18°SAN LUIS - Domingo 01 de Agosto de 2021

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Una vida poco conocida detrás de un nombre resonante

En San Luis se lo identifica con el Auditorio de la UNSL, de la que fue el primer rector. Pero se sabe poco de su incansable lucha por los derechos humanos.

Por Gustavo Luna
| 23 de diciembre de 2019
Quienes conocieron a Mauricio López destacan que su mayor cualidad era la solidaridad.

"La cosa está que arde”, resumió Alieda Verhoeven, la primera pastora de la Iglesia Metodista Argentina, en una carta que envió al Consejo Mundial de Iglesias, en Ginebra, pidiendo ayuda. Se refería a la persecución y represión ideológica de los años setenta, que desembocó en la dictadura del “proceso de reorganización nacional”. Y ardió hasta quemar miles de vidas, entre ellas la de Mauricio Amílcar López, compañero de lucha y novio de Alieda, filósofo, teólogo, docente universitario y pastor metodista, el primer rector de la Universidad Nacional de San Luis (UNSL).

 

En esta provincia es tan conocido el nombre de Mauricio López como desconocida su trayectoria, su vida. Todo el mundo lo asocia con el auditorio de la UNSL, que lleva su nombre, pero pocos saben quién fue.

 

Es probable que el desconocimiento de la lucha de Mauricio por los derechos humanos no sea patrimonio exclusivo de los puntanos. Quienes asistieron dos años atrás al concierto de una renombrada cantora, identificada con las proclamas a favor de los derechos sociales, todavía recuerdan el bochorno que sufrió la artista durante el recital, al confundir el nombre del auditorio universitario, donde estaba cantando, con el de un empleado de allí.

 

En una jornada que la UNSL organizó en junio de este año, para rememorar a Mauricio Amílcar López y contribuir al conocimiento de su figura, distintos integrantes de la comunidad universitaria, incluso algunos que han ocupado cargos expectables en la institución, admitieron que sabían muy poco de él. “Ningún docente me dijo nunca quién había sido Mauricio López”, dijo la entonces secretaria de Extensión Universitaria, Mónica Bussetti.

 

 

 

Si bien es meritorio el hecho de haber sido el primer rector de la primera universidad nacional de la provincia, no es lo más relevante entre los laureles de Mauricio Amílcar López, nacido en Bahía Blanca el 26 de abril de 1919 y radicado de chico con su familia en Mendoza. Su faceta más destacable es su dedicación a la lucha por los derechos humanos. Tanto empeño puso en ello que terminó sellando su destino a manos de los represores, quienes lo secuestraron la madrugada del 1° de enero de 1977, en la casa de su madre, en la Quinta Sección de la ciudad de Mendoza. Desde entonces está desaparecido.

 

De casualidad, su trágico final también lo vinculó de cierta manera a San Luis. Una de las últimas personas en verlo con vida, en el centro clandestino de detención de Las Lajas, fue Horacio Oscar Ferraris, un estudiante universitario cordobés que también estaba secuestrado allí. Horacio reside desde hace décadas en San Luis y se convirtió en el denunciante que permitió, con su testimonio, echar un poco de luz sobre el destino del pastor metodista y profesor universitario. En San Luis, identificado Mauricio López como el primer rector de la UNSL, su actividad en el campo de los derechos civiles es desconocida por la mayoría. “A Mauricio no lo secuestraron por ser rector de la universidad, lo secuestraron por esto”, sostiene, en referencia a su lucha, la presidenta de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) en San Luis, Lilian Videla.

 

López egresó en 1946 de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo). Fue profesor de Enseñanza Media, Normal y Superior y “se especializó en la Escuela Práctica de Altos Estudios de La Sorbona, París”, señalan los historiadores Alejandro Paredes y Gustavo Nieto.

 

 

 

En la Universidad Nacional de Cuyo se desempeñó en las cátedras de Lógica y Filosofía, Psicología, Introducción a la Filosofía, Historia de la Filosofía, Sociología del Conocimiento. Dirigió el Instituto de Filosofía y dictó cursos y conferencias en Canadá, Madagascar, Brasil, India, Suecia, Bélgica, Gran Bretaña, Grecia, Puerto Rico y Estados Unidos. Fue secretario del Primer Congreso Nacional de Filosofía, realizado por la UNCuyo en 1949.

 

 

Militante incansable

 

“La militancia político-religiosa de Mauricio López se plasmó en políticas, en comportamientos de mucha solidaridad en contextos difíciles, eso lo cuenta mucha gente que lo conoció personalmente”, señaló el historiador Paredes, licenciado en Sociología y doctor en Historia, investigador del Conicet y de la Universidad Nacional de Cuyo, en la conferencia de junio en la UNSL. Fue invitado a participar porque “nos interesaba su aporte en relación a un trabajo que él hizo hace tiempo, sobre la historia de las ideas y las redes sociales religiosas en América Latina, con especial hincapié en el pensamiento de Mauricio López”, indicó Bussetti.

 

Paredes destacó que “en el último año antes de ser secuestrado, después de que fue dejado cesante en la UNSL, Mauricio López estuvo haciendo todo un trabajo solidario hasta último momento”.

 

López fue secretario en el departamento Iglesias y Sociedad del Consejo Ecuménico de Iglesias, con sede en Suiza, y durante diez años, miembro directivo del Consejo Mundial de Iglesias (CMI). Fue uno de los fundadores de la Filosofía y la Teología de la Liberación en Latinoamérica.

 

 

 

Paredes y Nieto citan una entrevista inédita realizada en 2009 al filósofo e historiador Arturo Roig, amigo entrañable de Mauricio, quien señaló que "desde su cargo en el Consejo Mundial de Iglesias llevó adelante su plan de unificación de las juventudes, no en una religión, sino en un programa político y social de mejoramiento de las relaciones humanas. Un enunciado más bien laico que religioso”.

 

En una entrevista a Alieda Verhoeven, realizada en 2003 por la docente e investigadora María Alejandra Silnik y publicada en 2015 por la revista digital de ciencias sociales Millcayac, editada por la UNCuyo (volumen II, N° 2), la entrevistadora menciona a Mauricio López del modo acaso más preciso y justiciero: además de filósofo, sociólogo y teólogo lo define como intelectual militante.

 

Alieda llegó a Argentina en 1961 y diez años después se radicó en Mendoza. Allí conoció a Mauricio y en seguida se puso a trabajar con él y otros activistas como Ezequiel Ander Egg. Crearon el Instituto por la Liberación y Promoción Humana (ILPH). Los jueves se reunían a discutir con los Sacerdotes del Tercer Mundo. La pertenencia a credos distintos no era una barrera, sino el nexo entre todos esos intelectuales y religiosos preocupados por las cuestiones sociales y decididos a no quedarse en el plano de las teorizaciones.

 

 

 

El contexto político en la región no tardará en generar las circunstancias en que estos intelectuales sentirán el compromiso de pasar a la acción. “Paralelamente con estos profesores también va a estar, como un antecedente de la Fundación Ecuménica de Cuyo, el CEAS, Comité Ecuménico de Acción Social, que ayudó a los refugiados políticos chilenos después del 73”, agrega Paredes, en alusión al golpe de Estado de Augusto Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende.

 

El CEAS asistía a alrededor de dos mil chilenos y “llegó a alquilar 18 hoteles en toda Mendoza para asistir a familias de refugiados (…), funcionaba con dinero que Mauricio López había conseguido de Acnur”, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, “y del Consejo Mundial de Iglesias (CMI)”, del cual el primer rector de la UNSL había sido director, señala Paredes.

 

Ese dinero se invertía en asesoramiento legal y trámites para gestionar la radicación de esas personas –un procedimiento muy complejo– “o pasajes para que se fueran a otro lugar cuando empezaban a ser perseguidos dentro de los hoteles, algo que también pasó, porque después del 75 la Triple A empezó a entrar a los hoteles”, indicó el historiador mendocino.

 

 

Viraje a la derecha

 

Solidaridad. Es la primera cualidad que mencionan de Mauricio quienes lo conocieron. Pronto van a necesitarla no solo los refugiados chilenos, sino los perseguidos políticos locales. El propio López es uno de ellos, por supuesto, pero, como demuestran sus gestiones y sus cartas pidiendo ayuda, “él siempre pide para los demás, nunca para él”, destaca el historiador.

 

En el poder, el viento ideológico cambia, como se sabe, antes de que la junta militar dé el golpe el 24 de marzo de 1976. El viraje hacia la derecha, que Alejandro Horowicz define como cuarto peronismo, se reflejó en las políticas universitarias del gobierno de Isabel. “Primero, cuando fue ministro de Educación Taiana (Jorge Alberto, padre de Jorge Enrique, el actual senador) –de 1973 a 1974– hay toda una revolución, todo un movimiento universitario político muy fuerte y un montón de políticas progresivas de mayor inclusión. Se reincorpora a profesores que habían quedado cesantes desde el ‘55, se abre el ingreso irrestricto a las universidades. Se empieza a pensar a la universidad en convenio con otras organizaciones sociales, como pueden ser organizaciones barriales o empresas. Se abre la universidad a la comunidad”, recuenta Paredes. Eso implica otorgar becas y permitir a personas que no han terminado el secundario ingresar a la universidad, entre otras políticas.

 

Con los ministros Oscar Ivanissevich (agosto del 74 a agosto del 75) y su sucesor, Pedro Arrighi, “va a ser el proceso inverso, es deshacer o desandar todo lo que había hecho Taiana. Ahí es cuando van a quedar cesantes numerosos profesores que habían sido parte de esas reformas progresistas y Mauricio López va a empezar a pensar cómo ayudar a los que están quedándose sin trabajo”.

 

 

 

En 1975 la Ctera denuncia que hay alrededor de 15 mil profesores universitarios y de secundaria cesantes. Entre ellos está Roig, secretario académico de la UNCuyo.

 

Roig, Mauricio López, Enrique Dussel, Carlos Bazán, Oscar Bracelis, Ezequiel Ander Egg, Alieda Verhoeven, Enrique Dussel, se reúnen en el Instituto para la Liberación y Promoción Humana (ILPH) y trabajan para armar un instituto de investigaciones latinoamericanas que financie con becas a investigadores y profesores universitarios que habían quedado sin trabajo y no podían conseguir empleo estatal. Paredes señala que su objeto de estudio serían “las ciencias de la liberación, la filosofía de la liberación, distintas ramas del conocimiento emergentes en los 70, aplicadas al territorio, a la sociedad”.

 

Muchos de esos profesionales tienen vastos currículum –algunos con dos licenciaturas y dos doctorados de universidades europeas– y sin embargo sobreviven en cualquier actividad fuera del ámbito académico. Algunos son vendedores ambulantes. “Uno de ellos, Mario Franco, que después fue director de la carrera de Sociología, siempre decía ‘no soy un profesor universitario, soy un vendedor de perfumes’, porque en la época de la dictadura se dedicaba a eso”, cuenta Paredes.

 

Ese es el contexto en el que, en mayo del 75, Alieda Verhoeven le envía la carta citada en el inicio de esta nota a Julio Santana, un ex tupamaro exiliado que integra el CMI en Ginebra, en la que pide dinero para financiar las becas. “Desde algunos meses, y esto lo sabrás con más detalle por nuestro común amigo López –se refiere a Mauricio–, en las universidades del país se están realizando verdaderas barridas de personas muy capaces tanto metodológicamente como por el contenido de sus cátedras. Esta gente ha quedado en la vía, se está postulando para becas en el exterior, no obstante, entre los más valiosos un buen grupo querría quedarse hasta que venga mejor viento”, le dice. “Esperamos una pronta reacción, si fuera posible favorable, la cosa está que arde”, agrega.

 

En otras ocasiones, Alieda y Mauricio envían cartas conjuntas pidiendo ayuda.

 

“La acción ecuménica quiere, así sea en una proporción muy modesta, contribuir a proporcionar un espacio de vida, de estudio y de investigación para aquellos que por el solo delito de pensar de una manera distinta y concebir una sociedad un poco más justa y fraternal, han sido duramente golpeados por el poder militar. Entendemos que esta tarea evita el trágico éxodo de intelectuales en alguna medida”, sostienen Alieda y Mauricio en una de las misivas.

 

Su lucha mancomunada los acerca también en lo personal. Lo contó Alieda en la entrevista con Silnik, en respuesta a una pregunta sobre si le hubiera gustado ser madre: “Una puede ser progenitora de ideas y de acciones que son tan importantes como eso. No quiere decir que no me hubiera gustado tener un hijo, pero no lo tengo, no fue mi camino y no tengo por qué lamentarme”.

 

– ¿Fue elegido?

 

– “Yo opté por este camino. No quiere decir que yo no estuviera enamorada. Tuve por lo menos dos novios, uno secuestrado-desaparecido: Mauricio. Yo no sé si hubiéramos hecho pareja al final, porque uno no sabe...” Afanados en la pelea por los derechos de otros, ambos resignaban intereses personales propios, por lo visto.

 

Entre 1973 y 1976 en Mendoza hay 19 desaparecidos. La represión ilegal se hace sentir a través de distintas vías, como el “comando moralizador Pío XII” y el “comando anticomunista”. Estallan bombas en la iglesia donde funciona el CEAS, frente a la plaza Independencia, en pleno centro; en el ILPH y en los domicilios particulares de algunos de los intelectuales perseguidos, que deben exiliarse.

 

Cuando empezaron las cesantías, Mauricio López pensó en traer a algunos de ellos a San Luis, pero sabía que aquí tampoco durarían, porque aquí se produce el mismo proceso. Y vislumbraba que él mismo sería dejado cesante en la rectoría de la UNSL, lo que, por supuesto, ocurrió.

 

 

 

A octubre del 76 ya han logrado constituir cinco institutos, tres en Mendoza y dos en Córdoba. Además de generar fuentes de trabajo para los perseguidos, Mauricio López trabaja en conseguir asistencia legal para las familias de los que están encarcelados, dinero para costear pasajes al exterior y, la que será su misión principal, obtener visas a través del Consejo Mundial de Iglesias.

 

En sus pedidos de ayuda para sus colegas, López sostiene que esos institutos de investigación “se van constituyendo en un aporte que estimamos significativo para un proyecto social, político y cultural que sea eventualmente una alternativa al proyecto militar que hasta aquí no hace más que consagrar la dependencia económica del país y la división interna entre una minoría privilegiada y las masas populares cada vez más empobrecidas”. “En otras palabras –abunda–, queremos colaborar en tanto que cristianos comprometidos, en un proyecto para una sociedad argentina más equitativa y más liberada”.

 

Esa es la forma en que Mauricio, dice el historiador Paredes, sigue practicando su militancia y su resistencia.

 

Un día, los intelectuales se reúnen a comer un asado para evaluar la marcha de la lucha y medir los riesgos, que son grandes. Por eso acuerdan mantenerse cerca y lo más visibles posible, junto a Mauricio López, con la idea de que su cercanía les va a servir de protección, a raíz de sus tantas vinculaciones con el CMI y con Acnur.

 

Pero tanto valor del intelectual militante era una osadía que los militares no iban a perdonarle. Cerca de las cinco de la madrugada de Año Nuevo de 1977 una patota de nueve encapuchados irrumpió en su casa de Olegario V. de Andrade 345. Maniataron y encerraron a familiares y robaron dos millones de pesos y otros objetos. A Mauricio, de 57 años, le dieron tiempo para que se vistiera, pero no le dejaron llevarse sus anteojos, cuenta Eva Guevara en un artículo en “Unidiversidad”, una publicación digital del Centro de Información y Comunicación de la Universidad Nacional de Cuyo. Un sobrino, Norberto Strach, alcanzó a escapar a la terraza y vio cuando al ecumenista lo subían a un Peugeot 504 color claro, sin patente. Iba maniatado y con los ojos vendados. Desde entonces pasó a engrosar la lista de personas a las que el régimen de facto hizo desaparecer.

 

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