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Voluntarios salen a las calles de la ciudad a pelearle a la desigualdad

Leonardo Kram

Los jueves a las 20 recorren el centro de San Luis para dar comida, bebida y ropa a los necesitados. 

A las 20 del jueves 9 de enero, el mote de recorrida “nocturna” quedaba un poco desfasado. El sol aún caía en la exterminal de colectivos, punto de encuentro de un grupo de unos 10 voluntarios que saldrían a la calle minutos después para ofrecer un vaso de jugo o sopa y unas tortitas a gente que, por las circunstancias que debieron enfrentar en sus vidas, pasan la mayor parte de sus días al calor y abrigo del asfalto.

La Fundación "Sí" es una ONG a nivel nacional que asegura no promover ni credo ni opción política y que tiene por fin asistir y acompañar a gente “en situación de calle”. La expresión puntana de la organización está compuesta en su mayoría por jóvenes estudiantes universitarios, aunque también el grupo tiene variedad en un agente de policía y un contador, que al menos desde julio del año pasado empezó las “recos”.

“Tenía la necesidad de ayudar, creo que todos las tenemos pero no sabemos cómo explayarla y yo mismo no sabía. Lo que me motiva a ayudar, que es lo motiva a todos como grupo, es esparcir la idea de que las cosas pueden ser mejor para las personas que quizás no tienen las mismas posibilidades que nosotros”, explicó Sofía Rosales, una de las voluntarias.

Diego Muñoz, otro de los integrantes de la fundación, dijo que primero hicieron un relevamiento para ver dónde estaba la gente y que después, las propias personas los fueron guiando hacia donde había que ir. El joven aclaró que en algunos casos las personas no duermen en la calle, sino más bien pasan todo el día allí, rebuscándosela como pueden con changas y que luego vuelven a sus hogares. Diego estima que visitaron durante el año pasado entre 20 y 30 personas, niños, jóvenes y adultos.

La primera parada fue en el Paseo de los Inmigrantes, plazoleta que queda a un costado de la Universidad Nacional de San Luis. Allí había dos hombres adultos. La condición que permitió a El Diario de la República acompañar en la recorrida fue la de no difundir nombres, detalles ni fotos de las personas en cuestión, como medida para preservar su identidad e intimidad.

“Se establece un vínculo de confianza, se llega con ellos, se charla de cosas generales y después se va profundizando, ‘reco’ a ‘reco’ sobre temas más íntimos de su familia. Primero establecemos un vínculo cercano”, apuntó May Rosales. Así después ayudan con ropa, materiales para construcción y hasta haciendo contactos con familiares o trabajos.

“Esto quizás es una prueba que me está poniendo Dios”, afirmó M a los jóvenes, mientras tomaba un poco del jugo que le ofrecieron. El hombre enumeró los trabajos que tuvo, los errores que cometió y pidió por una segunda oportunidad. Brenda, una de las voluntarias, tomó su mano y lo escuchó atentamente.

“Nadie quiere escuchar, es muy difícil que en estos tiempos alguien te escuche, te escuche de verdad. Ustedes son pibes bárbaros, son pibes hermosos”, le respondió a Brenda y a otro joven. N a un costado, parecía de mejor humor, aunque un leve corte en su brazo izquierdo le llamaba la atención al grupo. Mientras M se desahogaba aquel atardecer, Wilson, otro voluntario, sacó un botiquín metálico y un poco de alcohol y gasa.

N se enjuagó el brazo herido y después comió algo de sopa caliente con tortitas. “¡Qué lindas pepés, N!”, le apuntó otra de las jóvenes. “Las encontré allí en un contenedor”, le respondió. Además de comida y bebida, la fundación junta ropa y Diego apuntó que las zapatillas es lo que más necesitan por estos días.

No es la primera vez que M contó su historia. “Cuenta lo que tenía, porque es lo que falta”, reflexionó Brenda minutos después de saludar y entregarles unas cajitas de sopa y pan, y dejar la plazoleta. En ese mismo espacio verde, un hombre que dormía a la intemperie falleció por las bajas temperaturas en 2016. Hoy algunos lo siguen eligiendo como lugar para pasar sus noches.

El grupo pasó por avenida España y se acercó a dos trapitos. Ellos venían de un barrio del sur de la ciudad y cerca de las 9 de la noche, aún seguían limpiando vidrios. Era la primera vez que se presentaron a los jóvenes. A seis meses de empezar las recorridas, aún siguen encontrando gente nueva a quien ayudar.

Enero era un mes particular para la fundación: “Prójimo” una organización amiga con objetivos similares, se tomó unas semanas de vacaciones al igual que una iglesia adventista del centro que dejó de ofrecer comidas por unas semanas. Por eso, evaluaban realizar una segunda recorrida en la semana. Por ahora la fundación no tiene sede física para dejar sus donaciones ni celebrar sus reuniones; de momento se las arreglan con reuniones esporádicas
en la casa que alguno de los voluntarios ofrece.

El grupo bajó por calle San Martín hasta el Correo y de ahí se dividió en dos. Unos fueron a la Iglesia Catedral y otro a avenida Illia. El primer grupo no tuvo suerte y no pudo hallar a los jóvenes que venden estampitas en el templo. El segundo pudo acercarse a otro chico sobre calle San Martín y le ofrecieron un refrigerio. Después se juntaron de nuevo y se acercaron a los bares y una escuela de avenida Illia, donde encontraron a las últimas personas de la noche. Ya eran cerca de las 22 cuando un niño de no más de 12 años se acercó.

“Ustedes me dieron esta remera”, recordó el niño. Con un brazalete, que se abría y cambiaba su forma sobre sí mismo, comenzó a jugar con los voluntarios. Un hombre joven se acercó y los saludó. Acompañaba al niño y recibió las sopas de los voluntarios, y con ese último intercambio, la noche terminó.

San Luis registra el nivel de indigencia más bajo del país. Según datos del Indec del primer semestre de 2019, la población alcanzada es de un 2,4%, equivalente a 5.531 personas en la ciudad, Juana Koslay y La Punta. La cifra no es llamativa. Pero para los chicos de la fundación lo es, porque para ellos son personas como uno, no números, que necesitan de una mano.

 

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Voluntarios salen a las calles de la ciudad a pelearle a la desigualdad

Los jueves a las 20 recorren el centro de San Luis para dar comida, bebida y ropa a los necesitados. 

 Dar comida es una excusa que los voluntarios usan para escuchar y atender las necesidades de la gente. Foto: Marianela Sánchez 

A las 20 del jueves 9 de enero, el mote de recorrida “nocturna” quedaba un poco desfasado. El sol aún caía en la exterminal de colectivos, punto de encuentro de un grupo de unos 10 voluntarios que saldrían a la calle minutos después para ofrecer un vaso de jugo o sopa y unas tortitas a gente que, por las circunstancias que debieron enfrentar en sus vidas, pasan la mayor parte de sus días al calor y abrigo del asfalto.

La Fundación "Sí" es una ONG a nivel nacional que asegura no promover ni credo ni opción política y que tiene por fin asistir y acompañar a gente “en situación de calle”. La expresión puntana de la organización está compuesta en su mayoría por jóvenes estudiantes universitarios, aunque también el grupo tiene variedad en un agente de policía y un contador, que al menos desde julio del año pasado empezó las “recos”.

“Tenía la necesidad de ayudar, creo que todos las tenemos pero no sabemos cómo explayarla y yo mismo no sabía. Lo que me motiva a ayudar, que es lo motiva a todos como grupo, es esparcir la idea de que las cosas pueden ser mejor para las personas que quizás no tienen las mismas posibilidades que nosotros”, explicó Sofía Rosales, una de las voluntarias.

Diego Muñoz, otro de los integrantes de la fundación, dijo que primero hicieron un relevamiento para ver dónde estaba la gente y que después, las propias personas los fueron guiando hacia donde había que ir. El joven aclaró que en algunos casos las personas no duermen en la calle, sino más bien pasan todo el día allí, rebuscándosela como pueden con changas y que luego vuelven a sus hogares. Diego estima que visitaron durante el año pasado entre 20 y 30 personas, niños, jóvenes y adultos.

La primera parada fue en el Paseo de los Inmigrantes, plazoleta que queda a un costado de la Universidad Nacional de San Luis. Allí había dos hombres adultos. La condición que permitió a El Diario de la República acompañar en la recorrida fue la de no difundir nombres, detalles ni fotos de las personas en cuestión, como medida para preservar su identidad e intimidad.

“Se establece un vínculo de confianza, se llega con ellos, se charla de cosas generales y después se va profundizando, ‘reco’ a ‘reco’ sobre temas más íntimos de su familia. Primero establecemos un vínculo cercano”, apuntó May Rosales. Así después ayudan con ropa, materiales para construcción y hasta haciendo contactos con familiares o trabajos.

“Esto quizás es una prueba que me está poniendo Dios”, afirmó M a los jóvenes, mientras tomaba un poco del jugo que le ofrecieron. El hombre enumeró los trabajos que tuvo, los errores que cometió y pidió por una segunda oportunidad. Brenda, una de las voluntarias, tomó su mano y lo escuchó atentamente.

“Nadie quiere escuchar, es muy difícil que en estos tiempos alguien te escuche, te escuche de verdad. Ustedes son pibes bárbaros, son pibes hermosos”, le respondió a Brenda y a otro joven. N a un costado, parecía de mejor humor, aunque un leve corte en su brazo izquierdo le llamaba la atención al grupo. Mientras M se desahogaba aquel atardecer, Wilson, otro voluntario, sacó un botiquín metálico y un poco de alcohol y gasa.

N se enjuagó el brazo herido y después comió algo de sopa caliente con tortitas. “¡Qué lindas pepés, N!”, le apuntó otra de las jóvenes. “Las encontré allí en un contenedor”, le respondió. Además de comida y bebida, la fundación junta ropa y Diego apuntó que las zapatillas es lo que más necesitan por estos días.

No es la primera vez que M contó su historia. “Cuenta lo que tenía, porque es lo que falta”, reflexionó Brenda minutos después de saludar y entregarles unas cajitas de sopa y pan, y dejar la plazoleta. En ese mismo espacio verde, un hombre que dormía a la intemperie falleció por las bajas temperaturas en 2016. Hoy algunos lo siguen eligiendo como lugar para pasar sus noches.

El grupo pasó por avenida España y se acercó a dos trapitos. Ellos venían de un barrio del sur de la ciudad y cerca de las 9 de la noche, aún seguían limpiando vidrios. Era la primera vez que se presentaron a los jóvenes. A seis meses de empezar las recorridas, aún siguen encontrando gente nueva a quien ayudar.

Enero era un mes particular para la fundación: “Prójimo” una organización amiga con objetivos similares, se tomó unas semanas de vacaciones al igual que una iglesia adventista del centro que dejó de ofrecer comidas por unas semanas. Por eso, evaluaban realizar una segunda recorrida en la semana. Por ahora la fundación no tiene sede física para dejar sus donaciones ni celebrar sus reuniones; de momento se las arreglan con reuniones esporádicas
en la casa que alguno de los voluntarios ofrece.

El grupo bajó por calle San Martín hasta el Correo y de ahí se dividió en dos. Unos fueron a la Iglesia Catedral y otro a avenida Illia. El primer grupo no tuvo suerte y no pudo hallar a los jóvenes que venden estampitas en el templo. El segundo pudo acercarse a otro chico sobre calle San Martín y le ofrecieron un refrigerio. Después se juntaron de nuevo y se acercaron a los bares y una escuela de avenida Illia, donde encontraron a las últimas personas de la noche. Ya eran cerca de las 22 cuando un niño de no más de 12 años se acercó.

“Ustedes me dieron esta remera”, recordó el niño. Con un brazalete, que se abría y cambiaba su forma sobre sí mismo, comenzó a jugar con los voluntarios. Un hombre joven se acercó y los saludó. Acompañaba al niño y recibió las sopas de los voluntarios, y con ese último intercambio, la noche terminó.

San Luis registra el nivel de indigencia más bajo del país. Según datos del Indec del primer semestre de 2019, la población alcanzada es de un 2,4%, equivalente a 5.531 personas en la ciudad, Juana Koslay y La Punta. La cifra no es llamativa. Pero para los chicos de la fundación lo es, porque para ellos son personas como uno, no números, que necesitan de una mano.

 

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