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Una serie de eventos desafortunados

El que fue uno de los países más prósperos del continente se sumió en la pobreza a causa de varios factores políticos y climáticos.

Por Agustina Bordigoni
| 25 de octubre de 2021

Haití es el país más pobre de América, pero también fue el primer país de América Latina en independizarse, en 1804, y la segunda república occidental más antigua. Fue la primera nación en el mundo en abolir la esclavitud y la primera en contar con una ley de educación obligatoria. En el siglo XVIII era el país en el que se producía el 60% del café y el 75% del azúcar que se consumía en Europa.

 

Hoy, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), el 24% de la población vive debajo de la línea de pobreza extrema y el 46% padece inseguridad alimentaria. Se estima que 217.000 niñas y niños padecen desnutrición moderada o grave y que más del 20% fue víctima de violencia sexual.

 

Desde hace muchos años, miles de personas salen del país en busca de refugio, pero no fueron noticia sino hasta hace pocos días. Fue cuando las imágenes del maltrato recorrieron el mundo montadas a caballo: allí podía verse a las fuerzas de seguridad estadounidenses tratando de evitar el paso de migrantes por la frontera de una manera muy violenta. Hasta ahora, era casi una migración invisible, muy presente en países como Chile y Brasil, pero no para el resto. Y así como su migración, su historia de éxito también se vuelve invisible en un presente en el que Haití no parece ser más que un país sumido en la tragedia. ¿Cómo llegó un país pionero a convertirse en uno de los más pobres del mundo?

 

 

El precio de la independencia

 

Ser la primera nación latinoamericana en independizarse tuvo su costo. Es verdad que para todos los países las guerras tienen consecuencias en vidas humanas y pérdidas de todo tipo, pero en el caso de Haití la cuestión fue más literal: bajo amenaza de no conseguir reconocimiento internacional y de ser bloqueado económicamente por Francia, el recién creado país se comprometió a pagarle 150 millones de francos y a reducir al 50% los aranceles a las importaciones.

 

Haití necesitaba ese reconocimiento que le había sido negado también por otros países, ya que el primer gobernante, Jean-Jacques Dessalines, había ordenado que todos los hombres blancos fueran condenados a muerte. Esta primera medida del gobierno independiente causó una gran condena internacional.

 

La ordenanza de Carlos X, que Haití firmó y que entró en vigencia en 1825, generó una espiral de endeudamiento: para poder afrontar sus compromisos de pago Haití tuvo que endeudarse primero con bancos franceses y luego, alemanes y estadounidenses.

 

El precio de la independencia hizo que Haití naciera como una nación endeudada y destruida por las guerras que derivaron en su liberación.

 

La libertad tampoco duró mucho: el país estuvo ocupado por los EE.UU. desde 1915 a 1934, período en el que se reformuló la Constitución para permitir que los extranjeros se hicieran de tierras haitianas y en el que también se generó un poderoso Ejército, que comandó diferentes golpes de Estado en las décadas siguientes. Las instituciones nunca lograron fortalecerse ni estabilizarse a pesar de los años.

 

 

Desastres naturales

 

Por su ubicación, Haití también es un país con altas probabilidades de sufrir desastres naturales: está cerca de la intersección entre las placas tectónicas de Norteamérica y la del Caribe, cuyo movimiento constante produce sismos; y además se encuentra en la pista principal de huracanes de la región. Claro que el daño es mayor cuanto menor es la infraestructura capaz de soportarlo.

 

Haití debió soportar varias catástrofes: en 2010 un terremoto causó una gran cantidad de muertes. En 2016 murieron más de mil, durante el paso del huracán Matthew. El año 2021 no fue menos trágico: un terremoto y la tormenta tropical Grace agravaron la situación, de por sí compleja.

 

Más de un millón de personas perdieron todo. Sin embargo, el país sigue en el olvido, salvo por la ayuda humanitaria que llega de algunos organismos internacionales. Para muchos no es más que “el país de las ONGs”.

 

A eso se suma que en los últimos veinte años la nación pasó por mandatos militares, presidentes electos e interinos, consejos de ministros y gobiernos de transición.

 

Haití ocupa hoy los últimos lugares en cuanto a desarrollo económico, prevención de enfermedades y bienestar de la población. Pero ya ocupaba este lugar aún antes del asesinato de su presidente, Jovenel Moïse.

 

Moïse gobernaba Haití desde febrero de 2017. A principios de 2021 el país vivió una serie de protestas, en las que lo acusaban de mantenerse de manera irregular en el poder y pedían su retirada. La victoria de Moïse fue reconocida un año después de haberse producido, por lo que el presidente contaba su mandato desde este reconocimiento. La oposición sostenía que el mandato del presidente ya había llegado a su fin e incluso nombró a un presidente interino que no contó con reconocimiento internacional.

 

La crisis institucional era absoluta: Moïse fue acusado de corrupción y disolvió el Parlamento, por lo que estuvo más de un año gobernando por decreto. El 7 de julio, hombres armados ingresaron a la casa del presidente y lo asesinaron. Desde entonces, otra crisis se suma a las tantas que vive un país castigado por su pasado glorioso.

 

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