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El mundo ve lo que la Argentina le muestra

Carlos Etchepare

Durante los últimos meses la incertidumbre se convirtió en el denominador común de la Argentina. En cada uno de los aspectos que pensemos a nuestro país, desde lo político, lo económico, lo social o lo productivo encontramos que la falta de respuestas, de un rumbo claro y de objetivos comunes son recurrentes.

En el caso del sector agropecuario esta realidad también se hace presente con fuerza y en varios frentes: desde lo que puede pasar con la política propia del sector hasta en el precio de los granos o las reglas de juego económicas y financieras de cara a un nuevo ciclo.

Y esto genera, sin lugar a dudas, una amarga sensación de desánimo y preocupación generalizada. Y aunque parezca difícil explicar por qué pasa lo que pasa, por qué no estamos mejor; la respuesta en realidad es sencilla: tenemos que empezar a reconocer que somos nosotros los principales responsables de no estar como creemos que merecemos.

Pero esto que nosotros no vemos o no queremos ver, sí lo percibe el mundo con el que debemos comercializar y competir. Ese mundo que cada vez le da menos relevancia a los problemas de la Argentina, que se está acostumbrando a que los argentinos somos inexplicables y que entiende que estamos todo el tiempo tratando de hacer mal las cosas.

Pero somos nosotros, todos nosotros, los responsables de que esto se modifique. No podemos esperar que lo haga un sector o un partido político (sea cual sea), tenemos que ser los más más de 40 millones de argentinos que formamos parte de la sociedad los que tenemos que patear el tablero y modificar el sistema vigente.

Y en ese derrotero que debemos recorrer todos juntos aparecen muchos aspectos a modificar. Especialmente lo que decimos que somos y lo que realmente hacemos. No podemos estar siempre asustando a terceros con cuentitos de terror, sólo para imponernos ante aquellos que no piensan como nosotros.

Hay un ejemplo clarísimo de lo que es la imagen que proyecta nuestro país hacia el exterior. Cuesta explicar los derechos de exportación, no entienden en el mundo cómo en un país que debería vivir principalmente de sus ventas externas, cobran impuestos a los que exportan. Y el problema no radica sólo ahí, también es interno. Porque por otro lado cuesta explicar a los ciudadanos que no participan del sector agroindustrial el porqué de lo negativo de las retenciones. 

En los últimos días se habló mucho de la baja del déficit fiscal, del sobrecumplimiento de la meta. Claro que es un dato alentador, pero no nos puede correr el eje. La realidad es que esto se logra básicamente por el crecimiento de los derechos de exportación, que en los 3 primeros meses del año aumentaron en más de 41 mil millones de pesos en la comparación interanual. Pero así no funciona, o no deberían funcionar las cosas. Porque no es sano para un país que debería crecer en su conjunto.

Ojo que este “hacernos cargo” que de alguna manera proponemos no significa dejar de marcar los errores de aquellos que nos gobiernan. Lo que pasa por ejemplo desde hace meses con la economía, con la política monetaria, con el cambio de reglas permanentes. La actual conducción económica, como muchas anteriores,  es un mamarracho que nunca va a generar certidumbre. La falta de seriedad en materia de política económica en nuestro país es consecuencia de los que gobiernan, es tiempo de decirlo. Pero por otro lado, cuando vemos que esto no es algo circunstancial, que es una situación que se repite a lo largo de la historia, nos confirma que los que tenemos que cambiar somos todos los argentinos.

 

La política mal aplicada

Comenzábamos esta columna hablando sobre la imagen que trasmitimos al mundo y que en definitiva no es más que el reflejo de lo que eventualmente somos  como sociedad y que muchas veces preferimos no ver. Para poner esto en contexto vamos a volver a presentar el caso de las retenciones y las distorsiones que generan en los ingresos de quienes producen. Pero además le vamos a sumar una nueva anormalidad que debe afrontar el productor al momento de comercializar su cosecha y que suma pérdidas a sus ingresos: el diferencial cambiario.

Hoy, que estamos atravesando una etapa de precios muy bajos a nivel mundial, en la Argentina debemos también sufrir aún menores valores por estas dos cuestiones. Y si bien es cierto que esta actualidad de precios bajos está siendo compensada por los muy buenos rendimientos que se están obteniendo a cosecha en zonas determinadas, nunca debemos dejar de lado el hecho de que esos mejores volúmenes de producción deberían servir para capitalizarse e invertir en mejoras tecnológicas y derramar esos mayores beneficios sobre el resto de la sociedad y no para compensar pérdidas.

Cuando analizamos el precio al cual exporta la argentina y el que efectivamente recibe el productor, entendemos la distorsión que generan las retenciones y las malas políticas agrícolas en el ingreso de los productores y lo dañino del sistema.

En el caso del trigo, y tomando como referencia el precio de exportación de la última semana de abril, que se ubicaba en 219 dólares por tonelada (U$S/Tn), el productor “en teoría” recibe un valor FAS de 195 U$S/Tn.

Lo primero que nos muestra esto es que el precio interno de trigo es muy interesante respecto del internacional y esto se debe a la competencia que hay entre exportación y molinería. Entonces, mientras el trigo argentino en el mundo vale 219 U$S/Tn, al productor teóricamente le pagan 195 U$S/Tn.

Claro, tiene que ver con las retenciones. Acá ya se descuentan unos 18 U$S/Tn que se queda el Estado o que se trasladan a algunos sectores del consumo. Pero sumado a esto, también hay otros 6 U$S/Tn que el productor pierde y que tiene que ver con el diferencial cambiario. Es decir, si el productor inmediatamente después de vender y cobrar una tonelada de trigo quisiera comprar dólares, los pesos que le pagan por su producto no le alcanzarían para comprar 195 dólares, sino que llegaría a adquirir 189 dólares. Entonces, en total, el productor de trigo está recibiendo 30 dólares menos respecto de lo que se vende su trigo al exterior.

Esto podría ser más grave si no tuviéramos la escasez de trigo que tenemos hoy respecto a la necesidad de la demanda interna. Porque sólo de gasto de exportación hay 10 U$S/Tn y de retenciones 18 U$S/Tn; entonces claramente el trigo en Argentina hoy está sobrevalorado en función del mercado internacional. Que no se mal entienda, ese sobrevaloramiento del trigo es consecuencia del propio mercado, no hay acá ninguna virtud de parte de la política, que solo transformó la comercialización, como fue históricamente en la Argentina. A excepción, por supuesto, de los años en donde una torpe intervención de los gobiernos de turno provocó las distorsiones conocidas y, además, dio motivo a que muchos creyeran que el Estado no debe tener influencia en el sector. A esos, como siempre, les decimos que miren al mundo.

En el caso del maíz, el precio de exportación (a fines de abril) era de 151 U$S/Tn y el productor en teoría recibe 130 U$S/Tn por su venta. De ese diferencial de 21 dólares, 13 corresponden  a los derechos de exportación y el resto sería el gasto del exportador. Pero el productor que vende su maíz, si quiere quedarse en dólares, no va a conseguir 130 U$S/Tn, sino que cuando quiera cambiar sus pesos a dólares otra vez perderá una parte.

En este caso son unos 5 dólares por cada tonelada que el productor vende. Así que en definitiva termina recibiendo 125 U$S/Tn, es decir 26 dólares menos de lo que vale su producto puesto en un barco. Hay que tener en cuenta que esta distorsión, tanto en trigo como en maíz, ya es importante pero puede llegar a ser mayor cuando deje de haber escasez de oferta mundial  y local en las próximas semanas.

En el caso de la soja, los números generados por las distorsiones que sufre el productor argentino son más obscenos. Partiendo de un precio de exportación de 309 U$S/Tn, tenemos un precio FAS teórico de 212 U$S/Tn, es decir 97 dólares de diferencia, de los cuales 90 corresponden a las retenciones. Pero como en los casos anteriores, a esto también hay que sumarle el diferencial cambiario, que en este caso y ante estos números sería de 9 dólares. Es decir, el productor que hace soja pierde, por las diferentes distorsiones que debe enfrentar, nada más ni nada menos que 106 dólares por tonelada.

Todo esto pasa en la actualidad en la Argentina mientras en Estados Unidos, por ejemplo, los “farmers” se están planteando no sembrar y cobrar el seguro que les brinda la Farm Bill por el temor que genera la guerra comercial. Acá seguimos castigando al sector más dinámico de la economía, ahora con el argumento de que todos los sectores de la economía son castigados. Pero no sólo eso, lo castigamos y además lo culpamos, porque el castigo que le imponemos no nos alcanza para pagar la fiesta.

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El mundo ve lo que la Argentina le muestra

Durante los últimos meses la incertidumbre se convirtió en el denominador común de la Argentina. En cada uno de los aspectos que pensemos a nuestro país, desde lo político, lo económico, lo social o lo productivo encontramos que la falta de respuestas, de un rumbo claro y de objetivos comunes son recurrentes.

En el caso del sector agropecuario esta realidad también se hace presente con fuerza y en varios frentes: desde lo que puede pasar con la política propia del sector hasta en el precio de los granos o las reglas de juego económicas y financieras de cara a un nuevo ciclo.

Y esto genera, sin lugar a dudas, una amarga sensación de desánimo y preocupación generalizada. Y aunque parezca difícil explicar por qué pasa lo que pasa, por qué no estamos mejor; la respuesta en realidad es sencilla: tenemos que empezar a reconocer que somos nosotros los principales responsables de no estar como creemos que merecemos.

Pero esto que nosotros no vemos o no queremos ver, sí lo percibe el mundo con el que debemos comercializar y competir. Ese mundo que cada vez le da menos relevancia a los problemas de la Argentina, que se está acostumbrando a que los argentinos somos inexplicables y que entiende que estamos todo el tiempo tratando de hacer mal las cosas.

Pero somos nosotros, todos nosotros, los responsables de que esto se modifique. No podemos esperar que lo haga un sector o un partido político (sea cual sea), tenemos que ser los más más de 40 millones de argentinos que formamos parte de la sociedad los que tenemos que patear el tablero y modificar el sistema vigente.

Y en ese derrotero que debemos recorrer todos juntos aparecen muchos aspectos a modificar. Especialmente lo que decimos que somos y lo que realmente hacemos. No podemos estar siempre asustando a terceros con cuentitos de terror, sólo para imponernos ante aquellos que no piensan como nosotros.

Hay un ejemplo clarísimo de lo que es la imagen que proyecta nuestro país hacia el exterior. Cuesta explicar los derechos de exportación, no entienden en el mundo cómo en un país que debería vivir principalmente de sus ventas externas, cobran impuestos a los que exportan. Y el problema no radica sólo ahí, también es interno. Porque por otro lado cuesta explicar a los ciudadanos que no participan del sector agroindustrial el porqué de lo negativo de las retenciones. 

En los últimos días se habló mucho de la baja del déficit fiscal, del sobrecumplimiento de la meta. Claro que es un dato alentador, pero no nos puede correr el eje. La realidad es que esto se logra básicamente por el crecimiento de los derechos de exportación, que en los 3 primeros meses del año aumentaron en más de 41 mil millones de pesos en la comparación interanual. Pero así no funciona, o no deberían funcionar las cosas. Porque no es sano para un país que debería crecer en su conjunto.

Ojo que este “hacernos cargo” que de alguna manera proponemos no significa dejar de marcar los errores de aquellos que nos gobiernan. Lo que pasa por ejemplo desde hace meses con la economía, con la política monetaria, con el cambio de reglas permanentes. La actual conducción económica, como muchas anteriores,  es un mamarracho que nunca va a generar certidumbre. La falta de seriedad en materia de política económica en nuestro país es consecuencia de los que gobiernan, es tiempo de decirlo. Pero por otro lado, cuando vemos que esto no es algo circunstancial, que es una situación que se repite a lo largo de la historia, nos confirma que los que tenemos que cambiar somos todos los argentinos.

 

La política mal aplicada

Comenzábamos esta columna hablando sobre la imagen que trasmitimos al mundo y que en definitiva no es más que el reflejo de lo que eventualmente somos  como sociedad y que muchas veces preferimos no ver. Para poner esto en contexto vamos a volver a presentar el caso de las retenciones y las distorsiones que generan en los ingresos de quienes producen. Pero además le vamos a sumar una nueva anormalidad que debe afrontar el productor al momento de comercializar su cosecha y que suma pérdidas a sus ingresos: el diferencial cambiario.

Hoy, que estamos atravesando una etapa de precios muy bajos a nivel mundial, en la Argentina debemos también sufrir aún menores valores por estas dos cuestiones. Y si bien es cierto que esta actualidad de precios bajos está siendo compensada por los muy buenos rendimientos que se están obteniendo a cosecha en zonas determinadas, nunca debemos dejar de lado el hecho de que esos mejores volúmenes de producción deberían servir para capitalizarse e invertir en mejoras tecnológicas y derramar esos mayores beneficios sobre el resto de la sociedad y no para compensar pérdidas.

Cuando analizamos el precio al cual exporta la argentina y el que efectivamente recibe el productor, entendemos la distorsión que generan las retenciones y las malas políticas agrícolas en el ingreso de los productores y lo dañino del sistema.

En el caso del trigo, y tomando como referencia el precio de exportación de la última semana de abril, que se ubicaba en 219 dólares por tonelada (U$S/Tn), el productor “en teoría” recibe un valor FAS de 195 U$S/Tn.

Lo primero que nos muestra esto es que el precio interno de trigo es muy interesante respecto del internacional y esto se debe a la competencia que hay entre exportación y molinería. Entonces, mientras el trigo argentino en el mundo vale 219 U$S/Tn, al productor teóricamente le pagan 195 U$S/Tn.

Claro, tiene que ver con las retenciones. Acá ya se descuentan unos 18 U$S/Tn que se queda el Estado o que se trasladan a algunos sectores del consumo. Pero sumado a esto, también hay otros 6 U$S/Tn que el productor pierde y que tiene que ver con el diferencial cambiario. Es decir, si el productor inmediatamente después de vender y cobrar una tonelada de trigo quisiera comprar dólares, los pesos que le pagan por su producto no le alcanzarían para comprar 195 dólares, sino que llegaría a adquirir 189 dólares. Entonces, en total, el productor de trigo está recibiendo 30 dólares menos respecto de lo que se vende su trigo al exterior.

Esto podría ser más grave si no tuviéramos la escasez de trigo que tenemos hoy respecto a la necesidad de la demanda interna. Porque sólo de gasto de exportación hay 10 U$S/Tn y de retenciones 18 U$S/Tn; entonces claramente el trigo en Argentina hoy está sobrevalorado en función del mercado internacional. Que no se mal entienda, ese sobrevaloramiento del trigo es consecuencia del propio mercado, no hay acá ninguna virtud de parte de la política, que solo transformó la comercialización, como fue históricamente en la Argentina. A excepción, por supuesto, de los años en donde una torpe intervención de los gobiernos de turno provocó las distorsiones conocidas y, además, dio motivo a que muchos creyeran que el Estado no debe tener influencia en el sector. A esos, como siempre, les decimos que miren al mundo.

En el caso del maíz, el precio de exportación (a fines de abril) era de 151 U$S/Tn y el productor en teoría recibe 130 U$S/Tn por su venta. De ese diferencial de 21 dólares, 13 corresponden  a los derechos de exportación y el resto sería el gasto del exportador. Pero el productor que vende su maíz, si quiere quedarse en dólares, no va a conseguir 130 U$S/Tn, sino que cuando quiera cambiar sus pesos a dólares otra vez perderá una parte.

En este caso son unos 5 dólares por cada tonelada que el productor vende. Así que en definitiva termina recibiendo 125 U$S/Tn, es decir 26 dólares menos de lo que vale su producto puesto en un barco. Hay que tener en cuenta que esta distorsión, tanto en trigo como en maíz, ya es importante pero puede llegar a ser mayor cuando deje de haber escasez de oferta mundial  y local en las próximas semanas.

En el caso de la soja, los números generados por las distorsiones que sufre el productor argentino son más obscenos. Partiendo de un precio de exportación de 309 U$S/Tn, tenemos un precio FAS teórico de 212 U$S/Tn, es decir 97 dólares de diferencia, de los cuales 90 corresponden a las retenciones. Pero como en los casos anteriores, a esto también hay que sumarle el diferencial cambiario, que en este caso y ante estos números sería de 9 dólares. Es decir, el productor que hace soja pierde, por las diferentes distorsiones que debe enfrentar, nada más ni nada menos que 106 dólares por tonelada.

Todo esto pasa en la actualidad en la Argentina mientras en Estados Unidos, por ejemplo, los “farmers” se están planteando no sembrar y cobrar el seguro que les brinda la Farm Bill por el temor que genera la guerra comercial. Acá seguimos castigando al sector más dinámico de la economía, ahora con el argumento de que todos los sectores de la economía son castigados. Pero no sólo eso, lo castigamos y además lo culpamos, porque el castigo que le imponemos no nos alcanza para pagar la fiesta.

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