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La revolución silenciosa que viene del Altiplano

Llegaron desde Bolivia para trabajar la tierra y recibieron una parcela hortícola de Sol Puntano cada una. Son felices cuando las convocan a la Feria de Pequeños Productores.

Por Magdalena Strongoli
| 07 de abril de 2019
Berenjenas a punto. Paulina Ticona exhibe orgullosa uno de los frutos de su huerta. Tiene verduras frescas durante todo el año.

En tiempos de marchas por la paridad de género y de grandes cambios en el rol de la mujer en la sociedad en general y del campo en particular, dos mujeres criadas como en otras épocas y con otra cultura trabajan de sol a sol por la independencia económica y para plantar la semilla de la igualdad con los hombres. Paulina Ticona tiene 60 años e Imeria Mamani de apenas 33, pero las une la pasión por la huerta. Ambas tienen en común que son productoras hortícolas, algo que para las mujeres argentinas no es muy común, pero que para ellas que vienen de Bolivia es todo un estilo de vida.

 

Son mujeres de pieles ajadas y oscuras, silenciosas, respetuosas hasta la exageración, que soportan las inclemencias del clima sin chistar, acostumbradas como están a la dura vida en el altiplano. Para ellas son comunes los madrugones con largas jornadas de trabajo en las que exponen el físico a la par de sus parejas. De andar cansino y con voces casi imperceptibles, así son la mayoría de las mujeres bolivianas que, como muchas otras de distintas colectividades, llegaron a San Luis hace ya más de una década con el sueño de una vida mejor. Pero no vinieron para sentarse a esperar ese futuro promisorio, ellas se encargan de construirlo a fuerza de azada y pala en las parcelas hortícolas que les cedió el gobierno provincial en Sol Puntano.

 

En la parcela son ellas las que llevan la voz cantante y sus parejas ayudan con las tareas de fuerza. Tienen una larga experiencia hortícola, recogida en su tierra natal.

 

Paulina está casada con Luciano, que además es su compañero de trabajo en las dos hectáreas que lucen impecables junto a la Autopista de la Serranías Puntanas, camino a Mendoza, justo frente al Módulo Genético. Juntos tienen 7 hijos, por lo que conforman una familia numerosa y unida, con los más grandes ya curtidos en la cultura del trabajo. “La mitad son mujeres”, cuenta la productora con orgullo, ya que la experiencia le permitió entender que las nenas “son más educaditas”, aunque no menos guapas para las labores en la tierra.

 

La sencillez y la falta de grandes anhelos materiales no son valores comunes ni tampoco muy cotizados en la sociedad actual, donde el sinfín de ofertas tecnológicas tientan aún a los que tienen los pies mejor afirmados sobre la tierra. Sin embargo, es la primera cualidad que puede verse en Paulina, quien asegura que su felicidad se resume en ver el progreso de sus plantas y luego levantar la cosecha de su esfuerzo para ponerla a la venta a un precio que los puntanos saben valorar, porque se trata de mercadería de calidad, sustentable y que no lastima los castigados bolsillos de hoy.

 

 

Cuando de sus hijos se trata, nunca puede tenerlos a todos juntos y aunque eso le genera una especie de melancolía, comprende que es la ley de la vida. Algunos están acá en San Luis con ella y otros en Bolivia, o trabajando desperdigados por donde los lleve el destino, siempre con el corazón puesto en la familia.

 

Hace 40 años que está casada. Su marido, un hombre de pocas palabras como ella, se presentó ante el equipo de El Diario sin alharacas, como "el marido de la Paulina", y contó que siente orgullo por todo lo que su compañera sabe sobre huertas y el empeño que cada día le pone, no solo a su actividad, sino también a la vida en el hogar. Le reconoce que, como en otras épocas, ella todavía cocina, cose y teje sin que eso sea una deshonra, apenas la búsqueda de un futuro mejor. 

 

 Imeria tiene otra edad, casi tres décadas menos que su compañera de surco. A pesar de eso ya conoció los amargos tragos que a veces ofrece la vida cuando no sobra nada y falta de todo. Ella fue mamá soltera cuando era muy joven, y en el momento en el que decidió venir a la Argentina su hijo, que ya había hecho muchas amistades en Bolivia y un entorno familiar, no quiso acompañarla. Mamani llegó sola y al tiempo conoció a su marido, que es argentino.

 

La joven boliviana tiene una hectárea en la que produce alimentos saludables a los que cuida con pasión. Ese es su medio de subsistencia económica y el oficio que aprendió de niña. La joven sabe que la tarea no termina en la cosecha, por eso aprendió a comercializar la mercadería en diferentes ámbitos, lo que casi siempre representa un obstáculo difícil de salvar para los pequeños productores. Para eso tuvo que vencer temores y romper barreras de todo tipo, incluso algunas miradas despectivas o torvas. Sin embargo no tuvo reparo y ahora participa de todos las ferias que puede, aunque su favorita es la de pequeños productores que organiza el Ministerio de Producción, ya que allí suele vender todo lo que lleva. Además tiene clientes particulares para que en el día a día no le falte el dinero. “Solo se trata de vivir lo mejor posible”, dice que esa sabiduría tan arraigada en la gente de campo.

 

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