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Liliana Luchessi, acusada de matar a su hijo Jair, no declaró


Parecía que Liliana Jacquelina Luchessi no podía creer lo que la fiscal de instrucción, Rosario Verdugo, había plasmado sobre ella en la acusación que elevó a la Cámara Penal 1 de Villa Mercedes, la que ayer empezó a juzgarla por el homicidio de su hijo Jair. A medida que la lectura de la requisitoria avanzaba, abría los ojos cuanto podía y miraba a su defensor Pascual Celdrán, a su derecha. Desconcertada. Posaba su cabeza en las puntas de sus dedos, como si todo aquello significara un dolor de cabeza para ella y, sobre todo, una mentira. Parecía dispuesta a refutar cada frase de la fiscal, que aseguraba que le había marcado a golpes el cuerpo a la criatura. Pero cuando el tribunal le preguntó si quería declarar sobre lo que sucedió el lunes 16 de junio de 2014, el día que el nene de un año y nueve meses murió, la mujer respondió: “No, me niego”.


Al inicio de su requisitoria, fechada el 21 de junio de 2015, Verdugo subrayó algunas valoraciones personales, pues en su largo tiempo como funcionaria pública pocos casos la han conmovido como lo hizo el homicidio de Jair Emmanuel Luchessi, según expresó en el escrito.


“La muerte de un niño tan pequeño es incomprensible e injusta, por ser absolutamente indefenso y dependiente de sus mayores, sobre todo de su madre, que le dio la vida, pero que no tiene el derecho de disponer de su muerte”, manifestaba. Más allá de que la Procuración General la haya sancionado por no haber asistido a la indagatoria de la acusada, la fiscal agradecía no haberlo hecho porque –según asentó- no tuvo que escuchar el relato de una madre tan descariñada como lo era Liliana.


La fiscal repasó que en su declaración indagatoria la joven de 28 años dijo que no dejaba salir a su hijo porque en la vereda había un hueco, del que corría agua putrefacta y que no lo dejaba “juntarse con los nenes del barrio San Antonio porque tenían piojitos”. Pero en ningún momento mencionó un detalle sobre la muerte del chiquito, ni se hizo cargo, apuntó la acusadora.


Luchessi se limitó a decir que la persona que la acusaba de maltratar a Jair era Griselda Pérez, una vecina que le tiene bronca y no sabe por qué. Afirmó que esa chica se burlaba y, junto a su familia, la amenazaba con que le iba a robar todo.


Pero, según la fiscal de instrucción, Liliana no pudo fingir ante el médico del Sempro, Emiliano Severo Loyola, la primera persona que asistió a la víctima en su humilde vivienda de Lamadrid 256.


El médico había sido llamado para atender a una persona con problemas de respiración, pero con lo que se topó fue con una criatura que estaba clínicamente muerta. Comenzó las maniobras de reanimación, sin saber cuánto tiempo llevaba en ese estado. Entonces, le preguntó a su madre y a su padrastro, Bruno Pacheco, qué había pasado, pero ninguno le contestó, detalló Verdugo.


Mencionó que a Severo Loyola le llamó mucho la atención que el nene estuviera solo en una cama, desnudo, vestido sólo con un pañal y que no hubiera ninguna persona cerca asistiéndolo. Le sorprendió ver lo distante y serena que se mantuvo Liliana, sin tratar de ayudar en la reanimación de su hijo.


Para Verdugo, fueron esenciales los testimonios de los Pérez, la familia que vivía al lado de lo de Luchessi. Contaron que Jair iba seguido a su casa, a jugar con Rocío, de 13 años, y en esas ocasiones pudieron notar que algo no estaba bien. Por ejemplo que el niño se mostraba temeroso cuando su mamá iba a buscarlo.


Relataron –recordó en el escrito- que el 24 de mayo de 2014 el chiquito llegó hasta su domicilio con varias marcas de golpes en las mejillas, quemaduras de cigarrillos en la nuca y otras en la parte delantera del cuello. Esa vez le tomaron unas fotos con el celular, se las mostraron a Liliana, le preguntaron qué le había sucedido al pequeño y ella les respondió que se había caído de la hamaca.


Marcela Fernández, otra vecina, indicó que en una ocasión la mujer le había pegado con un cinto, tan fuerte que le marcó la hebilla en el rostro y, otra vez, le dio dos trompadas en la cabeza, otra en la boca y lo castigó sin motivo.


Esos testigos indicaron que más de una vez escucharon llorar al chico, como si lo hubieran estado golpeando. Otras veces presenciaron cómo le daba cachetadas. Relataron que el día en cuestión, alrededor de las 12:30, vieron a Jair llorando en la calle. “Jacki (la acusada) salió, le pegó un chirlo y lo regresó a la casa”, recordó. A los pocos minutos, según los testigos, una ambulancia llegó a Lamadrid casi esquina España, a auxiliar al pequeño.



Síndrome del niño maltratado


Por último, la fiscal destacó como prueba fundamental el resultado de la autopsia. En el informe, la forense Alba Pereyra indicó que el niño murió de un shock hipovolémico (una hemorragia). Constató que, en el fondo del abdomen, tenía un hematoma con una pérdida sanguínea que se produjo por la ruptura de los vasos arteriales y venosos. Puntualizó que el origen de esa clase de heridas puede ser muy diverso, pero que, por lo general, se deben a accidentes, caídas, golpes o “el síndrome del niño maltratado”.


Dijo que las lesiones en el rostro y el cuello no eran producto de caídas, porque ésas no son zonas expuestas, como lo son la nariz y la frente. Tampoco eran accidentales las quemaduras, pues –según la médica– no estaban ubicadas en los lugares que puedan dar cuenta de ello.


Por todo eso, la fiscal Verdugo solicitó que Luchessi fuera condenada a prisión perpetua.


Antes de pasar a un cuarto intermedio, el defensor Pascual Celdrán pidió que el tribunal valore setenta fotos que, en su momento, requirió fueran sumadas al expediente. Para el abogado esas fotografías no son un dato menor, pues muchas muestran lo amorosa que era su cliente con su hijo, en la época que muchos testigos afirmaron que lo maltrataba.


Ésa y la explicación de un forense particular, que desacreditará la autopsia hecha por la Justicia, que –a su entender– fue hecha con desgano y está plagada de errores, son algunas de las estrategias de las que se valdrá el letrado para demostrar la inocencia de su defendida, le adelantó a la prensa.  “Yo les aseguro que no hay pruebas, que mi cliente es inocente y que a nosotros no nos pueden poner en ese estado de inseguridad jurídica de que con cualquier sospecha te meten preso una vida y que quede todo así”, manifestó.


El debate oral continuará hoy, a las 9, con la declaración de diez testigos.


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Liliana Luchessi, acusada de matar a su hijo Jair, no declaró

Desconcertada. Así lucía la acusada, al lado de su abogado, al oír la acusación contra ella.

Parecía que Liliana Jacquelina Luchessi no podía creer lo que la fiscal de instrucción, Rosario Verdugo, había plasmado sobre ella en la acusación que elevó a la Cámara Penal 1 de Villa Mercedes, la que ayer empezó a juzgarla por el homicidio de su hijo Jair. A medida que la lectura de la requisitoria avanzaba, abría los ojos cuanto podía y miraba a su defensor Pascual Celdrán, a su derecha. Desconcertada. Posaba su cabeza en las puntas de sus dedos, como si todo aquello significara un dolor de cabeza para ella y, sobre todo, una mentira. Parecía dispuesta a refutar cada frase de la fiscal, que aseguraba que le había marcado a golpes el cuerpo a la criatura. Pero cuando el tribunal le preguntó si quería declarar sobre lo que sucedió el lunes 16 de junio de 2014, el día que el nene de un año y nueve meses murió, la mujer respondió: “No, me niego”.


Al inicio de su requisitoria, fechada el 21 de junio de 2015, Verdugo subrayó algunas valoraciones personales, pues en su largo tiempo como funcionaria pública pocos casos la han conmovido como lo hizo el homicidio de Jair Emmanuel Luchessi, según expresó en el escrito.


“La muerte de un niño tan pequeño es incomprensible e injusta, por ser absolutamente indefenso y dependiente de sus mayores, sobre todo de su madre, que le dio la vida, pero que no tiene el derecho de disponer de su muerte”, manifestaba. Más allá de que la Procuración General la haya sancionado por no haber asistido a la indagatoria de la acusada, la fiscal agradecía no haberlo hecho porque –según asentó- no tuvo que escuchar el relato de una madre tan descariñada como lo era Liliana.


La fiscal repasó que en su declaración indagatoria la joven de 28 años dijo que no dejaba salir a su hijo porque en la vereda había un hueco, del que corría agua putrefacta y que no lo dejaba “juntarse con los nenes del barrio San Antonio porque tenían piojitos”. Pero en ningún momento mencionó un detalle sobre la muerte del chiquito, ni se hizo cargo, apuntó la acusadora.


Luchessi se limitó a decir que la persona que la acusaba de maltratar a Jair era Griselda Pérez, una vecina que le tiene bronca y no sabe por qué. Afirmó que esa chica se burlaba y, junto a su familia, la amenazaba con que le iba a robar todo.


Pero, según la fiscal de instrucción, Liliana no pudo fingir ante el médico del Sempro, Emiliano Severo Loyola, la primera persona que asistió a la víctima en su humilde vivienda de Lamadrid 256.


El médico había sido llamado para atender a una persona con problemas de respiración, pero con lo que se topó fue con una criatura que estaba clínicamente muerta. Comenzó las maniobras de reanimación, sin saber cuánto tiempo llevaba en ese estado. Entonces, le preguntó a su madre y a su padrastro, Bruno Pacheco, qué había pasado, pero ninguno le contestó, detalló Verdugo.


Mencionó que a Severo Loyola le llamó mucho la atención que el nene estuviera solo en una cama, desnudo, vestido sólo con un pañal y que no hubiera ninguna persona cerca asistiéndolo. Le sorprendió ver lo distante y serena que se mantuvo Liliana, sin tratar de ayudar en la reanimación de su hijo.


Para Verdugo, fueron esenciales los testimonios de los Pérez, la familia que vivía al lado de lo de Luchessi. Contaron que Jair iba seguido a su casa, a jugar con Rocío, de 13 años, y en esas ocasiones pudieron notar que algo no estaba bien. Por ejemplo que el niño se mostraba temeroso cuando su mamá iba a buscarlo.


Relataron –recordó en el escrito- que el 24 de mayo de 2014 el chiquito llegó hasta su domicilio con varias marcas de golpes en las mejillas, quemaduras de cigarrillos en la nuca y otras en la parte delantera del cuello. Esa vez le tomaron unas fotos con el celular, se las mostraron a Liliana, le preguntaron qué le había sucedido al pequeño y ella les respondió que se había caído de la hamaca.


Marcela Fernández, otra vecina, indicó que en una ocasión la mujer le había pegado con un cinto, tan fuerte que le marcó la hebilla en el rostro y, otra vez, le dio dos trompadas en la cabeza, otra en la boca y lo castigó sin motivo.


Esos testigos indicaron que más de una vez escucharon llorar al chico, como si lo hubieran estado golpeando. Otras veces presenciaron cómo le daba cachetadas. Relataron que el día en cuestión, alrededor de las 12:30, vieron a Jair llorando en la calle. “Jacki (la acusada) salió, le pegó un chirlo y lo regresó a la casa”, recordó. A los pocos minutos, según los testigos, una ambulancia llegó a Lamadrid casi esquina España, a auxiliar al pequeño.



Síndrome del niño maltratado


Por último, la fiscal destacó como prueba fundamental el resultado de la autopsia. En el informe, la forense Alba Pereyra indicó que el niño murió de un shock hipovolémico (una hemorragia). Constató que, en el fondo del abdomen, tenía un hematoma con una pérdida sanguínea que se produjo por la ruptura de los vasos arteriales y venosos. Puntualizó que el origen de esa clase de heridas puede ser muy diverso, pero que, por lo general, se deben a accidentes, caídas, golpes o “el síndrome del niño maltratado”.


Dijo que las lesiones en el rostro y el cuello no eran producto de caídas, porque ésas no son zonas expuestas, como lo son la nariz y la frente. Tampoco eran accidentales las quemaduras, pues –según la médica– no estaban ubicadas en los lugares que puedan dar cuenta de ello.


Por todo eso, la fiscal Verdugo solicitó que Luchessi fuera condenada a prisión perpetua.


Antes de pasar a un cuarto intermedio, el defensor Pascual Celdrán pidió que el tribunal valore setenta fotos que, en su momento, requirió fueran sumadas al expediente. Para el abogado esas fotografías no son un dato menor, pues muchas muestran lo amorosa que era su cliente con su hijo, en la época que muchos testigos afirmaron que lo maltrataba.


Ésa y la explicación de un forense particular, que desacreditará la autopsia hecha por la Justicia, que –a su entender– fue hecha con desgano y está plagada de errores, son algunas de las estrategias de las que se valdrá el letrado para demostrar la inocencia de su defendida, le adelantó a la prensa.  “Yo les aseguro que no hay pruebas, que mi cliente es inocente y que a nosotros no nos pueden poner en ese estado de inseguridad jurídica de que con cualquier sospecha te meten preso una vida y que quede todo así”, manifestó.


El debate oral continuará hoy, a las 9, con la declaración de diez testigos.


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