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¿Es Uruguay la excepción a la regla latinoamericana?

La república vecina parece ser un país distinto al resto de sus vecinos. A lo largo de su historia supo posicionarse como ejemplo de estabilidad política y económica. Las claves de un país al que por mucho tiempo se consideró modelo.

Por Agustina Bordigoni
| 09 de noviembre de 2020

Es tal vez el abrazo de los expresidentes José “Pepe” Mujica y Julio María Sanguinetti la imagen que resume a todo un país. Representantes de dos partidos históricamente rivales y de distintas posturas bien definidas, daban lección de civilidad y unión democrática al resto del mundo.

 

En parte, porque Uruguay es como es gracias a que la polarización allí no tuvo tanto alcance como en otros países, divididos hasta en los temas más mínimos o fáciles de resolver.

 

Y así, mientras América Latina vivía un convulsionado 2019, Uruguay preservaba su imagen de moderación y equilibrio institucional.

 

En el 2020 y ya con otro gobierno, la visión del país sigue siendo la misma, a pesar de que el tinte político parezca muy diferente. La “Suiza de Latinoamérica”, como a algunos les gusta llamarle, tiene una larga historia que respalda su posición actual. Una posición que deberá cuidar, sobre todo en tiempos de pandemia.

 

 

El virus a raya

 

Uruguay se destacó últimamente como uno de los países con las menores tasas de contagio y letalidad por COVID-19. Por otro lado, fue destacado también por ser el primero en la región en el que se reanudaron tanto la actividad económica como la presencialidad gradual en las escuelas.

 

Podríamos decir que factores tanto coyunturales como estructurales ayudaron a que la pandemia se mantuviera a raya y permitiera la apertura. El presidente, Luis Lacalle Pou, llevaba dos semanas en el gobierno cuando se conoció el primer caso de COVID-19, por lo tanto el éxito de su estrategia no es un mérito único y personal del nuevo mandatario.

 

La respuesta fue rápida: ese mismo día el país se declaró en emergencia sanitaria. La historia de consenso entre la dirigencia política del país no fue la excepción en este caso, y las medidas fueron aprobadas y apoyadas tanto por el gobierno como por la oposición. El equilibrio, la moderación política y la no polarización del asunto contribuyeron a que la estrategia fuera exitosa.

 

Tanto el oficialismo como la oposición, y la sociedad entera, hicieron su parte. No se trató solamente de un consenso político, sino también del compromiso y la responsabilidad de la población. Uruguay está ubicado en la misma categoría de países como Japón en lo que al cumplimiento de las normas establecidas como el uso del tapabocas y el distanciamiento social se refiere. Y a pesar de que la cuarentena nunca fue obligatoria, la gran mayoría de las personas decidieron acatar y mantener el aislamiento social.

 

En cuanto a las cuestiones demográficas y a la distribución de la población, Uruguay también contó con una ventaja estructural, una ventaja sobre otros países como el nuestro, con una situación muy diferente sobre todo en la provincia de Buenos Aires.

 

Otros factores como la rápida capacidad de adaptación que evidenciaron los sistemas educativos y de salud también tienen que ver con la historia más o menos reciente del país. El Plan Ceibal, vigente desde 2007, permitió que muchos estudiantes tuvieran su computadora portátil y accedieran a plataformas como CREA y Biblioteca País, en las que ya existía una importante base de libros y material de estudio online. Por lo tanto, el paso a la virtualidad no fue ni tan difícil ni tan traumático. Otro punto que muchos señalan a favor de la estrategia uruguaya.

 

El sistema de salud universal que estaba en funcionamiento en el país y la gran cantidad de test que pudieron hacerse gracias a un servicio de atención primaria relativamente avanzado también hicieron su parte.

 

En definitiva, puede decirse, el éxito de la experiencia uruguaya se entiende por factores que van mucho más allá de la situación actual, y que se relacionan con su demografía, su infraestructura y preparación en salud y educación, así como con su cultura y su moderación política.

 

Pero, por otro lado, y siendo parte de un mundo en el que la situación de la pandemia se agrava, Uruguay no siempre es la excepción: hace pocos días el gobierno anunció que cerrará las fronteras durante el próximo verano por temor a los contagios.

 

 

Institucionalidad como política de Estado

 

Si hay algo que es mucho menos visible en Uruguay que en otros países de la región, al menos desde afuera, es la polarización.

 

Al parecer, los ciudadanos uruguayos no se ven tan identificados con los extremos. Sea como sea, e independientemente del momento de la historia, el país se destaca desde hace muchos años como uno de los mejores en cuanto a calidad de vida, niveles de igualdad y respeto por los valores democráticos.

 

Uruguay parece la excepción a la regla en esas cuestiones, aunque claramente sufre el deterioro de las condiciones económicas o políticas de sus países vecinos. Y si bien por ser un país chico (es el segundo más pequeño de América del Sur después de Surinam) y por eso mismo muy dependiente de las potencias regionales, presenta mejores indicadores económicos, sociales y políticos que el resto. En eso, independientemente de la situación externa, parece un país mucho más estable, con un PBI per capita y unas tasas de alfabetización que se encuentran entre los primeros puestos de la región. La situación actual podría situarse en la misma consolidación de la República Oriental del Uruguay como nación.

 

“El corte de la Primera Guerra Mundial le permitió impulsar la acumulación y la industrialización lo suficiente como para soportar las presiones de las principales potencias durante la segunda posguerra y sustentar una posición interna e internacional privilegiadas en los aspectos económico, financiero, político y social en la década de los 20”, señala Alberto Tisnés en "Temas de política exterior latinoamericana. El caso uruguayo", de 1985. Aunque también hace referencia a que la inserción en el mundo por parte de Uruguay se encuentra con el mismo problema que muchas de las economías de la región: el modelo agroexportador que surgiría en esta etapa continúa siendo el que prima en el país y el mismo que, aun con sus avances, lo hace más dependiente de la evolución del resto mundo.

 

Existe por tanto una continuidad económica y política en la historia más o menos contemporánea del país.

 

Los cambios políticos no dieron marcha atrás, hasta ahora, con las medidas tomadas por los gobiernos del Frente Amplio en cuanto a la cuestión de los derechos humanos, la legalización del aborto y del consumo de marihuana, entre otras.

 

El valor supremo de la institucionalidad democrática parece ser una constante, algo que permite también avanzar en lo económico y social.

 

 

La política exterior de un país dependiente

 

Así como la moderación y el equilibrio priman a nivel interno, el relacionamiento exterior del país, más allá de las afinidades diplomáticas, ha seguido una línea pragmática propia de una nación pequeña y que debe cuidar su postura internacional en pos del bienestar dentro de la nación.

 

Más allá de las similitudes o diferencias con los gobiernos del mundo, los mandatarios uruguayos y su equipo llevan una estrategia de relacionamiento cordial con el resto de los países. Conscientes de la posición del país, han estrechado vínculos tanto con los Estados Unidos como con China, manteniéndose independientes de las mareas políticas externas que inclinan la balanza para uno u otro lado.

 

Esa imagen de estabilidad es la que, proyectada hacia el mundo, hace que Uruguay siga siendo considerado un modelo en muchos sentidos.

 

La existencia de políticas de Estado parece ser la clave de este rumbo casi inalterable que sigue el país a lo largo de su historia.

 

 

"Más allá de las similitudes o diferencias con los gobiernos del mundo, los mandatarios uruguayos y su equipo llevan una estrategia de relacionamiento cordial con el resto de los países"

 

 

 

No todo es oro

 

Más allá de que todo lo anterior sea cierto, existen asuntos pendientes a resolver en el país. La inseguridad es una cuestión en aumento, a pesar de que en comparación con los países de la región Uruguay sigue contando con mejores indicadores.

 

La tasa de suicidios es otro punto negativo del país, ya que es de un promedio mayor a 20 por cada 100.000 habitantes, lo que lo ubica entre las cifras más altas del mundo; y la desigualdad también es una deuda con la población, ya que aproximadamente uno de cada cinco niños aún nace en la pobreza. En esta cuestión la nación no pudo escapar de un problema acuciante (y cada vez más) en la región a la que —tanto por geografía como por historia compartida— pertenece.

 

La escasa diversificación de la economía es otro punto que, con su características de exportación de materias primas y la importación de productos con alto valor agregado, Uruguay comparte con el resto de sus vecinos.

 

Por otro lado, la situación de la pandemia puso al país, como a muchos otros, bajo una creciente presión económica y a un aumento del desempleo, cuestión por la que el presidente Lacalle Pou vivió su primer paro general hace poco tiempo.

 

En cuanto a las bajas tasas de natalidad y el aumento de la esperanza de vida, si bien se consideran puntos en algún aspecto positivos, el país enfrenta el desafío del envejecimiento de su población, con la consiguiente adaptación que esto requerirá en cuanto a sistema de pensiones y de salud que muchas potencias del mundo enfrentan y que aún no han podido solucionar.

 

Frente a esta perspectiva, y a diferencia de muchos países que restringen la llegada de personas migrantes, Uruguay mantuvo (en mayor o menor medida y con algunos cambios) una política de atracción de inmigrantes para contrarrestar el efecto de este envejecimiento y de la emigración. Este último fenómeno, además, protagonizado por personas jóvenes y capacitadas, ha contribuido a la fuga de cerebros: una situación con la que el país ha tenido y tiene que luchar.

 

 

Dilemas de una población estancada

 

Durante el gobierno actual, la política de atracción de extranjeros agregó a su estrategia la flexibilización de las condiciones fiscales y de residencia. Esto (y ahora sí la medida pierde el consenso de la oposición) podría echar por tierra los esfuerzos de los anteriores gobiernos de terminar con el posicionamiento de Uruguay como “paraíso fiscal”.

 

Es esta misma situación y las mejores condiciones del país respecto a la apertura económica y al control de la pandemia lo que ha motivado a muchos argentinos a dejar su tierra para radicarse en la nación vecina.

 

Sin embargo, ni la estabilidad ni las condiciones favorables a las personas migrantes son del todo nuevas. La historia del país sigue un hilo conductor que no se detiene a pesar de quién esté a la cabeza, y la cultura de no polarización parece ser la clave.

 

Podemos concluir, entonces, que Uruguay es —y no es— la excepción a la regla

 

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