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Polonia y un renacer que ya cumplió un siglo

Un drama histórico que mezcló competencia entre naciones y lucha territorial, y terminó con un estado polaco soberano e independiente.

Por Guillermo Genini
| 05 de abril de 2021

La historia de Polonia representa un drama histórico de características particulares. El estado polaco, ubicado entre dos grandes naciones europeas, como los alemanes y rusos, sufrió la competencia de sus vecinos por dominar su territorio. Así, los polacos que llegaron a constituir la potencia dominante en la Europa Oriental en los siglos XV al XVII poco a poco fueron perdiendo su poderío e influencia en manos de sus amenazantes vecinos. Este proceso de decadencia culminó en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando su territorio se repartió entre rusos, alemanes y austríacos. Casi sin resistencia, Polonia había dejado de existir como un estado independiente hacia 1795 en los llamados Repartos de Polonia. Los polacos pasaron todo el siglo XIX bajo soberanía de otros estados, pero no perdieron su cultura ni identidad nacional. Por eso, cuando los primeros polacos llegaron como inmigrantes a la Argentina, lo hicieron con pasaporte del Imperio Austro-húngaro o el Imperio Ruso.

 

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial casi todos los territorios habitados por los polacos quedaron en manos del Imperio Alemán, que se interesó principalmente en usar la población y los recursos polacos en su guerra contra los rusos. Como parte de esta necesidad se alentó la posibilidad de reconstruir Polonia nuevamente como un estado independiente. Sin embargo, esta estrategia no llegó a concretarse y, de hecho, gran parte de Polonia fue administrada por un gobierno militar alemán encabezado por el general Hans Hartwig von Beseler. Este militar intentó ganarse infructuosamente el apoyo polaco reabriendo la Universidad de Varsovia, nombrando políticos polacos en cargos menores y rehabilitando el idioma polaco en la educación y la administración.

 

A pesar de ser conscientes de que la posibilidad de una Polonia reconstruida, aunque fuese como estado títere de los alemanes, era lejana, desde 1915 un grupo de políticos polacos comenzó a organizar un futuro gobierno polaco en el exilio, aunque sin unidad. Fue así que tropas polacas lucharon en el Frente Occidental contra los alemanes aliados con Francia y Gran Bretaña y en el Frente Oriental contra los rusos bajo mando austro-húngaro.

 

Cuando se avecinaba el fin de la Primera Guerra Mundial, el alto mando alemán prefirió entregar el dominio del territorio polaco que ellos ocupaban a Józef Piłsudski, un general nacionalista que había combatido contra los rusos. Por su parte, Roman Dmowski, líder del Partido Nacional Democrático radicado en París, asumió la responsabilidad de las conversaciones de paz con las potencias vencedoras. Las visiones de Piłsudski y Dmowski sobre el futuro de Polonia eran diferentes. Mientras Dmowski pretendía una Polonia fuerte, centrada en un predominio político y étnico de los polacos para enfrentar el poderío alemán, Piłsudski aspiraba a que Polonia fuese el centro de una amplia coalición antirrusa que incluyera a lituanos, bielorrusos y ucranianos.

 

Tras superar profundas diferencias políticas internas, en enero de 1919 formó la Asamblea Constituyente que proclamó la Segunda República de Polonia y eligió a Piłsudski como jefe del Estado y comandante del nuevo Ejército polaco. De inmediato se planteó qué papel podía jugar este nuevo estado en la Europa convulsionada de posguerra. Las potencias vencedoras, en especial Francia, pretendían la constitución de una Polonia fuerte y extensa para contraponerse a un poder alemán que todavía conservaba un gran potencial militar. Por su parte, Gran Bretaña si bien apoyó la reconstrucción de Polonia y su lucha contra los rusos bolcheviques, pretendía una Polonia más centrada en los territorios donde los polacos étnicos fuesen mayoría. Así, el diplomático Curzon propuso que la indefinida frontera entre polacos y rusos pasara por una línea cercana al río Bug desde el Mar Báltico hasta los Montes Cárpatos.

 

Sin embargo, el gobierno de Piłsudski, sin esperar la aprobación internacional, pretendió aprovechar el caos en que estaba sumida Rusia a causa de la cruenta guerra civil que enfrentaba a los bolcheviques o soviéticos con los partidarios de la monarquía y otras facciones anticomunistas, y se lanzó a la conquista de grandes territorios del este. Su objetivo era ocupar los antiguos territorios que había dominado Polonia en el siglo XVIII.

 

Así comenzó la denominada guerra Ruso-Polaca (1919-1921), protagonizada por el nuevo Ejército polaco, apoyado por autodefensas polacas y grupos anticomunistas por una parte y el Ejército Rojo, por otra. Los territorios en disputa también eran pretendidos por otros estados como Lituania, Bielorrusia y Ucrania, por lo que no fue hasta 1920 cuando se produjeron los combates más importantes entre los bolcheviques rusos y las tropas polacas. Sin lograr un éxito definitivo, las tropas de Piłsudski llegaron a ocupar la capital de Ucrania, Kiev, pero sufrieron de inmediato la contraofensiva soviética que rompió el frente polaco y llevó la guerra hasta las puertas de Varsovia.

 

 

 

Estos grandes cambios en el rumbo de la guerra hicieron dudar sobre la capacidad del estado polaco para sobrevivir y servir de contrapeso ante el avance del comunismo en Europa. Una profunda crisis afectó al gobierno polaco y se temía perder la independencia recién lograda. Por su parte, los soviéticos creyeron que sus éxitos contra los polacos eran el principio de la ampliación de la revolución bolchevique hacia el centro de Europa y se dispusieron a aplastar al naciente estado polaco.

 

La batalla decisiva se daría frente a la capital de Polonia, Varsovia. La Batalla de Varsovia (del 10 al 16 de agosto de 1920) resultó en una sorpresiva derrota del Ejército Rojo que, enfrascado en disputas personales entre sus generales, dejó escapar una gran oportunidad para destruir la resistencia polaca. Por su parte, las fuerzas polacas, sostenidas por una gran red de espionaje dentro del Ejército Rojo y casi sin apoyo de Occidente, siguieron avanzando hacia el este y derrotaron en varias batallas menores a los rusos, quienes finalmente pidieron condiciones de paz.

 

La guerra entre Polonia y Rusia estaba por concluir con una victoria polaca, que no solo aseguró la independencia de ese país, sino que además significó el fin del sueño soviético de llevar la revolución hacia Alemania y otras naciones europeas.

 

Las conversaciones de paz se realizaron en la ciudad de Riga, capital de Letonia, y allí se terminó de definir el reparto territorial entre Rusia y Polonia. Una de las cuestiones principales era determinar si el territorio polaco debía ser aquel donde existiese o no una población predominantemente polaca o si debía ocupar territorios con otras nacionalidades. El resultado, en definitiva, fue intermedio. La mayoría de la población de idioma y cultura polaca quedó dentro de las fronteras de la Segunda República de Polonia, que también incluyó importantes minorías alemanas, lituanas, bielorrusas, ucranianas y rusas.

 

Finalmente, se firmó la Paz de Riga el 18 de marzo de 1921, que aseguró el renacimiento de Polonia como estado soberano e independiente.

 

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