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¿Por qué los argentinos nunca entendimos a Quino?

Como pocos humoristas gráficos, el autor mendocino mostró el país y el mundo con una agudeza que debió ser el puntapié para una reflexión profunda.

Por Mariano Medina
| 12 de octubre de 2020

Quino fue un maestro sin aula. Enseñó a un público que lo siguió siempre la vida política argentina de los sesenta y setenta. Y mostró también cómo se mueve el mundo. Fue el mundo el que lo leyó y se rió. Pero nunca comprendió del todo las enseñanzas profundas que dejó un pensamiento distinto.

 

Joaquín Salvador Lavado, como era su nombre real, nos "dejó" hace dos semanas. Pero nos dejó porque tras su partida física quedó material de sobra suficiente para un análisis sociológico sobre las costumbres, las ideas y la política latinoamericana. Porque Quino es universal.

 

Está claro que su obra más resonante fue Mafalda, la tira que se publicó entre 1964 y 1973. Y también está claro que Quino fue mucho más que eso. Genio de una capacidad observadora aguda para caricaturizar los pormenores de la vida cotidiana, el humorista mendocino tenía una gran cantidad de recursos para hacer reír y hacer reflexionar.

 

Mafalda tiene un atractivo sin igual. Mientras Charles M. Schulz utilizó a los niños en Peanuts (Charlie Brown o Snoopy) para entablar diálogos filosóficos sobre la vida, Quino tomó esa moda de tiras diarias sobre chicos para darle un contenido político y social. Y en habla hispana.

 

"Una cosa es un país independiente y otra un país in the pendiente", satirizó en un juego de palabras entre el español y el inglés en una de sus inolvidables viñetas. ¿Fue casualidad que la tortuga de la protagonista se llame Burocracia? No.

 

Mafalda fue la lectura obligada en la secundaria de los noventa, mientras se descubrían las reediciones de ese personaje y se adentraba en las modernas historias que salían por entonces en las páginas finales de la revista Viva de Clarín. 

 

Quino podía hacer humor sin palabras, porque a veces le sobraban. Un doctor con sobrepeso atiende a un paciente avejentado que mira un gran pero gran cuadro en donde se lo ve al médico triunfante con un bisturí elevado al cielo y pisando a la moribunda parca. Eso era Quino, el Maradona de las viñetas. Incomparable.

 

Inclusive, en plena dictadura, esquivó al "palito de abollar ideologías" con pensamientos tan profundos y "aniñados" que pasaron por al lado de los militares que no supieron descifrarlo. Así de talentoso.

 

Mafalda pasaba sus horas frente a la radio, escuchando las novedades de último momento en el país y en el mundo. Ahora, quizá, podría hacerlo frente a la tele, en una computadora o, inclusive, en un celular. Pero lo que no cambiará es el pensamiento y el sentido agudo para codificar esas informaciones. Cambian los soportes, el contenido sigue igual. Seguimos sin entender.

 

La sociedad es Manolito queriendo hacer dinero vendiendo "berretas"; el padre de Mafalda, un hombre sin nombre que trabaja para pagar cuentas y cada vez darse menos gustos. O Libertad, una nena bajita pero con pensamientos altos centrados en el activismo.

 

"¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?". "¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!". Pruebas hay miles.

 

Hasta empujó a las personas a ser mejores en frases como: "Tenemos hombres de principios, lástima que nunca los dejen pasar del principio". Los problemas morales y sociales que planteó este profundo pensador perduraron luego de cuarenta años porque se mantienen vigentes.

 

Su carrera fue tan prolífica que sus trabajos se publicaron en diversos medios nacionales y fueron recopilados en más de 40 libros. El artista mendocino fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014.

 

El historietista y humorista gráfico falleció tras estar internado a causa de un ACV, a los ochenta y ocho años. Un día antes se habían cumplido cincuenta y seis años de la primera publicación de su tira más emblemática.

 

Dicen que "la letra con sangre entra", pero el autor nos dio a entender que con el humor sobra. Mostró el mundo que había y al que golpeaba elegantemente con sus palabras, y abrió las puertas al que quería, al que anhelaba.

 

Lo leímos, nos reímos y lo escuchamos. Pero nunca comprendimos las enseñanzas del maestro. ¿Cambiaremos a esta altura?

 

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