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Un domingo en el templo más grande del país

Miguel Garro

De arquitectura neogótica y con capacidad para siete mil personas, la iglesia de la Capital de la provincia de Buenos Aires tiene manos puntanas en sus preciosas figuras externas y granito provincial en sus pisos.

La combinación de edificio municipal, plaza principal y Catedral, uno frente a otro, que se repite en pueblos y ciudades de todo el mundo tiene en La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, una función a gran escala. De esa trilogía, el edificio religioso se destaca por su historia, su arquitectura y su condición de símbolo.

En una ciudad donde no hay grandes atractivos turísticos, la Catedral es una visita obligada para quien llega a La Plata, distante a unos 60 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y contenedora de un millón y medio de habitantes (es la cuarta ciudad más poblada del país), muchos de ellos orgullosos de sus representantes más reconocidos: Estudiantes, Gimnasia, Los Redonditos de Ricota, Virus y René Favaloro.

El enorme edificio (que tiene capacidad para siete mil personas, mide 112 metros de alto y está sobre calle 14) se erige, de manera literal, como referencia de la ciudad desde que fue considerada la iglesia más linda de América y se acomodó entre las 50 más grandes del mundo. En ese ranking a nivel sudamericano ocupa el cuarto puesto después de la Maringá, en Brasil; la Basílica del Voto Nacional en Ecuador; y la de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, en Colombia.

 

 

La Catedral de La Plata está consagrada a la Inmaculada Concepción y empezó a ser construida en 1884. La última remodelación data de 1999 y de ella participaron el artista plástico Julio César Domínguez, uno de los más importantes de San Luis, fallecido hace ocho meses, y su hijo mayor, Daniel. “Fue un trabajo muy arduo que nos marcó para siempre”, recuerda Daniel en la tranquilidad de Luján, en el norte provincial, donde está radicado hace varios años.

Padre e hijo –quienes también trabajaron juntos en el Monumento al Pueblo Puntano de la Independencia- fueron parte de un equipo que completó un joven de apellido Ramos, oriundo de San Rafael, con el que los Domínguez perdieron contacto. “Hace poco que me enteré que falleció en San Luis”, sostiene Daniel.

Una de las mayores dificultades con que se encontraron los artistas puntanos en La Plata fue el material con que tenían que trabajar. “Nosotros nunca habíamos utilizado el poliuretano expandido, estábamos acostumbrados al telgopor”, rememora el artista, de 55 años. Las maquetas que les mostraron a los Domínguez antes del trabajo eran figuras de 40 centímetros que ellos tenían que llevar a estatuas de casi cuatro metros.

 

 

El plan trazado por los puntanos indicaba la realización de una estatua cada cuatro días, pero una semana después de que le pusieran el primer bloque de poliuretano enfrente ni siquiera le habían podido dar forma a la primera. “Lo bueno es que ahí aprendimos a trabajar con ese material y cuando volvimos hicimos muchas cosas”. De hecho, una parte del cóndor que está en la entrada de Potrero de los Funes –otra creación de padre e hijo- tiene una parte de poliuretano. Y, en La Plata, cuando le agarraron la mano, llegaron a hacer tres estatuas por día.

La remodelación de la Catedral estaba a cargo de un escultor que coordinaba los diferentes grupos de trabajo y que solo sonreía cuando los obreros dejaban la obra exactamente como él la había pensado. Todos se reunían en una suerte de convento abandonado en jornadas que comenzaban muy temprano y terminaban muy tarde. Así durante seis meses. La tarea de Julio César y Daniel fue tan buena que lo que en principio iban a ser 14 esculturas terminaron siendo 36, sobre las 53 que tuvo la restauración.

“Los otros grupos se dedicaron a hacer otras cosas; por ejemplo unos pintores rusos y serbios le pusieron color y otros restauradores se dedicaron a las gárgolas. El coordinador estaba muy conforme con nuestro trabajo”, agregó Domínguez, quien conserva en su casa de Luján algunas maquetas originales.
 

 

 

El momento social que vivía el país durante la restauración (“muy parecido al actual”, dijo Domínguez), hizo que la familia, de fuertes convicciones religiosas, tomara la labor como algo providencial. “Era una devolución de Dios por todo lo que papá y mamá habían hecho a lo largo de sus vidas”, sentenció Daniel, actual docente y restaurador que trabaja por encargo.

Otra bendición que la familia de Julio César considera como tal fue el hecho de que una de las primeras misas de uno de los dos hijos sacerdotes que tuvo el escultor la celebró en esa iglesia, ocasión en la que todo el grupo familiar pudo ver la obra de los Domínguez.

 

Un paseo por la Catedral

La nave central del templo es un inmenso paseo en el que las imágenes religiosas, en su mayoría de madera, vigilan el paso de los fieles. De no ser por su amplitud no sería muy diferente a las catedrales de todo el mundo que combinan mármol, terciopelo y vitrales. Aunque hay otro elemento particular para los puntanos.

Según los registros históricos de la Catedral, el piso –que está en permanente estado pulido– contiene piedra granítica llevada especialmente hasta el templo de tres localidades, según el color. El rosado fue producido en Olavarría, el negro en Santa Rosa de Calamuchita y el gris en San Luis.

La imponencia arquitectónica de la catedral platense es tal que sus cúpulas asoman por entre los árboles de la plaza Moreno unas diez cuadras antes de llegar. Por eso, subir a las torres –en un paseo que cuesta 100 pesos- es casi una obligación.

En los dos niveles de altura –el primero de 43 metros, el otro de 20 más- se puede apreciar toda la ciudad de La Plata y su conjunción de casas coloniales y construcciones más modernas. Y si hay buena visibilidad, se puede ver el Río de la Plata y la costa de la colonia Sacramento, ya en territorio uruguayo.

Pero lo más atractivo de subir por los ascensores es la posibilidad de observar muy de cerca las esculturas –algunas seguramente remodeladas por los Domínguez– y las paredes externas de la Catedral. El campanario, los ladrillos derruidos por el tiempo y los recuerdos de las palomas que se atreven a volar tan alto son secretos que solo quienes hacen esa visita pueden descubrir.

La Catedral platense no solo tiene atractivos en las alturas. La cripta contiene las tumbas de Dardo Rocha, el fundador de la ciudad, y de su esposa y un museo eclesiástico donde se pueden ver obras de artistas de todo el país en exposiciones que van variando y una muestra estable, con restos de gárgolas, imágenes de santos, vestimentas sacerdotales y escritos de la fundación que puede ser visitada de manera gratuita.

Como para completar la idea que el recorrido por el edificio no es solo religioso si no también turístico, un bar en el que fieles y turistas pueden tomar un café o hacer un alto en el almuerzo se complementa con una tienda en la que se venden biblias, rosarios y estampitas.

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Un domingo en el templo más grande del país

De arquitectura neogótica y con capacidad para siete mil personas, la iglesia de la Capital de la provincia de Buenos Aires tiene manos puntanas en sus preciosas figuras externas y granito provincial en sus pisos.

La combinación de edificio municipal, plaza principal y Catedral, uno frente a otro, que se repite en pueblos y ciudades de todo el mundo tiene en La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, una función a gran escala. De esa trilogía, el edificio religioso se destaca por su historia, su arquitectura y su condición de símbolo.

En una ciudad donde no hay grandes atractivos turísticos, la Catedral es una visita obligada para quien llega a La Plata, distante a unos 60 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y contenedora de un millón y medio de habitantes (es la cuarta ciudad más poblada del país), muchos de ellos orgullosos de sus representantes más reconocidos: Estudiantes, Gimnasia, Los Redonditos de Ricota, Virus y René Favaloro.

El enorme edificio (que tiene capacidad para siete mil personas, mide 112 metros de alto y está sobre calle 14) se erige, de manera literal, como referencia de la ciudad desde que fue considerada la iglesia más linda de América y se acomodó entre las 50 más grandes del mundo. En ese ranking a nivel sudamericano ocupa el cuarto puesto después de la Maringá, en Brasil; la Basílica del Voto Nacional en Ecuador; y la de Nuestra Señora del Rosario de Manizales, en Colombia.

 

 

La Catedral de La Plata está consagrada a la Inmaculada Concepción y empezó a ser construida en 1884. La última remodelación data de 1999 y de ella participaron el artista plástico Julio César Domínguez, uno de los más importantes de San Luis, fallecido hace ocho meses, y su hijo mayor, Daniel. “Fue un trabajo muy arduo que nos marcó para siempre”, recuerda Daniel en la tranquilidad de Luján, en el norte provincial, donde está radicado hace varios años.

Padre e hijo –quienes también trabajaron juntos en el Monumento al Pueblo Puntano de la Independencia- fueron parte de un equipo que completó un joven de apellido Ramos, oriundo de San Rafael, con el que los Domínguez perdieron contacto. “Hace poco que me enteré que falleció en San Luis”, sostiene Daniel.

Una de las mayores dificultades con que se encontraron los artistas puntanos en La Plata fue el material con que tenían que trabajar. “Nosotros nunca habíamos utilizado el poliuretano expandido, estábamos acostumbrados al telgopor”, rememora el artista, de 55 años. Las maquetas que les mostraron a los Domínguez antes del trabajo eran figuras de 40 centímetros que ellos tenían que llevar a estatuas de casi cuatro metros.

 

 

El plan trazado por los puntanos indicaba la realización de una estatua cada cuatro días, pero una semana después de que le pusieran el primer bloque de poliuretano enfrente ni siquiera le habían podido dar forma a la primera. “Lo bueno es que ahí aprendimos a trabajar con ese material y cuando volvimos hicimos muchas cosas”. De hecho, una parte del cóndor que está en la entrada de Potrero de los Funes –otra creación de padre e hijo- tiene una parte de poliuretano. Y, en La Plata, cuando le agarraron la mano, llegaron a hacer tres estatuas por día.

La remodelación de la Catedral estaba a cargo de un escultor que coordinaba los diferentes grupos de trabajo y que solo sonreía cuando los obreros dejaban la obra exactamente como él la había pensado. Todos se reunían en una suerte de convento abandonado en jornadas que comenzaban muy temprano y terminaban muy tarde. Así durante seis meses. La tarea de Julio César y Daniel fue tan buena que lo que en principio iban a ser 14 esculturas terminaron siendo 36, sobre las 53 que tuvo la restauración.

“Los otros grupos se dedicaron a hacer otras cosas; por ejemplo unos pintores rusos y serbios le pusieron color y otros restauradores se dedicaron a las gárgolas. El coordinador estaba muy conforme con nuestro trabajo”, agregó Domínguez, quien conserva en su casa de Luján algunas maquetas originales.
 

 

 

El momento social que vivía el país durante la restauración (“muy parecido al actual”, dijo Domínguez), hizo que la familia, de fuertes convicciones religiosas, tomara la labor como algo providencial. “Era una devolución de Dios por todo lo que papá y mamá habían hecho a lo largo de sus vidas”, sentenció Daniel, actual docente y restaurador que trabaja por encargo.

Otra bendición que la familia de Julio César considera como tal fue el hecho de que una de las primeras misas de uno de los dos hijos sacerdotes que tuvo el escultor la celebró en esa iglesia, ocasión en la que todo el grupo familiar pudo ver la obra de los Domínguez.

 

Un paseo por la Catedral

La nave central del templo es un inmenso paseo en el que las imágenes religiosas, en su mayoría de madera, vigilan el paso de los fieles. De no ser por su amplitud no sería muy diferente a las catedrales de todo el mundo que combinan mármol, terciopelo y vitrales. Aunque hay otro elemento particular para los puntanos.

Según los registros históricos de la Catedral, el piso –que está en permanente estado pulido– contiene piedra granítica llevada especialmente hasta el templo de tres localidades, según el color. El rosado fue producido en Olavarría, el negro en Santa Rosa de Calamuchita y el gris en San Luis.

La imponencia arquitectónica de la catedral platense es tal que sus cúpulas asoman por entre los árboles de la plaza Moreno unas diez cuadras antes de llegar. Por eso, subir a las torres –en un paseo que cuesta 100 pesos- es casi una obligación.

En los dos niveles de altura –el primero de 43 metros, el otro de 20 más- se puede apreciar toda la ciudad de La Plata y su conjunción de casas coloniales y construcciones más modernas. Y si hay buena visibilidad, se puede ver el Río de la Plata y la costa de la colonia Sacramento, ya en territorio uruguayo.

Pero lo más atractivo de subir por los ascensores es la posibilidad de observar muy de cerca las esculturas –algunas seguramente remodeladas por los Domínguez– y las paredes externas de la Catedral. El campanario, los ladrillos derruidos por el tiempo y los recuerdos de las palomas que se atreven a volar tan alto son secretos que solo quienes hacen esa visita pueden descubrir.

La Catedral platense no solo tiene atractivos en las alturas. La cripta contiene las tumbas de Dardo Rocha, el fundador de la ciudad, y de su esposa y un museo eclesiástico donde se pueden ver obras de artistas de todo el país en exposiciones que van variando y una muestra estable, con restos de gárgolas, imágenes de santos, vestimentas sacerdotales y escritos de la fundación que puede ser visitada de manera gratuita.

Como para completar la idea que el recorrido por el edificio no es solo religioso si no también turístico, un bar en el que fieles y turistas pueden tomar un café o hacer un alto en el almuerzo se complementa con una tienda en la que se venden biblias, rosarios y estampitas.

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