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Ocho años después del cáncer, Zoraya celebra la vida y comparte un mensaje de esperanza

Tras ocho años de lucha contra el cáncer, Zoraya comparte su historia de resiliencia, fe y gratitud para inspirar a otro

Por redacción
| 16 de enero de 2026

“En octubre de 2017, a mis 45 años, recibí una noticia que cambió mi vida: tenía cáncer. Fue un momento de miedo e incertidumbre, pero también el comienzo de un proceso de sanación que me transformaría profundamente”, cuenta Zoraya Trueba.

 

Esta es su historia. La de una mujer que desde hace años libra una dura batalla contra el cáncer y que, lejos de definirse por la enfermedad, eligió reconstruirse desde la fortaleza, la fe y el amor.

 

Durante este tiempo atravesó cirugías, quimioterapia, radiaciones y una mastectomía radical. Perdió su cabello, cejas y pestañas, y tuvo que enfrentarse a su reflejo en el espejo de maneras que nunca imaginó. Sin embargo, en medio del dolor encontró su mayor sostén en su familia: sus cinco hijas, sus nietos y su esposo fueron motor e inspiración para seguir adelante.

 

Tres palabras marcaron su camino:
paciencia, para respetar los tiempos y aceptar cada etapa;
fortaleza, para sostenerse en los momentos más difíciles;
y fe, una fe inquebrantable que le permitió confiar en la vida.

 

“Fueron ocho años que significaron no solo un desafío físico, sino también un viaje emocional y espiritual”, reflexiona. En ese proceso buscó terapias alternativas, aprendió a escuchar su cuerpo y su corazón, y comprendió que sanar también implica abrazar todas las partes de uno mismo: cuerpo, mente y alma.

 

El 19 de diciembre de 2025 celebró ocho años desde su cirugía. Lo hizo agradecida por la vida, por su familia y por la posibilidad de compartir su historia. “Quiero dejar un mensaje a quienes enfrentan esta enfermedad: sí se puede salir adelante. Con paciencia, fortaleza y fe, es posible sanar, reconstruirse y volver a vivir con plenitud”, afirma.

 

El diagnóstico llegó tras una consulta médica. Le solicitaron una mamografía y, desde ese momento, su intuición comenzó a hablarle. “En esa primera mamografía, al salir sentí que algo no estaba bien. Esa sensación que muchas mujeres conocemos”, recuerda.

 

El momento decisivo llegó cuando la llamaron desde la maternidad para indicarle que necesitaban realizarle una punción. “Sabía que no era una buena señal. No fue fácil aceptarlo, porque en el fondo ya conocía el resultado”.

 

El impacto emocional fue profundo. “Sentí que mi mundo se partía en dos. Fue como ver pasar mi vida entera en cuestión de minutos. Lloraba sin poder detenerme”, relata.

 

A lo largo del tratamiento también llegaron las pérdidas. “He perdido amigas que conocí durante el proceso. No todos tuvimos la misma bendición de quedarnos en esta vida”, dice con dolor. Y agrega: “Aparece la culpa del sobreviviente. Pero también la certeza de que hay que honrar cada lucha, por las que ya no están y por quienes seguimos. Nadie se salva solo. El amor cura, no solo la fe religiosa, sino el amor humano, la compañía, la contención”.

 

Hoy, Zoraya mira hacia atrás y reconoce cómo el proceso la transformó incluso en su vocación. “Estoy próxima a ser facilitadora en constelaciones familiares. Sentí la necesidad de ir hacia adentro, de buscar las causas, de sanar en profundidad. Todo eso me permitió transitar estos años con menos miedo y más conciencia”.

 

Su presente está atravesado por la gratitud. “Doy gracias a mi cuerpo por resistir, por el camino recorrido, por lo que soy. Agradezco haberme sentido acompañada, amada y contenida. Agradezco mi historia, mi vida. Estoy viva, acá estoy, después de ocho años, disfrutando un año más en familia, honrando la vida. No puedo pedir nada más”.

 

Su testimonio también deja una verdad que muchas personas atravesadas por el cáncer conocen: incluso después del alta, la experiencia transforma para siempre. Sentirse “curado” no es solo alivio; también implica convivir con miedos, redefinir prioridades y reconstruir el sentido de la vida. En ese proceso, Zoraya eligió vivir con conciencia, amor y propósito.

 

Y su mensaje final es claro: se puede.

 

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