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El coronavirus los sorprendió separados, pero tres aviones y un taxi los volvieron a unir

La particular historia de Jorge y Dorotea.

Por redacción
| 28 de junio de 2020
Equipo. Jorge se encarga de hacer las compras y junto a Dorotea se organizan para ir al banco.

Jorge (72) y Dorotea (70) están casados hace cuarenta y tres años y viven en el centro de la ciudad. La pandemia los encontró separados: ella estaba en Viena (Austria) visitando a la hija menor de ambos, que había sido madre de mellizos hacía pocos días. Y él continuaba con su rutina en San Luis cuando se declaró la cuarentena. “Apenas se desató la enfermedad a mí no me dijeron nada de lo que estaba pasando, aunque mi hija y mi yerno me pedían a mí y a mi sobrina, quien viajó conmigo, que no andemos en el subterráneo, ni que vayamos al supermercado”, contó Dorotea.

 

Después dijo que le llamó la atención que el 10 de marzo la Embajada argentina se comunicara con su hija para ofrecerle volverse al país. “En principio decidimos quedarnos con mi sobrina para esperar la llegada de la primavera, pero a los dos días volvieron a insistir con el viaje porque dijeron que iban a cerrar la frontera”, sostuvo, y en ese momento decidió cambiar de opinión.

 

Finalmente consiguieron adelantar el vuelo para las cuatro de la mañana de ese día: “De Viena fuimos a Amsterdam (Holanda), de ahí a Río de Janeiro (Brasil) y después llegamos a Ezeiza. Apenas nos bajamos del avión nos esperaba un taxi, que consiguieron mi esposo y mi hija mayor, que nos trajo derecho hasta mi casa. Me bajé del auto el 14 de marzo y estuvimos solos con mi marido durante tres semanas sin entender por qué ni mi hija ni el resto de la familia me venían a visitar”, recordó de esos difíciles primeros días de la cuarentena.

 

También dijo que apenas llegó, el Ministerio de Salud les asignó una persona para controlar la aparición de posibles síntomas. Pero dijeron que no tuvieron ningún problema.

 

Dorotea comentó que se siente “muy feliz” de estar en su casa y aclaró que no sale a ningún lado, salvo cuando es de “entera necesidad”. Y al único lugar que va, una vez por mes, “es a la sucursal del banco que me queda a cuatro cuadras para cobrar la jubilación. Además, voy con barbijo y mantengo la distancia porque no vaya a ser cosa que me contagien”.

 

Jorge dijo que a él le toca hacer los mandados y avisarle a su esposa cuando hay poca gente en el banco para que se acerque a cobrar. El hombre, que se jubiló después de tener una panadería durante muchos años, explicó que como se levanta muy temprano aprovecha para hacer las compras en el supermercado de la plaza Pringles, porque le dan prioridad a los jubilados entre las 8 y las 9 de la mañana.

 

Los dos entienden que al estar en el grupo de riesgo se deben cuidar y, además, se sienten tranquilos cuando van al banco o a la farmacia porque “están los chicos y chicas de Seguridad Vial y de la Municipalidad que nos acompañan y se encargan de que se mantenga la distancia”. Sin embargo, Dorotea se preguntó: “¿Por qué no nos cuidamos nosotros mismos? Porque apenas esos chicos se van, la gente vuelve a amontonarse y eso a mí me da terror”.

 

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