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La serie que muestra la historia y revela desigualdades

La producción de Netflix, narrada durante la segunda década del siglo XIX, generó curiosidad y asombro por las costumbres de una sociedad que tomaba a las mujeres como mercancía. ¿Cuántas de esas tradiciones eran así realmente y qué vestigios quedan en nuestros días?

Por Florencia Espinosa
| 22 de febrero de 2021

La serie "Bridgerton" rompió todos los récords y se convirtió en la más elegida de la historia de Netflix. Según informó la firma, 82 millones de hogares la vieron en sus primeras cuatro semanas. Lejos está de convertirse en una de las mejores series del año, pero hay algo que es innegable y es que ha conquistado a los televidentes. ¿La razón? Posiblemente la curiosidad que generan las costumbres y tradiciones de esa época, sumado a un buen reparto y una estética interesante. Cooltura charló con una historiadora sobre las características socioculturales durante la segunda década del siglo XIX, el período histórico en el que se ubica la trama y que despiertan (aún más) las ganas de verla.

 

El contexto histórico es clave y, en este caso, todo ocurre en Inglaterra durante la llamada “época de la regencia”, cuando el país estaba atravesando la primera Revolución Industrial y, además, acababa de ocurrir la Revolución Francesa. “Esta doble revolución liderada por la burguesía europea dio inicio a una nueva era marcada por el capitalismo, las formas republicanas de gobierno e ideologías liberales y meritocráticas, por el afán de lucro y la consolidación de la burguesía como clase dominante. La serie se enmarca en una época de cambios políticos y económicos, pero también sociales y de pensamiento”, explicó María Cecilia Bustos Moreschi, licenciada en Historia y coordinadora del área de Género de la Fundación para el Desarrollo de Políticas Sustentables (Fundeps). “Pero los cambios revolucionarios que abolían los privilegios feudales, paradójicamente, les daban nueva fuerza a los privilegios de los varones sobre las mujeres. Tenemos, entonces, una reedición del patriarcado”, agregó.

 

Para entenderlo mejor, según indicó la historiadora, es importante identificar los dos tipos con los que se clasificaba a la mujer desde la Edad Media y continúan prácticamente hasta nuestros días: la figura de Eva, como personificación del mal, que inducía al varón al pecado; y el de santa, como la Virgen María, casta, virtuosa, madre amorosa y pura. Estos dos estereotipos van a estar presentes permanentemente en la trama de "Bridgerton", ya que siempre estará el fantasma para sus protagonistas de convertirse en una mujer “no casable”, ya sea por carecer de dote o por ser epicentro de rumores que pongan en juego su honor. Algo que se muestra claramente en los personajes: Daphne como la mujer angelical, casta e inocente, vestida con colores pasteles, de ojos claros y rubia; y mujeres como Sienna Rosso, la cantante; o la modista Genevieve Delacroix, con un estilo más disruptivo y con un vida más liberal, ocultadas por sus amantes por el “qué dirán”.

 

“La mujer debía ocupar su lugar 'natural' en la sociedad, que era el de esposa y madre, y para cumplir con esos mandatos que reproducen ese orden debía ser una mercancía sin voz ni voto sobre el destino de su propia vida. Las mujeres estaban muy lejos de tener los mismos derechos que los varones: eran consideradas inferiores a ellos y llegaron a carecer de personería jurídica. Eran consideradas menores de edad, legitimando de esta manera la tutela impuesta de cualquier varón, considerados sujetos completos de derecho”, explicó Bustos Moreschi.

 

Por eso el matrimonio era tan importante y en la serie se puede ver a las familias dedicadas en exclusiva a que sus hijas consiguieran marido. “Una mujer soltera no tendría descendencia ni la protección necesaria de un varón. Era considerada como una mujer desvalida, incompleta y carente de utilidad, pues no cumplió con su deber en la sociedad. Es importante analizar y comprender cómo el estereotipo de la solterona afectaba y pesaba sobre todas las mujeres: era una outsider, una rebelde, una desubicada, una desobediente que desafiaba el orden natural y, por sobre todo, una desamparada, porque sin hombre la mujer no valía nada”, puntualizó.

 

A lo largo de los capítulos, algunos personajes “dan la nota”, como por ejemplo Eloise Bridgerton, la hermana de la protagonista. Ella quería otro destino para su vida, soñaba con estudiar y viajar por el mundo. Vivir sin depender de un marido a su lado. Claro que eso era prácticamente imposible. “Existían mujeres que querían otra vida que no fuera el destino ineludible del matrimonio y la maternidad. Pero excepcionalmente lograban tener otro estilo de vida al cual aspiraban, porque implicaba inmiscuirse en el prohibido mundo de lo masculino o en la condena social que era para ellas la soltería, que se traducía en un cierre de todas las puertas para ser mínimamente digna. Para las mujeres el acceso a la educación era casi imposible y mucho más para aquellas de niveles socioeconómicos más bajos”, explicó.

 

 

 

La educación para la mujer pasaba por otro lado. Se les enseñaba a cantar, dibujar, bailar y tocar instrumentos, a coser y bordar, para ser esposas fieles y madres amorosas. “Se entrenaban para tener una figura y ademanes femeninos, para tener modales refinados, mostrar siempre buen carácter, para tener autocontrol moral y todos los saberes que les permiten comportarse y ser una buena dama. La educación tenía la función de reproducir el sistema capitalista y patriarcal de la época. Esto no solo contribuye a la división de género, sino también de clases, puesto que solo las pudientes tienen acceso a una mejor educación a través de institutrices y porque también participaban de reuniones y bailes en los salones donde se hablaba de arte, filosofía, historia y todo tema considerado como intelectual y racional. Si bien no era estrictamente una educación para mujeres, eran espacios donde circulaba el conocimiento libremente y ellas podían tomarlo”, relató la especialista.

 

En "Bridgerton" la narración es llevada a cabo por Lady Whistledown, una mujer misteriosa que edita un periódico en el que cuenta los chismes que alteran a la clase alta. Desde embarazos escondidos hasta romances secretos. Y, de hecho, esto no deja dormir a algunos personajes, quienes quieren descubrir de quién se trata. Eloise, quien desea conocerla y fantasea con llegar algún día a ser independiente como ella; y la misma reina, quien quiere descubrir su identidad para censurarla.

 

“Se puede decir que en esa época existieron mujeres que tuvieron acceso a libros de historia, geografía, filosofía y artes facilitados por familiares, que pudieron participar de tertulias en las que circulaban saberes. También hubo algunas que viajaron y pudieron conocer otros mundos posibles. Además, existieron mujeres, de las clases más acomodadas, que escribieron cuentos, novelas, ensayos y tratados. Sin embargo, todas ellas estaban atravesadas por el limitado marco de oportunidades que les ofrecía el contexto: fueron criticadas y vapuleadas por su osadía y “corrupción”, y no tuvieron las mismas libertades que los varones para darle rienda suelta a su genio y creatividad. Y así tantas otras artistas, científicas encubiertas, políticas silenciadas que desconocemos y que tuvieron que desafiar los mandatos”, destacó Bustos Moreschi.

 

Con el capitalismo en pleno auge, el matrimonio sirvió para reproducir y sostener ese modelo. El matrimonio —contó la historiadora— era un negocio que implicaba la unión de fuerzas productivas y una forma de sellar nuevas alianzas estratégicas que, a veces, tenía la suerte de que viniera con amor. Para la teórica, sin embargo, las uniones por amor eran prácticamente nulas.

 

“Ahí es donde se refuerza y refunda el contrato social que sentó las bases de la modernidad: la división sexual del trabajo. Por un lado, el mundo de lo público, de lo productivo, de lo visible fue asignado a los varones; y por el otro, el mundo de lo privado, de lo reproductivo y de lo invisible, a las mujeres”, comentó. Por eso en la serie se habla tanto de la dote, el conjunto de bienes y riquezas que ofrecía la familia de la novia a su pretendiente. La mujer era la propietaria, pero no podía administrar esos bienes. En caso de separación, la dote volvía a la mujer, quien podía utilizarla para un nuevo matrimonio o pasaba a ser administrada por el varón más cercano, que podía ser un hijo. “Para la mujer el estar dotada suponía no solo tener acceso al matrimonio, sino también la posibilidad de tener influencia en las estrategias matrimoniales y como medio de sustento en caso de viudedad. Carecer de dote significaba, entonces, no poder acceder a un matrimonio respetable o conveniente, un componente fundamental para poder constituir una familia”, especificó.

 

La producción de Netflix prometía romanticismo y contenido sexual. Pero la realidad es que si bien la tensión sexual sobrevuela casi todas las escenas de Daphne y el duque, el conocimiento de la protagonista, y de todas las mujeres de la serie, es totalmente nulo. De hecho se llegan a preguntar cómo hizo una mujer que no estaba casada para engendrar un hijo. “En los siglos XVIII y XIX se produce la mayor oscuridad de la sexualidad. La mujer era considerada un objeto cuya función era la de la reproducción de la especie humana. De lo contrario, era una pecadora, una incumplidora del mandato social y moral de la época”, explicó la historiadora.

 

“A las mujeres de esta época no se las educaba en nada vinculado a la sexualidad ni a la reproducción, mucho menos en el placer propio y ajeno, a diferencia de culturas orientales. Ellas debían experimentar el coito para la procreación, solo en el marco del matrimonio. Y si no menstruaban, la experiencia había sido exitosa. Solo eso importaba”, destacó Bustos Moreschi, quien finalizó la charla con un interrogante para reflexionar: ¿cuántos rasgos de estas costumbres de una sociedad tan antigua prevalecen en nuestros días? A veces, la realidad supera la ficción

 

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