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Tragedia de Los Andes: en busca de los helicópteros

A 48 años de la mayor historia de supervivencia de todos los tiempos, uno de los 16 uruguayos recuenta para Cooltura los 72 días que vivió fuera del tiempo, entre avalanchas que todavía lo cubren.

Por Astrid Moreno García
| 12 de octubre de 2020

Al buscar en internet el “Valle de las lágrimas” se despliega un aluvión de páginas que atraen a los turistas, los curiosos e incluso a aquellos que, motivados por el morbo, buscan descubrir qué ocurrió allí. La mayoría de los sitios están encabezados con titulares como “TREKKING AL AVIÓN DE LOS URUGUAYOS”. Así, en mayúscula, como para cautivar hasta al más despistado. Otros apelan a la emotividad: “Valle de las lágrimas: inmensidad y milagro”. Tal vez exista un manual que especifique cuánto tiempo es el “políticamente correcto” para perder el respeto que se le debe a este tipo de tragedias y comenzar a utilizarlas para un rédito económico. O quizá solo se trate de los oportunistas de siempre.

 

Otros que aprovecharon aquel accidente de avión que ocurrió el 13 de octubre de 1972 fueron los clubes deportivos. “Éramos deportistas de colegio, no éramos Los Pumas. Jugábamos al rugby los sábados y entrenábamos un día a la semana. Después el rugby lo capitalizó, pero no éramos rugbiers, éramos nada”, aclara fastidiado Carlos Páez Rodríguez, uno de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes. Carlitos, como lo apodaban, contesta lo mismo cada vez que le preguntan si ser deportista lo ayudó a sobrevivir 72 días en el frío de la cordillera.

 

 

 

Lo concreto es que jóvenes sanos que hacía poco habían dejado la secundaria fallecieron o vieron morir a sus amigos de la infancia. Pero de la amistad y hermandad que tenía ese equipo de exalumnos del colegio Stella Maris, y que mantuvo vivos a 16 de ellos, nadie habla. “La nuestra es una historia netamente grupal, de hecho éramos un equipo que luchamos todos por el mismo objetivo. Si hubiera sido un avión de línea, no se salvaba nadie”, sentenció Carlos en una extensa charla con Cooltura.

 

Para ese entonces, Carlos era un joven rebelde de 18 años, malcriado, de una clase social cómoda al que nunca le faltó nada. Era el más chico de la contingencia que viajaba en el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. “Íbamos a jugar contra los exalumnos de un club chileno. Siempre viajamos en ómnibus y esta vez el capitán nos propuso que pagáramos un avión y nos ahorremos dos días de viaje”, contó. Y agregó que no solo iban los integrantes del equipo, sino que también habían invitado a amigos y familiares para completar el avión y abaratar costos.

 

El 12 de octubre salieron del Aeropuerto Internacional de Carrasco. Si bien debían arribar ese mismo día a Chile, el mal tiempo los obligó a detenerse en Mendoza. “Es el último lugar de la civilización que recordábamos. No teníamos ganas de quedarnos ahí porque esa parada nos acortaba un día de la estadía. Al otro día salimos rumbo a Santiago de Chile”.

 

Pasadas las 14 del 13 de octubre, el equipo y sus acompañantes retomaron altura para un viaje que nunca llegaría a destino. A las 15:21, el copiloto, el teniente coronel Dante Lagurara, informó a los controladores aéreos de la capital chilena que sobrevolaban el Paso del Planchón y que calculaba alcanzarían la ciudad de Curicó a las 15:32. Sin embargo, la intensidad de los vientos había cambiado la dirección del avión y en realidad sobrevolaban la cordillera a la altura de San Fernando, aproximadamente 50 kilómetros más al norte de lo indicado.

 

 

"Comimos a los muertos porque había que cumplir con el más sagrado de los derechos y porque queríamos volver con nuestras familias"

 

 

La torre de control de Santiago dio por buena la posición comunicada por Lagurara y autorizó el aterrizaje en el aeropuerto de Pudahuel, al oeste de la capital chilena. Cuando iniciaron el descenso no encontraron la ciudad: se habían adentrado en los cordones montañosos de Los Andes, aún del lado argentino. “El capitán simplemente dijo ‘pónganse los cinturones porque hay una zona de turbulencia. El avión va a bailar un rato’. Sentimos un pozo de aire gigantesco y bajamos 600 metros. El avión retomó altura y volvimos a caer en un segundo bloque de viento y es ahí donde hizo una acelerada del motor, levanta la nariz y de pronto sucedió el golpe más bestial que me pueda imaginar”, relata en presente Carlos, como si casi medio siglo después pudiera sentir cada cimbronazo, cada sacudida, cada impacto del avión.

 

Y continuó desenmarañando una cadena de sucesos: “Chocamos a 400 kilómetros por hora. La parte delantera, que era donde estaba yo, siguió viaje como si fuera un trineo y caímos en una especie de pista de esquí con tal suerte que no tocamos una sola roca. Si lo hubiéramos hecho, no la contamos”.

 

Una vez que el impacto terminó, el panorama era desolador. De las 45 personas que iban en el avión, trece murieron en el accidente y otras seis a la mañana siguiente. “La mayoría de nosotros nunca había visto un muerto y de repente te encontrabas con que había 19 fallecidos y gente que aún estaba herida, muriéndose”, relató Carlos y agregó que su segundo miedo, luego de la muerte, era la nieve.

 

“No teníamos recursos, era primavera e íbamos con la ropa puesta. Caímos a 4.200 metros de altura donde las temperaturas son entre 25 y 35 grados bajo cero. En Uruguay no hay nieve y la altura máxima es de 500 metros. Además, éramos chicos de 19 años, que apenas dejaban el colegio. Estábamos en un medio totalmente desconocido”, dijo y remató: “El impacto fue grande, pero el instinto de supervivencia también”.

 

Los primeros nueve días consistieron en sobrevivir, mantener con vida a los heridos y esperar a que vinieran a rescatarlos. Carlos dice que vivían en un estado de presente continuo y que cuando se enteró que estuvieron 72 días a la intemperie no lo podía creer.

 

"La gente habla del hambre, pero muy pocos piensan en la sed, teníamos que derretir nieve a 25 grados bajo cero. La poníamos arriba de unas latas plateadas para que el efecto espejo la derritiera gotita tras gotita”.

 

Al décimo día les vino la primera avalancha, la emocional. Los sobrevivientes tenían una radio a pila en la trataban de escuchar las noticias, que no eran alentadoras. Los habían dejado de buscar. “Nos enteramos de que no existíamos más para el mundo. Fue la peor noticia que recibimos, pero también la mejor porque ese día dejamos de sobrevivir y empezamos a vivir. Hasta ese momento estábamos esperando, dejamos de hacerlo para salir en busca de los helicópteros”.

 

A los pocos días les llegó la segunda avalancha. El hambre. Se habían quedado sin alimentos y comenzaron a comer carne de los cuerpos de los fallecidos. Para Páez, esa decisión fue natural. “No había absolutamente nada en el avión y había que cumplir con el más sagrado de los derechos que es el de la vida y volver con tu familia”, explicó Carlos, quien contó que en las más de 60 charlas motivacionales que dio después del accidente hizo la misma pregunta: “¿Ustedes no hubieran hecho lo mismo?”. “Nunca nadie levantó la mano”, afirmó.

 

A partir de ese momento, los chicos siguieron sus instintos y crearon su propio sistema para racionalizar el instinto más primitivo. La primera decisión fue nada de mujeres ni familiares. “No había una regla, sino que era algo natural. Si tenés que tomar esa decisión no vas a empezar por la persona conocida, sino por el más desconocido, como la tripulación. Siempre optábamos por el más lejano”, razonó. 

 

El día 16 los azotó la tercer y peor avalancha, la nieve. La noche del 29 de octubre un alud los dejó enterrados varios días y fue mortal para siete de ellos, entre los que estaban el capitán del equipo y una mujer.

 

Para ese momento los sobrevivientes, que se redujeron a 19, fantaseaban con una cadena perpetua en prisión.

 

Dos días después del alud, Carlitos cumplió 19 años. El más joven del accidente sabía perfectamente qué día era. "Le di mucha importancia a la fecha porque el 1º de noviembre cumplía mi papá. Ese día pudimos salir de abajo de la avalancha y una de mis motivaciones fue salir de la montaña para homenajear a mi padre”. Su padre es nada más y nada menos que Carlos Páez Vilaró, uno de los artistas plásticos más importantes de Uruguay y una de las figuras públicas que se puso al hombro, sin jamás perder las esperanzas, la búsqueda de los rugbiers.

 

A mediados de noviembre, dos de los integrantes del vuelo 571 fallecieron de gangrena. A más de un mes de estar en la montaña, varios de los amigos de Carlos, incluso él mismo, habían perdido la esperanza, pero entre ellos se levantaban el ánimo y conformaron otro signo de supervivencia.

 

Casi un mes más tarde, murió el que sería la última víctima fatal del accidente. La lista de 16 sobrevivientes que se conocería en todo el mundo (de los 45 pasajeros iniciales) empezaría a configurarse definitivamente. Tres de ellos, Nando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín, abandonaron el grupo y se adentraron en la montaña en busca de ayuda. “Era el único plan que teníamos", recuerda el sobreviviente.

 

 

 

Como el grupo creía que estaban en territorio chileno, cuando en realidad estaban todavía del lado argentino, los tres rugbiers, mal alimentados y con el cuerpo curtido por el frío cruel, comenzaron su peregrinación en busca de ayuda hacia el oeste, del lado de Chile. Cruzaron el encadenamiento principal de Los Andes sin los equipos ni el estado físico necesario. Lo que no sabían es que a 21 kilómetros, pero en la dirección opuesta, se encontraba el hotel argentino Termas del Sosneado.

 

A los tres días de caminata Antonio se resbaló y debió regresar con los demás. Nando y Roberto continuaron por una semana en la que recorrieron 60 kilómetros en la montaña. Tres días antes de la Navidad llegaron a la precordillera de San Fernando e hicieron su primer contacto con la civilización: un arriero.

 

“Hay dos posturas o los helicópteros te encuentran o vos los vas a buscar. Nosotros siempre dijimos que había que ir a buscar el helicóptero. Hay que ir a buscar la vida. No hay que dejar que las cosas pasen, sino hay que hacer que estas pasen”, describió.

 

Las emociones que le generó a Carlitos ver los dos Bell UH-1 aterrizar en medio de la montaña se las guarda para él. A aquel lugar perdido en la montaña, donde aún se ven los restos del vuelo 571, lo bautizaron el “Valle de las Lágrimas”. “Se respira mucho sufrimiento ahí. Volví hace dos años con mis dos hijos y mis cuatro nietos. La verdad es que es muy duro llegar ahí. Todo es muy duro”, lamentó.

 

Varios de sus compañeros, con quienes aún tiene contacto, regresan anualmente al lugar que se convirtió en un altar para aquellos que nunca pudieron salir de la montaña. Parrado, por caso, tiene a su madre y a su hermana enterradas allí.

 

Este martes, algunos de los 16 sobrevivientes se reunirán en una misa para recordar el suceso más trágico de sus vidas. Otros vuelven a subir a la montaña. “El 22 de diciembre nos juntamos y hacemos una fiesta con todos. Es una especie de terapia anual que tenemos y volvemos a contar las mismas cosas. Vivimos hablando del tema”.

 

—¿Volviste a viajar en avión?
—Tengo acumuladas 6 millones de millas en American Airlines. Soy amigo del avión.

 

—¿Le echás la culpa a alguien del accidente?
—Seguramente fue una equivocación de los pilotos. Pero fue algo que nos tocó vivir.

 

—Tras casi 48 años, ¿aún tenés recuerdos vívidos de la tragedia?
—Sí, pero no lo recuerdo con dolor. Para nada.

 

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