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Prometieron a Terminator y nos mandaron a un pasante que miente en el currículum

El 2026 no será el año en que los robots nos conquisten, ni tampoco el año en que la IA sea un fracaso total. Por Alicia Bañuelos

Por redacción
| 05 de febrero de 2026

Si usted siente que se le está pasando el arroz porque todavía no ha fundado una startup de Inteligencia Artificial Generativa o porque su tostadora no le recita un poema traducido del sánscrito a través de una red neuronal profunda, relájese. Respire hondo. Estamos en 2026 y, al parecer, nadie tiene la menor idea de lo que va a pasar el martes que viene.

 

Vivimos en la era de los "Profetas del Silicio". Tipos con remeras negras y cuentas bancarias tan infladas que hacen que el código binario parezca un chiste de preescolar. Vienen a prometernos (o a atemorizarnos) que, si no tienes un robot que te haga el café, tu vida ya no tiene sentido. Prometen el cielo, la tierra y la Singularidad antes del café de la mañana, pero la realidad suele ser un poco más lenta y torpe, como un beta tester con resaca.

 

Pero si algo nos enseña la historia reciente, es que predecir el futuro de la tecnología es una ciencia tan exacta como tratar de peinar a un gato con un tenedor, o confiar en que tu Wi-Fi no se caiga en el momento clave de una video llamada.

 

 

El rincón del "Hype": Dios en una caja de zapatos

 

En una esquina del cuadrilátero tenemos a los optimistas radicales. Sam Altman y sus acólitos llevan tiempo insinuando que la "Superinteligencia" (esa IA que será más lista que la suma de todos los premios Nobel de la historia tomando café juntos) está a la vuelta de la esquina. Según los pronósticos más locos que circulaban hasta hace poco, para estas fechas ya deberíamos tener:

 

1. AGI (Inteligencia Artificial General): Capaz de escribir una novela, curar el cáncer y organizar tu agenda mejor que tu madre.

 

2. Robots mayordomos: Porque Elon Musk prometió que Optimus nos doblaría la ropa. Spoiler: mi ropa sigue en la silla

 

 

3. El fin del trabajo: La idea de que viviríamos de una Renta Básica Universal mientras las máquinas transpiran. De momento, las máquinas generan imágenes bonitas y nosotros seguimos transpirando.

 

 

Si hacemos caso a esta facción, el 2026 es el año en que la humanidad pasa a ser la mascota doméstica de una red neuronal muy simpática.

 

 

El aguafiestas del MIT: "Es solo un Excel más rápido"

 

Pero en la otra esquina, con la guardia alta y un montón de gráficos aburridos, aparece el MIT. Específicamente, el economista y Premio Nobel Daron Acemoglu.

 

 

Mientras Goldman Sachs gritaba que la IA dispararía el PIB mundial un 7% y nos haría a todos ricos, Acemoglu sacó la calculadora y dijo: "Mmm, no. Yo calculo un 0,7%".

 

 

Sí, leíste bien. Menos de un uno por ciento en diez años. Según el informe del MIT, la IA es impresionante para fingir que sabe cosas, pero "apenas afectará al 5% de las tareas laborales" de manera significativa en el corto plazo. Para Acemoglu, no estamos ante Terminator, sino ante una versión glorificada del corrector ortográfico de Word. Su tesis es que la IA automatiza tareas mediocres, pero no puede reemplazar el juicio humano, la empatía o la capacidad de arreglar una impresora cuando se atasca el papel (el verdadero test de Turing).

 

 

La Ley de Amara: ¿Por qué nos equivocamos siempre?

 

 

¿Por qué tenemos, por un lado, a gente vendiendo el Apocalipsis y, por otro, a economistas diciendo que no pasa nada? La respuesta tiene nombre: La Ley de Amara.

 

 

Roy Amara, un futurista que probablemente estaba harto de escuchar tonterías, acuñó una frase que debería tatuarse en la frente de todo inversor de Silicon Valley:

 

 

"Tendemos a sobreestimar el efecto de una tecnología en el corto plazo y a subestimar su efecto en el largo plazo".

 

 

Es el ciclo clásico.

 

● Corto plazo (Ahora): Creemos que ChatGPT va a educar a nuestros hijos y a manejar nuestros coches mañana. Nos decepcionamos cuando vemos que "alucina" y se inventa datos históricos.

 

● Largo plazo (2035): Dejamos de prestarle atención, y de repente, un día nos despertamos y nos damos cuenta de que todo, desde nuestra heladera hasta nuestro sistema judicial, funciona con una IA invisible que ni siquiera notamos.

 

 

 

Conclusión:

 

Disfrute la función

 

El 2026 no será el año en que los robots nos conquisten, ni tampoco el año en que la IA sea un fracaso total. Será el año del término medio incómodo. Ese momento en que la tecnología es lo suficientemente buena para ser útil, pero lo suficientemente tonta para ser peligrosa si no la vigilas.

 

Así que, si Michael Burry está apostando a que todo explota y Sam Altman a que nos convertimos en dioses, lo más probable es que la realidad se quede en el medio: seguiremos yendo a la oficina, peleando con hojas de cálculo, solo que ahora tendremos un asistente digital al que podremos culpar cuando las cosas salgan mal.

 

Al final, la única predicción segura es la de siempre: el futuro llegará, y probablemente nos encuentre sin batería.

 

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