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El gran circo de la Inteligencia Artificial

Sam Altman, la "Gran Apuesta" en su contra y el Castillo de Arena de los 100.000 Millones. Por Alicia Bañuelos.

Por Por Alicia Bañuelos
| Hace 15 horas

Bienvenidos, damas y caballeros, inversores y curiosos, al espectáculo más caro, brillante y peligrosamente inestable de la historia del capitalismo moderno. Estamos en 2026, y el centro de la pista lo ocupa Sam Altman, el CEO de OpenAI. Imagínense no como un simple tecnólogo, sino como un malabarista sobre un monociclo, pedaleando furiosamente sobre una cuerda floja hecha de servidores sobrecalentados y promesas de ciencia ficción.

 

 

Pero mientras el público (y los fondos de capital riesgo) aplauden hipnotizados por las luces de neón de la "Superinteligencia", en la última fila, sentado en la penumbra, hay un hombre que no sonríe. Es Michael Burry, el legendario inversor que vio venir el colapso inmobiliario de 2008 cuando nadie más lo hizo. Burry ha mirado el escenario, ha sacado su calculadora y ha decidido apostar en contra de Nvidia y Palantir, convencido de que la IA es una burbuja especulativa que hará que la del Bitcoin parezca una fiesta de cumpleaños infantil. Y si miramos los números filtrados de OpenAI, es posible que Burry tenga razón.

 

 

Para entender por qué este año es un "todo o nada" (make-or-break) para OpenAI, y por qué Burry cree que el edificio se va a derrumbar, necesitamos sumergirnos en esta tragicomedia financiera en tres actos.

 

 

Acto I: El Arte de quemar dinero (y cómo apostar a que se queme)

Empecemos por lo básico: la cuenta bancaria de OpenAI está sangrando. Y no es un pequeño corte de papel; es una hemorragia arterial.

 

 

Las cifras que maneja la empresa son tan absurdas que parecen errores tipográficos. Para este año 2026, se espera que OpenAI gaste la friolera de 17.000 millones de dólares en efectivo. Si eso no te da vértigo, considera que es casi el doble de los 9.000 millones que quemaron en 2025. Y la fiesta no termina ahí: las previsiones indican que las pérdidas seguirán acumulándose durante los próximos tres años, con una proyección de incinerar más de 115.000 millones de dólares para 2030.

 

 

Aquí es donde entra en juego la figura del Vendedor en Corto (Short Seller), el rol que ha adoptado Michael Burry. Para el ciudadano de a pie, la inversión es simple: compras una acción a 10 dólares esperando que suba a 20. Pero Burry juega al revés. Él es el "Grinch" del mercado.

 

 

¿Qué es exactamente un Vendedor en Corto?

 

Imagina que Burry ve una acción de una empresa de IA (llamémosla "BubbleAI") que cotiza a 100 dólares, pero él cree que es humo y que en realidad vale 10.

 

  1. El préstamo: Burry no tiene la acción, así que se la pide prestada a alguien que sí la tiene (un fondo de pensiones, por ejemplo), prometiendo devolverla en el futuro.
  2. La venta: Inmediatamente vende esa acción prestada en el mercado al precio actual de 100 dólares. Burry ahora tiene 100 dólares en el bolsillo, pero debe una acción.
  3. La espera: Burry se sienta a esperar que la realidad golpee. Si tiene razón y la burbuja de la IA estalla, el precio de la acción se desploma a 10 dólares.
  4. El golpe maestro: Burry compra la acción en el mercado por esos miserables 10 dólares, se la devuelve a quien se la prestó y se queda con la diferencia: 90 dólares de ganancia pura.

 

Burry gana cuando el pánico se apodera del mercado. Y Sam Altman le está dando munición de sobra. Altman ya ha recaudado más de 60.000 millones de dólares, más que cualquier otra empresa privada en la historia. Pero no es suficiente. Para 2026, busca recaudar otros 100.000 millones. Cuando un inversor le preguntó recientemente cómo pensaba financiar este gasto gargantuesco, Altman respondió con una arrogancia digna de un emperador romano: "Si quieres vender tus acciones, te buscaré un comprador". Básicamente, desafió a los escépticos a apostar en su contra.

 

 

Acto II: El mito del "moat" (O por qué el castillo de OpenAI no tiene foso)

Si la quema de dinero es el combustible de la apuesta de Burry, la falta de un "moat" es la cerilla.

 

En el mundo de las finanzas, popularizado por Warren Buffett, un moat (o foso económico) es esa ventaja competitiva indestructible que protege tu castillo de los invasores. Puede ser una marca que todos aman (Coca-Cola), una red que todos usan (Facebook) o una tecnología que nadie más tiene. Si tienes un foso profundo lleno de cocodrilos, puedes cobrar lo que quieras y mantener tus ganancias a salvo durante décadas.

 

 

El problema es que OpenAI no tiene foso. O si lo tenía, se ha secado.

 

 

Durante un tiempo, ChatGPT fue mágico. Pero la magia en tecnología dura poco. The Economist señala que la ventaja de rendimiento entre los modelos de OpenAI y sus competidores se ha reducido drásticamente.

 

  • El despertar del gigante: Google, que estuvo dormido en los laureles, lanzó su modelo Gemini 3 en noviembre, superando al GPT-5.1 de OpenAI en varias métricas clave. Google tiene una ventaja aterradora: sus propios chips, sus propios centros de datos y un flujo de caja infinito gracias a su buscador.
  • El contraataque de los modelos abiertos: Los modelos de código abierto ("open models"), cuyos secretos técnicos están disponibles gratis, también están alcanzando a los modelos cerrados de pago. ¿Por qué pagarle a Altman si puedes tener algo casi igual de bueno gratis?

 

Esto ha llevado a una situación preocupante: el crecimiento de ChatGPT está perdiendo inercia. Aunque seguía reinando con 910 millones de usuarios activos en diciembre, Gemini ya asomaba con 345 millones. Es cierto, la distancia en cifras absolutas aún es enorme, pero la tendencia es lo que quita el sueño a los inversores: mientras Gemini gana terreno, el crecimiento de suscriptores de ChatGPT en mercados clave se ha paralizado. Tan delicada fue la situación que Altman decretó un "código rojo" en diciembre para intentar salvar los muebles.

 

 

Acto III: La factura de la luz y la fiebre por los ingresos

Para mantener la ilusión de progreso, Altman necesita construir una infraestructura que haría sonrojar a un faraón egipcio.

 

 

La demanda de potencia de cálculo de OpenAI ha pasado de 200 megavatios en 2023 a 1,9 gigavatios (GW) en 2025. Pero eso es solo el aperitivo. Altman ha firmado cartas de intención para añadir 30 GW adicionales en los próximos años. Para que te hagas una idea de la magnitud, eso equivale a construir 30 centrales nucleares estándar. O, si lo prefieres en términos de consumo nacional, 30 gigavatios es lo que demanda toda la Argentina en un día de calor extremo. Básicamente, Altman necesita la infraestructura energética de un país entero —o su propio parque atómico— solo para mantener encendido el chat.

 

 

Aquí es donde la economía se vuelve "divertida" al estilo de una montaña rusa sin frenos:

 

  1. Costos vs. ingresos: A diferencia del software normal, donde el programa se escribe una vez y copiarlo para millones de usuarios es casi gratis, la IA funciona distinto. No es un software estático, es una fábrica de respuestas en tiempo real. Cada vez que un usuario interactúa, la empresa debe gastar recursos físicos reales (electricidad y tiempo de procesamiento en chips caros). Por eso, los 'costos de inferencia' pueden comerse las ganancias rápidamente, algo que no pasa con apps como Instagram o Whatsapp.
  2. El bucle de Nvidia: Nvidia ha dicho que podría invertir 100.000 millones en OpenAI, pero en incrementos de 10.000 millones y probablemente para que OpenAI use ese dinero... ¡para comprar chips de Nvidia! Es un ciclo de retroalimentación financiera que Burry seguramente ve como una señal clásica de burbuja: dinero moviéndose en círculos para inflar valoraciones sin generar valor real.

 

¿El plan de salvación? Vender hasta el alma. Ante la presión de justificar su valoración de 830.000 millones de dólares, OpenAI está desesperada por encontrar dinero debajo de las piedras.

 

  • Anuncios: A pesar de haber pausado la iniciativa durante un "código rojo" en diciembre, los planes para meter publicidad en ChatGPT siguen en pie para 2026. Prepárate para pedirle a la IA un resumen de historia y que te recomiende una marca de detergente.
  • Venta de cosas: Ya permiten a grandes plataformas de comercio electrónico vender productos directamente a través de su plataforma, como por ejemplo Wal-Mart.
  • Consultoría: Han creado una división de consultoría para enseñar a las grandes empresas a usar su tecnología, compitiendo directamente con Microsoft y otros.

 

Conclusión: ¿Quién reirá el último?

Estamos ante un duelo de visiones del mundo.

 

 

En una esquina, Sam Altman, el optimista radical que cree que la escala lo cura todo. Su tesis es que, aunque ahora pierdan dinero a manos llenas, la Inteligencia Artificial General (AGI) será tan transformadora que el dinero dejará de importar, o al menos, habrá suficiente para pagar la factura de la luz de esos 30 gigavatios.

 

 

En la otra esquina, Michael Burry y los vendedores en corto. Ellos ven una empresa sin "Moat", con costos que crecen más rápido que los ingresos, en un mercado saturado donde el producto se está convirtiendo en una "commodity" (algo básico e indiferenciado como el arroz). Ven una valoración inflada por la especulación y alimentada por deuda y promesas.

 

 

Si Altman tiene razón, OpenAI será la empresa más valiosa del universo. Si Burry tiene razón, y el monociclo se cae de la cuerda floja, la explosión de la burbuja se escuchará desde Marte. El 2026 es el año en que sabremos si el circo sigue de gira o si la carpa se nos cae encima. Hagan sus apuestas, pero por favor, no usen el dinero que necesitan para comer.

 

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