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Tendencias globales, situaciones individuales

Si hablamos de números y no de personas, podemos afirmar, según lo expuesto en el último informe de Tendencias Globales del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), que 79,5 millones tuvieron que huir de su hogar (y hoy se encuentran fuera de él) como resultado de la persecución, el conflicto, la guerra, la violencia o las constantes violaciones a los derechos. Si hacemos hincapié en los seres humanos comprendidos en ese número, también podríamos descubrir que hay mucho más: historias, vidas y lazos afectivos rotos que se cuentan por millones.
Porque, aunque es verdad que el de migrar es un derecho consagrado en el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que afirma que toda persona puede circular libremente y elegir su residencia en el territorio de un Estado, ni la decisión es libre ni el ejercicio de esta facultad está exenta de dificultades para su concreción.
Como mundo, estamos fallando por partida doble: no cumplimos con el derecho al asilo (y, por ende, con el derecho de cualquier persona a cambiar su lugar de residencia), ni con el derecho a no migrar; esto es, el derecho que toda persona debería tener de quedarse en su lugar de origen, si así libremente lo desea. Es, paradójicamente, el mismo sistema el que los obliga a huir y el que rechaza recibirlos.
Como mundo, organizado en Estados soberanos, carecemos de la soberanía necesaria para gestionar el tema. 
Mucho se habla de una crisis migratoria, con la mirada puesta principalmente en los efectos de la llegada de migrantes en las sociedades de recepción. Y, además de que esta percepción suele ser en la mayoría de los casos negativa, deja afuera a los principales interesados: los migrantes, desplazados o refugiados que no eligieron huir, pero tuvieron que hacerlo.
Sostengo, por tanto, que desde el punto de vista de los países receptores, la crisis migratoria no es tal. Al menos no debería serlo. Y es que la respuesta, no el hecho, es el origen del problema.
El problema no son los movimientos de personas, existentes desde casi el mismo momento de la aparición de los seres humanos; el problema es la crisis de gobernabilidad: las respuestas actuales solo han hecho de esto una bola de nieve, profundizando las violaciones a los derechos básicos, las diferencias entre nacionales y extranjeros, y obligando a estos últimos a la irregularidad.
Es esa misma irregularidad la que se condena y se utiliza como principal argumento en contra de los migrantes: una característica que no es propia de los desplazados, sino un problema que se desplaza de los propios gobiernos hacia las personas.
 

 

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