29°SAN LUIS - Jueves 20 de Enero de 2022

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El desafío de producir en condiciones complicadas

Los campos de San Luis representan un master para los agrónomos. Hay lomadas y bajos, poca agua, temperaturas extremas, riesgo de heladas y lejanía de los puertos.

Por Marcelo Dettoni
| 28 de noviembre de 2021

La propuesta que le hizo este cronista al ingeniero agrónomo Ramiro Goncálvez fue concreta: visitar campos serranos en plena época de siembra, recién salidos los lotes del período de barbecho. Ver in situ las dificultades que acarrea hacer agricultura en el semiárido, donde siempre se mira al cielo en busca de las lluvias reparadoras, en zonas donde hay que basarse en la tecnología para no desperdiciar semillas ni fertilizantes ya que las lomas y los bajos exigen distintas proporciones, con suelos arenosos y malezas siempre al acecho.

 

 

La propuesta al profesional era ver in situ cómo se trabaja en las sierras de San Luis, donde hacer soja y maíz está lejos de ser sencillo.

 

 

En definitiva, describir el desafío que implica lograr buenos rindes de soja y maíz con veranos abrasadores, en los que el clima relega a segundo plano al resto de las dificultades que tienen los productores: logística (estamos a más de 600 kilómetros de los puertos de exportación y del complejo agroindustrial del Gran Rosario), precios, transporte, plagas y una economía que no deja de castigar en forma de inflación acelerada y derechos de exportación que llevan la presión impositiva a límites en los que se pone en juego la rentabilidad.

 

En San Luis el maíz ocupa un papel preponderante, acicateado en los últimos años por los buenos rindes, precios internacionales tentadores y fuerte demanda interna, lo que llevó a un retroceso de la soja en todo el país, y más aún en una provincia que siempre se la juega primero por el cereal de verano.

 

La primera decisión que deben tomar los productores, muchas veces en conjunto con sus asesores, es cuándo sembrar el maíz. Si es en noviembre, el período crítico de floración llega en enero, cuando hay más demanda hídrica de los cultivos en ese lapso que va de los 15 días anteriores a los 15 posteriores. Si no hay que implantar en diciembre, que es la fecha preferida en San Luis, aunque no en la zona serrana que visitamos para este informe. Si es así, las definiciones de rinde llegan en febrero.

 

 

Tuvimos buenas lluvias en marzo y abril este año, que es justo cuando el maíz ya no consume agua. Ahora vemos los beneficios (Ramiro Goncálvez)

Estancia Grande, pros y contras

 

La primera parada fue en un campo de la zona que se conoce como Alto Grande, en el corazón de Estancia Grande, antes de llegar a Las Barranquitas, en el piedemonte de las sierras centrales. Un vistazo le bastó a Goncálvez para detectar un ataque de isoca cortadora, con un umbral de daño del 2%. “Los insectos de suelo en implantación no atacan tanto a la soja”, dice mientras se agacha a medir cómo están los surcos. Todo tiene su pro y su contra, porque la buena actividad biológica en lotes con buenas lluvias como estos lleva a más plagas, pero también a rindes de 80 quintales por hectárea. “A menos que prefieras Buena Esperanza, donde no se mueve un bicho, pero el maíz te da 40 quintales”, apunta con una sonrisa.

 

Es un lote que ya venía de maíz, lo que también tiene de todo para poner en la balanza. “Para mantener la fertilidad del suelo se necesitan 7.000 kilos de rastrojo, el maíz aporta más que la soja, que deja un 45% menos”, informa el ingeniero como punto a favor de la repetición del cereal. Pero nada es tan fácil: “El maíz consume mucho nitrógeno, como todas las gramíneas, entonces tenés un gasto superior en fertilizantes”, agrega. Allí hay diseminado Micro Essentials (10% de nitrógeno, 17% de fósforo, 10% de azufre y 1% de zinc) en la fertilínea y Ferti MAP (fosfato monoamónico con 21% de fósforo y 10% de nitrógeno) al costado del surco.

 

Otro desafío que plantea la zona serrana es el de retener el agua, ya que siempre escasea. Para eso, un recurso es la construcción de terrazas para conducir el escurrimiento. “Son suelos con rocas, no solo arenosos, lo que agrega una dificultad adicional”, dice Goncálvez.

 

Cuando nos trasladamos a un lote ya sembrado con soja se ve maíz guacho en los bordes. “Es semilla de baja calidad”, califica el profesional. Allí el antecesor fue el maíz y el suelo presenta un buen perfil, con una retención de hasta 100 milímetros. Usa un barreno para medir hasta dónde llega el agua útil, ya que hay que tener en cuenta que la planta toma hasta los dos metros. A medida que profundiza, cambia el color de la tierra a un marrón más claro, lo que indica que es suelo arenoso. “Tuvimos buenas lluvias en marzo y abril, cuando el maíz ya no consume agua, entonces ahora tenemos beneficios”, asegura.

 

Ese maíz se cosechó a fines de mayo y luego el lote recibió una pulverización el 23 de julio y otra el 4 de octubre con 1,8 kilo de glifosato por hectárea, más un litro de 2.4D, 0,2 de Dicamba y 0,2 de biofilm para controlar las malezas ya nacidas. El 10 de octubre pasó un refuerzo con 0,15 litro de Flumioxazin más 1,1 litro de S-Metolaclor, dos preemergentes.

 

 

La avena gana terreno entre los cultivos de invierno. Es más rústica que el triticale y aguanta la falta de agua y los fríos serranos.

Las Barranquitas, otro panorama

 

Dejamos Alto Grande y enfilamos por la ruta 9 como quien va a El Trapiche, pero solo para internarnos unos kilómetros más adelante en un camino de tierra a la derecha, que nos lleva a pasar por el costado de Las Barranquitas, un barrio colorido, en el que la escuela estaba justo en ebullición por el horario de salida.

 

Una curva cerrada a la izquierda con el arroyo como compañero de aventuras e ingresamos a otro campo de un productor de San Luis que tiene una explotación mixta, ya que también hace engorde de ganado además de agricultura.

 

A un costado del camino, antes de atravesar la tranquera de entrada, se ven enormes cárcavas, fruto del trabajo paciente de desgaste que hace el agua cuando la tierra no se trabaja como es debido. Pero una vez dentro del establecimiento, el panorama es otro. Hay orden, lotes con distintos colores, se divisa un tractor que va y viene arrojando fertilizantes. ¡Hasta el monte nativo está prolijo! Pasa que al dueño le gusta ver el verde y entonces manda a cortar las ramas más bajas, algo que este cronista no había visto nunca en los años que lleva recorriendo campos puntanos.

 

Los lotes más cercanos a la entrada contienen avena, que se usa como cultivo de servicio y está orientada al pastoreo de recría generalmente. Pero acá además cumple un papel fundamental como cobertura del suelo tras el maíz que ocupó esa superficie el verano pasado. “Es más rústica que el triticale que suele utilizarse en la zona, y aún más que el centeno. La avena va ganando terreno entre las siembras de invierno porque es ideal para resistir el frío que hace en estas alturas y la falta de agua de esa estación”, informa el ingeniero agrónomo.

 

Es un campo con lomadas muy pronunciadas, por lo que apenas uno sube a la parte más alta puede apreciar un enorme trabajo de construcción de terrazas a nivel para retener el agua para su infiltración. Están equidistantes a 2,5 metros una de la otra y evitan la formación de cárcavas. “Hay que hacerlas cuando la pendiente supera los dos metros en 100”, asegura Goncálvez, quien sabe que el conductor del tractor se está acordando de él cada vez que tiene que frenar para atravesar un montículo de tierra con el carrito fertilizador.

 

Los lotes reservados para los cultivos de verano verán crecer maíz por tercer año consecutivo. Eso hace que el rastrojo esté altísimo, casi que no se ve el suelo. La boleadora pasa fertilizando bien cerca de la camioneta y las bolitas pegan en el vidrio. La idea era también ver la aplicación de un herbicida, pero el mosquito está detenido debajo de uno de los enormes caldenes que rompen la monotonía de los surcos sembrados.

 

Hace cuatro días que el viento sopla inclemente, sobre todo por las tardes, lo que hace imposible su utilización porque de hacerlo, la deriva podría llegar bien lejos de este territorio hostil, en el que hacer agricultura es un desafío reservado para los audaces. Y para los que tienen todas las herramientas que brinda la tecnología para luego dormir con la tranquilidad de haber hecho todo lo posible.

 

Un repaso a la campaña 20/21

 

Las horas de recorrida con Ramiro Goncálvez dan tiempo también para hablar con él sobre lo que fue la campaña agrícola 2020/21, cuando la Argentina y el mundo estaban saliendo de la pandemia y ya no hubo tantas restricciones para cosechar. Como una compensación a los sinsabores de la anterior, la lluvia hizo su aparición con fuerza en los meses de verano, lo que arrojó rindes más que interesantes en las dos zonas que atiende el ingeniero agrónomo.

 

Una la delimita por las localidades de Cuatro Esquinas, El Amparo, La Petra y La Cumbre. Es una zona bien serrana, con buena amplitud térmica y un régimen pluvial que llega a los 800 milímetros anuales. Dentro de las dificultades que propone el semiárido, son campos muy productivos, aunque hay que hacer las cosas bien para no pagar las consecuencias. Son necesarias la agricultura de precisión y la experiencia para manejar fechas de siembra y los cálculos posteriores de las etapas críticas de los cultivos.

 

“El año fue de bueno a muy bueno. Las lluvias pasaron el promedio anual, y principalmente en enero, hubo zonas en las que cayeron 200 milímetros, cuando el promedio de esa época está entre 100 y 120”, describió Goncálvez. Con ese panorama alentador, los maíces que estaban en floración tuvieron mejor rinde en un mes que demanda mucha temperatura, ya que también hubo temperaturas más soportables por los días nublados. “Realmente se alinearon los planetas”, definió. Y no es para menos con rindes del maíz que anduvieron entre 7.000 y 9.000 kilos dependiendo de los lotes, que son irregulares, con muchas lomas, descartando los afectados por granizo. También acompañaron las lluvias en febrero y marzo, lo que hizo que los ciclos se alargaran hasta fines de junio y principios de junio.

 

En soja pasó lo mismo. “Si bien se siembra un poco más temprano, las lluvias de finales de diciembre y principios de enero acompañaron muy bien, para lograr rindes de 2.500 a 3.500 kilos, con lotes puntuales de 4.000. La cosecha se retrasó un poco hasta fines de abril, pero siempre dentro de lo esperado. “Un año para hacerle un cuadrito y dejarlo guardado”, repitió conforme.

 

En la otra región que atiende, que comprende a Juan W. Gez, Eleodoro Lobos, Fraga y unos kilómetros más al sur, los promedios suelen ser más bajos y las tareas de campo, muy difíciles. Sin embargo, la lluvia todo lo puede. “Como siempre, hubo diferencias entre ambas regiones, los rindes de maíz fueron menores: 6 a 8 mil kilos, pero igual por encima de lo que suele dar la zona. Como se siembra tarde, fines de noviembre y diciembre, se estiró la cosecha a junio y julio”, aseguró. El problema fue el cuello de botella con los camiones, debido al alto volumen cosechado, lo que hizo que muchos recurrieran a los silobolsas para esperar su turno.

 

“En cuanto a soja también fue una buena campaña, con lotes que promediaron de 2.500 a 3.000 kilos, y los más nuevos, porque tiene menos años de agricultura la zona, llegaron a 3.500 kilos”, cerró Goncálvez.

 

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