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Lula, Brasil y la política

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva salió libre de la cárcel en Curitiba, en el sur de Brasil, el 8 de noviembre, beneficiado por la nueva jurisprudencia sobre la prisión de los reos que aún tienen pendientes fases del proceso judicial, aprobada en la víspera por el Supremo Tribunal Federal.

En un fallo que exigió cuatro sesiones con intervalos de una semana, los 11 ministros (magistrados) del STF dictaminaron que el encarcelamiento del condenado solo se ejecuta al agotarse todas las posibilidades de recursos judiciales.

Recibido por decenas de militantes fuera de la sede de la Policía Federal, donde estuvo detenido 580 días, Lula anunció que recorrerá el país como hizo varias veces en el pasado.

Dijo que sale sin rencores, pero criticó la “banda podrida del Estado brasileño” y del sistema judicial y las condiciones sociales del pueblo que empeoraron en los últimos años. Puede mejorar con un gobierno “que no mienta tanto como Bolsonaro por Twitter”, sostuvo refiriéndose al presidente de extrema derecha en el poder desde enero.

Lula es el principal beneficiado de esa nueva interpretación del inciso LVII del artículo 5 de la Constitución de 1988, que asegura que “nadie será considerado culpable hasta el tránsito en juzgado de sentencia penal condenatoria”.

Su libertad, aunque posiblemente temporal, puede alentar la oposición al presidente Jair Bolsonaro. La derrota electoral en octubre de 2018, con Lula ya preso desde abril, desarticuló las fuerzas opositoras, especialmente el izquierdista Partido de Trabajadores (PT) de Lula.

En realidad, las elecciones sellaron el desmantelamiento del sistema político que se había construido en el proceso de democratización, tras la dictadura que los militares impusieron a los brasileños de 1964 a 1985.

La corrupción generalizada, revelada por la operación Lava Jato (autolavado de vehículos), iniciada en 2014 por fiscales del Ministerio Público (Fiscalía) y policías federales, fue el factor determinante de ese derrumbe de los partidos y la seducción de la antipolítica representada por Bolsonaro.

El triunfo de ese excapitán del Ejército, que siempre mantuvo relaciones estrechas con los cuarteles, representó una redención de las Fuerzas Armadas. En el gobierno que asumió en enero, un tercio de los ministros y centenares de funcionarios de rangos superiores en varios ministerios son militares.

La ausencia de una oposición organizada y activa se refleja en el dicho de que “Bolsonaro es su mayor opositor”, ante sus acciones que despiertan rechazo, por el autoritarismo y desprecio por el medio ambiente, la ciencia, los derechos humanos y la cultura.

Es un cuadro que puede cambiar, por el liderazgo de Lula, quien presidió el país de 2003 a 2010 y cuya popularidad permitió elegir a Dilma Rousseff como su sucesora, manteniendo al PT en el poder hasta 2016.

Pese a la mancha de la corrupción, que llevó a otros de sus dirigentes a la cárcel, el PT se mantuvo como el partido de mayor representación en la Cámara de Diputados, con 56 escaños. Además sigue siendo mayoritario en todo el Nordeste, segunda región más poblada de Brasil.

Crece, sin embargo, el temor de analistas y políticos moderados, centristas, de que un Lula libre y un despertar del PT alimenten la polarización “entre extremos” que dominó las elecciones de 2018 y condujo al triunfo a Bolsonaro.

La evaluación general es que el rechazo a Lula y su partido, por la corrupción y la crisis económica al final de los 13 años del gobierno del PT, le dieron al excapitán los votos decisivos.

Lula fue condenado en 2017 por el juez Sergio Moro, símbolo de la operación anticorrupción y actual ministro de Justicia y Seguridad Pública. La sentencia fue luego ratificada por el Tribunal Regional Federal del Sur, con una condena de 12 años de cárcel.

El delito fue haber recibido como “regalo” un apartamento de tres pisos en una playa cercana a São Paulo, como un supuesto soborno de una gran constructora beneficiada con contratos de la estatal compañía petrolera Petrobras.

Lula está en libertad y la región sentirá esa influencia política. En Brasil se avecinan momentos interesantes en pos de un equilibrio muy necesario.

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Lula, Brasil y la política

El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva salió libre de la cárcel en Curitiba, en el sur de Brasil, el 8 de noviembre, beneficiado por la nueva jurisprudencia sobre la prisión de los reos que aún tienen pendientes fases del proceso judicial, aprobada en la víspera por el Supremo Tribunal Federal.

En un fallo que exigió cuatro sesiones con intervalos de una semana, los 11 ministros (magistrados) del STF dictaminaron que el encarcelamiento del condenado solo se ejecuta al agotarse todas las posibilidades de recursos judiciales.

Recibido por decenas de militantes fuera de la sede de la Policía Federal, donde estuvo detenido 580 días, Lula anunció que recorrerá el país como hizo varias veces en el pasado.

Dijo que sale sin rencores, pero criticó la “banda podrida del Estado brasileño” y del sistema judicial y las condiciones sociales del pueblo que empeoraron en los últimos años. Puede mejorar con un gobierno “que no mienta tanto como Bolsonaro por Twitter”, sostuvo refiriéndose al presidente de extrema derecha en el poder desde enero.

Lula es el principal beneficiado de esa nueva interpretación del inciso LVII del artículo 5 de la Constitución de 1988, que asegura que “nadie será considerado culpable hasta el tránsito en juzgado de sentencia penal condenatoria”.

Su libertad, aunque posiblemente temporal, puede alentar la oposición al presidente Jair Bolsonaro. La derrota electoral en octubre de 2018, con Lula ya preso desde abril, desarticuló las fuerzas opositoras, especialmente el izquierdista Partido de Trabajadores (PT) de Lula.

En realidad, las elecciones sellaron el desmantelamiento del sistema político que se había construido en el proceso de democratización, tras la dictadura que los militares impusieron a los brasileños de 1964 a 1985.

La corrupción generalizada, revelada por la operación Lava Jato (autolavado de vehículos), iniciada en 2014 por fiscales del Ministerio Público (Fiscalía) y policías federales, fue el factor determinante de ese derrumbe de los partidos y la seducción de la antipolítica representada por Bolsonaro.

El triunfo de ese excapitán del Ejército, que siempre mantuvo relaciones estrechas con los cuarteles, representó una redención de las Fuerzas Armadas. En el gobierno que asumió en enero, un tercio de los ministros y centenares de funcionarios de rangos superiores en varios ministerios son militares.

La ausencia de una oposición organizada y activa se refleja en el dicho de que “Bolsonaro es su mayor opositor”, ante sus acciones que despiertan rechazo, por el autoritarismo y desprecio por el medio ambiente, la ciencia, los derechos humanos y la cultura.

Es un cuadro que puede cambiar, por el liderazgo de Lula, quien presidió el país de 2003 a 2010 y cuya popularidad permitió elegir a Dilma Rousseff como su sucesora, manteniendo al PT en el poder hasta 2016.

Pese a la mancha de la corrupción, que llevó a otros de sus dirigentes a la cárcel, el PT se mantuvo como el partido de mayor representación en la Cámara de Diputados, con 56 escaños. Además sigue siendo mayoritario en todo el Nordeste, segunda región más poblada de Brasil.

Crece, sin embargo, el temor de analistas y políticos moderados, centristas, de que un Lula libre y un despertar del PT alimenten la polarización “entre extremos” que dominó las elecciones de 2018 y condujo al triunfo a Bolsonaro.

La evaluación general es que el rechazo a Lula y su partido, por la corrupción y la crisis económica al final de los 13 años del gobierno del PT, le dieron al excapitán los votos decisivos.

Lula fue condenado en 2017 por el juez Sergio Moro, símbolo de la operación anticorrupción y actual ministro de Justicia y Seguridad Pública. La sentencia fue luego ratificada por el Tribunal Regional Federal del Sur, con una condena de 12 años de cárcel.

El delito fue haber recibido como “regalo” un apartamento de tres pisos en una playa cercana a São Paulo, como un supuesto soborno de una gran constructora beneficiada con contratos de la estatal compañía petrolera Petrobras.

Lula está en libertad y la región sentirá esa influencia política. En Brasil se avecinan momentos interesantes en pos de un equilibrio muy necesario.

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