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La mujer que creó sus propias alas

La historia de una mujer que padeció violencia sexual y se refugió en el arte para salvarse. Y quien tiene el profundo deseo que en poco tiempo nadie necesite leer su libro.  

Por Astrid Moreno García
| 21 de septiembre de 2020
Foto: Agostina Bertolotti.

Mariposa Blanca habla con una calidez casi desconcertante, similar a como se le cuenta un cuento a un niño, quizás parecida a cómo le habla a su hija de seis años. Además, la mujer remata todas sus historias, o la mayoría de ellas, con un chiste y las adorna con una risa estridente y contagiosa, aunque lo que cuenta no sea nada gracioso. También utiliza términos joviales y revolucionarios: las palabras “patriarcado” y “machismo” se mezclan en sus oraciones de forma tal que sin ellas todo lo dicho pierde sentido; por eso sorprende cuando comenta al pasar que tiene 43 años.

 

Mariposa no fue toda su vida una “Mariposa” con alas brillantes y de muchos colores. Una versión más pequeña de ella, deslavada por su entorno, vivió cosas “que nadie debería vivir”, cómo ella describe. Y asegura que todo lo que es en la vida, lo es a pesar de ello. Ahora, se anima a decir que fue víctima de violencia sexual y explotación durante su niñez y adolescencia. “Hace 20 años decir eso en una reunión era como poner una bomba arriba de la mesa”, comparó.

 

Nació en el 77 y transitó su infancia en Los Antiguos, un pueblo ubicado al norte de Santa Cruz, en el límite con Chile, que hoy apenas supera los tres mil habitantes. “Fui víctima de todo tipo de violencia durante mi infancia y adolescencia por parte de mis progenitores, ambos las ejercieron, ellos tenían absoluto poder sobre mí. Hace 30 años, en ese pueblito chiquito, estaba muy sola, había mucha gente del entorno que se daba cuenta de lo que me pasaba y no decía nada”, relató la mujer que desde los 8 años fue abusada por sus padres, que luego comenzaron a vender su cuerpo.

 

La violencia sexual, física y emocional perduró y continuó en su adolescencia: “Tenía un nivel de disociación y un trastorno de personalidad tan grande que no recordaba nada de lo que pasaba, hasta que a los 14 años quedé embaraza de mi progenitor y me practicó un aborto en el que casi muero desangrada”, contó. Y agregó: “Después de esa experiencia bloqueé todo y lo empecé a desbloquear a los 23 años, cuando ya vivía en Buenos Aires”.

 

Diez años después del aborto, Mariposa cortó todo tipo de relación con sus padres, a quienes no concibe más que como sus progenitores. Allí comenzó su proceso de sanación. “Empecé a hacer terapia porque era bulímica y alcohólica. Esa fue mi primera decisión sana”, reconoció.

 

La única forma de sanar era volver a romperse y reconstruir todos los pedazos. Tuvo que abrir los recuerdos que la atormentaron durante toda su infancia y parte de su adultez para poder seguir. “Fue un proceso sumamente duro y muy difícil de transitar. Era un contexto sociocultural diferente, no había libros, grupos de apoyo ni psicólogos que supieran del tema. Fui violentada y revictimizada por un montón de espacios terapéuticos en los que no se creyó mi palabra. Me consideraban loca y que tenía un complejo de Edipo”, narró Mariposa.

 

La causa judicial contra sus padres prescribió por los años transitados y la falta de pruebas. Tras tanto tiempo de aislamiento y desconexión, se encontraba nuevamente sola.

 

“Tuve que inventar mi propia manera de salir, porque esa es la realidad, no encontré espacios que pudieran albergar y contener la cantidad de cosas que yo había vivido. En ese momento empecé a escribir”. El arte fue el remedio clave para su curación, se involucró en el canto, la danza y la poesía. Además, nacieron los primeros párrafos de su libro “El abrazo conjunto”.

 

“No es una autobiografía sino más bien se trata de un libro de ayuda para quienes sufrieron violencia sexual. Me llevó cinco años de trabajo, varias ediciones y finalmente en 2019 se publicó la versión impresa”, explicó la artista que dona todo lo recaudado por su escrito a organizaciones que ayudan a victimas de violencia sexual en la infancia y adolescencia.

 

“Deseo que en el futuro la gente no necesite leer mi libro porque quiero que esto ya no exista, que no le pase más a nadie. Por supuesto que una víctima se puede levantar, puede tener una vida feliz pero necesita mucho esfuerzo, trabajo y energía. Yo prácticamente dediqué toda mi vida a estar bien. Mi vida está atravesada por ser artista y sanarme de lo que me habían hecho”, concluyó la mujer que finalmente logró construir sus propias alas del barro.

 

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