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El poder y la palabra

El peligroso discurso del líder nazi se replica, en parte, en el de algunos políticos diseminados por el mundo.

Por redacción
| 22 de abril de 2019

Por: Agustina Bordigoni

 

 

Las palabras son importantes. Deberían marcar el rumbo de una acción, pero también tienen un efecto sobre el que las recibe, más aún cuando son emitidas por quienes detentan algún tipo de poder.

 

Cuando analizamos a Hitler –un líder a quien se le reconocía como virtud su capacidad oratoria– difícilmente nos centremos más en su discurso que en sus acciones. Pero cuando sus palabras se parecen (y mucho) a los discursos de los políticos actuales, deberíamos dejar de preguntarnos qué pasó con ellos y pensar qué pasó con nosotros.

 

Al fin y al cabo, casi ninguno llegó al poder a base de mentiras, por más cruel que fuera la verdad.

 

Cinco ideas generales nos permiten dimensionar cuánto de coincidencia y cuánto de peligro hay en estos nuevos mensajes.

 

 

 

Las ideologías

 

“La decadencia de la nación en incontables y opuestas ideologías (…) provocada por el error marxista, supone la destrucción de toda posible comunidad de vida”, decía Hitler en 1933. El comunismo era el peor de los males y por tanto su misión sería “extirpar por completo este fenómeno” ya que “el comunismo acaba con la democracia”.

 

En un sentido muy parecido se ha expresado el actual presidente estadounidense, Donald Trump, varias décadas después: “Socialismo y comunismo han producido sufrimiento y corrupción. Los días del socialismo están contados”. Como si el mundo se hubiera detenido en la posguerra o en la Guerra Fría.

 

“Siempre he soñado con liberar a Brasil de la sucia ideología de la izquierda", dijo recientemente Jair Bolsonaro. Ambos mandatarios parecen decididos a continuar la batalla que Hitler inició.

 

Abascal; líder de Vox, un partido de ultraderecha que gana posiciones en España.

 

En el plano económico, el Führer habló en términos que tal vez resulten conocidos a los argentinos: “La nueva generación debe aceptar grandes sacrificios a fin de enmendar los daños causados por las generaciones anteriores”.
 

 

 

La amenaza de la inmigración

“Si no fuera posible alimentar a toda la población, será indispensable que los residentes extranjeros sean excluidos de la nación”. La frase, con la que muchos líderes y personas dicen estar de acuerdo, corresponde a “Mi lucha”, el libro escrito por Adolf Hitler.

 

Hoy los migrantes representan, a nivel discursivo, la amenaza común: “La nacionalidad se hereda o se merece”, dijo Marine Le Pen, líder de la derecha francesa, quien prometió además “no perder un minuto en la lucha contra la inmigración”. “No queremos que nuestro color se mezcle con otros”, llegó a decir el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. En nuestra región, “la situación migratoria reflejaba un desorden alarmante”, para Piñera y en Argentina debemos “estar alerta” ante aquellos que “nos complican la existencia a todos”, según el actual presidente, Mauricio Macri.

 

Ninguno fue tan lejos como Hitler al exigir que “todo no ario llegado a Alemania abandone el territorio nacional”, aunque hay alguna excepción: “Se acabó la buena vida, empiecen a hacer las maletas”, en palabras del ministro italiano Matteo Salvini.

 

 

 

Moral y religión

La religión y la moral siguen teniendo un lugar importante a nivel discursivo. El cristianismo, como base de la “moral, y la familia, como célula germinal del pueblo y del Estado, gozarán de la protección más decidida”, prometía Hitler. La religión cristiana como base de la moral es también parte de los discursos actuales: “Nuestra identidad y la de toda Europa es cristiana y eso hay que preservarlo porque nuestros valores son superiores”, afirmó Abascal, al tiempo que Salvini juraba cumplir sus promesas respetando los “Sagrados Evangelios”.

 

Recurrir a Dios como rector es también propio de otros políticos modernos (y poco innovadores): "Brasil encima de todo y Dios encima de todos", dijo Bolsonaro. Trump, por su parte, solicitó su ayuda: “Juré proteger nuestro país. Y eso es lo que siempre haré. Así que ayúdame, Dios.”

 

Para Orbán el rol se invertiría: “Dios nos ha nombrado vigías, también a los políticos”.

 

 

 

Y aunque todos se acuerdan de Dios, nadie sabe a qué Dios se remiten sus actos.

 

Libertad, grandeza y un destino común

 

La libertad, la grandeza de los pueblos y un destino manifiesto son constantes a las que recurrieron muchos líderes mundiales. Son, además, una forma de involucrar al público.

 

Eso era lo que hacía Hitler al hablar de “hombres que luchamos por la libertad y la grandeza de nuestro pueblo”; es lo que hace Trump comprometiéndose a hacer su país grande de nuevo: “Somos un solo pueblo, con un solo destino. Pido a todos los ciudadanos que abracen la renovación del espíritu americano”.

 

 

 

“España no se va a detener ya hasta reconquistar su grandeza, su dignidad y su destino arrebatados y humillados”. “Juntos sabemos cómo Brasil debe destacarse en el mundo”. Posiciones comunes de una misma moneda. Al fin y al cabo, ¿quién no va a querer una nación grande y libre, con un gran destino por delante?

 

Hasta ahora nadie se atreve a preguntar cuáles serían los métodos empleados para llegar hasta ese punto.

 

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