos", recordó.

En los últimos años del cursado en la Universidad Católica Argentina (UCA) ya empezó a hacer sus primeras armas en el mundo laboral, trabajó en una firma ganadera, y hasta tiene una empresa agrícola con un grupo de amigos, con la que siembran campos de maíz y girasol en La Pampa.

 

 

Pero hace unos tres meses, decidió sumarse definitivamente al proyecto de su padre y aportar sus ideas y conocimientos para elevar la calidad y el potencial del rodeo.

Una de las primeras "medidas" que Franco aportó para mejorar la producción fue unificar el tipo de hacienda que crían en el campo.

Es que desde hace varios años, Adrián ya había dejado de hacer únicamente Charolais, más allá de estar enamorado de sus características. "Nos iba muy bien con la calidad de la hacienda, pero no tenía precio en el mercado. Lo mandábamos a las ferias y lo castigaban como si fuera un Holando. Un animal de primera, lo pagaban como uno de segunda o una cruza. Entonces, el negocio fue cambiando y empezamos a traer hacienda de menor calidad para terminarla. La pagaban poco pero la comprábamos barata en zona tambera", explicó.

Sin embargo, ahora se plantearon el desafío de llevar paulatinamente su rodeo a uno totalmente integrado por Aberdeen Angus, negros y colorados, la raza más popular en la actualidad, no solo en la provincia sino en todo el país.

"Compramos los toros puros por cruza, principalmente en la cabaña La Negrita de Río Cuarto, que nos dan muy buenos resultados y ya se nota en la calidad de los terneros", reveló.

Lógicamente que el cambio genético de un plantel es un proceso a largo plazo, que lleva años y una fuerte inversión. Por eso, están convencidos de que tienen que hacer esa transición de a pequeños pasos, sin descapitalizarse ni deshacerse de la hacienda que les ha dado satisfacciones.

No obstante, están conformes con los resultados que han empezado a notar. Desde hace cuatro años, llevan algunos ejemplares a la Fiesta Provincial del Ternero, que organiza la Sociedad Rural Río V, y se han llevado premios en varias ocasiones. "Eso es un estímulo, que te motiva a seguir por el camino que vas", valoró el productor.

Sin embargo, no es la única modificación que los Cartagenova pretenden realizar en su esquema productivo. Hasta el momento, se dedican a realizar animales de cría y a vender, por un lado, terneros destetados y, por otra parte, vaquillonas con garantía de preñez inseminadas con toros puros.

Pero la idea es avanzar hacia una recría y una terminación a campo, de modo de poder completar el ciclo de engorde de los animales.

"Lo que estamos haciendo es encerrar unos 200 vientres en un lote de 75 hectáreas. Los tenemos ahí como si fuera un engorde  semiintensivo. Están ahí, tienen campo para pastar, pero se les lleva una ración a la mañana y a la tarde se los larga a un verdeo de invierno, más que todo en centeno y algo de cebada que teníamos", detalló el joven.

 

 

 

De esa forma, le aportan fibra a la hacienda con tres kilos de maíz por vaca y unos dos kilos de rollos de moha, y las mantienen en un estado corporal de entre 3 y 3,5 puntos (en una escala que va desde el 1 al 5). "La idea es seguir así, con mucha carga por un tiempo prolongado. La terminación, si es para consumo interno, se puede llegar a lograr ya que se necesitan animales livianos", anticipó.

Actualmente, el índice de Equivalente Vaca (EV) por hectárea es de alrededor 0.85. Pero la intención de los Cartagenova es ampliar ese número y multiplicar la cantidad de cabezas que tienen en el campo.

Para lograrlo, necesitan continuar con un estratégico esquema forrajero, que los lleva mover la hacienda por los lotes y sembrar nuevas pasturas consociadas. De hecho, una de las grandes satisfacciones que tuvieron este invierno en el campo, fue ver cómo los verdeos resistieron y alcanzaron, a pesar de que las lluvias no fueron tan abundantes.

La idea de combinar diferentes especies les ha dado grandes frutos y ya puede verse la emergencia de algunos melilotus por lo que queda de centeno, con lo que tienen asegurado el forraje para el resto del año.

 

Entre el campo y la ciudad

Aunque lleva más de cuarenta años de una rutina agotadora de viajar cada quince días desde su Buenos Aires a San Luis, Adrián aseguró que siempre encuentra una motivación para mejorar, tanto en el aspecto productivo como en el económico. "Más ahora con el apoyo de Franco, es como que tenés nueva sangre, ánimo para seguir trabajando. Obviamente que al gustarte, todo es mucho más fácil", expresó.

Para el padre, contar con la presencia de su hijo es "un orgullo", pero también el momento de pasar la posta, "ceder la llave y la manija del campo para poder hacer cosas nuevas y emprender nuevos negocios".

Además, ambos coinciden en que su ritmo de vida, que se reparte entre la ciudad y el campo, representa un "complemento ideal". "Siempre decimos que es muy linda la tranquilidad de acá, pero cuando pasan muchos días te dan ganas de ir a Buenos Aires a ver a los amigos y a tomar algo en el centro", introdujo Franco. "Pero cuando llegamos allá, disfrutamos lo lindo de la gran ciudad y a los pocos días decís: ¿qué hago acá, con este ruido, el tránsito, con todo?", completó Adrián.

Así, los productores disfrutan de las largas y agotadoras jornadas en el establecimiento, en donde además del trabajo también hay tiempo para el disfrute. Los dos tienen un cariño especial por los caballos y llegaron a tener más de 70 solo por placer, con todos los costos que eso significa.

 

 

Es que a ambos les apasiona el polo y Franco llegó a tener un emprendimiento para criar, domar y preparar ejemplares para este deporte. Sin embargo, la carga horaria entre los estudios y el trabajo lo obligaron a abandonar ese proyecto. Probablemente, hayan heredado ese gusto por los equinos de Rubens Cartagenova, el ex marino apostó sus fichas por el campo y constituyó la primera generación de un sueño agropecuario que aún no cesa.

"La verdad que la pasamos bien. Trabajamos mucho, pero llegamos a la noche tomamos unos mates y estamos contentos. Hay tareas que no son las más lindas, por ejemplo moliendo maíz te llenas de polvillo. Pero prefiero estar acá y no estar encerrado en una oficina", admitió el joven.

Adrián mira a su hijo y lo deja hablar, admirado por los conocimientos que ha cosechado y la madurez con lo que los transmite. "Disfrutamos  mucho estar acá, ya sea comiendo algo con amigos o arreglando un alambre, acá hay paz", señaló.

 

 

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Un sueño agropecuario, de punta a punta

Franco y Adrián Cartagenova combinan juventud y experiencia para darle vida a un rodeo de cría a base de un estratégico esquema forrajero. Desde Buenos Aires hasta  un campo al sur de Villa Mercedes, el padre y el hijo buscan crecer cada vez más.

Adrián Cartagenova tiene una metáfora ideal para definir la planificación de sus esquemas forrajeros. “Es como un juego de ajedrez”, dice mientras recorre las pasturas en su camioneta. Su hijo Franco, de 27 años, asiente y ayuda a explicar la idea: como si fueran piezas, hay que mover la hacienda de un cuadro a otro, aprovechar la floración de un centeno para dejar descansar el lote de cebada. Mientras tanto, si se puede, hay que sembrar otra especie sobre los rastrojos, llevar las vaquillonas que están por parir a un lote con un poco de maíz, abrir y cerrar tranqueras como quien lleva adelante su estrategia con movimientos certeros para llegar al ansiado jaque mate.

Ambos conocen de palmo a palmo cada uno de los 27 potreros en los que dividieron un campo que tiene más 1.200 hectáreas de extensión. Tienen el plano hecho en papel, pero ellos lo llevan grabado en la memoria. Saben la antigüedad de cada cultivo, cuál tienen que reemplazar y cuál todavía puede darle buenos réditos a la hora de sumarle kilos a la hacienda.

 

 

En el establecimiento “Las Tres Flechas”, el padre y el hijo se complementan. A las más de cuatro décadas que Adrián lleva inmerso en el mundo de la ganadería y de los negocios agropecuarios, Franco le aporta los conocimientos que cosechó en la carrera de ingeniería agronómica y en sus primeras experiencias laborales en el sector. Entre los dos, con el apoyo indispensable del personal que trabaja en la estancia, se traen varios proyectos entre manos para elevar el potencial del establecimiento, mejorar la calidad de su rodeo y ampliar la producción.

 

De Buenos Aires a San Luis

La de los Cartagenova es una de las tantas historias de bonaerenses que apostaron a invertir en la Provincia de San Luis, como un lugar con buenas características y perspectivas para desarrollar un emprendimiento agropecuario. La única diferencia es que ellos no cambiaron definitivamente su lugar de residencia, sino que reparten sus semanas entre el trajinar urbano del barrio de Palermo y la tranquilidad de un campo ubicado 25 kilómetros al sur de Villa Mercedes.

“Antiguamente mi padre era marino, capitán de ultramar. Cuando se retiró, pasó a ser empresario y nos empezamos a dedicar al campo en la zona de Trenque Lauquen, en el pueblo 30 de Agosto”, contó Adrián, quien empezó a trabajar desde muy joven, codo a codo con su progenitor.

En esas coordenadas de su provincia natal, comenzaron a especializarse en un rodeo Charolais, una raza francesa muy productora de carne. “La gran diferencia es que nacía un ternero de esta raza, le ganaba en kilos a otros. Se seguía desarrollando y siempre ganaba peso. Por otro lado, la vaca no tenia comida y engordaba igual”, explicó, aún convencido de las virtudes del tipo de la hacienda que criaban.

 

 

Por eso cuando llegaron a San Luis, hace 42 años, comenzaron a traer animales y se convirtieron en uno de los pocos establecimientos que se enfocaban en la raza en la zona.

La idea de expandir su producción hacia tierras que estaban a unos 500 kilómetros de su campo de origen, respondió a una necesidad de "ampliar la operatoria" del rodeo. "En Trenque Lauquen teníamos todo lo que era engorde y acá habíamos pasado todo lo que era cría. Trabajábamos los campos en conjunto y nos dio buen resultado", explicó.

De hecho, la empresa agropecuaria se expandió también hacia La Pampa y Neuquén, pero Cartagenova señala que en las tierras puntanas es en donde mejor se sienten respaldados. "Es  una provincia pujante que ayuda y estimula la producción", expresó.

De todos modos, trasladarse a suelo puntano no fue sencillo. Tuvieron que transpirar mucho e invertir fuerte para transformar un antiguo campo de monte en una estancia productiva, con lotes limpios para poder sembrar pasturas y construir corrales.

"Tuvimos que matar el palque, hacer alambres, y dividir la superficie en potreros más chicos, cada uno con su molino y con su aguada. Fuimos invirtiendo y moviéndonos cómo se trabajaba en la provincia de Buenos Aires. Acá eran todos campos de monte grande y lo único que se sembraba en ese momento era sorgo para consumo de los animales y no había mejoras de infraestructura", resumió en pocas palabras lo que en realidad les insumió una gran cantidad de tiempo. "Son años de trabajo y no terminás nunca, siempre te falta algo", agregó.

 

 

Una recorrida por el establecimiento basta para comprobar que tantos años de trabajo han dado sus frutos. Separados con alambres y tranqueras, los lotes combinan superficies llanas de distintas especies de pasturas con isletas de monte, que la hacienda también aprovecha para alimentarse. A las orillas, las picadas cortafuegos demuestran que los Cartagenova también tienen conciencia de los riesgos que puede ocasionar la falta de precauciones.

El establecimiento se reparte en dos mitades en ambos lados de la Autopista Nº 55, y en cada una de las partes cuentan con mangas e infraestructura para evitar cruzar la hacienda por el medio de la ruta. Colinda con el peaje Río Quinto, lo que le da al campo una ubicación muy cómoda y estratégica para sacar la producción al norte hacia Villa Mercedes o al sur hacia el Departamento Dupuy.

Franco afirmó que la calidad del suelo también es muy buena, sin demasiadas ondulaciones y con una profundidad de napa ideal para que los cultivos se adapten y se mantengan firmes a pesar de las sequías.

 

El futuro llegó

Desde que Franco se incorporó a trabajar con su padre, se convirtió en la cara de la tercera generación del establecimiento. Y que una persona joven  con energía se sume a un proyecto, siempre trae beneficios, más cuando ese empuje viene acompañado con el cariño de la familia.

Para el muchacho estudiar una carrera ligada a la producción fue algo natural y casi lógico. "Siempre me gustó el campo, desde muy chico venía para acá, en vacaciones o fines de semana largos", recordó.

En los últimos años del cursado en la Universidad Católica Argentina (UCA) ya empezó a hacer sus primeras armas en el mundo laboral, trabajó en una firma ganadera, y hasta tiene una empresa agrícola con un grupo de amigos, con la que siembran campos de maíz y girasol en La Pampa.

 

 

Pero hace unos tres meses, decidió sumarse definitivamente al proyecto de su padre y aportar sus ideas y conocimientos para elevar la calidad y el potencial del rodeo.

Una de las primeras "medidas" que Franco aportó para mejorar la producción fue unificar el tipo de hacienda que crían en el campo.

Es que desde hace varios años, Adrián ya había dejado de hacer únicamente Charolais, más allá de estar enamorado de sus características. "Nos iba muy bien con la calidad de la hacienda, pero no tenía precio en el mercado. Lo mandábamos a las ferias y lo castigaban como si fuera un Holando. Un animal de primera, lo pagaban como uno de segunda o una cruza. Entonces, el negocio fue cambiando y empezamos a traer hacienda de menor calidad para terminarla. La pagaban poco pero la comprábamos barata en zona tambera", explicó.

Sin embargo, ahora se plantearon el desafío de llevar paulatinamente su rodeo a uno totalmente integrado por Aberdeen Angus, negros y colorados, la raza más popular en la actualidad, no solo en la provincia sino en todo el país.

"Compramos los toros puros por cruza, principalmente en la cabaña La Negrita de Río Cuarto, que nos dan muy buenos resultados y ya se nota en la calidad de los terneros", reveló.

Lógicamente que el cambio genético de un plantel es un proceso a largo plazo, que lleva años y una fuerte inversión. Por eso, están convencidos de que tienen que hacer esa transición de a pequeños pasos, sin descapitalizarse ni deshacerse de la hacienda que les ha dado satisfacciones.

No obstante, están conformes con los resultados que han empezado a notar. Desde hace cuatro años, llevan algunos ejemplares a la Fiesta Provincial del Ternero, que organiza la Sociedad Rural Río V, y se han llevado premios en varias ocasiones. "Eso es un estímulo, que te motiva a seguir por el camino que vas", valoró el productor.

Sin embargo, no es la única modificación que los Cartagenova pretenden realizar en su esquema productivo. Hasta el momento, se dedican a realizar animales de cría y a vender, por un lado, terneros destetados y, por otra parte, vaquillonas con garantía de preñez inseminadas con toros puros.

Pero la idea es avanzar hacia una recría y una terminación a campo, de modo de poder completar el ciclo de engorde de los animales.

"Lo que estamos haciendo es encerrar unos 200 vientres en un lote de 75 hectáreas. Los tenemos ahí como si fuera un engorde  semiintensivo. Están ahí, tienen campo para pastar, pero se les lleva una ración a la mañana y a la tarde se los larga a un verdeo de invierno, más que todo en centeno y algo de cebada que teníamos", detalló el joven.

 

 

 

De esa forma, le aportan fibra a la hacienda con tres kilos de maíz por vaca y unos dos kilos de rollos de moha, y las mantienen en un estado corporal de entre 3 y 3,5 puntos (en una escala que va desde el 1 al 5). "La idea es seguir así, con mucha carga por un tiempo prolongado. La terminación, si es para consumo interno, se puede llegar a lograr ya que se necesitan animales livianos", anticipó.

Actualmente, el índice de Equivalente Vaca (EV) por hectárea es de alrededor 0.85. Pero la intención de los Cartagenova es ampliar ese número y multiplicar la cantidad de cabezas que tienen en el campo.

Para lograrlo, necesitan continuar con un estratégico esquema forrajero, que los lleva mover la hacienda por los lotes y sembrar nuevas pasturas consociadas. De hecho, una de las grandes satisfacciones que tuvieron este invierno en el campo, fue ver cómo los verdeos resistieron y alcanzaron, a pesar de que las lluvias no fueron tan abundantes.

La idea de combinar diferentes especies les ha dado grandes frutos y ya puede verse la emergencia de algunos melilotus por lo que queda de centeno, con lo que tienen asegurado el forraje para el resto del año.

 

Entre el campo y la ciudad

Aunque lleva más de cuarenta años de una rutina agotadora de viajar cada quince días desde su Buenos Aires a San Luis, Adrián aseguró que siempre encuentra una motivación para mejorar, tanto en el aspecto productivo como en el económico. "Más ahora con el apoyo de Franco, es como que tenés nueva sangre, ánimo para seguir trabajando. Obviamente que al gustarte, todo es mucho más fácil", expresó.

Para el padre, contar con la presencia de su hijo es "un orgullo", pero también el momento de pasar la posta, "ceder la llave y la manija del campo para poder hacer cosas nuevas y emprender nuevos negocios".

Además, ambos coinciden en que su ritmo de vida, que se reparte entre la ciudad y el campo, representa un "complemento ideal". "Siempre decimos que es muy linda la tranquilidad de acá, pero cuando pasan muchos días te dan ganas de ir a Buenos Aires a ver a los amigos y a tomar algo en el centro", introdujo Franco. "Pero cuando llegamos allá, disfrutamos lo lindo de la gran ciudad y a los pocos días decís: ¿qué hago acá, con este ruido, el tránsito, con todo?", completó Adrián.

Así, los productores disfrutan de las largas y agotadoras jornadas en el establecimiento, en donde además del trabajo también hay tiempo para el disfrute. Los dos tienen un cariño especial por los caballos y llegaron a tener más de 70 solo por placer, con todos los costos que eso significa.

 

 

Es que a ambos les apasiona el polo y Franco llegó a tener un emprendimiento para criar, domar y preparar ejemplares para este deporte. Sin embargo, la carga horaria entre los estudios y el trabajo lo obligaron a abandonar ese proyecto. Probablemente, hayan heredado ese gusto por los equinos de Rubens Cartagenova, el ex marino apostó sus fichas por el campo y constituyó la primera generación de un sueño agropecuario que aún no cesa.

"La verdad que la pasamos bien. Trabajamos mucho, pero llegamos a la noche tomamos unos mates y estamos contentos. Hay tareas que no son las más lindas, por ejemplo moliendo maíz te llenas de polvillo. Pero prefiero estar acá y no estar encerrado en una oficina", admitió el joven.

Adrián mira a su hijo y lo deja hablar, admirado por los conocimientos que ha cosechado y la madurez con lo que los transmite. "Disfrutamos  mucho estar acá, ya sea comiendo algo con amigos o arreglando un alambre, acá hay paz", señaló.

 

 

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