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Tragedia, premoniciones cordobesas y una nueva hipótesis

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Tragedia, premoniciones cordobesas y una nueva hipótesis

Gustavo Luna

El domingo que viene se cumplen 107 años del choque de la embarcación contra un iceberg. Pese al tiempo transcurrido, todo lo relacionado al barco sigue generando fascinación.

Si Edward J. Smith, el capitán del Titanic, hubiera desobedecido las reglas de la navegación, quizá muchos de los 1.517 pasajeros que murieron en el naufragio, entre ellos un argentino, de Río Cuarto, Córdoba, se hubieran salvado. Esa es la tesis de un periodista inglés, la última noticia engendrada en la fascinación que aún hoy, más de un siglo después, sigue generando el naufragio del vapor trasatlántico, el más lujoso de su tiempo, ocurrido al chocar con un iceberg en su viaje inaugural de Inglaterra a Nueva York.

Después de investigar durante treinta años, el periodista Senan Molony arrojó una nueva hipótesis para explicar la tragedia que, en gran medida gracias al cine, sigue cautivando atención a nivel mundial. Sostiene que el error del capitán fue hacer virar el barco a estribor, es decir, hacia la derecha, ya que así el daño causado por la montaña de hielo fue mayor.

Smith lo ordenó porque así lo establecía una ley de 1850, que determinó que esa era la maniobra indicada para evitar un choque frontal como el que experimentó el Titanic.

Según el periodista, que lo explica en su libro “Titanic: porqué chocó, porqué se hundió y porqué nunca debería haber navegado”, esa norma aplicaba para colisiones con otros barcos, pero no para los casos de icebergs, por la razón que casi siempre es imposible saber hacia dónde se extiende la masa de hielo, que generalmente mantiene oculta la mayor parte de su volumen.

 

 


El afiche con el que se promocionó el viaje del Titanic, que fue el primero y el último

 

La tripulación del trasatlántico la aplicó, pese a que uno de los marineros, Joseph Scarrott, había visto el iceberg antes de que la nave lo embistiera y había observado que el cuerpo de hielo se extendía hacia la derecha del barco. “Aun así, decidieron llevar a cabo el procedimiento operativo estándar, es decir, ir a estribor para evitar la colisión, lo que fue el error fatal”, teoriza el investigador.

La tragedia se agravó porque además se produjo un incendio en los depósitos de carbón, que dañó el casco del lado del impacto con el iceberg: habían acopiado combustible de más para sortear una huelga de los trabajadores del carbón en Inglaterra. El Titanic zarpó el 10 de abril, de Southampton, en el sur de Inglaterra. A las 23:40 del próximo domingo se cumplirán 107 años del momento en que la embarcación se topó con el témpano, el 14 de abril. Ese año, el 14 también era domingo. Dos horas y cuarenta minutos después, a las 2:20 de la madrugada del lunes 15, se partía en dos y se hundía hasta depositarse en el lecho del Atlántico Norte, 600 kilómetros al sur de la isla de Terranova, frente a los Estados Unidos. Aún descansa allí.

Sus restos fueron detectados recién en 1985. Si bien al principio informaron que había sido el resultado de una misión científica, años después un ex comandante de la Armada de Estados Unidos, Robert Ballard, reveló que, en realidad, lo hallaron mientras desplegaban una misión secreta militar de su país destinada a recuperar dos submarinos nucleares.

El Titanic era un mundo, en más de un sentido. También por el hecho de que entre los 2.224 pasajeros que llevaba había desde aristócratas muy ricos hasta emigrantes muy pobres. Eso permitió que fuera efectivo, una vez más, el cliché al que apeló el cineasta James Cameron, de la historia de amor entre la niña rica que en apariencia lo tenía todo y no tenía nada y el muchacho pobre que no tenía nada, pero era feliz y libre.

 

 


Edward J. Smith, el capitán del Titanic. 

 

 

La premonición de un joven cordobés

Entre las 1.517 personas que perecieron en la tragedia había, por lo menos, un argentino. Eduardo Andrew, descendiente de inmigrantes ingleses, tenía 17 años, viajaba en segunda clase y fue autor de un acto heroico, porque le cedió su chaleco salvavidas a una maestra inglesa que, gracias a eso se salvó y vivió hasta los 100 años. Su historia fue rescatada mediante una ardua investigación por el periodista Pablo Mendelevich, del diario “La Nación”.

El adolescente era hijo de Samuel Andrew, un inglés que administraba la estancia “El Durazno”, hoy conocida como San Ambrosio, donde funciona la escuela agrotécnica salesiana “Ambrosio Olmos”, cerca de Río Cuarto.

Eduardo tenía planeado regresar a la Argentina el 17 de abril, en la nave Oceanic. Pero la huelga de carboneros lo motivó a pagar un boleto en el Titanic, que zarparía una semana antes gracias a que la empresa dueña del transatlántico, White Star Line, hizo el mencionado acopio de carbón.

Dos días antes de embarcarse, el joven Andrew, que viajaba a desgano, le escribió a su amiga porteña Josefina Cowan: “Figúrese ‘Josey’ que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos desearía (sic) que el Titanic estuviera sumergido (sic) en el fondo del océano”, reprodujo Mendelevich en su publicación.

La carta le llegó a “Josey” mucho después, cuando la fatal premonición de Eduardo ya se había consumado en las heladas aguas del Atlántico norte.

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Tragedia, premoniciones cordobesas y una nueva hipótesis

El domingo que viene se cumplen 107 años del choque de la embarcación contra un iceberg. Pese al tiempo transcurrido, todo lo relacionado al barco sigue generando fascinación.

Si Edward J. Smith, el capitán del Titanic, hubiera desobedecido las reglas de la navegación, quizá muchos de los 1.517 pasajeros que murieron en el naufragio, entre ellos un argentino, de Río Cuarto, Córdoba, se hubieran salvado. Esa es la tesis de un periodista inglés, la última noticia engendrada en la fascinación que aún hoy, más de un siglo después, sigue generando el naufragio del vapor trasatlántico, el más lujoso de su tiempo, ocurrido al chocar con un iceberg en su viaje inaugural de Inglaterra a Nueva York.

Después de investigar durante treinta años, el periodista Senan Molony arrojó una nueva hipótesis para explicar la tragedia que, en gran medida gracias al cine, sigue cautivando atención a nivel mundial. Sostiene que el error del capitán fue hacer virar el barco a estribor, es decir, hacia la derecha, ya que así el daño causado por la montaña de hielo fue mayor.

Smith lo ordenó porque así lo establecía una ley de 1850, que determinó que esa era la maniobra indicada para evitar un choque frontal como el que experimentó el Titanic.

Según el periodista, que lo explica en su libro “Titanic: porqué chocó, porqué se hundió y porqué nunca debería haber navegado”, esa norma aplicaba para colisiones con otros barcos, pero no para los casos de icebergs, por la razón que casi siempre es imposible saber hacia dónde se extiende la masa de hielo, que generalmente mantiene oculta la mayor parte de su volumen.

 

 


El afiche con el que se promocionó el viaje del Titanic, que fue el primero y el último

 

La tripulación del trasatlántico la aplicó, pese a que uno de los marineros, Joseph Scarrott, había visto el iceberg antes de que la nave lo embistiera y había observado que el cuerpo de hielo se extendía hacia la derecha del barco. “Aun así, decidieron llevar a cabo el procedimiento operativo estándar, es decir, ir a estribor para evitar la colisión, lo que fue el error fatal”, teoriza el investigador.

La tragedia se agravó porque además se produjo un incendio en los depósitos de carbón, que dañó el casco del lado del impacto con el iceberg: habían acopiado combustible de más para sortear una huelga de los trabajadores del carbón en Inglaterra. El Titanic zarpó el 10 de abril, de Southampton, en el sur de Inglaterra. A las 23:40 del próximo domingo se cumplirán 107 años del momento en que la embarcación se topó con el témpano, el 14 de abril. Ese año, el 14 también era domingo. Dos horas y cuarenta minutos después, a las 2:20 de la madrugada del lunes 15, se partía en dos y se hundía hasta depositarse en el lecho del Atlántico Norte, 600 kilómetros al sur de la isla de Terranova, frente a los Estados Unidos. Aún descansa allí.

Sus restos fueron detectados recién en 1985. Si bien al principio informaron que había sido el resultado de una misión científica, años después un ex comandante de la Armada de Estados Unidos, Robert Ballard, reveló que, en realidad, lo hallaron mientras desplegaban una misión secreta militar de su país destinada a recuperar dos submarinos nucleares.

El Titanic era un mundo, en más de un sentido. También por el hecho de que entre los 2.224 pasajeros que llevaba había desde aristócratas muy ricos hasta emigrantes muy pobres. Eso permitió que fuera efectivo, una vez más, el cliché al que apeló el cineasta James Cameron, de la historia de amor entre la niña rica que en apariencia lo tenía todo y no tenía nada y el muchacho pobre que no tenía nada, pero era feliz y libre.

 

 


Edward J. Smith, el capitán del Titanic. 

 

 

La premonición de un joven cordobés

Entre las 1.517 personas que perecieron en la tragedia había, por lo menos, un argentino. Eduardo Andrew, descendiente de inmigrantes ingleses, tenía 17 años, viajaba en segunda clase y fue autor de un acto heroico, porque le cedió su chaleco salvavidas a una maestra inglesa que, gracias a eso se salvó y vivió hasta los 100 años. Su historia fue rescatada mediante una ardua investigación por el periodista Pablo Mendelevich, del diario “La Nación”.

El adolescente era hijo de Samuel Andrew, un inglés que administraba la estancia “El Durazno”, hoy conocida como San Ambrosio, donde funciona la escuela agrotécnica salesiana “Ambrosio Olmos”, cerca de Río Cuarto.

Eduardo tenía planeado regresar a la Argentina el 17 de abril, en la nave Oceanic. Pero la huelga de carboneros lo motivó a pagar un boleto en el Titanic, que zarparía una semana antes gracias a que la empresa dueña del transatlántico, White Star Line, hizo el mencionado acopio de carbón.

Dos días antes de embarcarse, el joven Andrew, que viajaba a desgano, le escribió a su amiga porteña Josefina Cowan: “Figúrese ‘Josey’ que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos desearía (sic) que el Titanic estuviera sumergido (sic) en el fondo del océano”, reprodujo Mendelevich en su publicación.

La carta le llegó a “Josey” mucho después, cuando la fatal premonición de Eduardo ya se había consumado en las heladas aguas del Atlántico norte.

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