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Almendras bien puntanas, a pocos kilómetros del centro

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Almendras bien puntanas, a pocos kilómetros del centro

Magdalena Strongoli

Ramón Garro tiene un campo familiar hace 40 años sobre la ruta provincial Nº 16. Además de disfrutar los fines de semana, decidió sacarle jugo a esa tierra productiva.

Nada es imposible. A pesar de no tratarse de un cultivo habitual en San Luis, Ramón Garro tiene 1.200 plantas de almendros a pocos kilómetros de la ciudad capital. Su padre es el dueño del campito y el que pasa sus días de jubilado viendo crecer el fruto. Ahora ambos lidian con el problema de los fuertes vientos, que tratan de mitigar con la forestación de todo el perímetro. El año pasado tuvieron una pequeña producción que vendieron a Sol Puntano, pero van por más: en el futuro buscarán darle valor agregado a las almendras a través de la compra de una peladora y un mejor proyecto de comercialización, que siempre es lo más complicado de concretar para los pequeños productores. 

Hace 40 años que los Garro tienen la propiedad ubicada sobre la ruta provincial Nº 16, en las afueras de San Luis. La familia pensó en varias alternativas para aprovechar las tres hectáreas que lucen una tierra prometedora para cualquier aventura agrícola. En el predio tienen una casa quinta, pero más allá de disfrutar de las bondades del clima puntano siempre pensaron en agregar una plantación de frutales para comenzar a sacarle el jugo a la productividad de la zona, que además está bien ubicada dentro del mapa provincial, porque el centro les permite moverse con comodidad hacia todos los puntos cardinales.

"Un amigo me propuso plantar duraznos, pero eso necesita de mucho tiempo para comenzar a ver los resultados. Además se cosechan en muy pocos días y hay que vender toda la producción lo más rápido posible, de lo contrario se pudre. Y como nosotros no tenemos experiencia ni tampoco muchos medios para salir al mercado, lo desechamos.

En cambio la fruta seca te da margen para levantarla dos días antes o después, no hay una ventana determinada. Si se cae y no la levantás, de todas maneras podrá ser parte de la futura producción. Y además se puede guardar hasta tres meses sin necesidad de contar con cámaras de frío", contó el productor, que tiene los almendros como actividad secundaria y cuenta con secaderos para conservar el fruto en perfecto estado una vez que lo cosechó.

"El emprendimiento lo hicimos en dos etapas. Hace casi cuatro años plantamos los primeros almendros, unos 300 en total, como para ver si podíamos armar una base de la cual intentar agrandarnos si los números nos daban a favor. Al año siguiente hicimos una inversión mayor y pusimos 900 plantas más. Este año, las plantas más antiguas dieron sus primeros frutos y fue una alegría enorme, porque hicimos un gran sacrificio familiar. Tuvimos rindes de hasta 85 kilos por hectárea y toda la producción se la vendimos a Sol Puntano para que ellos agreguen valor con su maquinaria y la puedan sacar de la provincia", aseguró el emprendedor, que sostuvo que por ser tan jóvenes los árboles la cantidad no fue mala, pero apuestan a que sea aún mejor en los próximos años si el clima y las contingencias económicas de un país inestable como la Argentina lo permiten.

Por ahora el fruto lo venden con cáscara. Darle valor agregado es una idea lejana pero certera. Claro, necesitan una inversión, pero el Estado puntano los puede ayudar a concretarla a través de sus planes de Fomento, como el que justamente premia el agregado de valor con la devolución de una parte del dinero que tendrían que poner de entrada.

"Esperamos llegar al ideal de rendimiento, que son siete kilos por planta. Ahora hicimos alrededor de un kilo, todavía estamos lejos. Pero hay que tener en cuenta que recién son los comienzos y la variedad que usamos (Wuara) empieza a dar sus frutos con fuerza a partir del quinto año", contó Ramón mientras manejaba camino a su pequeña chacra, ubicada al oeste de la ciudad de San Luis. La variedad, también conocida como flora tardía, fue parte del plan de manejo que hicieron en el campo para mejorar los rindes y proteger los suelos.

Al llegar, la cronista de la revista El Campo pudo distinguir algunos frutos que ya asomaban firmes en las ramas de los almendros. En marzo nuevamente tendrán disponible una buena cantidad para la venta, y así con ese dinero seguir reinvirtiendo en la explotación agrícola. “Nos decidimos por plantar la variedad Wuara porque es una almendra de cosecha tardía, que es la más recomendable para nuestra zona. De esa manera evitamos que a la planta la ataquen las heladas tan comunes de San Luis y que no la dejarían florecer”, aseguró el productor.

Luego de la cosecha, los Garro deben dedicarse a llevar adelante un proceso obligado. "Tenemos las secadoras que están bajo techo, pero con una abertura para que le de aire a los frutos. Son quince días que las almendras pasan arriba de unas estructuras metálicas con una malla similar a la que se usa contra el granizo", comentó Ramón, quien dijo que es indispensable este trabajo para no sufrir ataque de hongos debido a la humedad.  

Los valores del mercado son variables y, como sucede con todos los productores que son el eslabón primario de la producción, el precio de venta que recibe no es el que pagan luego los consumidores en las góndolas de todo el país. "En esta primera cosecha pudimos vender la producción al Estado, que nos pagó un buen precio para ayudarnos a seguir adelante. Pero en general es como en todas las producciones agrícolas, cuesta conseguir un buen número,  hay intermediarios y los empresarios grandes quieren toda la ganancia para ellos. Cuando tengamos buenas cantidades, gracias a la secadora podremos hacer acopio de almendras para poder insertarlas en el mercado en el mejor momento, cuando nos convenga a nosotros", dijo el único hijo varón de tres hermanos.  

Ramón no está solo. Su papá lo acompaña y disfruta de hacerlo. Él es quien todos los días visita las instalaciones, que son cuidadas por Jorge, el casero, y un perro de la raza dogo argentino que está en el ingreso al campo y mete miedo con solo mirarlo. Juntos son los que piensan a futuro y se ilusionan con derecho. "Todo va a depender del precio de mercado, pero la idea es poder empezar a descascarar para envasar y vender en forma directa, por supuesto que a otros valores, no es lo mismo una almendra con cáscara que una pelada. Otra idea es poder hacer aceite de almendra, que tiene muy buena acogida entre los consumidores. Son pasos que estarán determinados por varios factores, hay que ir paso a paso para no marearse", se proponen los Garro.

 Para el riego tuvieron que pedir las correspondientes autorizaciones a San Luis Agua, que respondió en tiempo y forma. "Construimos un estanque de 140 mil litros para albergar el agua que tomamos del dique Esteban Agüero, ubicado en cercanías de Río Grande, pasando El Trapiche, pero lo suficientemente cerca de la ciudad como para tener un buen abastecimiento. El sistema que usamos es el de riego por goteo, que es el más eficiente para este tipo de producciones intensivas de pequeña escala, que necesitan que no falte el agua en los momentos clave del desarrollo de la planta", detalló Ramón.

Además, para poder acumular agua hicieron una pequeña represa detrás de la vivienda del casero, la que les asegura el recurso de manera permanente si llegara a cortarse el suministro o si el clima anunciara seca, como está pasando este verano con mucho parentesco con La Niña que sufre todo el centro del país. "Acá se riega todos los días, es parte de los buenos cuidados de la planta. Por esta época (enero) comienza el momento de la poda, es un trabajo delicado en el que nos dedicamos a sacar las ramas verdes que no son portadoras del fruto (se las conoce como ‘chupones’). Es indispensable porque le quitan espacio y vigor a la planta, compiten con las ramas productivas", explicó el patrón, quien junto al casero trabajan a la par en este tipo de tareas porque les es difícil encontrar mano de obra especializada, y tan siquiera mucha gente con ganas de agachar el lomo en el campo.

"En aquel momento tomamos un riesgo grande, porque eso significaba cultivar almendras en la zona, que es bastante urbana en general. La tierra es muy fértil, pero tenemos una batalla constante contra los vientos", reconoce Garro. Y no exagera, la revista El Campo vivió en carne propia el fenómeno durante la visita al campo, como si el viento se mostrara en su máxima expresión para ganarse un lugar de privilegio en estas páginas.

"Cada vez que plantamos nuevos almendros perdemos plantas,  que en poco tiempo son repuestas por otras que compramos, pero en general no son un gran número las que se mueren, por suerte", explicó el hombre, que no conocía nada de almendras y poco a poco se está convirtiendo en un especialista. "La inversión inicial siempre es alta, más para un fruto como éste, que tiene buen valor en el mercado generalmente. Tuvimos que preparar la tierra, una tarea que consistió en removerla con máquinas, que tampoco teníamos, por lo que hubo que alquilarlas. El sistema de riego y todos los trámites para traer el agua, cuyo canal está a solo 600 metros del campo, también llevó su tiempo y bastante inversión. A mí me llevó un año comenzar a plantar, y mucho más, ver los primeros frutos. Por eso valoramos mucho todo lo que hicimos en este tiempo desde que decidimos hacer una inversión productiva", analizó Garro, quien piensa que, con viento a favor, recuperará la inversión en dos o tres años más.

El viento es un inconveniente para ellos y la forma de combatirlo es hacer cortinas con otras plantaciones como los álamos, árboles fuertes y altos que tapan los contornos de la plantación. “En los alrededores del campo hemos puesto esta especie para evitar los vientos, que son tan fuertes que obligan a que tengamos que atar las plantas a unos tutores. Para combatir algunas pestes que llegan del exterior hemos encontrado una estrategia que es de mucha ayuda: donde inicia la plantación hemos puesto membrillos, que son víctimas fáciles para atrapar enfermedades, y de esa manera no pasan a los almendros. El sacrificio lo hacen ellos”, explicó Garro con un guiño. Los membrillos también permiten evitar el uso excesivo de pesticidas, otro beneficio ambiental para la plantación. 

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Almendras bien puntanas, a pocos kilómetros del centro

Ramón Garro tiene un campo familiar hace 40 años sobre la ruta provincial Nº 16. Además de disfrutar los fines de semana, decidió sacarle jugo a esa tierra productiva.

Ramón Garro muestra las primeras almendras que dio su emprendimiento, en un campo de tres hectáreas en la ruta Nº16.

Nada es imposible. A pesar de no tratarse de un cultivo habitual en San Luis, Ramón Garro tiene 1.200 plantas de almendros a pocos kilómetros de la ciudad capital. Su padre es el dueño del campito y el que pasa sus días de jubilado viendo crecer el fruto. Ahora ambos lidian con el problema de los fuertes vientos, que tratan de mitigar con la forestación de todo el perímetro. El año pasado tuvieron una pequeña producción que vendieron a Sol Puntano, pero van por más: en el futuro buscarán darle valor agregado a las almendras a través de la compra de una peladora y un mejor proyecto de comercialización, que siempre es lo más complicado de concretar para los pequeños productores. 

Hace 40 años que los Garro tienen la propiedad ubicada sobre la ruta provincial Nº 16, en las afueras de San Luis. La familia pensó en varias alternativas para aprovechar las tres hectáreas que lucen una tierra prometedora para cualquier aventura agrícola. En el predio tienen una casa quinta, pero más allá de disfrutar de las bondades del clima puntano siempre pensaron en agregar una plantación de frutales para comenzar a sacarle el jugo a la productividad de la zona, que además está bien ubicada dentro del mapa provincial, porque el centro les permite moverse con comodidad hacia todos los puntos cardinales.

"Un amigo me propuso plantar duraznos, pero eso necesita de mucho tiempo para comenzar a ver los resultados. Además se cosechan en muy pocos días y hay que vender toda la producción lo más rápido posible, de lo contrario se pudre. Y como nosotros no tenemos experiencia ni tampoco muchos medios para salir al mercado, lo desechamos.

En cambio la fruta seca te da margen para levantarla dos días antes o después, no hay una ventana determinada. Si se cae y no la levantás, de todas maneras podrá ser parte de la futura producción. Y además se puede guardar hasta tres meses sin necesidad de contar con cámaras de frío", contó el productor, que tiene los almendros como actividad secundaria y cuenta con secaderos para conservar el fruto en perfecto estado una vez que lo cosechó.

"El emprendimiento lo hicimos en dos etapas. Hace casi cuatro años plantamos los primeros almendros, unos 300 en total, como para ver si podíamos armar una base de la cual intentar agrandarnos si los números nos daban a favor. Al año siguiente hicimos una inversión mayor y pusimos 900 plantas más. Este año, las plantas más antiguas dieron sus primeros frutos y fue una alegría enorme, porque hicimos un gran sacrificio familiar. Tuvimos rindes de hasta 85 kilos por hectárea y toda la producción se la vendimos a Sol Puntano para que ellos agreguen valor con su maquinaria y la puedan sacar de la provincia", aseguró el emprendedor, que sostuvo que por ser tan jóvenes los árboles la cantidad no fue mala, pero apuestan a que sea aún mejor en los próximos años si el clima y las contingencias económicas de un país inestable como la Argentina lo permiten.

Por ahora el fruto lo venden con cáscara. Darle valor agregado es una idea lejana pero certera. Claro, necesitan una inversión, pero el Estado puntano los puede ayudar a concretarla a través de sus planes de Fomento, como el que justamente premia el agregado de valor con la devolución de una parte del dinero que tendrían que poner de entrada.

"Esperamos llegar al ideal de rendimiento, que son siete kilos por planta. Ahora hicimos alrededor de un kilo, todavía estamos lejos. Pero hay que tener en cuenta que recién son los comienzos y la variedad que usamos (Wuara) empieza a dar sus frutos con fuerza a partir del quinto año", contó Ramón mientras manejaba camino a su pequeña chacra, ubicada al oeste de la ciudad de San Luis. La variedad, también conocida como flora tardía, fue parte del plan de manejo que hicieron en el campo para mejorar los rindes y proteger los suelos.

Al llegar, la cronista de la revista El Campo pudo distinguir algunos frutos que ya asomaban firmes en las ramas de los almendros. En marzo nuevamente tendrán disponible una buena cantidad para la venta, y así con ese dinero seguir reinvirtiendo en la explotación agrícola. “Nos decidimos por plantar la variedad Wuara porque es una almendra de cosecha tardía, que es la más recomendable para nuestra zona. De esa manera evitamos que a la planta la ataquen las heladas tan comunes de San Luis y que no la dejarían florecer”, aseguró el productor.

Luego de la cosecha, los Garro deben dedicarse a llevar adelante un proceso obligado. "Tenemos las secadoras que están bajo techo, pero con una abertura para que le de aire a los frutos. Son quince días que las almendras pasan arriba de unas estructuras metálicas con una malla similar a la que se usa contra el granizo", comentó Ramón, quien dijo que es indispensable este trabajo para no sufrir ataque de hongos debido a la humedad.  

Los valores del mercado son variables y, como sucede con todos los productores que son el eslabón primario de la producción, el precio de venta que recibe no es el que pagan luego los consumidores en las góndolas de todo el país. "En esta primera cosecha pudimos vender la producción al Estado, que nos pagó un buen precio para ayudarnos a seguir adelante. Pero en general es como en todas las producciones agrícolas, cuesta conseguir un buen número,  hay intermediarios y los empresarios grandes quieren toda la ganancia para ellos. Cuando tengamos buenas cantidades, gracias a la secadora podremos hacer acopio de almendras para poder insertarlas en el mercado en el mejor momento, cuando nos convenga a nosotros", dijo el único hijo varón de tres hermanos.  

Ramón no está solo. Su papá lo acompaña y disfruta de hacerlo. Él es quien todos los días visita las instalaciones, que son cuidadas por Jorge, el casero, y un perro de la raza dogo argentino que está en el ingreso al campo y mete miedo con solo mirarlo. Juntos son los que piensan a futuro y se ilusionan con derecho. "Todo va a depender del precio de mercado, pero la idea es poder empezar a descascarar para envasar y vender en forma directa, por supuesto que a otros valores, no es lo mismo una almendra con cáscara que una pelada. Otra idea es poder hacer aceite de almendra, que tiene muy buena acogida entre los consumidores. Son pasos que estarán determinados por varios factores, hay que ir paso a paso para no marearse", se proponen los Garro.

 Para el riego tuvieron que pedir las correspondientes autorizaciones a San Luis Agua, que respondió en tiempo y forma. "Construimos un estanque de 140 mil litros para albergar el agua que tomamos del dique Esteban Agüero, ubicado en cercanías de Río Grande, pasando El Trapiche, pero lo suficientemente cerca de la ciudad como para tener un buen abastecimiento. El sistema que usamos es el de riego por goteo, que es el más eficiente para este tipo de producciones intensivas de pequeña escala, que necesitan que no falte el agua en los momentos clave del desarrollo de la planta", detalló Ramón.

Además, para poder acumular agua hicieron una pequeña represa detrás de la vivienda del casero, la que les asegura el recurso de manera permanente si llegara a cortarse el suministro o si el clima anunciara seca, como está pasando este verano con mucho parentesco con La Niña que sufre todo el centro del país. "Acá se riega todos los días, es parte de los buenos cuidados de la planta. Por esta época (enero) comienza el momento de la poda, es un trabajo delicado en el que nos dedicamos a sacar las ramas verdes que no son portadoras del fruto (se las conoce como ‘chupones’). Es indispensable porque le quitan espacio y vigor a la planta, compiten con las ramas productivas", explicó el patrón, quien junto al casero trabajan a la par en este tipo de tareas porque les es difícil encontrar mano de obra especializada, y tan siquiera mucha gente con ganas de agachar el lomo en el campo.

"En aquel momento tomamos un riesgo grande, porque eso significaba cultivar almendras en la zona, que es bastante urbana en general. La tierra es muy fértil, pero tenemos una batalla constante contra los vientos", reconoce Garro. Y no exagera, la revista El Campo vivió en carne propia el fenómeno durante la visita al campo, como si el viento se mostrara en su máxima expresión para ganarse un lugar de privilegio en estas páginas.

"Cada vez que plantamos nuevos almendros perdemos plantas,  que en poco tiempo son repuestas por otras que compramos, pero en general no son un gran número las que se mueren, por suerte", explicó el hombre, que no conocía nada de almendras y poco a poco se está convirtiendo en un especialista. "La inversión inicial siempre es alta, más para un fruto como éste, que tiene buen valor en el mercado generalmente. Tuvimos que preparar la tierra, una tarea que consistió en removerla con máquinas, que tampoco teníamos, por lo que hubo que alquilarlas. El sistema de riego y todos los trámites para traer el agua, cuyo canal está a solo 600 metros del campo, también llevó su tiempo y bastante inversión. A mí me llevó un año comenzar a plantar, y mucho más, ver los primeros frutos. Por eso valoramos mucho todo lo que hicimos en este tiempo desde que decidimos hacer una inversión productiva", analizó Garro, quien piensa que, con viento a favor, recuperará la inversión en dos o tres años más.

El viento es un inconveniente para ellos y la forma de combatirlo es hacer cortinas con otras plantaciones como los álamos, árboles fuertes y altos que tapan los contornos de la plantación. “En los alrededores del campo hemos puesto esta especie para evitar los vientos, que son tan fuertes que obligan a que tengamos que atar las plantas a unos tutores. Para combatir algunas pestes que llegan del exterior hemos encontrado una estrategia que es de mucha ayuda: donde inicia la plantación hemos puesto membrillos, que son víctimas fáciles para atrapar enfermedades, y de esa manera no pasan a los almendros. El sacrificio lo hacen ellos”, explicó Garro con un guiño. Los membrillos también permiten evitar el uso excesivo de pesticidas, otro beneficio ambiental para la plantación. 

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